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Camino de Hita

La villa de Hita continúa siendo el referente de la Edad Media en la Alcarria y uno de los más destacados de toda Castilla. Mañana será eje de la memoria, sonoridad equilibrada y vitalismo arrollador: por sus cuestas se desparramarán las gentes vestidas a la antigua usanza, se verán las cosas más endemoniadas por los mercadillos, topará uno con cualquier botarga y se adentrarán las miradas por el fresco destello oscuro de las bodegas que horadan el cerro. En una de ellas, incluso (en la de la calle del Mercado) se podrán ver los instrumentos de tortura y las máquinas de pena capital que fueron usadas en el Medievo para castigar inquietudes o malos comportamientos. Mañana, todo el día, será la Fiesta de Hita, el Festival Medieval, la jornada épica.

Una visita a Hita

Subir, una vez más, las cuestas de Hita para llegar hasta la remozada «Casa del Arcipreste», o a las ruinas pulcras de San Pedro, será mañana un poco más difícil, por el gentío que llenará la calle. En la Plaza Mayor, que se mantiene perfecta y sagrada en sus límites desde el Medievo, se concentrarán las gentes animosas. Y un gentío abigarrado subirá la cuesta.

Para quien llegue así, una vez más a Hita, o para quien llegue por vez primera, hay todo un recorrido que hacer para empaparse de su sabor único. Desde la distancia, que generalmente es llegando por el valle del Badiel, una vez atravesado en Torre del Burgo y Sopetrán, se eleva el cónico cerro sobre los campos suaves de cereal de la primera Alcarria. En su vertiente meridional se alza el caserío, derramado sobre la empinada falda. Y en él destacan algunas torres, colores pálidos de muros y rojizos de techumbres.

Dejando a un lado el barrio nuevo que construyó Regiones Devastadas después de la Guerra Civil, y donde hoy vive una buena parte de la población, se asciende una cuesta escoltada de acacias, y se llega ante la solemne puerta de la muralla, una puerta de arco apuntado, estrecho, sumada de un escudo de la villa y escoltada en lo alto por dos fuertes garitones de carácter defensivo. En los muros de esta puerta, según se traspasa, están inscritos en una lápida algunos versos del Arcipreste. Era esta la puerta principal de la villa, pero existían otras, porque Hita estuvo totalmente protegida por una gran muralla que mandó construir, a mediados del siglo XV, su señor el marqués de Santillana. De aquella muralla han llegado hasta hoy algunos restos que se han restaurado con mimo. Y que cada día se restauran, evitando su deterioro, en una tarea de continua vigilancia promovida por su Ayuntamiento.

Atravesado el arco mayor, rescatado también de la memoria hundida, se llega a la plaza, en la que se ve una fuente, unas casas con soportales, y el gran muro de la alta barbacana, a la que puede subirse rodeándola por fuertes cuestarrones. En la barbacana alta, donde está el Ayuntamiento, las vistas que se contemplan son prodigiosas: hacia el sur se extiende la mirada sin encontrar límite. Guadalajara a lo lejos, y todo el valle del Henares, se contempla desde ella. En los atardeceres, la luminosidad del sol poniente se refleja sobre las nubes que cobijan a la villa.

Desde la barbacana sigue ascendiendo la cuesta. Y primeramente se alcanza otra breve terracilla en la que se abre la remozada «Casa del Arcipreste», un edificio con funciones de «Casa de la Cultura» del pueblo, en el que hay salón de actos, de reuniones, emisora, archivo, y se prepara el Museo de los Festivales. Desde allí, cuesta arriba, se llega a las ruinas de la iglesia de San Pedro, la que fue parroquia del Arcipreste, y que tras la Guerra Civil quedó en ruina completa. Esta iglesia era de estilo mudéjar, y aún hoy se ven los muros, la cabecera entera con un presbiterio y ábsides brevemente realzados, con su perímetro antiguo bien marcado para que en su interior, limpio y cuidado, puedan albergarse actos culturales en verano. En el suelo se ha mantenido la lápida mortuoria de Hernando de Mendoza, caballero que fue alcaide de la fortaleza, propiedad de los marqueses de Santillana y duques del Infantado.

Desde la ventana del ábside central de San Pedro se ve, tamizada por una reja, la torre de la iglesia de San Juan, el templo que hoy es utilizado como parroquia. Muy alto, al final de un camino de suave ascenso, escoltado de acacias y con unas vistas espléndidas desde su barbacana, se alza este templo que fue el mayor de la villa. Su interior ofrece una pequeña capilla, en el lado de la epístola, dedicada a la Virgen de la Cuesta, patrona de Hita. En el altar, una talla románica de la Virgen, y en su bóveda, una artesonado mudéjar bellísimo. Pero quizás lo más llamativo de este templo sean las decenas de lápidas mortuorias que, recogidas de San Pedro y otros lugares del pueblo, se colocaron por los muros ofreciendo escudos tallados, largas leyendas y una densa imagen de hidalguía y aristocracia que define muy bien lo que fue Hita en siglos pasados: una villa de alto rango, de importancia capital en la consideración de la estrategia política, militar y económica de Castilla.

Mio Cid Campeador

Es este, el cerro de Hita, un buen lugar para recordar al Cid Campeador. Por aquí pasó, hace ahora más de 9 siglos, el caballero castellano y su equipo de ¿guerreros? ¿salteadores? ¿ascetas con espada? rumbo a la Wad-al-Hayara y a la Al-qalat-al-nahar de los musulmanes, a darles sustos y robarles los ganados. El “Cantar del Mio Cid” nos recuerda que los hombres del ejército cidiano, mandados en esa ocasión por su lugarteniente y hombre de confianza Alvar Fáñez de Minaya, bajaron desde Castejón hasta Guadalajara y Alcalá de Henares, haciendo algaras, recogiendo parias, y demostrando con su actitud violenta y desafiante quien se avecinaba como próximo poder en la Castilla que pujaba desde el norte.

El camino del Cid siguió por las costuras de las sierras norte: desde Atienza, por Castejón primero, y luego por Anguita, el Campo Taranz, y Molina, se dirigía a Valencia, a conquistar las playas y los puertos del Levante, donde se acumulaba la riqueza de Al-Andalus, y donde podría redimirse de su desgracia en la corte castellana. Tanto sufrimiento, y tanto sudor en los viajes, para al fin ganar Valencia y ser allí considerado monarca, el que ganaba batallas aún después de muerto.

Estas anécdotas, que encierran una vida de furias y determinación hacia el poder y el dominio de tierras y gentes, son las que constituyen el hilo conductor de la obra que mañana se representará en Hita, pasadas las 10 de la noche, cuando el cielo luminoso de la tarde de verano se convierta en firmamento claro de estrellas temblorosas. Manuel Criado de Val, en su incansable quehacer de escritor fecundo e investigador recio, nos ofrecerá su última obra, esta vida y milagros de “Mio Cid Campeador”, con música de Gregorio Paniagua escrita para la ocasión, y bajo la dirección escénica de Alicia Merino. Una ocasión única de revivir esencias, de degustar raíces y oler-oir-sentir el pálpito del Medievo en la medieval Hita.

Apunte

Protagonista, Criado de Val

Aunque nacido en Madrid, es oriundo de Rebollosa de Hita, de donde era su padre. Fue creador del «Festival Medieval de Hita», en 1961, y en él ha puesto, año tras año, la imagen literaria, etnográfica y vital del Medievo castellano, presentando además sus innumerables obras teatrales y sus adaptaciones a la abierta escena de la plaza de los clásicos de la literatura castellana, española y universal.
Fue director de la Sección de Estudios Gramaticales del Instituto «Miguel de Cervantes» del CSIC, y director de publicaciones filológicas como «Boletín de Filología Española», «Español Actual» y «Yelmo».

Autor de numerosos libros, entre los que destacan «Teoría de Castilla la Nueva», «Historia de la villa de Hita y su Arcipreste», «Fisonomía del Español y de las lenguas modernas», así como creador y director del programa de TVE «El espectador y el lenguaje». Una de sus últimas aportaciones a los estudios literarios españoles es su obra “Don Quijote y Cervantes, de ayer a hoy” en el que ha volcado todo su saber sobre la obra cumbre de la literatura castellana, y sus mil entronques con el resto de los escritores castellanos.

Criado es, por supuesto, «Hijo Adoptivo» de Hita. Como no podía ser de otra forma. Entre otras cosas por ese libro, publicado hace ya muchos años, la «Historia de Hita y su Arcipreste», que levantó con el bagaje de saber que le proporcionaron sus investigaciones y meditaciones. Un conjunto de datos, fechas y evidencias, que constituyen un monumento capital en la bibliografía de Guadalajara y de Castilla toda. Esa «Historia de Hita…» supuso para el autor largas décadas de investigación, de búsqueda en archivos, y, sobre todo, enormes dosis de cariño y entrega. Quizás (al menos para mi gusto) lo más interesante de la obra de don Manuel Criado sea la interpretación completa que de la vida y la obra del Arcipreste de Hita hace. En cualquier caso, y aparte de todos los méritos que aquí menciono, es esa “Historia” la que le proclama como el mejor conocedor de Hita, su cantor más alto.

El Profesor Manuel Criado de Val, conocido investigador de la lingüística castellana y de la literatura medieval y clásica de España, ha promovido también los estudios de Caminería Hispánica, habiendo sido organizador y director de los múltiples Congresos Internacionales celebrados hasta ahora por diversos países de Europa y América. Prepara ahora, dirigiendo un amplio equipo de colaboradores en el CSIC, el gran “Atlas de la Caminería Hispánica”. También ha visto recientemente publicada la inmensa “Opus” de sus aportaciones al teatro hispano, reuniendo en un solo tomo, salido de una editorial mexicana, las obras más singulares presentadas en los Festivales de Hita. Mañana disfrutaremos, una vez más, de su genialidad constructiva, con la representación en la villa alcarreña de su “Mio Cid Campeador”. Será a las diez y media de la noche. En la plaza mayor del Arcipreste. En Hita, por supuesto.

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