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julio, 2009:

Ruta breve para caminar por la Alcarria

Con el tiempo bueno, los días largos, las vacaciones merecidas, y las ganas perennes de ver reir al campo y sonar las panderetas de las nubes, los viajeros que me leen están deseando salir al campo, recorrer caminos de Guadalajara, andarse las trochas por donde se contemplan los mejores paisajes o las más viejas vetusteces de nuestro patrimonio. Podríamos hacer con ese objetivo varias rutas. Esta de hoy es la de la Alcarria. Allá vamos.

Desde Guadalajara, el viajero tiene mil recorridos que poder hacer por la tierra que le rodea. Quizás la comarca más conocida y atrayente sea la Alcarria, la que con su miel, sus olivos y tantos pueblos centenarios cargados de historia y monumentos, hacen de ella un lugar que merece ser visitado y conocido. No es el menor aliciente, por supuesto, la fama que Camilo José Cela le diera con su universal escrito *Viaje a la Alcarria+, en el que se daba noticia de paisajes limpios y silenciosos, de gentes bondadosas y monumentos en ruinas.

Saliendo de Guadalajara por la carretera N-320, se llega en primer lugar a Horche, lugar de típicas arquitecturas populares, con una plaza de corte tradicional, en la que para septiembre se celebran emocionantes juegos taurinos. En este lugar cabe admirar algunos paisajes muy bellos, como la *sierra de Horche+, junto al valle del río Ungría. Es también una estación de especial interés por su oferta gastronómica.

Antes, yo aconsejaría desviarse un tanto a la izquierda, y llegar hasta Lupiana. No sólo por ver, en la plaza mayor del pueblo, la picota del siglo XVI que pone contrapunto de independencia al Ayuntamiento remozado, o por asombrarse unos instantes ante la portada cuajada de filigranas talladas de su iglesia. No. Yo lo digo principalmente por alcanzar el Monasterio de San Bartolomé, que fue sede inicial y siempre sede capitular de los monjes jerónimos de España, y allí extasiarse viendo las huellas solemnes de tanta grandeza: el claustro principal, obra genial de Alonso de covarrubias, con su triple nivel de galerías en las que múltiples detalles nos avisan de su estilo plenamente renacentista, italianizante al máximo. O mirando las ruinas de la que fuera iglesia monasterial, elevada y somera como la del Escorial, en la que Felipe II muchas veces rezó y cometió su intento de contactar con Dios. Todo ello está hoy a medias abandonado, un tanto decrépito, pero con el brillo perenne de lo que vale la pena. Se visita solamente los lunes por la manaña.

Tendilla se extiende por un estrecho valle, plenamente alcarreño, con su larga calle soportalada, en la que parece vivo el espíritu de los comerciantes de su feria que en el siglo XVI reunía gentes de todos los países. Ofrece en ella la iglesia manierista y el palacio de los Plaza Solano con capilla barroca. En sus cercanías, las ruinas del convento jerónimo de Santa Ana. Merece la pena pararse y andar tranquilamente por sus calles, sobre todo por la mayor soportalada, mirar sus viejas tiendas, departir con la gente que toma el fresco en los oscuros tramos protegidos del sol. Es como volver atrás varios siglos, y adentrarse en el misterio sucinto y cierto del siglo XVI.

Peñalver es conocido por su rica miel, y es dado admirar su encantador aspecto rural, plenamente alcarreño, y entre todos sus edificios el de la iglesia parroquial, con portada plateresca y retablo renacentista. Ahora, además, en la plaza luce un monumento al mielero alcarreño, que tiene por telón de fondo los olivares pardos del entorno.

Pastrana es uno de los puntos obligados de todo recorrido por la Alcarria. El antiguo enclave de los calatravos fue impulsado extraordinariamente por la llegada, en el siglo XVI, de la familia de los Silva y Mendoza. De tal manera que ellos convirtieron lo que fuera un pequeño burgo en una alegre ciudad, superpoblada, con templos, palacios e industrias de todo tipo. Destaca hoy en Pastrana, aparte del sabor auténtico de su urbanismo medieval y la rancia contextura de sus edificios, el gran palacio ducal que preside la Plaza de la Hora. Portada renaciente pura, artesonados en su interior, y un patio de reciente y discutida restauración. La plaza es ancha y siempre llena de vida. Subiendo la calle mayor se llega a la Colegiata, donde puede admirarse una arquitectura manierista de gran envergadura, y especialmente la colección de tapices góticos de fama universal: en ellos se narran las conquistas africanas de Alfonso I de Portugal. Además, un gran museo de arte, y un exquisito retablo de pinturas. Todavía cabe admirar en Pastrana su fuente de los Cuatro Caños, su barroco edificio del Colegio de niños cantores, el monasterio de San José que fundara Santa Teresa para monjas carmelitas, y el soberbio edificio, hoy dedicado a Hospedería, del convento de San Pedro, en el que estuvo San Juan de la Cruz.

La Alcarria ofrece aún muchas sorpresas. Por ejemplo, la villa de Mondéjar, con sus famosos vinos, cuidados en campos protegidos del frío y siempre iluminados por el sol. En este lugar destaca como monumento la iglesia parroquial, bellísimo ejemplar renacentista, y las ruinas del monasterio de San Antonio, uno de los primeros ejemplos del plateresco castellano. Lástima que anda más de la mitad por los suelos, y el entorno que lo rodea no esté todo lo limpio que fuera de desear. En la iglesia son las techumbres de luz ingrávida las que nos embrujan, y aún en las afueras debe hacerse una visita, en la ermita del Santo Cristo, a los famosos judíos de Mondéjar, una colección de figuras hechas en cartón piedra en el siglo XVI por un monje de Lupiana, en las que se representan escenas variadas de la pasión de Cristo.

Brihuega también merece ser conocida por el viajero. Encaramada sobre la ladera del río Tajuña, ofrece una historia rica y un buen conjunto de monumentos. Así el castillo de la Peña Bermeja, donde vivieron largos siglos los arzobispos toledanos. Las iglesias románicas de transición de Santa María, de San Felipe, de San Miguel. Y la bella conjunción de arte y naturaleza que supone la Fábrica de Paños, donde se conjuga la arquitectura industrial de la Ilustración española con la suave belleza nostálgica de los jardines versallescos. Murallas, portones, palacios y la gran Plaza del Coso, con su arquitectura típica, completan el recorrido por este sin igual enclave.

Muchos otros lugares merecen ser visitados en la Alcarria: desde Valfermoso de Tajuña, con su añejo castillo avizor del hondo valle, hasta Cifuentes, donde el recuerdo del infante guerrero don Juan Manuel se materializa en la altura ampulosa de su castillo; desde Budia a Sacedón, con sus embalses de Entrepeñas y Buendía, paraíso de los deportes acuáticos. Se trata, en fin, de un inacabable listado de propuestas para viajar por esta tierra de sorpresas inagotables. La Alcarria es todo un tapiz de infinitas ofertas que se abren ante nuestros ojos, dispuestas a ser admiradas con mansedumbre y alegría.

Apunte

Para no perderse

De nuestro compañero de páginas es, quizás, el mejor libro que hasta ahora se ha escrito sobre La Alcarria. Como número 40 de la Colección “Tierra de Guadalajara”, hace pocos años apareció “La Alcarria de Guadalajara” escrito e ilustrado por José Serrano Belinchón, y en él estructura, en forma de rutas, la visita de la comarca más representativa de nuestra tierra. No puede evitar hacer una escapada a los lugares tan atractivos de la Alcarria conquense como son Segóbriga y Ercávica, que hablan con elocuencia del pasado romano de nuestra meseta. Pero sobre todo son sus descripciones y ofertas de lugares como Pastrana, Cifuentes, Tendilla o Budia, los que llaman la atención y hacen que quien lo lleve no se pierda, cogiendo el rumbo derecho de esta Alcarria ya descubierta por muchos, pero abierta a todos quienes a ella llegan.

Torija abre sus puertas

Un viejo edificio, imagen de la decrepitud y el abandono, ha renacido. Hoy se inaugura en Torija el Centro de Interpretación Turística que toma al viejo castillo de los Mendoza por su sede. La sombra orante del marqués de Santillana, que tantas horas pasara al pie de sus muros, para conquistárselo al navarro Puelles, y el ardor juvenil con que luego se puso a reconstruirlo y presumir de él, estará presente en el acto de inauguración.

Dentro, entre los altos muros castilleros que hoy quedan tamizados por la luz y el color de la oferta turística de la provincia, el rumor de la gente que verá asombrada las posibilidades que tiene Guadalajara lo llenará todo. Es un día feliz para Guadalajara, para quienes la viven a diario, para quienes pasan por ella, aunque sea deprisa, aunque sea una vez en la vida.

La última vez que escribí sobre Torija fue para comentar la aparición de un libro sobre su castillo, que había escrito (hace cinco años de esto) el párroco del pueblo, don Jesús Sánchez López. Libro erudito, completísimo, en el que a lo largo de 300 páginas desgranaba los avatares históricos, las descripciones y las elucubraciones acerca de este monumento impar.

En aquella obra, -que hoy se encuentra completamente agotada, hasta el punto de que solo es posible hacerse con ella en formato PDF-, se anunciaba ya la inminente construcción, en su interior, de un Centro de Interpretación Turística, del que estaban todos los planos y proyectos hechos, y solo le faltaba el empujón político para llevarlo a cabo. Ese empujón ha llegado, decidido y rápido, de manos de la presidenta actual de la Diputación Provincial, doña María Antonia Pérez León, que en menos de dos años de mandato ha centrado buena parte de sus múltiples iniciativas a consolidar aquella idea, y a ponerla en marcha. Hoy, 24 de julio de 2009, ese Centro se inaugura. Y aunque no podré asistir personalmente al acto, tan esperado e ilusionante, por razones de trabajo, sí que pasaré a visitarlo esta misma tarde.

Porque se van a conjuntar dos aspectos importantísimos que pueden marcar un antes y un después en la vida social y económica de nuestra tierra: de un lado, la puesta en valor, real y diario, de un viejo monumento, que fue siempre la estampa de la decrepitud, de la ruina de los siglos, de la memoria vieja de los guerreros… pero la inquietante imagen del abandono lento. Esa estampa cambia radicalmente, y hoy es un monumento vivo, con unos horarios para entrar, a diario, y una utilidad comunitaria. De otra parte, porque se utiliza para dar un nuevo empujón a lo que está claro ha de ser el futuro, al menos en los próximos decenios, de la vida en esta provincia: el turismo. Un turismo que ahora queda reducido a los madrileños, valencianos, y castellano-manchegos, pero que al tener su mejor escaparate en esta autovía que es eje central de España, abrirá muchas más puertas y concitará muchas más intenciones de visitar Guadalajara. El aplauso, María Antonia, es obligado, y merecido. Aquí va entero.

Historia y Leyenda

En la historia de Torija se mezclan la leyenda de su inicio a partir de los caballeros templarios, con la certeza histórica de su pertenencia a los Mendoza, a la saga de los Condes de Coruña, durante siglos. Su situación, en el camino real que llevaba a los viajeros desde la meseta inferior a la superior y al valle del Ebro, la hizo siempre un codiciado puesto estratégico, y por lo tanto su posesión provocó luchas entre reinos, grupos y hasta entre administraciones, más recientemente.

Torija estuvo amurallada desde la Edad Media. Un grueso cinturón de murallas formadas de densa mezcla de sillarejo y cal, la defendía por completo, reforzándose por cubos o torreones en esquinas y comedios, y abriéndose en ella al menos dos grandes puertas, la del Sol y la de la Picota, aunque sabemos que hubo algunas otras. En su extremo oriental, se alzaba vigilante del valle y de la villa el castillo. Es muy posible que, en sus orígenes, existiera una simple torre en ese mismo espacio, y de ahí tomara el nombre que hoy usa, el de Torija que devendría de la palabra castellana “torrija” o “torre pequeña”.

La fortaleza y villa amurallada, después de varios siglos de trueques y posesiones de personajes de la Corte, fueron dadas por el Rey al arzobispo Carrillo en premio a su conquista de las manos de los navarros que la tomaron sin razón a mediados del siglo XV.  Ambas cosas, villa y castillo, fueron trocadas con el marqués de Santillana, quien dió al eclesiástico su villa de Alcobendas. Así pasó a la casa de Mendoza, donde en la línea de segundones, permanecería varios siglos. Don Iñigo dejó la villa de Torija en herencia a su (cuarto) hijo don Lorenzo Suárez de Figueroa, a quien el rey Enrique IV dio los títulos de conde de Coruña y vizconde de Torija. Fundó en su hijo don Bernardino de Mendoza un mayorazgo que incluía sus títulos y la villa de Torija y su castillo‑fortaleza. Este comenzó a construir la iglesia parroquial, y todos sus descendientes, a lo largo de varias prolíficas generaciones, se ocuparon en mantener y mejorar a esta su villa preferida.

En el siglo XVI, en 1545 más concretamente, el castillo de Torija sirvió de telón de fondo para la celebración, en el fondo de su valle, del famoso «paso honroso de Torija» que consistió en unas grandes justas y torneos, a la usanza medieval, y en símbolo de defensa de un paso, entre los caballeros de Guadalajara y Torija, todos de la corte del duque del Infantado y del conde de Coruña, y otros muchos caballeros españoles, franceses y portugueses. Se hizo esta fiesta en honor de Francisco I de Francia, y Carlos I de España, que la presenciaron juntos, y duró más de 15 días. El sonido caballeresco y guerrero que el nombre de Torija había levantado durante los siglos de la Edad Media, quedaba con esta fiesta consagrado.

Poco a poco vino a menos la villa, aunque el continuo paso de caravanas, comerciantes, viajeros y emisarios la mantuvo viva; por aquí pasaron Camilo Borghese, Francisco Spada, Andrea Navagiero y Enrique Cook, entre los antiguos, más Ernest Hemingway y Camilo José Cela, ya en el siglo XX, dejando todos ellos memoria de lo que vieron y sintieron al plantarse ante este coloso de la arquitectura medieval. Pero con los años el castillo fue perdiendo color y prestancia. En 1810, durante la guerra de la Independencia, Juan Martín el Empecinado lo voló en parte para que no pudiera ser utilizado por los franceses. Largos años abandonado y en total ruina, la Dirección General de Bellas Artes acometió su reconstrucción en la década de los años sesenta del pasado siglo. Hoy luce como uno de los más bellos castillos de la provincia de Guadalajara, y hoy abre sus puertas, firme y rotundo, vivo y latiente, como Centro de Interpretación Turística de Guadalajara. Un largo sueño que se hace, al fin, realidad.

Una visita al castillo de Torija

Se sitúa el castillo de Torija sobre una eminencia rocosa, en el borde de la meseta alcarreña, justo en un lugar en el que se inicia la caída hacia el valle. Es de planta cuadrada, con torreones esquineros de planta circular. Construido todo él con sillarejo trabado muy fuerte, muestra en el comedio de los muros unos garitones apoyados sobre círculos en degradación. Las cortinas laterales se rematan en una airosa cornisa amatacanada, formada por tres niveles de mensuladas arquerías, hueca la más saliente, que sostenía el adarve almenado, del que solo algunos elementos se nos ofrecen hoy a la vista. Además los torreones esquineros ofrecen en parte su cornisa amatacanada.

La gran Torre del Homenaje es el elemento que concede su sentido más peculiar al castillo torijano. Se alza en el ángulo oriental, como un apéndice de la fortaleza, con la que sólo tiene en común el cubo circular de ese ángulo, a través del cual se penetra en la referida torre. Es de gran altura, con unos muros apenas perforados por escasos vanos, y unos torreoncillos muy delgados adosados en las esquinas. Se remata la altura de esta torre con una cornisa amatacanada forma­da también de tres órdenes de arquillos, y sobre ella aparece el adarve almenado.

El interior de esta Torre del Homenaje muestra hoy todos sus pisos primitivos. Desde el patio que ahora es vestíbulo del Centro de Interpretación,  y a través de una estrecha puerta, se penetra a la sala baja, comunicada solamente por un orificio cuadrado en su bóveda. Haría de sala de guardia. Al primer piso se accedía desde la altura del adarve. La última sala remata con bóveda muy fuerte, de sillería, en forma de cúpula. Sobre élla asienta la terraza. Una escalera de caracol embutida en el muro comunicaba unos pisos con otros. Hoy esta estructura ha cambiado, y gracias al trabajo del arquitecto Condado, que dirigió la construcción del Museo del libro “Viaje a la Alcarria” en su interior, como ahora ha dirigido la reconversión del todo en Centro de Interpretación, se puede visitar entera y abierta.

La fortaleza de Torija tenía, y todavía se ven algunos restos, un recinto exterior o barbacana de no excesiva altura, que seguía el mismo trazado que el castillo propiamente dicho. En la parte norte, que da sobre la plaza, al ser más llana y por lo tanto más fácilmente atacable, estaba dotado de un foso por fuera de dicha barbacana. La entrada a la fortaleza se hacía por esta cara norte, atravesando el foso por medio de un puente levadizo que, cayendo desde la entrada del recinto exterior, apoyaba sobre sendos machones de piedra puestos al otro lado de la cava.

El ingreso al interior del castillo no estaba, sin embargo, donde hoy se ve abierta la puerta. La estructura defen­siva de estos elementos guerreros, obligaba a realizar un recorrido por el camino de ronda, y hacer la entrada por otra de las cortinas del mismo. En el caso de Torija, es muy posible que esta entrada estuviera sobre el muro meridional, el que da al valle, donde siempre ha habido una pequeña puerta practicable.

Del interior poco puedo decir, porque no lo he visitado desde hace cinco años. Hoy se inaugura, y esta tarde mismo iré a verlo, comentándolo después. En principio cabe decir que el interior todo del castillo ha quedado cerrado y ocupado por un cuerpo constructivo que hará de museo, exposición y espacio informativo. La tarea, difícil, que ha estado en manos del arquitecto José Luis Condado, seguro que ha sido resuelta con la inteligencia y la elegancia a que nos tiene acostumbrados este gran profesional.

Y ya como un complemento del castillo, y casi totalmente desaparecida, estaba la muralla que rodeaba la villa. Era una alta cerca de piedra, reforazada a trechos por torreones, abierta por al menos dos grandes puertas, daba a este lugar la categoría de gran villa fuerte de Castilla. Así era Torija un bastión señalado, uno de esos Burgos medievales en los que caminantes y políticos se fijaban a la fuerza, porque tenía la importancia de ser lugar a poseer, a controlar, a tener a favor.

Apunte

La gran Fiesta de la Historia

En la jornada de mañana sábado, fiesta además de Santiago, patrono de la Caballería, de los ejércitos, y de mil recuerdos más, Torija vivirá por quinto año consecutivo su particular “Fiesta de la Historia”.

Además de la ambientación de l aplaza y calles anejas con tascas y mercados medievales, talleres artesanales y demostraciones de lucha antigua, se revivirán en diversos actos el “Paso Honroso” y la memoria del marqués de Santillana.

Desde las 11 de la mañana y hasta las 11 de la noche, sin interrupción, se escuchará al grupo de “Dulzaineros Calaveras”, al grupo Fisterra, y se tendrá la oportunidad de oir y ver actuar en directo al “Nuevo Méster de Juglaría” tan solicitado todavía en este tipo de eventos. El Nuevo Méster está programado para las 11 de la noche, como plato fuerte de la jornada.

Previamente se habrá iniciado todo con el pregón, que estará a cargo del Grupo de Teatro Trabalenguas, y no faltarán los juegos malabares y las actuaciones del bufón Amado. En los establecimientos gastronómicos de Torija, se centrará la jornada en menús especiales medievales y castellanos.

Obligada visita a Pastrana

Durante los días que conforman este fin de semana, de 16 a 19 de julio, Pastrana vuelve a ser epicentro de la cultura y la evocación histórica alcarreña. Un año más, el octavo ya consecutivo, se celebrará el Festival Ducal, que se tiene, como en otros muchos pueblos de nuestra geografía, el aliciente circunstancial de un Mercado Medieval, artesanos y saltimbanquis por la calle, vestimentas antiguas a cargo de los vecinos, etc, pero que en este caso añade algunas intervenciones de peso, como los “Versos a Medianoche” en el atrio de la Colegiata, el jueves, o la conferencia que a la limón darán Nacho Ares y Guillermo Rocafort sobre la Boda de los Príncipes de Éboli el sábado al mediodía.

Por ahí anda publicado el programa completo. Una gozada de actividades, siendo quizás la más llamativa el gran desfile que, con el título de “Un cortejo del Renacimiento” se hace el sábado a las once y media de la noche por la calle mayor, la plaza de los cuatro cañosy el Ayuntamiento, con salida y llegada del mismo palacio ducal: centenares de personas, vecinos la mayoría de Pastrana, se revisten con los trajes que se usaban en el Renacimiento, en la época de la princesa de Éboli… unos imitan a los señores, otros a los villanos, algún que otro a los clérigos, y de espadachines, mercaderes, buhoneros y colipoterras hay también representación abundante.

Esa vuelta a la realidad del siglo veintiuno de la memoria histórica de una villa que, como Pastrana, cimenta su economía y buena parte de su ser y estar en el recuerdo de ese pasado, es una acertada iniciativa que partió del actual alcalde, y que ha sabido llegar, año tras año, a ser esta maravillosa realidad que en estos días se vive.

Algunos rincones que de cuando en cuando hay que visitar

Este viajero estuvo el pasado domingo por las callejas de Pastrana. Hacía calor, del que Castilla derrama al mediodía de verano sobre campos y tejados. Pero buscando las sombras, que en Pastrana son tantas, y tan amplias, de sus callejas retorcidas, el recorrido se puede hacer al fresco.

La cuesta del Heruelo, desde las monjas de abajo hasta la colegiata, es realmente una prueba de esfuerzo. El que la aguanta si resollar, y la sube sin necesidad de pararse, seguro que tiene el corazón sano. Y los pulmones mejor. En ese trecho se encuentra uno con los mejores escorzos del urbanismo pastranero. La recomiendo hacer, la subida, con una cámara de fotos, algún cuaderno de apuntes, o el silencio de quien se quiere sentir envuelto en el tiempo mágico del Renacimiento que ahora bulle.

La plaza de las monjas sigue siendo espacio santo y pulcro. En el muro principal del convento está un bloque de azulejos representando a Santa Teresa, que fue fundadora del convento. Allá fue donde se metió monja la princesa de Éboli el día después de morir su esposo. Y allá fue donde se montó el escándalo de querer vivir como princesa pero con las tocas de monja en su celda rodeada de acompañantes, servidoras, admiradores y pedigüeños. Otro adorno le ha surgido a la fachada conventual, un campanil de moderno diseño, que la complementa perfectamente.

Hace años, muchos años me parecen ya, antes mucho antes de que se montara el lío de aquella huída a Membrillas y la oposición del pueblo a que se sacaran sus riquzas, visité el interior de la clausura, y pude recorrer con los ojos, y guardar en imagen alguno de sus más curiosos ejemplares, esas míticas donaciones de la princesa de Éboli, que dio al convento de carmelitas y que allí quedaron, a pesar de ser repuestas años más tarde por las monjas concepcionistas que hoy todavía lo ocupan. Entre esas curiosidades retraté una miniatura de un Niño Jesús vestido de gala y acostado en un sillón barroco, tal que un juguetito. Quizás entonces, hace siglos, las monjas que llegaban a la Concepción [a San José] de Pastrana, guardaban todavía en su corazón la alegoría de una maternidad truncada, que se derramaba en ofrendas, oraciones y vestiditos al Niño Dios. Pongo la fotografía junto a estas líneas. Es simplemente un dato gráfico de la realidad histórica.

La Capilla de las Reliquias

Para dato gráfico, el que también acompaño a estas líneas, y que pude obtener el pasado domingo en mi rápida visita a la colegiata pastranera. No siempre ocurre, pero ese día estaba abierto, de par en par, el retablo de la Capilla de las Reliquias. Lugar ameno, aunque un tanto oscuro, y que no deja indiferente a quien lo mira.

De planta cuadrangular, la capilla susodicha, que se levanta a los pies del templo, está cubierta de cúpula de media naranja vaída, sobre pechinas, y con decoración de placas. Su fondo está ocupado por un altar de grandes puertas de madera que al abrirse muestran, en gran hornacina, una enorme cantidad de relicarios barrocos, de los siglos XVII y XVIII, conteniendo reliquias muy diversas y numerosas (ronda su número las trescientas). De entre ellas destacan las del Lignum Crucis, San Juan Bautista, Santiago el Mayor, San Sebastián, San Mateo, Santa Teresa de Jesús, etc. Don Mariano Pérez y Cuenca, en su conocida “Historia de la villa de Pastrana” también las enumera. Cualquiera que vaya con tiempo puede entretenerse en apuntar las curiosas muestras del pasado martirial del catolicismo. En cualquier caso, el aspecto del retablo, y de sus relicarios uno a uno, merece una pequeña parada.

Todavía en esa capilla de los pies del templo, el viajero puede admirar otras cosas curiosas. Son los sepulcros de dos personajes que forman parte de la historia de Pastrana, y que vemos a los lados del retablo abierto. A la derecha, don Francisco de Contreras, y a la izquierda su esposa doña María Gasca de la Vega. Ambos ofrecen sendos frontales, en cuyo centro aparecen los respectivos escudos de armas, y una leyenda que en el caso de él dice Aqví iaze don Francisco de Contreras que fvé Comendador maior de Leon i presidente de Castilla I fvé del Consejo de Estado / Murió el año de 1630 a 4 de maio, de edad de 86 años. Fvé mui recto amparo de pobres, favorecedor de las religiones, y en el de ella Aqví iaze dona Maria Gasca de la Vega muger de don Francisco de Contreras / murió el año del Señor de 1625 a 26 de março despues de aver vivido 80 años loable y santamente remedio de pobres. Proceden de la iglesia del que fuera convento reformado ó desierto carmelita de Bolarque, a cuya fundación y construcción colaboraron decisivamente estos señores, que pasaron en vida largas temporadas en aquella soledad retirados junto a los frailes pardos.

Recorriendo la umbría colegial

El templo, después de la misa mayor dominical, parece que adquiere una dimensión mayor. De una simple iglesita románica que fue en sus inicios, allá por los siglos XIII y XIV, cuando el señorío de la villa estaba en manos de la Orden de Calatrava, se transformó en el siglo XVII en una portentosa colegiata, a la que nada faltaba para simular catedral elegante. Don Pedro González de Mendoza, hijo de los príncipes de Éboli, que les salió listo, trabajador y ambicioso, se hizo franciscano, dirigió la Salceda entre Peñalver y Tendilla, alcanzó a ser obispo de Sigüenza y arzobispo en Granada, y pagó todo lo que costaba hacer ese templo, designando por su arquitecto al renombrado carmelita fray Alberto de la Madre de Dios.

Bueno, sin entrar en más detalles de estructuras, evolución y fechas, yo a mis lectores lo que recomiendo es que, después de la misa mayor del domingo, se den una despaciosa vuelta por el templo. Entrando por la portada gótica del norte, dejando en medio lo que hoy es coro y que en realidad es el resto mínimo de la primitiva iglesia románica, alcancen el tramo de la cabecera y admiren las bóvedas hemiesféricas, los brazos ampulosos del crucero, con grandes carteles y enormes escudos que hablan de los primeros duques de la villa. Y que se entretengan en reconocer los simbolismos que identifican a las santas mártires que ocupan el altar mayor, que pintara Jimeno, uno de los mejores del barroco madrileño. San Francisco en el centro, con misteriosa cruz de dos brazos horizontales, y todo el retablo dedicado a la santidad femenina, feliz idea de la Contrarreforma, que dio alas a la mujer, al menos en el camino de la santidad.

Apunte

Detalles del programa

Entre los interesantes actos a celebrar en Pastrana estos días, figura de una parte la conferencia del historiador Aurelio García López, uno de los máximos estudiosos de la historia pastranera. Hablará del IV Centenario de la Expulsión de los Moriscos, que por estos días se cumple, y con un poco de suerte presentará el libro que con este tema ha escrito y que le prometieron editar los gestores de Bornova, una editorial de temas alcarreños.

También hoy, por la mañana, se inaugurará la clásica exposición de Trajes Góticos, Renacentistas y Barrocos que en el Claustro del palacio ducal ha montado la Asociación de Damas y Caballeros.

Por la noche, en la Colegiata, habrá un Concierto de Órgano, y a las 11 en la plaza del deán, un “Homenaje a las mujeres de Lorca” que ha preparado el Grupo de Teatro Moratín de Pastrana, bajo la dirección de Alberto Merchante, buen apellido para dedicarse a cosas del teatro en la villa alcarreña.

Mañana sábado, será a mediodía y en el palacio ducal la conferencia que a medias darán  Nacho Ares y Guillermo Rocafort, estudiosos ambos, con gran calado, de la Princesa de Éboli y de su esposo don Ruy Gómez de Silva, a propósito del recuerdo de su boda, que se hizo, si no me falla la memoria, en Alcalá de Henares. Fue en 1553, y el día de la boda él la doblaba en edad.

Y el Cortejo Renacentista, lo más bonito y lucido de las jornadas. Seguro que serán miles las personas que acudan a verlo, fastuoso, alegre y muy representativo de lo que fue Pastrana en siglos pasados.

Buscando fuentes por Solanillos

La excursión por la Alcarria nos lleva esta semana hasta Solanillos del Extremo. Un lugar que, como la Olmeda, cercana, tienen el apellido de lo lejano, de los extremoso y arcano. Ello se debe a que en tiempos medievales, estos pueblos pertenecían a la Tierra de Atienza, y, estando ya cerca del Tajo, los tenían como muy lejanos, en “el Extremo” del común atencino.

En tiempo de calores, buscamos fuentes. Y Solanillos del Extremo puede presumir de tener en su término más de una docena de buenas fuentes, de esas abundosas, sanas y que nunca se secan. Especialmente hay una, la “Fuente del Pozo” que puede formar entre las 3 ó 4 mejores de toda la provincia. Así es que a verla nos hemos ido, a escuchar el canto del agua cuando sale de su caño y se vierte por pilones, conductos y regueras.

Podríamos poner a la Fuente del Pozo de Solanillos en “comparanza” (como dicen en la Alcarria) con las de Fuentelencina, Fuentenovilla y Albalate de Zorita. Ante muy pocas más se rinde esta, y para algunos, quizás sea la mejor, la más grande y bella, la más solemne, como una “catedral de las fuentes”.

El turismo de fuentes ha ido a más. Desde que hace ahora unos años Juanjo Bermejo, de Budia, sacara un librillo que titulaba “Guía de las fuentes de Guadalajara”, son muchos los viajeros que se echan a los caminos a buscarlas. En la Alcarria es donde están las mejores, en los valles donde asoma el nivel freático de los cerros y la meseta arcillosa. De ahí que las buenas y abundantes estén en las cuestas, y allá que ir, a través de esos caminos que llaman “carralafuente” a por agua abajo, con las borricas antiguamente, ahora con los coches. También hay hermosas fuentes en el Señorío de Molina, talladas en piedra rojiza, barrocas y episcopales algunas, como la de Tartanedo, la de Setiles, la de Rueda y Torrubia…

De la de Solanillos nos dice Bermejo que es una de las mejores de la Alcarria. Que se encuentra en el camino real que trazó el gobierno de Carlos III para llevar a los viajeros desde Brihuega a Trillo. Por allí delante pasaría, por lo tanto, más de una vez el “mejor alcalde de Madrid”, cuando se dirigía a tomar los baños en las proximidades de Trillo. Y nos dice que es fuente de muro, que con su masa pétrea contiene el declive del que surgen los dos manantiales que la dan vida: el central, más abundante y de aguas duras, y el lateral, más escueto pero de agua más dulce.

La mejor descripción de este elemento nos lo proporcionan las fotografías que tomé hace pocos domingos, y que acompañan a estas líneas. Bajando unas cuantas calles, en recodos, desde la plaza mayor, en dirección al barranco o camino de Cifuentes, se encuentra enseguida la “calle del Pozo” que lleva hasta ella. Vemos que se puede llegar en coche, aunque es conveniente y hasta relajante bajar andando desde la plaza: escolta el camino ancho y como ahora tiene fugas lo pone todo perdido de agua y verdines. La fuente es un enorme muro de piedra caliza muy bien tallada, con sillares perfectos, que el tiempo ha puesto grises. Un muro central nos muestra una especie de capilla por donde sale el agua, sumándose en lo alto de un ventanal, que le da airosidad. El agua se vierte a un pequeño pilón, del que corre a los dos lados, por medio de ancha conducción de piedra.. Pero también deja escapar parte de su caudal al centro, quedándose en un enorme y cuadrado pilón donde beberían antaño las caballerías y las mujeres bajarían a lavar. Luego recibe, en su parte izquierda, el caudal más breve de otro manantial dulce, y finalmente las aguas por conductos subterráneos salen del entorno, atraviesan el camino, y se van hacia los huertos, a regarlos generosamente.

En el término municipal de Solanillos hay muchas otras fuentes curiosas. Un folleto, muy bien editado por el Ayuntamiento, con un dibujo central de Jesús Padín, nos da idea y ofrece ayuda para hacer unas rutas y visitar en ellas, a lo largo de un día muy caminado, las fuentes del término.

Los viajeros alcanzaron a visitar, no más  otras dos fuentes: una la de Carravillar, que aparece antes de llegar al pueblo, a la derecha de la carretera que nos trae desde La Olmeda. Es esta bien ancha y los pilones sucesivos por los que va cayendo el agua son largos y limpios. Se encuentra también muy cuidada, y reune las condiciones para hacer un paseo tranquilo desde el pueblo, y allí descansar para iniciar la vuelta.

Otra curiosa que visitamos, tomando ya el camino/carretera que pasada la ermita y la plaza de toros nos lleva hacia Cifuentes, es la Fuente de la Losa, que aparece delimitando un amplio espacio llano bajo unos roquedales y entre carrascos. La fuente tiene también un muro contenedor, y de un par de caños el agua se distribuye por un largísimo pilón lineal que la deja correr. En época de calores, solo el sonido del agua corriendo ya estimula.

Otras fuentes del término, y que el viajero debe ir a ver, buscar primero, y disfrutar de sus aguas finalmente, son las de Fuensalida, enorme también, por lo que nos dicen en el pueblo y se ve en las fotos, y las fuentes del Merendero, donde el Ayuntamiento, que es de posibles gracias a tener la Central Nuclear Trillo I frente a su término, ha montado un espacio de esparcimiento que les ha quedado “ole” y lo conservan con mimo.

Otra buena fuente, curiosa y misteriosa, es la de la Cueva del Pilón, porque el lugar se encuentra bajo una enorme roca socavada, y bajo ella discurre el agua que se recoge en la fuente, con su muro y su pilón corrido. La Fuente del Castillo tiene también su mérito. Es muy rural, está en medio de los campos, junto al camino que desde Solanillos va a Cifuentes. A poco de salir de la villa, giramos a la izquierda en el primer cruce para tomar el camino de Masegoso. A unos dos kilómetros, bajando siempre, se gira a la derecha para coger el “Vallejo del Ciego” y desde allí se llega al enclave, que es muy visible porque está presidido por una gran peña, la “Piedra del Castillo” llaman, y bajo ella se encuentra la fuente de dicho nombre. A pesar del nombre de la peña, no aparecen en ella restos de construcción defensiva. El nombre lo recibió, hace siglos, porque es muy evidente el parecido con un castillo.

Aún quedan más, porque Solanillos en esto de fuentes es como un museo: hay muchas, bonitas, y todas diferentes. Está la fuente del Chopo de la Huerta, en un ramal que se desvía del Camino de Carlos III. Y están las Fuentecillas, aisladas en el chaparral, pero con sus pilones siempre llenos. En estos meses del estío, la fauna que las puebla son los consabidos renacuajos y las avispas. Cerca, porque estamos en la Alcarria, se ven algunos colmenares, medio abandonados, y algunas abejas ronronean cuando vienen a por agua. En general, el campo ya no es lo que era. Y en esto de las picaduras, parece que han disminuido mucho las ansias hematófagas de mosquitos, moscas y moscardones de secano. Todo sea para bien, como decía mi amigo Pánfilo de la Peña, agricultor de Esplegares que solo hablaba con muletillas. Se ve que le iba lo de ser torero.

En todo caso, y como aviso para viajeros y veraneantes, lo que hay que hacer cualquier día de estos es llegarse a Solanillos del Extremo, y aparte de refrescar el gaznate con cualquier cosa permitida por la ley y en venta por sus bares, bajar con cuidado y entusiasmo hasta la Fuente del Pozo. Mis lectores lo van a agradecer: pocas fuentes vieron en la Alcarria tan grandes, tan monumentales, tan espléndidas como esta.

Apunte

Algo de Historia

En medio de la Alcarria, dando vistas a los cerros gemelos de Viana, y al pie de unos cerretes que por el norte forman las ondu­laciones de la meseta alcarreña, en una zona de vistosidad alcarreñil y encuentro de varios vallejos que, formados en dichos altos, corren sus aguas hacia el Tajo, asienta el caserío de Solanillos, sus tierras ásperas y secas, que dan cereal y olivos predominantemente. Sin olvidar la gran extensión de monte bajo, de chaparral y encinar que pervive en su soledad de siglos.

En punto a historia, podemos decir que perteneció desde los primeros siglos de la Reconquista a la tierra de Atienza, cuando esta se dedicó con entusiasmo digno de mejores resultados a la repoblación de las tierras que bajan al Tajo. La Olmeda y solanillos pertenecieron al extremo meridional de esa Tierra, tomando de ello el apelativo toponímico del “Extremo”.

Pasó luego, en 1478, a pertenecer al señorío condal de los Silva, condes de Cifuentes, pasando después, por lazos familia­res, a las casas de los duques de Pastrana, y luego del Infantado. Siglos después, hace solamente veinte años, le llegó la prosperidad porque enfrente surgió un edificio complicado y humeante: la Central de Energía Atómica de Trillo. Eso supuso que sus habitantes pudieron dedicarse a las mil tareas de su construcción y mantenimiento, y de ahí le ha venido dinero al Ayuntamiento, en forma de impuestos que la empresa de la Central le paga, y el Estado le da en aras del peligro en que sus habitantes viven. Que, como ellos dicen, “tampoco es para tanto”.

Además de las fuentes a las que he animado a visitar, en Solanillos debe verse su iglesia parroquial, dedicada al Apóstol Santiago, que tiene al exterior un aspecto de fortaleza y sencillez, con torre de cuatro cuerpos divididos por ligeras impostas, siendo los muros del templo de sillar y sillarejo calizo. La planta es cruciforme, con una sola nave cubierta por bóveda con labores de yeserías, mostrando en algunos puntos dibujados cruces santiaguistas. La entrada se resguarda por tejaroz que sostiene tres columnas toscanas, y es un arco semicircular abovedado, con la fecha de 1802 como de su última restauración, aunque el templo todo denota ser del siglo XVI. Al interior sobresale el altar mayor barroco con diversas tallas de santos. Poco más hay en el pueblo, sino es la plaza de toros, de las pocas que hemos visto que es mitad plaza mitad campo. Quizás por economizar, o quizás porque no era necesaria tanta plaza, solo se hizo la mitad. Y sirve para lo que es: para matar novillos y ver lances de faenas soñadas.

Ah, que además, -y no se le olvide al viajero, ya que está, visitar alguna- son famosas las cuevas del vino de Solanillos. En los blandos repliegues de la roca en que asienta el pueblo, desde hace siglos la gente se cavó sus bodegas, que ahora, bien compuestas y adornadas, con parras a la puerta, y vinos dentro, sirven para pasar los atardeceres del verano en amigable charla, viendo los vencejos lanzarse suicidas al vacío, y el humo de la central, lento, manso, subir pidiendo ¿qué? ¿Hay quien sepa lo que piden los vapores de agua de las Centrales Nucleares?

Camino de Hita

La villa de Hita continúa siendo el referente de la Edad Media en la Alcarria y uno de los más destacados de toda Castilla. Mañana será eje de la memoria, sonoridad equilibrada y vitalismo arrollador: por sus cuestas se desparramarán las gentes vestidas a la antigua usanza, se verán las cosas más endemoniadas por los mercadillos, topará uno con cualquier botarga y se adentrarán las miradas por el fresco destello oscuro de las bodegas que horadan el cerro. En una de ellas, incluso (en la de la calle del Mercado) se podrán ver los instrumentos de tortura y las máquinas de pena capital que fueron usadas en el Medievo para castigar inquietudes o malos comportamientos. Mañana, todo el día, será la Fiesta de Hita, el Festival Medieval, la jornada épica.

Una visita a Hita

Subir, una vez más, las cuestas de Hita para llegar hasta la remozada «Casa del Arcipreste», o a las ruinas pulcras de San Pedro, será mañana un poco más difícil, por el gentío que llenará la calle. En la Plaza Mayor, que se mantiene perfecta y sagrada en sus límites desde el Medievo, se concentrarán las gentes animosas. Y un gentío abigarrado subirá la cuesta.

Para quien llegue así, una vez más a Hita, o para quien llegue por vez primera, hay todo un recorrido que hacer para empaparse de su sabor único. Desde la distancia, que generalmente es llegando por el valle del Badiel, una vez atravesado en Torre del Burgo y Sopetrán, se eleva el cónico cerro sobre los campos suaves de cereal de la primera Alcarria. En su vertiente meridional se alza el caserío, derramado sobre la empinada falda. Y en él destacan algunas torres, colores pálidos de muros y rojizos de techumbres.

Dejando a un lado el barrio nuevo que construyó Regiones Devastadas después de la Guerra Civil, y donde hoy vive una buena parte de la población, se asciende una cuesta escoltada de acacias, y se llega ante la solemne puerta de la muralla, una puerta de arco apuntado, estrecho, sumada de un escudo de la villa y escoltada en lo alto por dos fuertes garitones de carácter defensivo. En los muros de esta puerta, según se traspasa, están inscritos en una lápida algunos versos del Arcipreste. Era esta la puerta principal de la villa, pero existían otras, porque Hita estuvo totalmente protegida por una gran muralla que mandó construir, a mediados del siglo XV, su señor el marqués de Santillana. De aquella muralla han llegado hasta hoy algunos restos que se han restaurado con mimo. Y que cada día se restauran, evitando su deterioro, en una tarea de continua vigilancia promovida por su Ayuntamiento.

Atravesado el arco mayor, rescatado también de la memoria hundida, se llega a la plaza, en la que se ve una fuente, unas casas con soportales, y el gran muro de la alta barbacana, a la que puede subirse rodeándola por fuertes cuestarrones. En la barbacana alta, donde está el Ayuntamiento, las vistas que se contemplan son prodigiosas: hacia el sur se extiende la mirada sin encontrar límite. Guadalajara a lo lejos, y todo el valle del Henares, se contempla desde ella. En los atardeceres, la luminosidad del sol poniente se refleja sobre las nubes que cobijan a la villa.

Desde la barbacana sigue ascendiendo la cuesta. Y primeramente se alcanza otra breve terracilla en la que se abre la remozada «Casa del Arcipreste», un edificio con funciones de «Casa de la Cultura» del pueblo, en el que hay salón de actos, de reuniones, emisora, archivo, y se prepara el Museo de los Festivales. Desde allí, cuesta arriba, se llega a las ruinas de la iglesia de San Pedro, la que fue parroquia del Arcipreste, y que tras la Guerra Civil quedó en ruina completa. Esta iglesia era de estilo mudéjar, y aún hoy se ven los muros, la cabecera entera con un presbiterio y ábsides brevemente realzados, con su perímetro antiguo bien marcado para que en su interior, limpio y cuidado, puedan albergarse actos culturales en verano. En el suelo se ha mantenido la lápida mortuoria de Hernando de Mendoza, caballero que fue alcaide de la fortaleza, propiedad de los marqueses de Santillana y duques del Infantado.

Desde la ventana del ábside central de San Pedro se ve, tamizada por una reja, la torre de la iglesia de San Juan, el templo que hoy es utilizado como parroquia. Muy alto, al final de un camino de suave ascenso, escoltado de acacias y con unas vistas espléndidas desde su barbacana, se alza este templo que fue el mayor de la villa. Su interior ofrece una pequeña capilla, en el lado de la epístola, dedicada a la Virgen de la Cuesta, patrona de Hita. En el altar, una talla románica de la Virgen, y en su bóveda, una artesonado mudéjar bellísimo. Pero quizás lo más llamativo de este templo sean las decenas de lápidas mortuorias que, recogidas de San Pedro y otros lugares del pueblo, se colocaron por los muros ofreciendo escudos tallados, largas leyendas y una densa imagen de hidalguía y aristocracia que define muy bien lo que fue Hita en siglos pasados: una villa de alto rango, de importancia capital en la consideración de la estrategia política, militar y económica de Castilla.

Mio Cid Campeador

Es este, el cerro de Hita, un buen lugar para recordar al Cid Campeador. Por aquí pasó, hace ahora más de 9 siglos, el caballero castellano y su equipo de ¿guerreros? ¿salteadores? ¿ascetas con espada? rumbo a la Wad-al-Hayara y a la Al-qalat-al-nahar de los musulmanes, a darles sustos y robarles los ganados. El “Cantar del Mio Cid” nos recuerda que los hombres del ejército cidiano, mandados en esa ocasión por su lugarteniente y hombre de confianza Alvar Fáñez de Minaya, bajaron desde Castejón hasta Guadalajara y Alcalá de Henares, haciendo algaras, recogiendo parias, y demostrando con su actitud violenta y desafiante quien se avecinaba como próximo poder en la Castilla que pujaba desde el norte.

El camino del Cid siguió por las costuras de las sierras norte: desde Atienza, por Castejón primero, y luego por Anguita, el Campo Taranz, y Molina, se dirigía a Valencia, a conquistar las playas y los puertos del Levante, donde se acumulaba la riqueza de Al-Andalus, y donde podría redimirse de su desgracia en la corte castellana. Tanto sufrimiento, y tanto sudor en los viajes, para al fin ganar Valencia y ser allí considerado monarca, el que ganaba batallas aún después de muerto.

Estas anécdotas, que encierran una vida de furias y determinación hacia el poder y el dominio de tierras y gentes, son las que constituyen el hilo conductor de la obra que mañana se representará en Hita, pasadas las 10 de la noche, cuando el cielo luminoso de la tarde de verano se convierta en firmamento claro de estrellas temblorosas. Manuel Criado de Val, en su incansable quehacer de escritor fecundo e investigador recio, nos ofrecerá su última obra, esta vida y milagros de “Mio Cid Campeador”, con música de Gregorio Paniagua escrita para la ocasión, y bajo la dirección escénica de Alicia Merino. Una ocasión única de revivir esencias, de degustar raíces y oler-oir-sentir el pálpito del Medievo en la medieval Hita.

Apunte

Protagonista, Criado de Val

Aunque nacido en Madrid, es oriundo de Rebollosa de Hita, de donde era su padre. Fue creador del «Festival Medieval de Hita», en 1961, y en él ha puesto, año tras año, la imagen literaria, etnográfica y vital del Medievo castellano, presentando además sus innumerables obras teatrales y sus adaptaciones a la abierta escena de la plaza de los clásicos de la literatura castellana, española y universal.
Fue director de la Sección de Estudios Gramaticales del Instituto «Miguel de Cervantes» del CSIC, y director de publicaciones filológicas como «Boletín de Filología Española», «Español Actual» y «Yelmo».

Autor de numerosos libros, entre los que destacan «Teoría de Castilla la Nueva», «Historia de la villa de Hita y su Arcipreste», «Fisonomía del Español y de las lenguas modernas», así como creador y director del programa de TVE «El espectador y el lenguaje». Una de sus últimas aportaciones a los estudios literarios españoles es su obra “Don Quijote y Cervantes, de ayer a hoy” en el que ha volcado todo su saber sobre la obra cumbre de la literatura castellana, y sus mil entronques con el resto de los escritores castellanos.

Criado es, por supuesto, «Hijo Adoptivo» de Hita. Como no podía ser de otra forma. Entre otras cosas por ese libro, publicado hace ya muchos años, la «Historia de Hita y su Arcipreste», que levantó con el bagaje de saber que le proporcionaron sus investigaciones y meditaciones. Un conjunto de datos, fechas y evidencias, que constituyen un monumento capital en la bibliografía de Guadalajara y de Castilla toda. Esa «Historia de Hita…» supuso para el autor largas décadas de investigación, de búsqueda en archivos, y, sobre todo, enormes dosis de cariño y entrega. Quizás (al menos para mi gusto) lo más interesante de la obra de don Manuel Criado sea la interpretación completa que de la vida y la obra del Arcipreste de Hita hace. En cualquier caso, y aparte de todos los méritos que aquí menciono, es esa “Historia” la que le proclama como el mejor conocedor de Hita, su cantor más alto.

El Profesor Manuel Criado de Val, conocido investigador de la lingüística castellana y de la literatura medieval y clásica de España, ha promovido también los estudios de Caminería Hispánica, habiendo sido organizador y director de los múltiples Congresos Internacionales celebrados hasta ahora por diversos países de Europa y América. Prepara ahora, dirigiendo un amplio equipo de colaboradores en el CSIC, el gran “Atlas de la Caminería Hispánica”. También ha visto recientemente publicada la inmensa “Opus” de sus aportaciones al teatro hispano, reuniendo en un solo tomo, salido de una editorial mexicana, las obras más singulares presentadas en los Festivales de Hita. Mañana disfrutaremos, una vez más, de su genialidad constructiva, con la representación en la villa alcarreña de su “Mio Cid Campeador”. Será a las diez y media de la noche. En la plaza mayor del Arcipreste. En Hita, por supuesto.