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febrero, 2009:

Hay vida en el convento de Belén de Cifuentes

Curiosa anécdota, para empezar esta historia, es la de saber que a principios del siglo XVI, hubo en España un caso en el que un convento de monjas se instituyó en un castillo medieval. Y esto ocurrió en el corazón de la Alcarria, en Cifuentes concretamente. Allí su señor y conde, Fernando de Silva, a ruegos de su hermana y otras mujeres de la familia, fundó un convento para religiosas capuchinas. Y fue tanta la aceptación de la idea, que antes de construir el convento ya tenía medio pueblo vestido con tocas…. Las puso casa en su castillo, el vetusto castillo de don Juan Manuel, en lo alto de la colina cifontina.

El Convento de Belén, de monjas franciscanas, en Cifuentes.

Una historia de silencios

Todavía hoy se alza viva, en la alcarreña villa de Cifuentes, la comunidad sencilla de las monjas capuchinas de Nuestra Señora de Belén, próxima ya a cumplir el quinto centenario de su fundación, y después de haber pasado no pocos avatares desgraciados en todos los años de su historia, muy especialmente en el pasado siglo.

A comienzos del siglo XVI, el linaje de Silva era quien regía los destinos y marcaba las rutas de Cifuentes. Con su palabra se movían las tierras, con su dinero se levantaban los edificios. A estos señores todopoderosos, verdaderos príncipes del Renacimiento alcarreño, deben las monjas cifontinas su fundación y establecimiento.

La anécdota inicial está inmersa en el espíritu de religiosidad que surge a inicios del siglo XVI. Quedó viudo don Fernando de Silva, conde de Cifuentes, y decidieron las doncellas y servidoras de su fallecida esposa, con un recio espíritu implacable, muy de la época, dedicarse a la oración y, el recogimiento. Ante las continuas súplicas de tantas mujeres, el conde no pudo resistirse y terminó por fundar un monasterio para ellas. Pidió las correspondientes Bulas a Roma, donde tras los obligados pagos y cánones firmó los papeles el Sumo Pontífice, que a la sazón lo era Clemente séptimo. Por no haber tenido tiempo material de levantarlas casa de oración, y ante el empuje espiritual de las féminas (“¡esto es para hoy, queremos un convento ya!” –dijeron las buenas señoras), se habilitó el viejo y ya por entonces decrépito castillo de don Juan Manuel para que allí vivieran y rezaran. Vaya sitio para un convento. Los fríos que debieron pasar entre aquellos altos e inhóspitos muros.  Pero tan contentas ellas allí se dedicaron a la vida contemplativa. Iba al frente de todas la hermana del Conde, doña Isabel de Silva, que debía ser muy animosa, muy impaciente, y que escogió para sí y sus seguidoras la regla de San Francisco, habiendo recibido previamente el permiso eclesiástico para titularse Beatas de la Orden Tercera franciscana.

Impresionado don Fernando con tan repentina y firme decisión, no dudó en hacer esa fundación,  y decidir construir a sus expensas un monasterio para ellas. Tras la llegada de las Bulas, edificó en las afueras de Cifuentes, junto a la ermita que llamaban «Nuestra Señora de la Fuente» o de Belén, un edificio conteniendo el claustro, las celdas, la sala capitular, el refectorio y el locutorio, habilitando como iglesia de la Comunidad dicha ermita. Catorce meses después de acometer las obras, bajaron del castillo las beatas y quedaron sometidas a la autoridad, que suponemos suave y llevadera, de sor Mencía Alvarez como abadesa, sor Francisca de San Juan, y otras monjas franciscanas traídas del Convento de San Juan de la Penitencia, de Toledo. Era el año 1527. Y don Fernando no cesó nunca, hasta su muerte, de ayudar y hacer regalos sacros a las monjitas. Igual que harían más tarde sus sucesores, nombrados por él patrones de la fundación. Tomó posesión de la casa, en ese año, fray Alonso de Ocaña, guardián del Convento de franciscanos de Cifuentes, por delegación del provincial de la Orden, fray Diego de Cisneros, recibiendo a la comunidad en su obediencia.

A ruegos de doña Isabel, la hermanísima, el Conde fundó también un “Colegio de Doncellas”. Institución muy de moda en los años iniciales del reinado de Carlos I. Por todas partes, en España, se fundaron y empezaron a fundar estos “Colegios de Doncellas” que en el caso de Cifuentes fueron a medias nobles a medias plebeyas. La idea era admitir en él, para su residencia en internado y educación sumarísima, a doce jovencitas cifontinas, más o menos relacionadas, por cues­tión de linaje o servidumbre, con la familia Silva. En la casa colegio (construida junto al convento de Belen), harían una vida comunitaria distinta a la de las monjas, aunque cada chi­ca tenía asignada una monja tutora («Madre, maestra o por­tera») con la que pasaba unos años de oración y educación especial. Tiempo después, la joven tenía opción a elegir entre la boda o la profesión religiosa.

Teniendo en cuenta que estas chicas pasaban los mejores años de su adolescencia y juventud enclaustradas entre aquellos muros y reza que te reza para probarse la vocación ¿Cómo es posible que así y todo a alguna la salieran pretendientes? ¿Y aún surgiera el amor, o la pasión, o lo que al caso viniera, y la elección final fuera “irse al mundo” renunciando al claustro?

El caso es que, según atestiguan los documentos que aún quedan legibles de este convento, algunas se casaban. Y en­tonces era el patrón del Colegio, el conde Silva de turno, quien dotaba a la doncella «conforme a la calidad de su persona, que a todo esto se tiene mucha atención», según nos dice el padre Salazar en su Crónica del franciscanismo en Castilla.

El convento de Cifuentes fue habitado, durante el siglo XVII, de algunas monjas de extraordinarias dotes; crecidas, sin duda, al aire enrarecido que ese siglo respiró, sin que aparentemente nadie tuviera la culpa de ello. Las mayores exaltaciones místicas, prodigios sin cuento y admoniciones proféticas, fueron dictadas de la boca de sor María‑Inés Martínez de la Cruz y Santa Rosa, la monja de Trillo que hizo llenar, en su época, montones de cuartillas y horas de conversación y chismorreo. Más normal fue sor Francisca Inés, abadesa del Convento, pero también de grandes dotes místicas. Tanto el tema inicial, el de las jovencitas doncellas que al final tienen que elegir entre la clausura o el casorio, como el final, de las monjas que ven ángeles discurriendo por el claustro y se notan levitar a la caida de la tarde, daría para un novelón de los que hoy se llevan. No sé si truculento, pero sí, al menos, inquietante.

De los documentos se extrae, sin embargo, la clara idea de que la vida de la Comunidad fue sencilla en extremo, sin sufrir grandes anomalías o estremeci­mientos, hasta la consabida llegada de la horda francesa, hace ahora dos siglos, que des­barató un tanto su tran­quilo devenir, y la pos­terior ley de Desamortizacíón de Bienes Eclesiásticos y Manos Muertas, de 1835, que, aun no pudiendo expul­sarlas de su casa, por ser más de doce las pro­fesas en esos días, sí que les dejó huérfanas de todo sostenimiento económico, comenzando allí una pobreza extre­ma de la que aún no han salido.

El 22 de julio de 1936 tuvieron que dis­persarse y vivir ocultas en las casas del pueblo

o sus alrededores, con­templando impotentes cómo unos quemaban y destrozaban su archivo

y pobres enseres, y otros derrumbaban, me­diante un absurdo bombardeo, el edificio

entero. Acabada la Guerra Civil, se reunieron nuevamente las monjas franciscanas, decididas a continuar, a costa de cualquier sacri­ficío, en su Convento de Cifuentes. Por intercesión del obispo seguntino, doctor Muñoyerro, vinieron en 1941, procedentes de Plasencia, cuatro monjas capuchinas bajo la dirección de la madre Corazón de Jesús Ponce de León. Y en diciembre de 1945 autorizaba el Papa la instalación de comunidad capuchina en el remozado edificio.

La historia de este convento, aparte de lo que se encuentra en los libros escritos por cronistas franciscanos de los siglos XVII y XVIII, y de las obras históricas del Cronista Layna Serrano, se fundamenta en los documentos que todavía existen, salvados entonces, en la Desamortización, en el Archivo Histórico Nacional, sección Clero, legajos 78 a 94 donde quedan papeles sin cuento referidos  a censos, juros, apeos y otras cuestiones económicas.

Un clamor de piedras

Para el viajero de hoy, andarín por la Alcarria en días soleados como estos del final de febrero, llama la atención la presencia externa del convento de Belén. Todo es nuevo en él, menos la portada. Los bombardeos franquistas de 1936 terminaron por echar al suelo lo poco que quedaba desde que unos meses antes le pegaran fuego los progresistas del momento. En los años cuarenta se rehizo, como antes he referido, el convento entero. Ocupa una céntrica manzana de Cifuentes, frente a la casa donde arden verdes los sequoyas que algún indiano trajo de la occidental América. La fachada del convento es sencilla, enfoscada, y en ella tan solo destaca hoy una señal de prohibido el paso puesta en la esquina, y un enorme contenedor de basura que el Ayuntamiento ha decidido colocar allí para uso y disfrute de vecinos, paseantes y turistas.

La portada, sin embargo, es elegante y procede del primitivo convento. Toda en piedra sillar tallada, aparece el acceso a la iglesia, de arco semicircular, surmontado de un escudo con las armas del cuarto conde de Cifuentes, don Fernando de Silva, bajo corona y cuajado de cuarteles en los que resuenan sus emblemas blasonados. Encima, dentro de una hornacina, una imagen de la Virgen con el Niño Jesús, bien tallada imitando cosa antigua, de estilo románico, pero sabemos que es bastante más moderna. En la peana se lee “Santa María de Belén”. Esa talla u otra similar y más antigua procedía de la primitiva ermita de esa advocación. Aún encima se ve una bola del mundo, emblema ducal, y todavía en lo alto, la espadaña, de una sola campana, clásica donde las haya, muy monjil.

Por la calle donde tenía “El Rata” su albardería, se abre la puerta del convento propiamente dicho. Entonado con los tiempos que corren, tiene en su solemne arcada de sillares incrustada una señal de vado en que se advierte que también sirve para paso de carruajes, y por tanto está prohibido aparcar delante. Eso es lo que me ha permitido fotografiarla tal cual es. Encima hay una placa de cerámica en la que junto al escudo del linaje de Silva, se lee limpiamente escrito Monasterio “Ntra. Sra. De Belén” Siglo XVI, hecha por las artesanas cistercienses de Brihuega. Queda claro, pues, donde estamos.

Al final, el viajero, con suerte, podrá entrar en la iglesia. Recoger un instante el hálito limpio del silencio y la bondad que rezuman sus paredes. No hay nada de arte en su interior. Quizás en la parroquia de San Salvador, arriba de la plaza, aún pueda con suerte mirar a través de la reja de una capilla y ver los cuatro grupos escultóricos que proceden de aquella primitiva ermita de Nuestra Señora de Belén. Son cuatro grupos de estilo renacentista primitivo, tallados en madera, con escenas de la infancia de Jesús.

Una ocasión más para andar las callejas empinadas, o llanas, que de todo hay, por Cifuentes, y empaparse de ese aire sencillo y antiguo, evocador y recio de sus edificios de vivienda, sus caserones nobles, sus templos y conventos… siempre tiene la Alcarria su palabra que decir, su pálpito transmisor de vida.

Buitrago, un castillo mendocino

En estos días estamos trabajando, el profesor García de Paz, y quien esto escribe, en un proyecto que desde hace tiempo preparamos para dar a conocer, desde una perspectiva de actualidad y con características de guía cómoda para acompañar en viajes, en un libro sobre los castillos y las fortalezas de la Comunidad de Madrid.

Algunos de esos castillos, hoy en la vecina comunidad, tuvieron durante siglos un marcado acento guadalajareño, al haber sido construidos y utilizados por diversos personajes de la familia de los Mendoza, cuando en Guadalajara tenían su sede principal, en el deslumbrante palacio del Infantado, y sus súbditos y administradores debían viajar, desde remotos lugares, a rendirles cuentas en la ciudad del Henares.

De esos castillos, a los que por esta circunstancia estamos viajando en estos meses, traigo hoy la referencia reciente de lo visto y estudiado, animando a mis lectores a que viajen y se nutran de estas memorias que prodigan las piedras castilleras. Hoy nos vamos a Buitrago, en el valle alto del Lozoya.

Muralla occidental del castilllo de Buitrago

La villa amurallada

Poco queda de la grandiosidad que tenía la villa amurallada de Buitrago. En los siglos del Medievo y el Renacimiento, cualquier viajero que discurriera por la sierra madrileña, con la intención de cruzar el puerto de Somosierra rumbo a Burgos, no tenía más remedio que detenerse en Buitrago, cruzar los puentes que la refuerzan y atravesar el oscuro peaje de su torre en recodo para acceder al interior de la amurallada villa.

En su interior abundaban los artesanos, los comerciantes, los herreros, los mesoneros, y numerosos criados y funcionarios de la corte mendocina acogían (o atravesaban a impuestos) a los viajeros. A poco más de 13 leguas desde la Puerta del Sol, hoy sigue siendo, como lo fue durante siglos, la “capital de la Sierra”.

El origen de este burgo fortificado rodeado de un profundo río, es árabe. Tras la reconquista del área por parte del rey Alfonso VI de Castilla, se remodeló y reforzó, en el siglo XII, recibiendo nuevas atenciones, aumentos, y mejoras, en los siglos XIII y XIV, que son en los que se data la construcción del castillo y la estructura actual del burgo.

Un gran circuito de altas murallas (lo vemos en la fotografía aérea que acompaña a estas líneas) protegía totalmente a la villa que tenía doble defensa: además de la muralla, por todas partes menos por el poniente estaba rodeada por el foso húmedo del río Lozoya, que hoy es mucho más amplio y vistoso al tener remansadas sus aguas por el embalse de Puentes Viejas. Unos 800 metros en total es el perímetro del actual Buitrago fortificado.

La Comunidad de Madrid ha restaurado en sucesivas campañas esta muralla, pudiendo accederse a los adarves y recorrerla casi en toda su extensión mediante cómodo paseo junto a las almenas. La altura de este muro es de 9 a 10 metros en la parte occidental de la ciudadela, en la cual se centra la puerta de acceso (hoy llamada Puerta del Reloj) y que era la que debía defender a la puebla de los ataques por terreno llano. Mientras que el resto de muralla sobre el río no tiene más de 3-4 metros de altura.

En su costado occidental y sur se alzan hasta 13 torreones de planta cuadrada todos ellos, menos la mayor de las defensas, que es pentagonal y que permite el paso del exterior a la villa amurallada, a través de un estrecho pasadizo en recodo, que se abre al exterior por arco apuntado, y al interior por doble arco con hueco para el rastrillo, todo ello de ladrillo y sillarejo, muy en el estilo de la construcción mudéjar primitiva. Nada más atravesar el pasadizo, el viajero se planta ante la iglesia parroquial del pueblo, dedicada a Santa María del Castillo, sin duda elevada, en estilo gótico, sobre los restos antiguos de otra iglesia que a su vez sustituiría a la primitiva mezquita. También muy bien restaurada esta “iglesia de Asilo” como pregonan dos cartelas talladas a su entrada, ante la puerta de prolija decoración gotizante, su torre es elegante y primitiva, dándole al conjunto un acusado carácter medieval.

En el interior del viejo burgo, que a lo largo del siglo XIX y gran parte del XX quedó vacío y abandonado, se han levantado algunos edificios oficiales, viviendas sencillas y algún hotel.  

El crecimiento de la villa de Buitrago se ha verificado, desde la segunda mitad del siglo XX, de murallas hacia fuera. Ha sido declarada todo el conjunto como Bien de Interés Cultural y el castillo Monumento Nacional, desde 1931. Por parte de la Consejería de Cultura de la Comunidad Autónoma de Madrid, desde 1995 se está procediendo a la restauración progresiva del conjunto, y el mes pasado se habilitó una nueva cantidad para la rehabilitación de la Torre del Reloj.

El castillo

Como muchos otros lugares, especialmente de las propiedades de los Mendoza, Buitrago tuvo su castillo levantado en una esquina de la villa amurallada. Similar situación la vemos en Palazuelos, junto a Sigüenza. Similar fue el aliento que a ambos conjuntos les proveyó de esta estructura: don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, su animoso constructor.

En Buitrago el castillo se alzó en el ángulo sureste de la muralla, y es sin duda, hoy puede constatarse, posterior a la primera defensa amurallada del burgo. Es posible que aprovechara la existencia de una anterior alcazaba árabe. En todo caso, son los Mendoza, en el siglo XV, cuando alzan este edificio. De planta prácticamente cuadrangular, con unos 25 metros de lado, su fábrica dura y austera a base de mampostería y argamasa, ofrece la puerta principal al norte, ahora accesible a través de una rampa de madera que vuela sobre los cimientos de otros edificios antiguos recientemente excavados. Se entraba a una plaza de armas desde la que se veían las siete torres de refuerzo, cuatro de ellas en las esquinas y dos más recias en la mitad de los dos muros que dan al interior de la población. Desde su ángulo suroeste surgía una fuerte estructura consistente en una coracha protegida de almenas que servía para permitir a los habitantes del castillo, en caso de acoso, acceder al agua del río.

Por antiguos documentos se sabe que el interior del castillo tuvo muchas dependencias, una capilla elegante, un gran salón de honor y muchas habitaciones que deparaban alojamiento cómodo para viajeros de alto rango, invitados de los Mendoza, y compañías de las jornadas cinegéticas que los duques del Infantado tenían con frecuencia en estos montes. Por ejemplo recordamos cómo el rey Felipe III y toda su corte se alojó aquí, en 1601, con ocasión de unas jornadas de caza.

Aunque ahora no es fácil visitar el interior del castillo, que suele estar cerrado a los viajeros, sí que podemos informar que en su interior se construyó, en el pasado siglo, la plaza de toros de la villa, en un ejemplo de casticismo hispano difícil de superar. Una evidencia de que la casta torera de los españoles va más allá del respeto a las ruinas venerables de su historia más honda.

Y algo de historia

La historia resumida de Buitrago nos la aporta García de Paz en estas frases que siguen: Fue Buitrago punto fortificado en la época musulmana, siendo el lugar sometido a conquista por Alfonso VI, no sabiendo con exactitud si fue en 1083 o tras la caída de Toledo en 1085. En 1127 pertenecía al territorio arzobispal de Toledo. Repoblada con cristianos de Sepúlveda, fue cabeza de una Comunidad de Villa y Tierra, que recibió Fuero de Alfonso X el Sabio el 23 de julio de 1256. Fue donada, junto con la villa de Hita (Guadalajara), el 1 de enero de 1368 por Enrique II a Pedro González de Mendoza, “el de Aljubarrota”, en premio a sus servicios. Antes había pertenecido a la familia vasca de los Orozco, pero Iñigo López de Orozco, hermano de la madre del Mendoza, había sido asesinado por Pedro I tras la batalla de Nájera un año antes y no tenía herederos varones. La donación sucedió, pues, antes del asesinato de Pedro I en Montiel. Buitrago y las aldeas de Somosierra y Robregordo (que logró el Mendoza en 1375) controlaban el acceso al puerto de Somosierra, paso obligado de personas y ganado lanar entre las dos Castillas.

Pedro formó un mayorazgo conjunto con Hita y Buitrago en 1380, que pasaría a su hijo primogénito Diego, el almirante, y a su nieto Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, y de éste a su primogénito Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado. A la vez que el palacio del Infantado de Guadalajara y el castillo de Manzanares, los duques finalizaron el Hospital de San Salvador, junto al lienzo este de la muralla. Este hospital había sido fundado por el primer marqués de Santillana, quien mandara hacer para el Hospital el famoso retablo de Nuestra Señora de los Angeles, obra de Jorge “el Inglés”, donde aparece orando junto con su esposa Catalina de Figueroa. Este retablo, después de haber estado expuesto muchos años en el palacio del Infantado, hoy forma parte de la colección particular del actual duque del Infantado.

Buitrago e Hita eran las bases del poder militar de los Mendoza, pues eran villas fortificadas y, difícilmente expugnables aún con la artillería del siglo XV, lo que les permitía usarlas como base de operaciones y como retiro, en caso de acoso, como ocurrió en 1460. En ellas guardaban también a sus rehenes y protegidos. En Buitrago los Mendoza custodiaron a la princesa Juana de Castilla (injustamente apodada como “la Beltraneja”), que les fuera entregada por el rey Enrique IV el 6 de agosto de 1467 y quedó en Buitrago bajo la guardia del primer conde de Tendilla, segundo hijo del marqués de Santillana. En 1470 estuvieron en Buitrago tanto la princesa Juana como su madre la reina Juana de Portugal con su amante Pedro de Castilla “el joven”, huidos ambos desde Alaejos mientras estaba la reina embarazada de siete meses de su amante. En la huida le ayudó su dama Mencía de Lemos, amante del futuro Gran Cardenal Pedro González de Mendoza, también hijo del marqués de Santillana. La reina parió al primer hijo de su amante, llamado Apóstol de Castilla, en Buitrago. Princesa y reina (con su amante) serían trasladadas posteriormente a la villa amurallada de Trijueque (Guadalajara) y vueltas a Buitrago, devolviéndose la princesa Juana al rey Enrique IV el 26 de octubre de 1470. Con la princesa también volvió la reina junto al rey. Los Mendoza recibieron de éste, como compensación, la Hoya del Infantado, posesión real a caballo entre las actuales provincias de Guadalajara y Cuenca. La reina Isabel de Castilla hizo duque del Infantado al segundo marqués de Santillana el 22 de julio de 1475.

Y son solo unas pinceladas de la larga y densa historia, siempre relacionada con los Mendoza alcarreños, de esta interesante villa amurallada de Buitrago.

Apunte

La destrucción por los franceses

Se ha cumplido también ahora el bicentenario de la destrucción de Buitrago por los franceses. Fue concretamente el 30 de julio de 1808, cuando las tropas napoleónicas, que habían llegado con su Emperador supremo a Somosierra, para asediar y conquistar Madrid de forma contundente y definitiva, que incendiaron el pueblo entero, y el castillo, llevándose cuanto pudieron del interior de la iglesia y de la mendocina fortaleza. Desde entonces, Buitrago no levantó cabeza. El mazazo de la francesada la dejó inconsciente por mucho tiempo.

Y tras su larga agonía, en 1936 llegó otro incendio, en el contexto de las operaciones militares en torno al frente de Somosierra en la Guerra Civil española. Demasiadas devastaciones para su cuerpo serrano. No obstante, merece la pena que el lector se dé por allí un garbeo y vea cómo hoy Buitrago está cuidada, alegre y confiada.

Caminando por Guadalajara a través de la Red

En los tiempos recios que estamos viviendo, de un lado el mal tiempo, (que si el viento, que si la nieve, siempre el frío) y de otro la crisis que ha paralizado las carteras y las cuentas corrientes de la gente, uno de los recursos más cómodos, calentitos y baratos para pasar el rato, es conectarse a Internet. Se puede hacer desde casa, desde el trabajo, en la estación de autobuses, o en cualquier biblioteca pública. Y con unos cuantos toques de tecla, entrar en mundos nuevos, grandes, impensados. Mundos que nos enseñan vértices desconocidos de la realidad.

Hoy propongo pasear por Guadalajara a través de la Red. No importa que esta tarde caigan chubascos, o que la cartera esté más seca que el ojo de Inés, y eso que aún no hemos llegado a la mitad del mes.

El fenómeno de moda, conectarse a través de un ordenador personal a la red mundial de comunicaciones personales o Internet, tiene ya su docena larga de años en el contexto de lo popular. Usuario feliz de la misma, internauta convencido, yo mismo he podido comprobar la utilidad que este invento proporciona a cuantos tenemos que estar, en el día a día de nuestra profesión o aficiones, conectados con el mundo entero. Mensajes urgentes, adquisición de noticias e informaciones de última hora, recogida de direcciones de personas con intereses comunes, envío de textos y fotografías con calidad de imprenta por línea telefónica, y mil cosas más, pueden conseguirse a través de esta técnica. Hoy, como ayer se dijo de la prensa o de la televisión, «lo que no está en Internet, no existe». Las ideas cabalgan hoy por los bits instantáneos de la red universal. Tertulias en voz real con cualquier grupo de universitarios de México, de editores en Alemania, o simplemente de tertulianos en tres continentes al mismo tiempo, es algo que ya puede hacerse cómodamente instalado ante el monitor de un simple ordenador casero. No es un sueño: yo lo hago a diario, y como yo más de 22 millones de españoles.

Guadalajara en Internet

Y como estamos en el mundo, no podía nuestra tierra por menos que estar presente en esta red. A través de un «buscador» de temas, algo imprescindible para moverse en esta proliferante telaraña de ofertas, he buscado la palabra Guadalajara. Impresionante: aparecen miles de referencias. Imposible leerse y mirar todo: naturalmente es la Guadalajara de México, la capital de Jalisco, a la que aludo. Una ciudad con más de cinco millones de habitantes, varias universidades, un comercio floreciente y una «movida» intelectual de altura. En la Guadalajara de España somos más modestos, pero también hay un buen plantel de espacios a los que dirigirse. Por ejemplo conectamos sin problemas con el Ayuntamiento, con una web siempre renovada, a la que se llega tecleando www.guadalajara.es o con la Diputación, que se nos abre de par en par en www.dguadalajara.es. La página de la Junta, más política y siempre cuajada de fotos y noticias alusivas a los consejeros del gobierno regional, está en www.jccm.es

Casi todas las grandes empresas alcarreñas tienen ya su página presencial, cosa que hace diez años era impensable. Y muchos otros elementos públicos y privados, desde las asociaciones de enfermos varios, a la Asociación de la Prensa, así como todos los medios de comunicación, han construido su espacio en Internet.

El fenómeno de Alcarria.com

Una de las páginas con mayor veteranía de nuestra provincia en la Red es sin duda la que lleva por dirección, bien sencilla, de www.alcarria.com Es esta una zona amable y siempre concurrida. Se creó, según me recordaban estos días sus creadores, en diciembre de 1998. Se ofrecen en ella unas zonas clásicas, como el Museo de los Expolios, de los que Guadalajara tiene varias salas llenas, o las “Historias de la Tierra” en el que un plantel de colaboradores, todos espontáneos y sin cortapisas en sus ideas, van lanzando comentarios y celebrando aniversarios, contando historias o poniendo en pública pizarra sus quejas.

Esto de que existan páginas con multitud de colaboradores, abiertas a todos, y sin condicionamiento alguno por parte de la administración pública o empresas, es una gran ventaja para tomarle el pulso a la realidad. Porque mucha gente se lanza a escribir su problemas, sus anhelos, sus preocupaciones, en la sección “Opinión” de esta web. A la que se suman, de forma impresionante, una suma incalculable de datos relativos al patrimonio monumental de la provincia, a sus fiestas, a sus pueblos, a sus personajes, etc, etc. [Esta web, falta de ayudas institucionales y publicitarias, tuvo que cerrar en diciembre de 2010].

Tendilla en Internet

Algunos pueblos han surgido que se han puesto en la línea de partida de esta carrera de la comunicación. Y están consiguiendo, me consta, el fruto que apetecían. Uno de ellos es Tendilla. Pionero donde los haya, en esto de Internet, fue el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid José Luis García de Paz quien abrió la brecha y desde hace más de una docena de años en su página sobre Tendilla ofrece mil y un datos (todo lo que se sabe) sobre este pueblo alcarreño. Con muchas fotos, historias, comentarios, datos y aniversarios. Precisamente en estos días, que se acaba de cumplir el segundo centenario de la toma de Tendilla por los franceses, esta página ha recogido su correspondiente actualización. Se coge en esta dirección: www.uam.es/depaz/mendoza/tendilla.htm.

Molina de Aragón en la Web

En Molina de Aragón fueron también pioneros, pues hace también una docena de años que abrieron su página web. Patrocinada por el Ayuntamiento de la localidad, y con el buen gusto y profesionalidad de sus creadores, que fueron Joaquín Yarza García y Alfredo Martínez Sanz, ofrece al visitante múltiples aspectos de la ciudad (su historia, sus monumentos, sus restaurantes, sus fiestas, incluso las páginas amarillas de comercios, empresas y profesionales…) y del Señorío, con especial hincapié en el Alto Tajo. Buenas fotografías de paisajes y monumentos, y una apertura total a las sugerencias. Se encuentra en http://www.molina-aragon.com y remite a otras páginas de interés, una de las cuales estimo que es www.infomolina.com que dirige José A. Tolosa y que está trabajando muy seriamente en el ofrecimiento público de todo lo relacionado con el patrimonio y la cultura de Molina en este medio.

Hita, los libros y otras cosas

Hace ya tiempo me dijeron que Hita había montado su presencia en la red. La pregunta a un buscador internacional (el conocido «Yahoo!» norteamericano de hace unos años), empezó a soltar en pantalla direcciones graciosas en las que aparecía la palabra Hita. Un par de japoneses así apellidados, y una larga referencia a presencias de la HITA norteamericana (la Hospitality Industry Technology Association). Pero también estaba allí la alcarreña villa del Arcipreste. Hoy accedemos a ella tecleando http://www.hita.info, y se declara mantenida por la Asociación “El Palomar del Porrón” presentando numerosos enlaces en los que destacan la Historia, el Patrimonio, las Fiestas y Gastronomía, los Festivales Medievales, la Asociación Cultural «La Troje», una visita virtual a la villa mediante fotografías y un sin fin de ofertas que nos hacen pasar un rato entretenido visionando esta página.

En cuanto a temas culturales, en la red tiene su presencia acreditada la fundación “Siglo Futuro” a través de la página http://www.fundacionsiglofuturo.org, la superinteresante que mantiene el Centro de la Imagen Histórica y la Fotografía de la Diputación Provincial (http://www.cefihgu.com) o la que nos presenta la Biblioteca Pública Provincial de Guadalajara en www.bibliotecaspublicas.es/guadalajara/ En todo caso, sobre los libros de Guadalajara hay algunas presencias que considero muy interesantes, especialmente  la de la Revista virutal de libros alcarreñistas a la que se accede en esta dirección http://ww.librosdeguadalajara.blogspot.com y en la que aparecen numerosas críticas, comentarios, novedades y descripciones sobre lo más reciente del tema.

Uno de los espacios con más visitantes, en nuestra provincia, es sin duda la clásica página de los “Alcarreños Distinguidos” que también desde hace una docena de años está viva en la Red, y creciendo cada día. Se llega a ella con estas palabras mágicas: http://www.aache.com/alcarrians/ y allí aparecen ya cerca de dos centenares de biografías de personas de todas las épocas, profesiones, famas y milagros. Para pasar una tarde entretenida sabiendo de gentes y de cosas.

La prensa, en fin, tiene ya a todos los niveles su cabida en este planeta de Internet. De las primeras en tener presencia web fue nuestro diario, que hoy se ofrece actualizado hora por hora en www.nuevaalcarria.com. Pero son también el resto de los medios de la provincia los que tienen su público fiel, al frente de los cuales está, sin duda, el que abre no ya a diario, sino a cada hora, nuestro amigo el periodista Augusto González Pradillo en www.lacronica,net Enganchados a esa página se encuentran mucho alcarreños, sobre todo lo que se encuentran lejos de la tierra. Muy animados son los foros abiertos que mantienen nuestros compañeros de El Decano en su página de www.eldecano.es o los blogs personales de amigos periodistas como José Serrano Belinchón, en su área http://jserranobelinchon.blogspot.com/  o Raul Conde en www.lagarlopa.com.

Un camino nuevo que se abre a todos cuantos, desde Guadalajara, nos sabemos ciudadanos del mundo. De un mundo cada vez más pequeño, más unido, más interconexionado. Guadalajara, sus pueblos, sus gentes, se han echado a andar por ese camino. Seguro que dentro de muy poco, la tierra entera que nos acoge estará diciendo su palabra, y poniendo su imagen hermosa, por todo el planeta.

Apunte

Pueblos abandonados

En una triste cosa está Guadalajara a la cabeza: en pueblos abandonados.  A pesar de todos los voluntarismos políticos, la realidad es esa: la gente se va. Ahora va a haber mejores carreteras, pero serán para irse. De hecho, el spot que anuncia esa campaña en televisión, así lo revela: un viejete con deportivo negro está feliz porque ya puede pasar el día entre Cifuentes, Madrid, la capital… gracias a las carreteras que va a hacer la Diputación. De ese tema hay una página impresionante en Internet, que recomiendo vivamente. Es la titulada “Pueblos Abandonados” y está en www.pueblosabandonados.es en la que Guadalajara aparece con 14 enclaves que fueron hasta hace poco y ya no son. Y eso que todavía no se han puesto todos. Están Matallana, La Vereda, Fraguas, Sacedoncillo, Jócar… Falta Villaescusa de Palositos, aunque la referencian con un enlace. Una página que nos hará pensar sobre nuestro futuro.

Andando por el Valle del río Mesa

Quizás aprovechando los fastos turísticos de la FITUR, pero sin nada que ver con ella, en estos días ha salido a luz un libro que brinda la posibilidad de conocer mejor una parte escondida, y que a todos encantará pasearla, de nuestra provincia. Concretamente el valle del río Mesa. Es un libro ancho, en dimensiones y en palabras, en imágenes sobre todo: una perspectiva impresionante y muy particular sobre esta comarca del extremo nororiental de la tierra guadalajareña, integrado hoy en el Señorío de Molina, aunque siempre cabalgó entre sus señores, los duques de Medinaceli, los reyes de Aragón… una tierra de frontera, dinámica y aún viva.

Desde Selas hasta Algar

El recorrido por el curso del río Mesa se inicia en las proximidades de Selas, un pueblo pinariego del Señorío de Molina. Enseguida baja de los cerros en que nace (marcados con una placa de mármol en el sitio justo en que mana) y llanea levemente junto a Anquela [del Ducado] para enseguida torcer hacia el norte bajo unos abruptos roquedales, y ya entre bosques densos de sabinas, encinas y robles, atravesando la finca de la Avellaneda, corre hacia Turmiel, deja a la derecha en alto a Establés, y va por el término de Anchuela [del Ducado también] para meterse en su primera hoz, espectacular aunque siempre solitaria, porque solo se la puede recorrer andando, no pasa carretera alguna por ella.

En esa hoz del alto Mesa, destacan dos referencias naturales que todos quienes las han visto diputan como inolvidables. Una es la Peña Coba (que por cierto sirve de imagen de portada del libro) y otra es el Tormo Melero. La primera, un roquedal enpinguruchado de tonos rojos aunque es calizo, y el segundo una gran atalaya picuda, de más de 25 metros de altitud, en cuya parte alta hay un ventanal horadado, que la hace parecer una gigantesca aguja de coser.

Por estos lares, junto al río que es casi siempre arroyo, y entre los riscos y los cantiles de las orillas, va discurriendo sin pausa el viajero. Entre el puente que le cruza, -término de Turmiel- por donde dejando la carretera se inicia el recorrido a pie, hasta Mochales, barranco abajo, hay unas cuatro horas y media de paseo. Hay que saberlo, para escoger un día largo, tranquilo, sin alteraciones meteorológicas, y con el cuidado de que alguien esté esperando en el extremo final del trayecto.

En Mochales se abre el valle del Mesa, que corre ancho y generoso hasta Villel, donde llama la atención su castillo, su callejeo empinado y sus palacios antiguos, y poco más allá, aparece Algar, que barrunta lo que viene después, porque el río se encajona a partir de este que es el último pueblo de Guadalajara, y sigue por Calmarza hasta Jaraba e Ibdes (provincia de Zaragoza estos tres últimos) atravesando un desfiladero rocoso que sin duda debe figurar entre los más impresionantes de España. Tierra del buitre leonado, hasta un centenar de parejas se contabilizaron el año pasado por estos pagos.

A pie y en coche

El autor de esta excursión plasmada en libro, el profesor Alonso Concha, que hace poco más de un año nos regaló también otro libro memorable, la “Arquitectura Popular de Tierra Molina” se conoce, lógicamente, al dedillo esta tierra. Nacido en Tartanedo, y apasionado de su sesma del Campo, es el mejor guía para llevarnos seguros. Yo, que soy amigo suyo desde hace unos cuantos decenios, puedo asegurar que lo que cuenta lo ha vivido, y eso es lo que en parsimonia teje y desteje en sus páginas. Nada queda por ver y recomendar.

En coche se hace el recorrido desde Selas y Anquela hasta Turmiel. Y de allí, antes justo de cruzar el río por un puente que sigue hacia Establés y Anchuela, nos ponemos a andar. El camino sigue por la orilla izquierda del río, aunque la excursión, que ya he dicho antes que es larga, para entusiastas entrenados, deberá planificarse con intención de tener que cruzar el río en varios lugares, pues las orillas a veces se cortan a pico por las rocas.

La tercera parte del camino, desde Mochales a Algar, se puede hacer en coche. Los más puristas irán también a pie, porque este valle que corre hacia el Ebro, y por lo tanto va buscando las playas y las aguas del Mediterráneo, tiene tantas perspectivas que disfrutar que en cada recodo hay algo nuevo: un molino, un pairón, una ermita…

Molinos, pairones y ermitas

Teodoro Alonso nos cuenta, en brevedad llena de sabiduría, los elementos “menores” que el patrimonio de esta tierra nos brinda. Empieza mencionando los castillos, que para nuestro asombro son varios: en un recorrido relativamente corto, atravesando media docena de pueblos, podremos ver otros castillos, castilletes o viejos y semiderruidos torreones. Tiene su explicación esta circunstancias, porque el valle del Mesa fue tierra de frontera muchos siglos. Era el lugar donde chocaban, más que se saludaban, los dos reinos claves de la península ibérica: Castilla y Aragón. Así vemos una vieja torre en término de Turmiel, (en el pueblo lo que hay es un palomar, en lo más alto, aunque yo creo que en tiempos fue también torre defensiva) un castillo –el de la “mala sombra”- en Establés, una sombra de castillo en Mochales (donde no olvida el viajero mencionar la casa del médico misterioso que habitó entre las rocas de la parte alta del pueblo en tiempos de después de la guerra), la valiente silueta del castillo de Villel, el más poderoso del valle, feudo de los Funes, y las piedras que entre casas quedan en Algar, memoria sucinta de otra fortificación, frente a la que hubo en lo alto de las rocas frente al pueblo (el castillo del Mesa) del que nada queda sino el registro en los documentos medievales de su existencia.

Pero además de esos soberbios edificios, están los pequeños y humildes, hermosos siempre: están los molinos, de los que Alonso Concha va refiriendo todos los que encuentra. En ruinas la mayoría, y en desuso todos: el más singular es el de la Barbarija en Turmiel, aunque en Mochales aún queda otro con sus tolvas, sus cárcavas y su maquinaria completa. Más abajo hay uno que se transformó en Central Hidroeléctrica, y aún sigue funcionando como tal. Algunos se utilizaron así: pioneros de la electricidad en este remoto valle, cuando el mundo era tan roussoniano que las bombillas sacaban su fulgor mágico de las alegres aguas de este arroyo.

Además refiere nuestro guía dónde hay ermitas. Tal la de Pálmaces, término de Turmiel, en lo alto de una peña. Allí subí yo un día, y me quedé asombrado de que en lugar tan remoto y frío quedara en pie un medieval edificio con trazas de estilo románico. Ya no va nadie a ella. Está la de San Juan, en Establés, o la preciosa y bien arreglada de San Pascual Bailón, cerca de Mochales.

Por el campo, por los cruces, en cualquier sitio, aparecen en el valle del Mesa los pairones, esos “faros de la nieve” que sirvieron en siglos pasados para orientar al caminante sobre los nevados páramos del Señorío. En el valle del Mesa, donde no hace tanto frío como en la meseta, sirven para rezar a las ánimas, que es el verdadero origen de estas señales. Sobre las gradas de piedra, la recta columna tallada, y arriba la capillita donde se alberga una cerámica pintada que nos pide una oración a San Roque, a la Virgen, a las Ánimas Benditas del Purgatorio, entre las que siempre, todos, reconocemos a nuestros parientes, a los que tratamos de sacar de las llamas como sea. Aquí es fácil: basta con fijarse en el monolito, mirar a su remate, y santiguarse.

El rito del caminar se ejerce en el valle del Mesa con toda fidelidad. Es un sitio para ir en primavera, o en verano incluso. La naturaleza allí es alegre, dispuesta a entusiasmarnos, sin pedir a cambio otra cosa que el respeto por cuanto encontremos en ella.

La Avellaneda

Para terminar, el libro de Alonso Concha, que es ya, desde hoy, una joya imprescindible en cualquier biblioteca molinesista,  nos explica qué es la Avellaneda. Muchos la habrán visto, cuando al llegar a Anquela del Ducado, con paciencia y precaución, porque la curva es mala, toman la carretera que sube hacia Labros y Milmarcos.

La Avellaneda es una finca que mandó levantar don Calixto Rodríguez, allá por los finales del siglo XIX, para albergar la primera fábrica que él montó (fundador, director y dueño de la Unión Resinera) y poner una casa de vivienda para sí y su familia. Como había estado mucho por Francia y Bélgica, mandó a sus arquitectos que la construyeran en estilo centroeuropeo. Y así salió. Está abrigada por montañas y bosques, frondosas selvas de robles, que le dan en toda época un cariñoso color doméstico. Y los edificios, al decir de quienes los han visto de cerca –cosa difícil para el común de los mortales- son preciosos, llenos de detalles sorprendentes. La Avellaneda es un símbolo de lo que hoy es el Señorío de Molina: una maravilla antigua, en proceso de ruina, en la que nadie se fija. Ellos se lo pierden.

Apunte

El libro del Mesa

Es su autor el profesor Teodoro Alonso Concha, que se ha pasado una larga temporada caminando en detalle, paso a paso, esta comarca del Mesa. Su título es “Valle del Mesa” y la editorial que lo ha sacado a flote es “Mediterráneo” que está consiguiendo una espectacular colección de libros-guía sobre pueblos, comarcas y rutas de Castilla, y que en Guadalajara ha puesto sus miras con verdadero éxito.

El libro consta de 60 páginas en gran tamaño, y además del texto, conciso y seguro, ofrece una montaña de fotografías a color, muchas de ellas a doble página.