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El viaje de Willkomm a Hiendelaencina

De los muchos viajeros europeos que pasaron por España a lo largo del siglo XIX, el austriaco Heinrich Moritz Willkomm fue quizás el más científico y apasionado por conocer las riquezas geológicas y las maravillas naturales de la Peninsula.  

Tras estudiar Medicina y Ciencias Naturales en la Universidad de Leipzig, tuvo que emigrar a la India para salvarse de la persecución que contra los liberales se desató en Alemania en 1844. Desde allí consiguió le subvencionaran un par de viajes de estudios biológicos a España y Portugal, cosa que realizó entre 1846 y 1850. Más tarde, en 1873, y esta vez acompañado de su hija y del botánico Fritze vino a España recorriendo las islas Baleares y Andalucía. Después de ello, y ya reconocido como eminente científico del Imperio, se instaló en Praga, donde actuó hasta su muerte como director del Jardín Botánico y profesor de su Universidad.

Escribió Willkomm, en colaboración con el danés Lange, una “Flora Española” que ha sido libro modélico durante decenios del análisis de la variedad vegetal de nuestra Península. Solamente con el rigor y la profundidad que los científicos alemanes saben hacer estas cosas, a veces excesivas y siempre desusadas. Pero ahí están, como modelos.

El viaje a Hiendelaencina

Fue en su segundo viaje, a finales de 1850, cuando, poco antes de abandonar España, visitó la provincia de Guadalajara con la clara intención de conocer las minas de plata de Hiendelaencina. Dado que en esas épocas eran frecuentes las partidas de bandoleros por las sierras desiertas de Castilla, Willkomm se hizo acompañar de un arriero que días antes había apalabrado. Así y todo, el viaje tuvo sus riesgos, y él los declara sin pudor, aunque se centra, siempre, en la descripción y análisis de lo que ve y la valoración de lo que encuentra.

A Hiendelaencina la describe, en 1850, como un pueblo remoto pero de gran desarrollo, y sobre todo con grandes perspectivas de futuro, porque sus minas, su fábrica de amalgamación y su futura planta siderúrgica, en lo profundo del valle del Bornova, la hacen prometedora de seguros porvenires. Durante su estancia se relaciona con el ingeniero director de las minas, y algunos miembros de la burguesía de la villa, que le caen simpático y a quienes considera elegantes y refinados.

El erudito, científico, artista, escritor y hombre de gran talento que sin duda fue Willkomm, viajó desde Madrid hacia Guadalajara con la idea concreta de llegarse lo más rápido posible hasta Hiendelaencina y visitar sus minas y cuanto en ellas se estaba haciendo, pues la fama de estas instalaciones había trascendido, en esa mitad del siglo XIX, a toda Europa.

Su paso por Guadalajara hacia la Sierra

Queda encantado el viajero austriaco del bosquecillo de álamos blancos que había en la orilla derecha del Henares, antes de cruzarlo por el gran puente de origen árabe, que por aquellos años tenía buena pinta y parecía estar recién arreglado. En la orilla izquierda le llamaron la atención las escarpaduras pedregosas (las terreras) que le parecieron pintorescas y muy características.

La ciudad tenía entonces unos 12.000 habitantes y la consideraba más grande que Alcalá, aunque sin tantas torres y menos monumentos, y le pareció más acogedora que la vieja Complutum. Le llamó la atención especialmente el edificio de la Academia de Ingenieros Militares, que presidía con su majestuosidad académica una gran plaza cuajada de olmos.

Siguieron (su hija, él y un arriero) por la orilla del Henares, río arriba. Durmieron la primera noche en Yunquera. Y dice, que “me hubiera aburrido mucho por el camino, si el cambiante juego de colores del sol poniente no hubiera dotado de vida de forma milagrosa a este paisaje pelado, desnudo y gris. La luz de los secos cerros de la orilla izquierda del Henares era de una belle­za indescriptible, especialmente una destacada figura que se elevaba al noroeste de Yunquera, en la cual resplandecían con un encendido color púrpura violeta sus laderas atravesadas por innumerables barrancos.” Se refiere, sin duda, a la Peñamira, tan opulenta de formas y contrastes, al otro lado del río frente a la ermita de La Granja.

La encantó la vista, siempre en el horizonte norte, del contorno del pico Ocejón “una montaña con forma de campana”. Un hombre como Willkomm, de sensibilidad exquisita y buenas letras, escribe cosas sobre nuestra tierra que parece que están por primera vez vistas y descritas. A él le asombra el amanecer violento de un día de invierno, cubiertos los campos de intensa escarcha y los charcos, acequias y aun riachuelos completamente congelados. Al mediodía arriban a Cogolludo, pueblo grande “rodeado por una vieja muralla, derruida por algunas partes, en la cual se hallan varias puertas góticas antiguas”. Es curioso este dato, para datar la destrucción de la muralla medieval de Cogolludo en la segunda mitad del siglo XIX, pues como vemos en 1850 se encontraba aún casi entera.

Pasado el pueblo de San Andrés del Congosto, y ya en el breve valle del río Bornova, nos dice el austriaco que “el camino sigue, en un desfiladero angosto y romántico, en el que el río ha quebrado la mitad de una alta cresta de rocas calizas. A través de este desfiladero se llega a un ensanchamiento rodeado de cerros pedregosos pelados, donde pegado al espumoso Bornova, hay otro pueblo de apariencia muy pobre”. Era este, entonces, Alcorlo, hoy ya bajo las aguas del embalse. Se asombra Willkomm de la aparición subita, por todo el contorno, de grandes masas de roca gneis, con formaciones geológicas del periodo silúri­co y devónico, elevándose en una cresta dentada, entre la que so­bresale orgulloso el Pico Ocejón. Desde entonces, y aún mucho antes, y todavía hoy para los entendidos, esta comarca que forma el foso del Bornova y sus orillas es un auténtico paraíso para admirar las formaciones geológicas de Iberia.

La llegada a Hiendelaencina

A media tarde del mismo día, dan vista a Hiendelaencina. Así la describe Heinrich Willkomm, y mantengo su texto porque es especialmente poético y científicamente destacable. Lo que el botánico y sabio europeo escribe, está hecho con la cabeza de un profesor de Leipzig, pero con el corazón de un Goethe:

“Hace diez años Hiendelaencina todavía era un pueblo des­conocido y supuestamente uno de los más míseros y pobres de toda la Península. Situado en una alta y fría meseta, cuyo suelo de gneis abarrancado no permite ningún cultivo, sus habitantes tuvieron que subsistir míseramente quemando carbón, picando piedra, elaborando trabajos de esparto y cosas similares. Vivían en míseras chozas, cuyos muros estaban construidos con blo­ques de gneis superpuestos, y cuyos tejados estaban cubiertos con finas planchas de gneis. Antaño una gran parte del pueblo, casi la mitad, estaba formado por estas chozas de piedra. La mi­seria aquí era inmensa, sobre todo en el duro invierno, en el que la meseta de Hiendelaencina estaba enterrada a veces hasta tres meses en una espesa capa de nieve.

En el verano de 1844 se descubrió no lejos del pueblo, una entrada que contenía unas pequeñas porciones de un metal brillante como el plomo. En la siguiente inspección esto resultó ser una mena de plata muy ri­ca. Se siguió buscando y se encontró un pasillo que se prolon­gaba hasta muy lejos y que se ensanchaba en la profundidad, rico en compuestos de plata de diferente tipo, incluso en plata pura. Por suerte desde el principio tomó el proyecto en sus ma­nos un hombre inteligente, instruido y acaudalado, hermano de hecho del famoso químico y fisiólogo Orfila de París, que ad­quirió un tercio de las acciones emitidas por la sociedad creada para la explotación de la mina; este hombre se hizo cargo de la administración de la mina y puso la misma bajo la dirección de eficientes ingenieros de minas que tenían una formación cientí­fica.

Desde ese momento la situación de los habitantes de Hien­delaencina cambió. La rápida localización de las siguientes nuevas menas favoreció en poco tiempo la instalación de una gran cantidad de minas, así como el significativo contenido de plata de la mena favoreció la instalación de una magnífica fábrica de amalgamación en el valle del Bornova. Algunos accio­nistas, como Orfila, se asentaron en Hiendelaencina, y como las míseras chozas del pueblo no ofrecían un espacio habitable ni para ellos ni para los empleados de la mina, se construyeron nuevos edificios. De esta forma no sólo los habitantes de Hien­delaencina sino también los de los pueblos vecinos encontraron una ocupación duradera y remunerada, unos como mineros u obreros siderúrgicos, otros como braceros en la construcción, o como arrieros para el transporte del material de construcción, de los aperos, los minerales y de los alimentos. Junto a las míse­ras chozas de gneis se levantaron pronto edificios espléndidos y es de esperar que dentro de una década, en estas calles estre­chas, retorcidas y sucias, formadas por chozas bajas de piedra negra, discurran calles uniformes con edificios modernos, y que en lugar del antiguo pueblo mísero, se despliegue una res­petable ciudad. Antiguamente había en esta meseta desierta una vida muy animada. En las calles del pueblo original apenas se podía andar de la cantidad de procesiones de animales de carga y de gente que iba y venía; en la parte de arriba del mis­mo, en el norte, se trabajaba en la construcción de una iglesia, que iba a llenar la parte aún vacía de una gran plaza regular. Enfrente de ésta se levanta una enorme posada, donde con mu­cho esfuerzo pude encontrar alojamiento; otra parte de la plaza está decorada con la espléndida casa Orfila, que con sus alarga­das hileras de ventanas y sus persianas verdes parece un pala­cio al lado de las minúsculas chozas de gneis”.

La visita a las minas

No perdió el tiempo herrn Willkomm. Fuese a buscar a los responsables de la explotación, y estos le acogieron rápidamente, enseñándole las minas. Así lo refiere el profesor de Praga: “Pasé el resto de las horas de la tarde en compañía de un in­geniero de minas sajón a quien había conocido en Madrid, visi­tando una planta siderúrgica en construcción situada en el co­lindante valle del Bornova, cuyos costes pagaba la sociedad accionista de las tres minas más antiguas e importantes, y que estaba bajo la dirección de un mejicano llamado Ortigosa, que había estudiado en Freiberg. Esta planta siderúrgica, que tenía que estar ya concluida, y para la que había sido elegido como futuro director el ya mencionado Ortigosa, debía equiparse con los nuevos métodos inventados por Augustin en Mannsfeldis­chen, y según creo, probados allí por primera vez, según los cuales la plata se obtiene mediante precipitación por conductos húmedos. Estaban trabajando en los cimientos de los edificios y en la instalación de un canal, que debía conducir el agua del Bornova a la planta siderúrgica. Este canal, gran parte del cual tenía que pasar por el gneis dinamitado, tenía una longitud de 2.000 varas. El lugar donde está la planta siderúrgica es un pa­raje romántico. El valle del Bornova, que uno no percibe hasta que no llega a sus límites, donde una grieta atraviesa la meseta de gneis, es un paraje salvaje, donde crecen árboles, arbustos y matorrales de hierbas aromáticas sobre un terreno pedregoso adornado de la forma más pintoresca, rodeado por una gran cantidad de partes magníficas, y que cobra vida de forma agra­dable con las rápidas y plateadas corrientes del impetuoso río. Uno no se espera encontrar en una altiplanicie tan monótona como ésta este hermoso valle, que sólo imaginaría en el interior de una montaña romántica. La pregunta es todavía si la planta siderúrgica será rentable, como el empresario esperaba en prin­cipio. La planta tiene una importante y peligrosa competencia en la ya mencionada antes planta de amalgamación, que perte­nece a una sociedad accionista inglesa, y está dirigida por dos ingleses. Si no me equivoco, fue instalada en el año 1846 y con­sumía entonces todo las menas de mineral de las minas”.

Volvió el austriaco, bajo la luz de la luna, al pueblo, y allí tuvo la suerte de ser agasajado con una tertulia de mineros, ingenieros y directivos. Fue en la casa del subdirector de las tres principales minas, don Antonio Lorenzo de Madarriaga, y así nos lo cuenta: “Sentados al lado del fuego de la chimenea en una habitación casi elegante, pa­samos una horita en animada conversación, refrescando anti­guos recuerdos junto a una taza de té, después de lo cual nos dirigimos a casa de Don Antonio Orfila, donde todas las noches tenía lugar una tertulia. Allí nos encontramos con más emplea­dos de la mina, así como con la mujer de Orfila, una culta pari­sina, y una joven dama de Madrid, hermana de un ingeniero de minas español. Orfila había decorado muy bonita su casa; no se echaba de menos nada de las maneras europeas. ¡Cuando entré en aquella elegante y confortable habitación y me encontré en compañía de aquellas damas refinadas, me pareció que estaba soñando, como si no fuera posible que estuviera en un rincón de Castilla la Nueva tan alejado y totalmente aislado del mun­do civilizado, sobre la inhóspita planicie de Hiendelaencina! Orfila es un hombre ya entrado en años ‑mayor que la parisi­na‑ y parece muy inteligente. Se le puede considerar el alma de todo el negocio, pues sin él, sin su espíritu especulativo, y su administración inteligente y prudente, las minas de Hiende­laencina no se habrían creado, a pesar de su riqueza mineral, al menos no en tan poco tiempo como se ha hecho. ¡En cuatro años Orfila ha ganado una fortuna de medio millón de reales gracias a sus inteligentes operaciones especulativas! El grupo se separó ya bastante pasada la media noche. La noche era her­mosa, pero el aire tan frío como el hielo”.

Esa bonita descripción de Willkomm, esa referencia palpitante y viva a las gentes que vivían y movían Hiendelaencina en 1850, es algo que no se había hecho hasta ahora. Denota el ambiente de las minas cuando empezaron a ser algo más que un sueño. No cuesta, de la mano y la palabra del científico austriaco, situarse en aquella población serrana, de hace mas de 150 años, y oir a las gentes que la poblaban.

Finalmente, al día siguiente, Willkomm se dedicó a visitar, acompañado de Madarriaga, las tres principales minas construidas, situadas en una hondonada al norte del pueblo. Eran estas la Santa Cecilia, la Fortuna y la Suerte. Dice el escritor que “La primera mina nombrada es la más antigua de todas. Se encuentra en el mismo lugar donde el 2 de junio de 1844 fue descubierto el fi­lón por un tal Goriz, tal como se indica en una columna conme­morativa de piedra. Las tres minas están conectadas entre sí. Comenzamos por Santa Cecilia y terminamos en la Fortuna. Entre las tres minas la Santa Cecilia es la que alcanza mayor profundidad. Entonces estaban trabajando en la quinta planta. En la planta cuarta nos encontrábamos a una profundidad de 140 varas. Las tres minas están construidas según unos planos científicos y daban ocupación entonces a unos setecientos mi­neros”. Con gran meticulosidad científica y técnica describe cuanto ve. “El min

“Ese mismo día, por la tarde, fui a caballo yo solo hasta la planta de amalgamación inglesa. Está situada en el valle del Bornova, a una media legua por encima de la nueva planta si­derúrgica y a una legua al norte de las minas de Hiendelaenci­na. Desde el pueblo sale una carretera nueva y bien construida que atraviesa la meseta de gneis, totalmente cubierta con fron­dosos matorrales de las dos especias ya nombradas de cistus, y que llega hasta la planta de amalgamación, situada en uno de los lugares más románticos del valle del Bornova, y que junto con sus edificios colindantes forma un pequeño y bonito pue­blecito. El sobrino del director, Mr. William Rea, un joven muy atento y refinado, para el que Madarriaga me había dado una carta de recomendación, encargó a uno de los guías de la mina que me mostrara todo, y me atendió con mucha hospitalidad. La planta de amalgamación de Hiendelaencina es muy grande, tal vez la más grande que existe actualmente en Europa. Posee 24 toneles de amalgamación, de los cuales 16 se ponen en movi­miento con una rueda colosal de un tamaño de 42 pies ingleses de diámetro, y 8 lo hacen mediante una máquina de vapor. Esta planta de amalgamación produce mensualmente una cantidad de plata de un valor de 700 piastras. La plata obtenida se vende en Madrid a la Casa de Moneda Real, que ha cerrado un contra­to con la planta de amalgamación durante una serie de años. Justo aquel día por la tarde salía de Hiendelaencina hacia Ma­drid un cargamento de plata de 1.500 libras con una fuerte es­colta militar”.

Realmente parece un sueño, leer a Willkomm y ver con la precisión y claridad con que él lo hace cuanto allí existía, todo lo que el viajero de hoy puede contemplar arruinado, decrépito, hundido, comido por la vegetación, la desidia y el olvido. Ese contraste de la vida palpitante de las minas, y el silencio y el abandono de hoy, conmueve y apena. Nadie ha querido ya poner las manos productivas sobre la plata de Hiendelaencina. Dicen que no es rentable. Pero ¿no merecería la  pena reconstruir, limpiar y poner en visita alguna de estas minas, de estos lavaderos, de esas plantas de amalgamiento, para que los viajeros de hoy sepan como fue aquella tierra, el día en que fue rica? Quizás habrá que esperar a que esta idea se le ocurra a algún afamado arquitecto palentino, y a que eche cuentas, con la Junta, de cuanto puede costar un “plan de rescate de las minas de Hiendelaencina”. Aquellas ruinas lo están pidiendo a voces.

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