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octubre, 2008:

Manu Leguineche, un personaje alcarreño

Esta tarde, en el salón de actos del Colegio “San José”, tendrá lugar el homenaje a la figura de Manuel Leguineche, periodista y escritor que ha recalado su vida en la villa de Brihuega, y ha dado nueva dimensión a la tierra de la Alcarria en sus escritos. Además del aplauso y el fervor cariñoso de cuantos le admiran, recibirá de la presidenta de la Excmª Diputación Provincial el título de “Hijo Adoptivo de la provincia de Guadalajara”, algo que muy pocos pueden mostrar, porque supone que oficialmente se les considera, -aunque venidos al mundo fuera de su geografía-, alcarreños a todos los efectos. Gentes de aquí, con la costra de ruralismo y esencia parda que a todos los que aquí hemos nacido se nos supone.

Sosegada visión de la obra de Leguineche

Tiene la tierra de Guadalajara un misterioso don de gentes, con el que consigue que muchos que alguna vez pasaron atravesándola, por el camino más fácil y aburrido, como es la N-II, se quedaran en ella para siempre, prendidos en el encanto inclasificable y difícilmente explicable de sus ámbitos rurales. Uno de ellos ha sido Manuel Leguineche, quien vasco de origen y viajero de todos los mundos, recaló en esta tierra que finalmente ha considerado la suya, porque cada uno es, como dice el refrán, “no de donde nace, sino de donde pace”. Y pacer, que posiblemente venga de paz, es lo que hace Leguineche entre nosotros: disfrutar de la paz de esta tierra de Alcarria.

En ella ha visto pasar la avutarda y la golondrina, ha escuchado en la noche cantar al búho (su canto es triste y monótono, señala que vive, simplemente) y ha charlado con las encinas, le ha despeinado el viento del Ocejón, y ha disfrutado de sus libros preferidos, “Las cartas desde Rusia” de Custine, el “Viaje a la Alcarria” de Cela, “El gatopardo” de Lampedusa, y algo de la Iliada y el Quijote. Añora su tierra natal, pero en esta encuentra la fuerza necesaria para sobrevivir. Más luz, y el horizonte más ancho. En Brihuega, donde vive, Leguineche dice que parece estar en una especie de microcosmos “de lo mejor que he conocido, no solo por el paisaje, sino por el paisanaje”.

La obra de Leguineche es para saborearla con calma, no valen las prisas. No es obra de lectura en el metro, ni de abrir sus libros mientras nos llaman para comer, o se aprovecha un hueco para ir adelantando. No: se requiere tiempo por delante, espacio ancho, temperatura uniforme, saber que mañana no habrá, tampoco, prisas ni compromisos.

La forma sobre el fondo

Los libros que nos ha ido entregando Leguineche, han pasado de la universalidad, del corretón de mundos que fue en su “La vuelta al mundo de un periodista”, al localismo, que es saber del mundo mirando a través de la ventana de la casa en que vives.

Y es en esa postura donde se desvela el hombre sensible con las ideas que yo apoyo: las del enraizamiento. Porque después de recorrer medio mundo, de saborearle y sufrirle, se da cuenta que la esencia de la vida está en un lugar pequeño. Y no solo eso, sino que se alimenta de los valores que ese lugar ha ido acumulando a lo largo de los siglos. De la Alcarria, Leguineche conoce las plantas y los animales, los vientos y las nubes, los panaderos y las posaderas, la historia de los obispos y el arte de los churrigueras. Siempre que ha escrito de la Alcarria, lo ha hecho yendo al meollo de las cosas, a su esencia: le importa más lo que piensa el agricultor de Cañizar que las crónicas de Catalina, y se fija más en “esa franja de sol en el barbecho que aparece cuando el otoño va bien entrado” y cualquier color resucita.

De entre los muchos patrimonios que tenemos (el aqueológico, el histórico, el costumbrista…) Manu Leguineche se interesa por el más humano: por las gentes, sus experiencias, sus juegos, sus sentimientos, eso es lo que busca. Yo creo, cada día más, que es necesario al hombre estar fundido con un espacio, y saberlo todo de ese espacio: los nombres de las calles, quienes lo poblaron antes, por qué se hizo esta casa y cuando toca reir todos juntos. La vida no solo es un latido, un sentir correr la sangre por las venas, sino tener el cerebro lleno de ideas y recuerdos, y saber la razón de por qué están allí. Quizás solo sean estas disquisiciones de viejo, pero a la larga ayudan a mantenerse despierto y con motivos para seguir adelante.

De entre los muchos libros que Leguineche ha escrito (no entro a recordar ni siquiera sus títulos, aunque haya cosas como aquella historia de los hoteles en guerra, o “El precio del paraíso” en que narra la aventura del anarquista español que se refugia en el Amazonas boliviano, o la historia miserable de Hearst cuando “él pone la guerra” para tener material en su periódico, incluso la peligrosa “vuelta al mundo de un periodista”) destaco dos en los que se justifica su amor a la Alcarria y este homenaje. Son “La felicidad de la tierra” y “El club de los faltos de cariño”.

Son estos libros dos contundentes alegatos, sueltos como cuentagotas sobre el lector que pasa, en los que el autor se explica en lo que concierne a su idea de la vida, y el lector encuentra de continuo las referencias a esta Alcarria que le palpita entre los dedos. El autor convierte una aldea (es Cañizar, pero podría ser cualquier otra) en el centro del mundo. De su mundo. Sin gota de orgullo, con humildad rotunda: fuera de aquello, más allá de las casas, los ejidos y los panes del alto, no existe nada. Pero allí dentro, en esos límites que conforma la olivareña ladera, la rubia meseta de alcarria, la olmeda que escolta al arroyo, está todo lo que necesita la vida para desarrollarse y ser plena. Quizás sea esa la lección que me han dado estos libros, este escritor, este amigo: que después de tanto viajar, de ver y sufrir tantos mundos, sabe y pregona que la felicidad está muy cerca, y cabe en un puño, en una palma de la mano, en una mirada…

Ya necesita Manu Leguineche un estudio serio, una tesis doctoral, un simposio monográfico, para analizar su obra, su mensaje y su trascendencia. Estos pasados días, dos mesas redondas organizadas por Siglo Futuro y la Diputación Provincial han servido para ahondar en su esencia literaria. Porque aún sin un estilo propio de escritura (como todo buen periodista, cuenta lo que ve y lo que siente, y no necesita de perífrasis y metáforas para ello) consigue sin embargo una radical personalidad en su obra, sumada de granos sinceros, de cápsulas de optimismo y alegría.

Analizando la obra de Leguineche

La obra “El Club de los faltos de cariño” la escribe Leguineche en su casa de Brihuega. Tiene esa casa (la de los Gramáticos, la que fue de Margarita Pedroso) todos los condimentos para hacer feliz a quien en ella viva. Aunque, ya se sabe, esos condimentos con los que se guisa la felicidad, dependen más, mucho más, del alma que vive, que del almario en que se vive. A través de los mensajes sin voz que emiten, a saber, un pato (Toribio), una gata (Muki) y un paisano (Jesús) Manu Leguineche interpreta el mundo. Dice él que ha vivido en el tiempo de las “cuatro bes”: bar, botella, baraja y brasero. El mundo de los jubilatas, al que todos estamos condenados pero que no queremos que nunca llegue.

Y no me resisto a copiar, en mi intento de desvelar la calidad de la literatura leguinecheana, una de sus mini-páginas más inspiradas. Cuando nos habla del otoño, de cómo ve el otoño a través de su ventana, de lo que pasa en el jardín, o en el cielo, allá entre las lomas que abrigan a Romancos y a Archilla: “Hay una enorme parva de hojas bajo los plataneros. Me hipnotiza la caída de la hoja, el vuelo, el balanceo de flujo y reflujo, las bruscas ráfagas, el rumor de hojas secas que recuerda el romper de las olas en una playa de cantos rodados, su deveaneo, su carrera desde el árbol al suelo acolchado. Algunas quedan suspendidas en el aire, se resisten a caer. Una de ellas, consciente de que vigilo su agonía, se viene hasta donde estoy sentado al sol, y se deja caer con displicencia… nada tiene la grandiosidad de un asalto del aire contra la masa arbórea, como la furia de los titanes contra el divino Apolo. El lenguaje de los árboles tiene más registros de lo que parece”.

Estas líneas creo (a mí me lo parece) que dan la dimensión del escritor que es Manu Leguineche. Deja de inventar argumentos, deja de narrar historias, falsas o verdaderas. Describe lo que ve, y finalmente deletrea lo que siente. Cuando uno es capaz de mirar por la ventana, en la tarde cayendo, y monta luego una página hermosa solo refiriendo que ha visto caer las hojas de los árboles, y lo que eso le hace sentir, es que tiene madera de escritor. Aunque no lo quiera. Y de poeta aún, porque los párrafos de arriba en cierto modo me recuerdan a Pedro Salinas desgranando en leve asombro lo que acaba de ver.

En ese andar nos encontramos con él los que pertenecemos al “Club de los amantes del otoño”. Y justo en estos días, en que el aire ha sido de oro, y ha pintado los árboles, los valles, los pequeños pueblos, y luego ha visto cómo todas las hojas, ateridas, eran vencidas por el fragor del viento norte, nos sentimos más hermanos, nos damos ánimos, que es lo único que nos queda.

Apunte

Y un libro para recordarle

También en el acto de homenaje, que tendrá un marcado acento de amistad, se pasará un documental sobre su vida. Y se presentará un libro que ha coordinado Raúl Suárez, y que la Diputación pondrá en manos de quienes asistan al acto: “Guadalajara ya tiene quien la escriba. Homenaje a Manu Leguineche”. Y en él las frases que su amigos, más de un centenar, le han dedicado. Será una especie de enciclopedia leguinecheana, en la que quede al descubierto, desde cualquier ángulo posible, la personalidad y la obra cuajada de este escritor vasco que ya se ha hecho, le hemos hecho entre todos, alcarreño.

Sanz Polo, alma de Zafra

Hace una semana perdió Molina y su Tierra uno de sus valedores mejores, uno de sus estudiosos más entusiastas, y una figura que la provincia toda debería reconocer y reconocer entre los hijos ilustres, porque a lo largo de los 95 años que vivió siempre aleteando en torno a aquella tierra, no paró de quererla y manifestarlo, y de poner los medios para que fuera un poco mejor, más alta y justa.

Una tarea difícil

Don Antonio Sanz Polo, maestro y profesor durante muchos años, que había nacido en Molina en 1913, y que acaba de fallecer en Guadalajara a punto de cumplir el siglo, destacó sin embargo por su militante devoción a los castillos molineses, al patrimonio heredado y a la historia del Señorío que en él conoció un estudioso incansable.

De su pluma salieron numerosos escritos, de los que ahora recuerdo el artículo que vió publicado en el Boletín de la Sociedad Española de Amigos de los Castillos, acerca del proceso de destrucción de la alcazaba de Molina de Aragón. En este mismo periódico publicó también análisis, memorias, artículos varios sobre el patrimonio monumental de Molina, y sobre la historia de algunas familias que tuvieron que ver con la cuidanza de los baluartes reales en aquel territorio.

Un antepasado suyo, el capitán don Juan de Hombrados, había sido nombrado por los Reyes Católicos como alcaide de la fortaleza de Zafra. Sanz Polo conservaba los documentos fehacientes, que pasaron de mano en mano por la familia, junto con algunos pergaminos ilustrados con escudos que demostraban esta ascendencia.

De aquellos orígenes remotos le vino a don Antonio su amor por la fortaleza molinesa, y la ocasión de hacerse con ella, de recuperarla tras tantos siglos de anhelo, se le pintó favorable en la primavera de 1971, en que se produjo por parte del ministerio de Hacienda una subasta pública en la que numerosos castillos que tenía el Estado en propiedad pero abandonados, los ponía en venta por poco dinero. Aunque fue subasta, y algunos otros aficionados pujaron, don Antonio Sanz Polo consiguió hacerse propietario de la magnífica fortaleza de Zafra por la cantidad de 30.000 pesetas que aún era dinero en ese año.

Lo difícil vino después: reconstruirla, con sus propias manos, y con otros ahorros que fue allegando, hasta verla como se ve hoy, maravillosa en su esbelta robustez, haciendo frente la dura quilla del torreón del homenaje al viento norteño que se cuela por los huecos de las rocas de la sierra de Caldereros.

Tuve la fortuna de asistir con él los primeros días que se sintió propietario y señor de la fortaleza. Con nuestro común amigo, Clodoaldo Mielgo, y en el viejo Land Rover de don Antonio, en la primavera de 1973, subimos a la pelada meseta rocosa donde se alzaban las pobres ruinas del castillo que había sido joya y orgullo de los condes de Molina. Tuvimos que trepar (Clodoaldo no pudo finalmente hacerlo, por su gran volumen corporal, que no lo era tanto como su bonhomía) gracias a unas fuertes sogas que don Antonio, ágil como un paje del Medievo, había colocado en la altura pocos meses antes. Allí vimos lo que había sobrevivido a los siglos de abandono, y lo que quedaba por hacer.

Durante 30 años, Sanz Polo fue arreglando personalmente la fortaleza. Contrató hombres y piedras, compró grúas y materiales, se asesoró a fondo de amigos arquitectos e historiadores, y siempre con su ánimo vigoroso y sus fondos propios, llegó el día en que vio terminado su sueño, alzada la torre del homenaje de Zafra, en lo alto la sala del alcaide con su chimenea útil, y él sentado frente a ella. En una banca de madera que subió al recinto, se quedó una noche entera durmiendo. ¿Qué soñaría don Antonio aquella noche? Nada mejor de lo que realmente había ocurrido.

El castillo de Zafra

No me cabe duda alguna de que el alma de Sanz Polo sobrevuela las almenas de Zafra. Quizás era ese sueño último el que le quedaba por cumplir: verlo desde lo alto.

Todo el que quiera puede volver, siempre que quiera, a Zafra. Al castillo elevado sobre una roca impresionante, rojiza y aterciopelada, que las frías praderas de Caldereros vieron surgir en siglos remotos. Los romanos ocuparon aquella altura, y los visigodos y hasta los árabes que levantaron la primera torre de vigilancia. Zafra es un verdadero hito sobre el Señorío molinés, una veleta vigilante, que finalmente fue ocupada y reforzada por los Lara, condes del territorio, quienes en el siglo XIII protagonizaron la hazaña de su defensa ante el acoso largo y extenuante del ejército real de Castilla, comandado por el propio monarca Fernando III. La entrega (que no rendición, ni toma) del castillo sirvió para sellar en forma de “Concordia” las paces del reino castellano con el territorio molinés. Entonces fue que se adhirió este a la corona española.

Propongo, en homenaje a este hombre sabio y bueno, que fue don Antonio Sanz Polo, y al que el Señorío de Molina y la provincia toda deberá estar siempre agradecida, un viaje a Zafra. Que cada uno lo haga como mejor le parezca. Debe ser en época seca, porque las praderas sobre las que asienta, en la Sierra de Caldereros, toman mucha humedad con las lluvias. Mejor quizás en pleno invierno, con buen abrigo, aprovechando las horas del mediodía.

Se puede llegar desde Hombrados, primero en coche, y a ser posible en un “todo-terreno” pero a mitad de camino, con el castillo ya visible en lontanaza, aparecen unas barreras que impiden continuar por lo que será mejor aparcarlo entre las encinas y seguir a pie. Se encuentra a 1.400 metros de altitud, en la caída meridional de la sierra de Caldereros, sobre una amplia sucesión de praderas de suave declive entre las que surgen impresionantes lastras de roca arenisca, muy erosionadas, que corren paralelas de levante a poniente.

La roca sobre la que asienta el castillo fue tallada de forma que aún acentuara su declive y su inexpugnabilidad. En la pradera que la circunda solamente quedan mínimos restos de construcciones, que posiblemente pertenecieran a muralla de un recinto exterior utilizable como caballeriza, patio de armas o mero almacén de suministros. En lo alto del peñón vemos el castillo.

Sabemos que en tiempos primitivos, cuando los condes de Lara lo construyeron y ocuparon, Zafra tenía un acceso al que se calificó por algunos cronistas como difícil e ingenioso. Ningún resto queda del mismo, pero es muy posible que estuviera en el extremo occidental de la roca, y que mediante la combinación de escaleras de fábrica, quizás protegidas por alguna torre, y peldaños tallados en la roca, pudiera accederse a la altura.

Una vez arriba, encontramos un espacio estrecho, alargado, bastante pendiente. Los restos que sobreviven nos dan idea de su distribución. La torre derecha, que custodiaba la entrada por este extremo, ha sido hoy completamente reconstruida. Fuertes muros de sillarejo muy basto, con sillares en las esquinas, y en su interior una bóveda de cañón de la que existían como guía sus restos primitivos. A mitad del espacio de la lastra, surgen los cimientos de lo que fue otra torre que abarcaba la roca de uno a otro lado, y que una vez atravesada, permite entrar en lo que fuera «patio de armas», desde el que se accede a la torre del homenaje, que, hoy reconstruida en su totalidad, y a través de una escalera de piedra adosada al muro de poniente, nos permite recorrerla en su interior, donde encontramos dos pisos unidos por escalera de caracol que se abre en el espesor del muro de la punta de esta torre, de planta pentagonal irregular. Aún nos permite la escalera subir hasta la terraza superior, almenada, desde la que el paisaje, a través de una atmósfera siempre limpia y transparente, se nos muestra inmenso, silencioso, evocador nuevamente de antiguos siglos y epopeyas.

Y unos datos últimos sobre su historia

La construcción del castillo tal como hoy le vemos data de los primeros señores moli­neses, de la segunda mitad del siglo xii y primera del xiii. En esos momentos, los Lara de Molina se aprestan a consolidar su fuerza sobre uno de los territorios en los que su autoridad es total e indiscutida. Levantan fortalezas por todas las fronteras de su señorío, con un plan premeditado y coherente. Es, sin embargo, la de Zafra, una de las más queridas, preciado bastión en el que se considera, desde el punto de vista de la época medieval en que se reconstruye, su inexpugnabilidad y su valor estratégico máximo.

El principal suceso histórico acaecido en Zafra tiene mucho que ver con el destino de la dinastía de los Lara molineses. El tercer señor del territorio, Gonzalo Pérez de Lara, cometió una serie de desmanes en zonas próximas a su señorío: concretamente entró en tierras de Medinaceli, devastando algunos pueblos. Otros señores de Castilla, coaligados con él, comenzaron a castigar territorios reales, con el objeto, al parecer, de levantar rebelión contra el monarca legítimo, y a favor de Alfonso ix de León.

Fuera por éllo, fuera también porque al Rey castellano Fernando iii le pareciera demasiada la autonomía de que gozaban los Lara en Molina, el caso es que desde Andalucía donde se hallaba movió su ejército hacia la altura castellana, y en pocas jornadas entró en Molina y puso finalmente cerco a la fortaleza de Zafra, donde al ver lo que se avecinaba se refugió el conde molinés acompañado de su familia, su reducida corte y sus domésticos ejércitos. Ocurría esto en 1222, y durante unas semanas el Rey castellano presentó la batalla sin que el molinés pudiera hacer otra cosa que resistir en lo alto de su inexpugnable bastión.

Cuando el cerco, en el que Fernando iii empleó su paciencia a fondo, hizo mella en las reservas del molinés, éste finalmente se rindió, y mediante los buenos oficios de doña Berenguela, madre del monarca, ambas partes acordaron una salida al conflicto, conocida en los anales históricos como la «concordia de Zafra». En élla se establecía que el heredero del señorío, el primogénito de don Gonzalo, quedaba desheredado (y así le llamaría luego la historia a Pedro González de Lara), siendo proclamada heredera la hija del molinés, doña Mafalda, quien se casaría con el hermano del Rey, el infante don Alonso, y de este modo la intervención de la Corona de Castilla se hacía un tanto más efectiva sobre los asuntos del rebelde señorío de Molina.

Apunte

Una larga biografía

Antonio Sanz Polo (Molina de Aragón, 1913 – Guadalajara, 2008) estudió del Bachillerato en el colegio de los Escolapios de Molina, y luego Magisterio en Toledo. Estudió la licenciatura de Ciencias Naturales por la Universidad de Madrid. Ejerció brevemente de Maestro en el Colegio «Rufino Blanco» de Guadalajara. Fue inspector de Enseñanza Primaria, actuó en Soria, fue además Inspector Central en Galicia, Asturias y León, y finalmente como Inspector General de Enseñanza Primaria. Luego fue Secretario General Técnico del Instituto Nacional de Emigración, y Agregado de Educación en la Embajada de España en Alemania.

Sanz Polo ocupó algunos puestos políticos de relieve, como concejal del Ayuntamiento de Soria, Diputado Provincial en Soria, presidente de la Asociación Nacional de Inspectores, miembro del Consejo Nacional de Educación Física y Deportes, y representante de España en las reuniones del Consejo de Europa, en Estrasburgo.

Recibió algunas condecoraciones que avalan su categoría de servicio a la enseñanza en España: Comendador de la Orden de Cisneros; Encomienda de  la Orden de Alfonso X «El Sabio», y Encomienda de la Orden del Mérito Civil. Premio 2002 de «Siglo Futuro». Además, por su entrega a la provincia natal, es Mielero de Plata, y por su actuación sobre el castillo de Zafra, restaurado a su costa, tiene la Medalla al Mérito de la Asociación Nacional de Amigos de los Castillos.

Fotografías y fotógrafos de nuestra tierra

 

En esta semana se han movido por la actualidad y los escenarios dos libros y varios fotógrafos, referidos todos a Guadalajara. La imagen de un mundo rural visto con los ojos de Santiago Bernal, ha sido el fundamento de un homenaje que ha reunido amigos y admiradores. Y la salida de un libro sobre Sacedón ha puesto en Guadalajara nada menos que al presidente del Consejo General del Poder Judicial, y a la memoria gráfica de la villa alcarreña como referente de coleccionismo gráfico.

Santiago Bernal, mirada viva

La memoria que a todos nos acude a la cabeza cuando nos hablan de un fotógrafo de Guadalajara captando instantáneas por las calles, los pueblos, las fiestas y los aconteceres de hondura, es la de un hombre sencillo, de bigote poblado, y manos activas en torno a dos (a veces a tres) máquinas de fotos: ese es Santiago Bernal, a quien esta semana se le ha dedicado un doble homenaje, nacido de sus paisanos aquí residentes. El Centro Segoviano de Guadalajara, presidido por Emilio Pérez, y con una directiva y un completo elenco de socios entusiastas, le ha preparado dos sorpresas, en las que él ha tenido que colaborar, obligadamente.

La primera ha sido una exposición antológica, inaugurada el lunes día 17 y que durará hasta el miércoles 26, en el Salón de Actos de la sede central de Caja Guadalajara. En el medio centenar de imágenes que se presentan, surge una evidencia, sin medias tintas: la de que Santiago Bernal ha sabido “ver” y dejar impresas sobre el papel las múltiples facetas de la realidad hacia la que ha acudido: hay en esa exposición imágenes del hombre en esta tierra, y de sus costumbres, los paisajes en que habita, los sueños de que se puebla. Todas las fotografías de esa exposición antológica de Bernal tienen al ser humano como centro de reflexión y perspectiva.

La segunda de las sorpresas, un libro: “Santiago Bernal, mirada viva”. Un conjunto impreso, sobre papel barnizado, en duotono vivo, con pastas duras y gran tamaño, en el que surgen las 200 mejores instantáneas realizadas por su cámara. También ahí está la esencia de este artista, de este humanista, porque de muchas maneras se puede alzar la voz y decir que el hombre es lo más importante, que la naturaleza humana es la medida de todas las cosas, y que solo a través del alma humana, del comportamiento de las gentes, puede entenderse la naturaleza y el Cosmos. Aparte de los números, las teorías y las jerarquías, está el corazón humano. Desde ese corazón, químicamente puro, están hechas las fotografías de Bernal. Desde su ojo espeluznantemente limpio.

En esa exposición y en ese libro, que es antológico, y es definitivo, se mide a la perfección la obra de este artista. Nacido en el pueblecito segoviano de Santiuste de San Juan Bautista, en 1927, vino a residir en Guadalajara a principios de los 60. De formación autodidacta, relojero de profesión, animoso como pocos, Santiago Bernal ha sido de una parte un pionero en la visión del mundo: formando parte de la que han llamado “escuela de Madrid” en la fotografía de la segunda mitad del siglo XX, ha conseguido los más importantes premios y el reconocimiento internacional, con homenajes y exposiciones antológicas por toda España y Europa. Pero, por otra parte, a Bernal se le recordará probablemente por su empeño formativo, organizativo y animador de la cultura. Presidente de la Agrupación Fotográfica de Guadalajara, ininterrumpidamente desde 1968, y ahora Presidente de la Asociación Fotográfica de Castilla-La Mancha, ha desarrollado además actividades deportivas como directivo y participante del Club Alcarreño de Montaña, y, sobre todo, ha sido el mentor de muchos otros fotógrafos actuales, más jóvenes, que le han tenido como un maestro y un generoso surcador de nuevos caminos.

Por eso ha sido noticia, una vez más, Santiago Bernal. Por eso el mundo de la imagen en Guadalajara está de enhorabuena: por este homenaje, esta exposición y este libro, sonoros espaldarazos que entre todos los que le queremos le hemos propinado estos días.

Sacedón en seiscientas imágenes

Todo un siglo de imágenes las que definen a Sacedón, esa villa alcarreña que ha pasado de ser una promesa de turismo y riqueza, a uno más de los lugares que en la comarca alcarreña sobreviven de su agricultura de secano, sus servicios, y en este caso, del embalse de Entrepeñas, que la hizo famosa, y ahora soporta heridas de trasvases sin fin.

En todo un siglo, Sacedón ha tenido muchas caras. Las de sus gentes primero: que en traje de quintos, de carnavales, de pastores y olivareros, de alcaldes y mocitas primaverales, de tenderos y amas, han puesto cientos, miles de caras a este libro. Las de sus paisajes después, los del entorno, con su Boca del Infierno que fue tapada a mediados de siglo por las aguas de Tajo, y los de cerros y alamedas, sumados de las perspectivas urbanas, en las que la torre del templo mayor, la solemnidad de la ermita de la Cara de Dios, la singularidad de las neveras, la viveza de las fuentes, y el cambio constante de horizontes de su plaza mayor, le dan una variedad sin cuento.

Alegría a la que se suman las fiestas, la memoria de bodas, de venidas de la Virgen de Fátima, de carreras de bicis, de partidos de fútbol, de corridas memorables de toros, de verbenas y paseos en barca… una traca final de imágenes sacadas del hondo baúl de los recuerdos, es la que protagoniza el capítulo de La Isabela y Poyos. Dos enclaves que formaban parte de su propio municipio, y que fueron engullidos  por las aguas del río Guadiela cuando se avalanzaron sobre los campos, al ser retenidas por la presa de Buendía.

El pasado miércoles, en el salón de actos del Complejo Cultural “Príncipe Felipe” de la Diputación Provincial, se presentó en Guadalajara este fantástico libro de imágenes y recuerdos. Una obra monumental, con un tamaño consistente, papel barnizado e impresión duotonal, en el que bajo el título “Sacedón, un siglo de imágenes” han puesto lo mejor de sus colecciones dos entusiastas sacedonenses de nuestros días. Son Jesús Mercado y María Jesús Moya, que ya hace un tiempo nos deleitaron con su “Historia de Sacedón” y ahora han trabajado para seleccionar, de entre más de 2.000 fotos coleccionadas, las más representativas de su pueblo, en una gavilla densa y sorprendente.

La presentación corrió a cargo, nada menos, que de don Francisco J. Hernando Santiago, presidente del Consejo General del Poder Judicial, la tercera autoridad del Estado. Vino a hacerlo porque en Sacedón vivió largas temporadas, en su juventud, y porque tiene buenos amigos entre nosotros, especialmente por las orillas del Tajo. Y además del anfitrión del acto, el presidente de la diputación Provincial, don José Carlos Moratilla, se sentaron en la mesa los autores del libro, Jesús Mercado y María Jesús Moya.

Se inauguró luego una exposición con las mejores cuatro docenas de las fotos que integran esta suma de imágenes. Durará hasta el miércoles 2 de Noviembre, y se podrá contemplar en la Sala de Exposiciones del CEFIHGU, que es el lugar en que la Diputación centraliza su actividad de promoción y guarda de las fotografías antiguas y las imágenes históricas de nuestra provincia. En el Colegio de San José, en la planta menos uno. Aunque lo mejor será hacerse con el propio libro, que es una suma hermosa y atrayente de instantáneas, en las que se resume el ser completo de Sacedón, de su entorno, de La Isabela, de Poyos y de Córcoles, más la evolución constructiva de la presa, las costumbres y los tipos que hicieron vivo el pasado siglo.

Una semana, pues, que ha estado marcada por la imagen viva, la del arte y la de la memoria, y que a los alcarreños que quieren tener referencias gráficas de su tierra, no va a dejarles indiferente nada de lo que en torno a estos nombres –Santiago Bernal, Villa de Sacedón- ha surgido en estos días.

Viaje al interior de nuestras casas

Ayer jueves se presentaba en la Sala Tragaluz del Teatro Buero Vallejo el libro que ha preparado el Colegio Oficial de Arquitectos de Guadalajara con motivo de su 75 aniversario. Un libro cuajado y útil, un enorme catálogo de edificios, espacios y perspectivas donde vive o ha vivido la gente de Guadalajara.

Nada mejor que celebrar tan abultado aniversario reuniendo lo más granado de la arquitectura, lo que esos mismos arquitectos celebrantes consideran que ha sido su huella en la provincia, a lo largo de los últimos tres cuartos de siglo.

El libro, como todos los libros, da para ver y leer, para asombrarse y recordar, para disfrutar mirando y aprender. Para juzgar las cosas que nos rodean con más sabiduría y conocimiento de causa. Enhorabuena a quienes, -todos los arquitectos alcarreños- han hecho posible este libro, este recuerdo.

Desde la República a nuestros días

Empieza el libro con dos de los grandes edificios que se levantaron en Guadalajara durante la época de la República, ambos emblemáticos y aunque en desuso de lo que fueron en sus orígenes, piezas fundamentales del horizonte cotidiano. Son el Hospital Provincial, propiedad de la Diputación Provincial de Guadalajara, que comenzó a erigirse en 1928 bajo los planos y dirección de Sebastián Vilata, y la sede del Banco de España en Guadalajara, en pleno centro de la ciudad, dirigido por José Yarnoz.

Ellos fueron los que dieron inicio a una visión contemporánea de la arquitectura. Si recordamos la estampa que nos dejó, en el siglo XVI, Antón van der Wyngaerde, el flamenco que anduvo España entera dibujando las siluetas de las grandes ciudades, de su mano surgió una Guadalajara puesta sobre las terreras del Henares, rodeada de murallas medievales, y cuajada de torres y más torres de iglesias, conventos y palacios. La estrechez del burgo llevó a nuestras autoridades municipales, en los finales años del siglo XIX y comienzos del XX a “ampliar” la ciudad por sus cuatro costados, derribando murallas, torreones y conventos, y dejándola un tanto huérfana de artes, pero, eso sí, más despejada de cómo la inventaron los árabes hace más de diez siglos.

Cientos de nuevos edificios

En estos 75 años que lleva activo el Colegio de Arquitectos en Guadalajara se han construido más cosas y más casas que en toda la historia anterior. Y además más originales, hermosas y útiles. En este libro que acaba de presentarse, que cuenta con 282 páginas, y ofrece 233 obras arquitectónicas relevantes, aparecen tanto edificios públicos (Residencia del Seguro de Enfermedad, Hospital Universitario, colegios, etc.), espacios urbanos (el paseo de la Cruces) y casas o urbanizaciones privadas (desde algunos chalets de Cabanillas hasta los poblados de las centrales nucleares de Almonacid y Trillo). Además de edificios y conjuntos que no llegaron a construirse (el Alcarria Palace o el grupo de viviendas del Paseo de la Estación) y de las restauraciones de edificios antiguos que se han realizado en estos 75 años.

La obra ha corrido a cargo del conjunto de colegiados arquitectos, pero el coordinador principal y responsable último de la obra es José Ramón Martialay Valle, quien se ha ocupado a lo largo de dos años de reunir la documentación precisa para armar esta verdadera enciclopedia de la construcción alcarreña. Ayudado por Sagrario Gamarra, incansable en su capacidad de gestión para esta y mil cosas que la echen, y apoyado por la Junta directiva de la que en las primeras páginas aparecen palabras del presidente Miguel Angel Embid, del tesorero Javier Delgado y el estudio concienzudo, analítico y bibliográfico, del presidente de la Comisión de Cultura, José Antonio Herce Inés. La impresión, en duotono, ha resultado magnífica, corriendo a cargo de los maestros impresores Quílez, de Minaya S.A. Los ojos se van por las páginas viendo, reconociendo, admirando y, sobre todo, descubriendo cosas. Esos edificios que miramos (sin ver) cada día, y que ahora se nos desvelan como señeros y señalados elementos de la cultura arquitectónica.

Algunas sorpresas

Desde nuestra perspectiva de amantes y admiradores de la arquitectura, de entusiastas de los interiores, de degustadores del espacio vital, tenemos en las manos cientos de páginas llenas de apasionantes escenas. Unos son los edificios en que vivimos, en que trabajamos y a los que acudimos a comprar o a divertirnos. Los centros oficiales, los colegios y las fábricas. Además, el recopilador se ha entretenido en unificar los planos de los pueblos que fueron levantados por la Dirección General de Regiones Devastadas tras la Guerra Civil. El gobierno de entonces, en los años 1943 y 1944, dedicó un gran esfuerzo a rehacer cientos de pueblos que en España habían quedado aniquilados por bombardeos o por su situación en la misma línea del frente. Esto es lo que ocurrió con villas como Hita, Esplegares, Gajanejos, Montarrón, Alarilla y Masegoso. De este último, especialmente, aparecen los planos de la población entera, los alzados de sus edificios, quedando evidente la armonía y el buen gusto que guió a aquellos profesionales en tarea tan compleja, eje por otra parte de la arquitectura: hacer poblaciones enteras, con ese empuje casi mitológico que los españoles llevaron a América la capacidad de crear grandes poblaciones de la nada.

La mayoría de las sorpresas que nos vienen a las manos proceden de los chalets, casonas y viviendas unifamiliares que en los últimos años han ido levantándose, por encargo de los propietarios, en urbanizaciones y pueblos de la provincia. Con ellos, con sus ejemplos, podría hacerse una nueva ruta turística (con permiso de los dueños, claro, y en todo caso a admirar desde fuera) que sería la de las “villas contemporáneas”. Hay un edificio sorprendente y cubista trazado por Alvarez Hervás y Barrientos González en la calle Giralda de El Casar; otro espléndido en el camino del Silo de Brihuega, diseñado por Luis Gil de Bernabé, y en varios en la zona residencial de Cabanillas del Campo, del que destacaría especialmente el promovido por María Luisa Celada de Inés en la urbanización “Tres Torres II” y que ha sido firmado por M.A. Sánchez García, E. Pérez Gómez y J. Llorente Orejas. Racionalidad, nuevos materiales y, sobre todo, dimensionamiento del espacio interior, del que se explotan todas las posibilidades.

Restauraciones y rescates

En el libro aparecen los proyectos de restauración que se han acometido en la provincia especialmente desde después de la Guerra (en concreto la recomposición de la destruida Catedral de Sigüenza y el devastado palacio del Infantado) y más numerosos y puntuales, desde la Restauración monárquica y democrática (la capilla de Luis de Lucena, tan demandada siempre, la concatedral de Santa María, el castillo de Torija y el palacio de los Guzmán, entre otros.

Concretamente aparece un dibujo de la sección de la capilla del Doncel en la catedral seguntina, firmado por Juste y BAB Arquitectos, que es una lástima no disponer de un gran cartel en que pueda reproducirse, porque es una auténtica maravilla, de trabajo en detalle, y de medición exacta de los elementos que pueblan su muro norte, en el que es protagonista espectacular el enterramiento de Martín Vázquez de Arce. La restauración de la catedral se hizo inmediatamente acabada la Guerra, quizás como resultado del sentimiento de culpa que le quedó al gobierno de Franco por el ataque y destrucción que hizo de aquel edificio, en el que se hicieron fuertes los milicianos seguntinos, y hubo de ser tomado tras su ametrallamiento y bombardeo. Fue Leopoldo Torres Balbás quien, en el mismo año 1937, comenzó las obras de restauración, seguidas luego por Labrada Chércoles, y en otras campañas sucesivas por Vázquez Noriega, Manzano Monís, Juste Ballesta y Barceló de Torres.

Entre las intervenciones sobre edificios histórico-artísticos y monumentales que los arquitectos han realizado en estos años, falta una que a mi modo de ver fue fundamental, y que quizás por lo mal que se hizo, y la polémica que levantó, el coordinador de este libro ha preferido no recordar. Se trata de la intervención de cierto arquitecto, no alcarreño, sobre la iglesia de la Piedad en Guadalajara. Aquella en la que se perforó el muro original para poner una puertecilla de diseño metálico, aquella que montó una escalera de tipo hotel de cinco estrellas sobre los muros del presbiterio y que levantó la indignación de una buena parte de la sociedad alcarreña (la que entiende de estas cosas, fundamentalmente). Mejor ha sido así.

Y luego se han quedado en el tintero, pero con la lógica que impone la inmediatez de las actuaciones, cosas tan importantes como el Centro Comercial Ferial Plaza, que ha resultado ser un auténtico “templo” moderno del comercio y del ocio, una paráfrasis moderna de las clásicas basílicas romanas donde la gente acudía, entre columnas y estatuas de dioses, a comprar y vender, a demandar justicia, y a charlar con los amigos. Se inauguró no hace todavía un año, y es lógico que no haya llegado a tiempo para quedar eternizada en este libro. Saldrá en el del centenario, seguro.

Apunte

El libro de las arquitecturas

Cuadrado de 22 x 22 cms., con 282 páginas, y el título “75 años -1931-2006- de Arquitectura en Guadalajara”, ofrece 233 obras documentadas sobre fichas que ofrecen título del edificio o espacio, situación, localidad, arquitecto/s, promotor/es y año de proyecto. En la ficha, que suele ocupar una página, aunque hay varios elementos que ocupan más de una, aparece siempre una fotografía y uno o varios planos. Y en los casos –que hay unos cuantos- de obras que se proyectaron y no llegaron a hacerse, solamente los planos. Escritos iniciales de M.A. Embid, J. Delgado, J.A. Herce Inés y J.R. Martialay Valle. Indice y bibliografía finales. Fundamental para saber dónde, y casi hasta por qué, vivimos.

Los Templarios en Guadalajara

Desde que hace dos meses una de las asociaciones culturales europeas que se dice ser heredera directa de la Orden Militar del Temple (concretamente la Asociación Orden Soberana del Temple de Cristo, aunque hay varias asociaciones de este tipo en cada uno de los países de Europa) solicitó formalmente al Vaticano una multimillonaria indemnización por haber sido “suspendida” y ejecutados sus directivos, se ha puesto de moda otra vez el tema, el viejo tema de los templarios.

Guadalajara, como no podía ser de otra manera, vuelve a recordarlos porque aquí en nuestra geografía tuvieron asiento algunos de sus conventos y castillos, de sus monasterios y granjas.

Enclaves templarios en Guadalajara

En nuestra provincia hubo asentamientos de la Orden militar que surgió en el siglo XII, y que tenía por misión inicial la vigilancia de los caminos que desde Europa llevaban a los Santos Lugares, a la tierra de Palestina donde vivió Jesucristo, y que a la sazón estaba ocupada por diversos sistemas políticos de signo islámico. Eran los “caballeros del Templo” pues vigilaban y protegían el acceso a ese mítico “Templo de Salomón” sobre el que luego se estableció la jerarquía cristiana que conquistó Jerusalem tras las cruzadas.

Ya se puede suponer, cuando se trata de Salomón, que además de proteger caminos y de apoyar el cristianismo, lo que estos trataban era de buscar la sabiduría oriental, y de paso reunir algunos bienes con los que tener asegurada su subsistencia.

Llegaron a ser tan ricos, que el rey de Francia, a principios del siglo XIV, y siguiendo un clamor unánime en Europa, inició los trámites para disolver la Orden, que amenazaba con hacerse (a manera de una Internacional o un club Winterberger) dueña del mundo.

Entre los siglos XII al XIV hubo algunos asentamientos templarios en Guadalajara. De ninguno de ellos queda la absoluta certeza documental de que lo fuera, pero la tradición los ha ido mentando al hablar y recordar de algunos sitios.

Quizás el más famoso fuera el lugar de Torija, donde al decir de antiguos documentos, un tanto apócrifos, pusieron los caballeros del Temple un convento y en lo alto de la cuesta una torre (de ahí el nombre de Torija, la torre pequeña). El castillo que hoy vemos, construido a mediados del siglo XV por el marqués de Santillana, mantiene su recuerdo, un tanto difuminado.

Otro lugar de templarios fue Albares, donde dicen que en el cerrete frente a la población, donde hoy están las ruinas de la ermita de Santa Ana, tuvieron sede los caballeros.

Y también se habla de ellos en Albendiego, y más concretamente en la montaña que hoy conocemos como “Santo Alto Rey”, montaña sagrada donde las haya, que en la roca más alta del monte tiene todavía una gran ermita dedicada al Cristo de la Majestad. Dicen las leyendas que allí tenían los templarios su sede, un convento y ermita, que solo utilizarían en días de verano, porque en el invierno se hace imposible sobrevivir en la altura. Además construyeron, en el llano del valle del río Bornova, junto a Albendiego, una ermita hoy conocida como Santa Coloma, que en su ábside, netamente románico, muestra caladas celosías en las que se ven talladas cruces de ocho puntas, como las del Temple, aunque sabemos estas fueron construidas por los caballeros de la Orden de San Juan, heredera de los templarios tras su anulación como instituto armado y religioso.

En Albalate de Zorita dicen que hubo también templarios, en el lugar donde hoy está su cementerio, y que se ha puesto sobre las ruinas de una iglesia románica que en su día estuvo aislada en medio de los campos de la orilla izquierda del Tajo. Y en la Hoz de Molina, quizás por lo evocador y mistérico del lugar, también refieren que primeros de todos fueron los templarios los que allí asentaron, dejando paso luego a los monjes cistercienses y haciéndose ermita parroquial finalmente.

El cuadro mágico de los Templarios

Entre los muchos misterios que los templarios dejaron, y aún eswtán sin resolver, figura “el cuadro mágico de los templarios”, que consiste en una combinación de cinco palabras, o anagramas, puestas en horizontal y en vertical, que dan lugar a infinidad de lecturas, y que con paciencia de esas lecturas se extrae toda la gnosis, la ciencia y la experiencia de la vida humana.
Este cuadro mágico aparece en muchos lugares del patrimonio artístico europeo. Incluso en la época romana ya se usó (sus palabras son latinas) y se ha encontrado una muestra de él en las ruinas de la ciudad de Pompeya. Se ve también en manuscritos griegos del siglo XII, en lugares de culto cristiano como la iglesia de la Magdalena en Verona, la de Piave cerca de Cremona, la de San Lorenzo en Rochemaure (Francia) y aún en Santiago de Compostela. Y, por supuesto, en numerosos edificios de origen templario, templos y fortalezas, construidos por los miembros de la Orden.
Es este cuadro mágico la representación del Arte Perenne, eterno, inalterable, y fue tenido como una esencia de la ciencia para la posteridad. En sus palabras cruzadas (Sator, Arepo, Tenet, Opera y Rotas) se pueden leer otras mil palabras, sucediendo sus letras de forma diversa, que dan la clave de la Gnosis, de la cienca por excelencia, de la Sabiduría Suprema, de la Regla y la Normativa… válidos no solo para los Caballeros del Temple, sino para toda la Humanidad.

Un criptograma que esconde la Gnosis

El criptograma que constituye el “Cuadro Mágico de los Templarios” corresponde en sus cinco palabras, y en sus veinticinco letras, a una serie de sentencias, mensajes y exhortaciones, todas en latín, que coinciden en palabra e imagen con su intención. Entre las muchas tareas que encomienda, están las agrarias, pero también las comerciales, religiosas, de impuestos, prácticas y sobre todo esotéricas, dando opción a seguir, “a quien entienda” los pasos a seguir para obtener la sabiduría.
Hasta ahora, el cuadro esotérico de la Orden del Temple era conocido por cuantos se han dedicado al estudio histórico de este grupo humano, pero nadie había hecho una interpretación, siquiera aproximada, de su significado. Tenemos la suerte de que recientemente un español, el profesor Josep Maria Isern i Monné, muy relacionado con Guadalajara, a donde viene con frecuencia,  ha abordado esta tarea con decisión y sabiduría, la que le da el conocimiento de las lenguas clásicas y de la vida en la Edad Media, con sus bajezas y sus grandezas, y sobre todo con sus misterios y arcanos, que se guardaban por unos pocos para ser difundidos entre grupos reducidos. Llega el autor a la conclusión, y lo demuestra, que el enigmático escrito contiene la esencia de la filosofía difundida en la época, con la doctrina esotérica que solo a un corto número de caballeros se entregaba.
Con el cuadro mágico ante sus ojos, el profesor Isern nos enseña a leerlo, a desmenuzarlo y a interpretarlo, y luego, a lo largo de un libro que acaba d epublicar sobre este apasionante tema, nos va dando, página a página, descubrimiento a descubrimiento, los elementos que contiene, y que vienen a ser más de doscientos. Uno de ellos, que él pone al final, es nada menos que “el Grial”, el vaso sagrado donde Cristo bebió, y que fue guardado por los templarios hasta que la Orden, y sus dirigentes, fue masacrada.
Un aspecto muy interesante de este libro es la visión que nos ofrece de la Gematría. Esta es una de las divisiones de la Cábala, y se fundamenta en la interpretación geométrica y aritmética de las palabras de la Biblia. Como la Gematría estudia el valor numérico de esas palabras bíblicas, encontramos como el cuadrado mágico tiene una fuerte interpretación cabalística, encontrando, por ejemplo, que la mayoría de las palabras y descripciones que el múltiple símbolo ofrece se apoyan en las letras Alfa (A) y Omega (O) como principio y fin de las cosas y las acciones humanas.

Apunte

Para saber más del Cuadro Mágico de los Templarios

El libro que revela estos temas, y que ha sido editado en Guadalajara por AACHE Ediciones, se titula “El Cuadro Mágico de los Templarios”, y es obra del profesor J.M. Isern i Monné. Lleva un prólogo del recién fallecido académico de la historia y cronista de Horche, Juan Luis Francos, y tiene 202 páginas de apasionante lectura, con los gráficos que van demostrando, paso a paso, los significados arcanos de esas cinco palabras. En los círculos de estudiosos en torno a los templarios, el libro ha despertado un gran interés, porque en un tema que parecía tener ya dicho todo, vuelve a salir una interpretación novedosa y completa.