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Guadalajara de hoy, Guadalajara de siempre

En los días de fiesta, y en los periódicos que esos días salen, en los que solo se respira bullanga, noticias de toros, de cantantes y carreras, siempre conviene que aparezca el contrapunto de lo antañón, y la memoria de otras épocas en que la gente también reía, y echaba pulsos, y bebía vino en abundancia.

Una tarea propia de cronistas al viejo uso, es quizás esta de alzar bandera de viejos saberes y dar noticias de tiempos muy, muy antiguos, para que, más que nada, puedan compararse con los actuales. Ni mejor ni peores: distintos y poniendo el corazón de sus habitantes acelerado y alerta. La fiesta de Guadalajara, hoy y siempre.

De esta ciudad de Guadalajara, que es vieja a fuerza de lágrimas y fiestas, se sa­ben muchas cosas. Tantas que contarlas por menor llevaría largos años. Empezó la cosa en una reu­nión de antiguas gentes, íberos, he­chos a la guerra y a la labranza en las márgenes del río Henares. Lue­go, según los tiempos vinieron marcados por el imperio romano, la ciudad fue custodiada por soldados, pretores y esas cosas. De visi­godos, ni se sabe. Y de los árabes, sí. Aquí pusieron los mahometa­nos, a partir del año 711 en que hi­cieron suya esta altura, una ciudad fuerte y numerosa en habitantes, base principal de los desplazamientos hacia el norte siguiendo el an­cho valle del Henares.

En 1085, Alvar Fáñez conquista, en fácil tarea, el amurallado burgo, y este queda como cabeza de co­mún, bastión de las libertades po­pulares castellanas, en el reino de Castilla engarzado. Durante largos siglos, el poder de la ciudad perte­necerá al Concejo. Guadalajara es villa independiente, cabeza de un vasto territorio, y en ocasiones, breves, es dada en señorío o algún príncipe, a alguna infanta, etc. Pe­ro son episodios cortos, que no rompen la tradición de autogobier­no.

Corte de mece­nas y de poetas, bajo el mecenazgo de los Mendoza, Guadalajara llegó a tener el calificativo de «la Atenas alcarreña» en el siglo XVI. Después, la despoblación fue haciendo presa en ella. Cruce de caminos, apetencia estratégica en las gue­rras, por sus callejas han sonado más tiros de los necesarios, y tan­to ruido estuvo a punto de dar al traste con su vida. Ahora rebulle, y más en estos días de Fiesta Mayor, y todos los que en ella llevamos viviendo largos años esperamos -de verdad, con ilusión- que vaya a más, y llegue a ser ciudad auténtica, de cara al futuro.

Fiestas de viejos tiempos

Si el motor de la vida de las gentes y de sus ciudades ha sido siempre el motivo económico, esta misma razón encontramos también en el origen de las fiestas. Concre­tamente en las de Guadalajara. En la época larga de ocupación árabe las transaciones comerciales de sus habitantes y los de comarcanas al­deas se celebraban en el interior de la ciudad amurallada. Eran épocas de guerra y alteración constante, y era más seguro hacer el comercio en las estrechas calles del centro, en el zoco que se formaba por ca­llejuelas cuyo centro estaba en la actual vía de Bardales, ancha para las costumbres de los árabes. Des­pués de la reconquista, y dado el carácter de Guadalajara como ca­beza de Comunidad, una de sus más caracterizadas funciones era la de servir de sede a un mercado se­manal y a una feria anual de gran categoría. El mercado se celebraba en la gran explanada que se abría ante la Puerta de Levante, delante de la actual iglesia de San Ginés. Todos los martes del año, allá se daban cita aldeanos del campo (con hortalizas de la campiña) y gentes de la Alcarria (con cereal, frutos y artesanías).

La feria grande se tenía señalada para San Lucas, alrededor del 18 de octubre, que fue la fecha con­cedida por el monarca castellano Alfonso VIII como privilegio de celebrar anualmente feria con exenciones importantes de impuestos a los comerciantes. Estas concesiones suponían un gran favor y ayu­da al burgo, pues estimulaba el asiento en él de comerciantes y ar­tesanos, y favorecía el aflujo de muchas gentes de la comarca y aun de todo el reino.

La feria otoñal de Guadalajara fue siempre una de las sonadas de Castilla en el aspec­to ganadero, especialmente en su parcela de *ganado de trabajo+ (mulas, etc.) Esta costumbre, cada vez más preterida en los tiempos modernos por el bullicio de la fies­ta popular sin más, se mantuvo hasta hace no muchos años. Tradicionalmente la feria se cele­bró al otro lado del barranco de San Antonio, frente al torreón de Alvarfáñez que también llamaban «puerta de Feria». Después, el fe­rial ganadero se puso en las lomas que bordean por mediodía a la ciudad, y aun algunos recordamos estas reuniones de ganaderos, tra­ficantes, muleteros y maranchone­ros, más algún que otro gitano, ex­tendiéndose con su ganado por las entonces verdes cotillas que se al­zaban al final de la Llanilla, donde habitualmente quedaban todo el año cercados de madera, fuentes y abrevaderos. Hoy se levantan en aquellos lugares torres de once plantas, apretujadas al máximo, sin memoria de los tiempos idos.

Estas ferias tradicionales de San Lucas fueron traspasadas hace ahora 45 años (en 1963) a la última semana de septiembre, pues en la fecha habitual solía llover y refres­caba bastante, lo cual deslucía con harta frecuencia las corridas de to­ros y cualquier otra actividad festiva.

Se trasladó a unas fechas que también guardaban bastante tradi­ción en la ciudad: al veranillo de San Miguel, pues este día (el 29 de septiembre) era habitualmente el inicio del año «administrativo» en multitud de asuntos comunita­rios (contratos, mandatos de autoridades, elección de alcaldes y edi­les, etc.) y de siempre se había he­cho en esa jornada la vistosa «ca­balgada» o «parada» de los caba­lleros arriacenses, muy numerosos en los siglos XV y XVI, que salían lujosamente ataviados y acompaña­dos de toda su casa, pajes, escu­dos, etc., haciendo incluso juegos caballerescos, justas, cintas y cosas así en lo alto de la cuesta del Am­paro, que era límite del arrabal de Santa Ana. Así pues, las fiestas ac­tuales de septiembre mantienen una clara herencia festiva de siglos pa­sados, aunque ahora con modos y costumbres nuevas (correr el toro, actos musicales) que debieran con­vivir un poco con esas tradiciones tan antiguas de la «parada caballe­resca» que llevada a los tiempos actuales, podría ser un plato fuer­te y muy divertido. Es quizás el desfile de carrozas, que este año se va a ver individualizado y realzado, el que podría recoger aquel espíritu de los «gremios» de artesanos que sa­caban «invenciones» sobre ruedas con alegorías a la actualidad, ilu­minados de antorchas y recitando composiciones poéticas que a to­dos divertían.

Para pasar las fiestas

El otro día me asomaba, desde la nueva pasarela que se ha abierto para poder cruzar el barranco del Alamín desde las Carmelitas a la calle del Doctor de la Rica, y veía el asombroso cambio que la ciudad ha dado gracias a ese tratamiento, genial en su día, del hondo y feo barranco que siempre limitó a la ciudad por el norte. Lo aplaudí en su momento y me sigue pareciendo una actuación modélica. Lo único que lo afea es el continuo tic, -como una especie de ataque nervioso-, de los jóvenes grafiteros, que tienen que marcar cada noche su territorio con pinturas llamativas sobre los muros y el mobiliario ciudadano. Una costumbre como otra cualquiera, solo que esta le cuesta dinero, mucho dinero, a la ciudad y a los ciudadanos.

Y pensaba cómo aquel lugar, al que solo los más atrevidos llegaban, a enfrentarse con sabe Dios qué animales dañinos, qué trasgos y melancólicas harpías, ha pasado a ser un espacio de abierto paseo, de perspectivas luminosas. Es como si la tristeza de un futuro cerrado se hubiera abierto en un grifo de perenne alegría. Es así la fiesta también: de la rutina anual se exprime el jugo de la semana grande.

En estas fiestas septembrinas que el próximo domingo 14 comenzarán con el renovado desfile de carrozas, que pretende ser más lógico, organizado y espectacular que en años pasados, podrá el bullanguero pasarse en blanco siete días con sus correspondientes noches. Todo es propo­nérselo.

Para ello, lo más adecuado y lógico, es apuntarse a unas de las muchas «Peñas» que en estos días tienen su apogeo sonoro. Todo está en ellas permitido, «dentro de un or­den», y así puede cantarse, disfra­zarse, olvidarse del trabajo y la fa­milia, marcarse un chotis o una jo­ta, correr los toros (o las vaquillas, que a esas horas ya ni se sabe lo que a uno le viene encima) y degustar pinchitos.

Con los chavales puede también el valeroso feriante hartarse a correr delante o detrás de los cabezudos. Y en el ferial cada tarde, echar un duelo con los amigos, a ver quién tira con escopeta más bolitas de anís, a ver si uno sigue duro de brazo, echando vía arriba la plan­cha esa de hierro que al final explota, o mareándose en los caballitos y en la ola. No es mala cosa proponerse visitar, noche a noche, lo mejor en restaurantes de la capital, y aunque algunos pongan lue­go cara larga, aquí señalo breve lis­ta de lugares a los que, si posible me fuera, iría cada noche a cenar: para empezar, el Diego’s; se­guir en «Casa Palomo» con la memoria de sus guisos; ir el miércoles al Linos, que tiene cocina muy selecta; seguir el jueves en los Faroles; aguantar el viernes en “El Motor” frente a los Salesianos; coronar el sábado con un cenote en el Ventorrero, y rematar la Feria, el domin­go (que lo bueno debe dejarse para el final) en el Amparito Roca. Las comidas, mejor en la cafetería del Tanatorio: son ligeras y baratas, lo justo para seguir en pie, aunque el sitio imponga un poco.

Con tanto baile, tanto cubata, tanto pinchito y tanta cenorra su­prema, amén de las vueltas ritua­les en la noria, lo más probable es que uno acabe sin blanca en el bol­sillo y con un estómago y una ca­beza hechas puré, de malas. No importa, con ir el lunes a Urgencias…

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