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septiembre, 2008:

Memoria de un bibliófilo: Cristóbal Pérez Pastor

Se cumple en estos días el centenario de la muerte, en Horche, de uno de los principales bibliófilos españoles, parejo de Menéndez Pelayo, y sabio de libros y autores donde los haya: Cristóbal Pérez Pastor, que aunque del lejano pueblo de Tobarra es también un castellano-manchego, y meció su vida, -que no fue muy larga pero sí muy productiva- entre la cuna manchega y la tumba alcarreña.

Como de estos personajes que se dedicaron a estudiar el castellano, sus formas de hablarlo y escribirlo, sus autores principales, las ediciones primeras y las sutilezas del lenguaje, ya nadie se acuerda ni se ocupa, bueno será que al menos le dediquemos este breve memorial, apresurado y resumido, para que ese centenario, que en otros temas suelen ser tan densos de exposiciones y ruidos, tenga una mirada siquiera, y el recuerdo de que por aquí, por la Alcarria que él quiso y en ella palpitó, anduvo sabiendo y leyendo.

Escueta imagen de un sabio

Tan escueta es la imagen de don Cristóbal Pérez Pastor que me ha sido imposible conseguir un retrato suyo, para al menos ilustrar esta página. Hombre humilde, sereno y estudioso, no fue amigo de homenajes ni poses. Por eso no se le conoce imagen gráfica, aunque seguro que en algún viejo archivo alguna quedará.

Lo que sí podemos es decir algo, apretado y resumido, de su quehacer vital. Nació en tobarra, provincia de Albacete, en 1842. Y murió en Horche, el 21 de agosto de 1908. Casi niño entró en el Seminario de San Fulgencio de Murcia, y se ordenó sacerdote, siendo destinado en principio a las parroquias de Orihuela y de su lugar natal, Tobarra, donde hizo además de Rector de la Cofradía de San Roque. Pero al fin consiguió que le trasladaran a Madrid, para poder seguir estudiando, y allí en la Universidad Central se dedicó a la carrera de Ciencas, acabando doctor en Física y Química.

Como siguió ejerciendo de sacerdote, capellán en Nuestra Señora de Atocha, y luego de las Descalzas Reales, no pudo ocupar la cátedra de Agricultura que había ganado para la Universidad de Puerto Rico. Sin embargo, en Madrid siguió estudiando en la Escuela Superior de Diplomática, acabando como profesor auxiliar y catalogador de Museos. En 1881 ingresó en el Cuerpo de Archiveros y Bibliotecarios, por oposición, y fue pasando en sus sucesivos destinos por la Biblioteca Provincial de Toledo, la Biblioteca Nacional, la Real Academia de la Historia y el Archivo Histórico Nacional. Todo un periplo de progreso que vino a significar su valía, su preparación y su interés continuo. Finalmente fue elegido en 1905 como académico de la Real de la Lengua, porque para entonces era una autoridad nacional en historia de la literatura, pero no pudo llegar a tomar posesión por morir en 1908.

La obra de Pérez Pastor

Se empeñó Pérez Pastor en conocer al máximo posible la huella documental de Cervantes en los Archivos y bibliotecas españolas. En esa misión, personal y entusiasta, recorrió archivos y bibliotecas de todo el país, pasando muchos días en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid, rastreando documentos que hicieran alusión a compraventa de privilegios, compra de papel, contratos, testamentos o cualquier documento relacionado con las vidas y las obras de los grandes del Siglo de Oro, en especial Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca.

De las ediciones, las vicisitudes vitales, los problemas económicos y judiciales de todos ellos encontró muchos rastros en forma de documentos. De esa manera alcanzó a ser considerado como uno de los más ilustres bibliófilos españoles, junto a Marcelino Menéndez Pelayo, Manuel Milá y Fontanals, Francisco Rodríguez Marín y Ramón Menéndez Pidal. Se presentó y ganó numerosos premios de bibliografía convocados por la Biblioteca Nacional. Colaboró en las principales revistas de erudición literaria de toda Europa, y en especial en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. Se le ha considerado el creador de la metodología de los estudios bibliográficos en España, habiendo publicado importantes descubrimientos sobre imprentas españolas y sobre autores y obras de Cervantes, Lop y Calderón, con documentos inéditos hasta entonces no conocidos y estudios sobre su obra ejemplares y de reconocido prestigio Su monumental obra Bibliografía Madrileña, fue premiada por la Biblioteca Nacional en 1888.

Además de ello, y por no quedar absolutamente pegado a los papeles viejos y a las elucubraciones bibliográficas, siendo como era un hombre de amplísima cultura, se le consideró un notable cervantista, manteniendo tertulia literaria, al viejo estilo, en la Farmacia Galloso con personajes como Benito Pérez Galdós, Marcelino Menéndez Pelayo y Pío Baroja, entre otros. En 1905, con ocasión del tercer centenario del Quijote, en que el Gobierno encargó a personas de peso intelectual la organización de sus fastos, Pérez Pastor se responsabilizó de la Exposición Cervantina del centenario que se exhibió en la Biblioteca Nacional, lo que le valió los ataques de Francisco Rodríguez Marín. Ese mismo año, como se ha dicho, fue hecho académico de la Lengua para cubrir la vacante dejada por Francisco Silvela, pero ya se notaba enfermo y decidió trasladarse a Horche, donde pasó largas temporadas hasta que en la villa alcarreña le llegó la muerte. El hecho de haber elegido la villa alcarreña como lugar de retiro y finalmente de acabamiento, fue debido a ser también muy amigo de Ignacio Calvo, que en la Corte se movía en el mismo ambiente que don Cristóbal, de eruditos, archiveros y conservadores de museos.

La bibliografía principal de Pérez Pastor

Para poder tener una idea de los temas que trató, de los estudió y construyó a lo largo de una vida entera dedicada al estudio de la historia literaria española, reseño a continuación algunas de sus principales obras. Fueron miles las que escribió nuestro autor en torno a los escritores clásicos y sus obras, muchas de ellas en forma de artículos y pequeñas notas. Otras en cuerpo de grandes libros de los que a continuación reseño los más importantes:

La Imprenta de Toledo (Madrid, Manuel Tello, 1887): Premiada por la Biblioteca Nacional, recoge 1.530 reseñas bibliográficas, apéndices e índices artículos sobre los trabajos publicados en la ciudad de Toledo desde 1430 hasta la publicación de la obra. Se ha hecho una moderna reimpresión en Valencia, en 1994.

Bibliografía Madrileña del siglo XVI en 3 Tomos (1891): Premiada por la Biblioteca Nacional. Tipografía de los Huérfanos (vol. I) Refleja la vida de impresores, escritores, etc, del sigloXVI. Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos (vols. II y III) 1891-1907: Recoge en el primero volumen la Bibliografía Madrileña de 1601 a 1620 y en segundo de 1621 a 1625. Es una obra clásica de la bibliografía madrileña, con numerosas láminas entre los textos, con 2240 referencias ordenadas alfabéticamente, incluyendo un amplio apéndice documental e índices de búsqueda.

Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos (1901): En colaboración con Atanasio Tomillo publica datos desconocidos de la vida de Lope de Vega.

Documentos Cervantinos hasta ahora inéditos 2 Tomos (Madrid, Imprenta de Fortanet, 1897-1902): Es la obra más importante de toda su bibliografía, y en ella recoge, en 150 documentos, datos y hechos inéditos hasta ese momento sobre la vida de Miguel de Cervantes. Fue una edición patrocinada por el Marqués de Jerez de los Caballeros, y es la obra en que cimenta su auténtica calidad de investigador documental y cervantista pionero.

Documentos para la Bibliografía de D. Pedro Calderón de la Barca (Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905)

Nuevos datos acerca del Histrionismo español en los siglos XVI y XVII (Madrid, Imprenta de la Revista Española, 1901).

La imprenta en Medina del Campo, Madrid, 1895, que fue premiada.

Cervantes en Valladolid, editado por el grupo Pinciano y Caja España, en 1992, como edición facsímil. Conteniendo el proceso a Cervantes, y recogiendo por tanto las averiguaciones hechas, por mandato del alcalde Cristóbal de Villarroel, sobre las heridas causadas en Valladolid al caballero del hábito de Santiago don Gaspar de Ezpeleta. La obra da noticia de la segunda estancia de Cervantes en dicha ciudad, esto es, desde 1604 hasta pocos meses después de la marcha de la Corte a Madrid, en 1606, intervalo en el que el escritor se vio implicado en ese trágico suceso.

Finalmente es de destacar una de las muchas ediciones de las que se encargó Pérez Pastor, con abundantes notas críticas: la de Alfonso Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera, publicada en Madrid en 1901 por la Sociedad de Bibliófilos Españoles.

Candel Crespo y Hurtado Moya se han ocupado recientemente de estudiar y divulgar la obra de Pérez Pastor, una obra inmensa y sabia, que si no de fácil y alegre lectura, es pilar fundamental del saber científico literario hispano.

Apunte

Horche y Pérez Pastor

El cronista de Horche, recientemente fallecido, don Juan Luis Francos, como presidente que era de la Asociación Cultural Padre Talamanco de esa localidad, había propuesto realizar algún acto cultural este verano pasado, con este motivo. La desgracia de su muerte, pocos días antes de concretarse ese centenario, ha hecho que no se haya llevado a cabo ninguna actividad en ese sentido.

Sin embargo, justo en el momento de la muerte del bibliófilo manchego, en agosto de 1908, el Ayuntamiento de Horche, consciente de la talla intelectual del que fue su vecino durante un par de años, propuso y aprobó dedicar a su memoria la calle donde vivió, que por entonces se llamaba Corralillo del Convento. Se aprobó por unanimidad de la Corporación en sesión de 19 de septiembre de 1908, siendo alcalde Faustino del Rey, y se inauguraron las placas (que costaron 10 pesetas cada una) el 30 de diciembre de ese año, tomando un refrigerio (es un decir, pues el día no debía estar para muchas frescuras) al terminar el acto. Estos datos me los ha proporcionado mi buen amigo Manuel Salazar Retuerta, gran conocedor y documentalista de la historia de Horche.

¿Qué pintamos aquí?

En las Ferias y Fiestas de este 2008, el Ayuntamiento de Guadalajara ha convocado su XI Certamen de Pintura al Aire Libre, que ha contado con una nutrida participación de artistas. Ha sido la undécima ocasión en la que cientos de retinas se han puesto en marcha para mandar sus impresiones al cerebro y este, en reflejo cuidado y concienzudo, transformarlas en arte sobre lienzos que a primera hora de la mañana estaban blancos, y al final del día aparecían coloreados y definiendo aspectos concretos, en escorzos nuevos y con latidos propios, de la ciudad.

Un esfuerzo compensado

Las Ferias y Fiestas del 2008 serán, sin duda, unas fiestas recordadas. Porque en ellas se ha plasmado un cambio, el primero del siglo, que ha sido unánimemente reconocido. Un ferial más grande (52.000 metros cuadrados, 17.000 más que el anterior frente a las Adoratrices) más limpio, mejor organizado, más propio de gran ciudad, alejado del centro para no molestar, pero cerca de él para poder ir andando. Y espectáculos para todos, absolutamente para todos los gustos. El ruido, como siempre, en exceso, pero bueno, son unos pocos días. Y el contento general.

En esas Ferias, que han tenido además el gran acierto de recobrar, por fin, la dignidad de una Cabalgata Festiva, elegante y limpia, con su desfile de carrozas, grupos musicales y simpatía respirada, se ha lanzado el arte a la calle en su Certamen de Pintura al Aire Libre. Me ha interesado especialmente esta actividad, porque ha supuesto que muchos pintores y artistas se hayan dedicado, durante todo un día, a recoger lo más espléndido de nuestra ciudad. A descubrir (obligación que debería ser general, y a diario) la belleza escondida de calles, plazas y edificios guadalajareños.

Pinturas por las calles

No fue Guadalajara una ciudad de pinturas. Sí de pintores, porque a lo largo de los siglos aquí vivieron y trabajaron gentes como Hernando Rincón de Figueroa, pintor de los Reyes Católicos, al que se deben retratos de nobles y representaciones de milagros, o los López de la Parra (Pedro, Juan y Diego) que se dedicaron a enlucir, dorar y pintar retablos por parroquias y conventos. Deben recordarse aquí a Juan Ortiz, Lucas de Rueda y Francisco de la Herrera, a todos los cuales analiza Ramos Gómez en su magnífico estudio “La pintura en la ciudad de Guadalajara y su jurisdicción (1500-1580)”. Hasta extranjeros hubo, como Felipe Bosque y Gabriel Girandés que pintaron retablos por las iglesias y cuadros para los nobles.

En tiempos más recientes, los nombres de Regino Pradillo, Antonio Burgos y Jesús Campoamor, más una nutrida nómina de artistas entre los que surgen, como analistas del cotidiano vivir, los pinceles de Gamo, Rodrigo y el mismo David Pérez Fernández, quizás el más fino e inquisitivo, más elaborado y poético de todos ellos, suponen la tranquilidad de que la ciudad ha sido vista y retratada con el amor que merece.

Su ornamentación ha quedado en manos de otros, como Rafael Bosch, que le puso trampantojo a la calle mayor alta junto al Casino, o como Manuel Méndez Reyes, que nos dejó aquel recuerdo de la cultura americana en el muro de una casa de la travesía de Beladíez, hoy por desgracia un tanto desasistida. Una turba de anónimos pintores han ido afeándola con los graffitis que noche tras noche embadurnan paredes, portadas y hasta los monumentos de categoría nacional. De vez en cuando, surgen espléndidas anotaciones sobre muros, consentidas y aún pactadas, como las que han surgido en Montemar recientemente, y algunas que, como la de las tapias del Instituto de Aguas Vivas, tienen su fuerza en el retrato de los dos mundos antagónicos en que cabalgamos.

Los artistas del Certamen al Aire Libre

Pero lo mejor ha estado, sin duda, días pasados, en la fuerza que le han puesto los artistas participantes en el XI Certamen de Pintura al Aire Libre de Guadalajara. La fiesta les ha unido, y cada uno ha escogido el rincón que le ha parecido más bello, la perspectiva ilustre y colorista. Viendo, al final del domingo, las cinco docenas de pinturas participantes, saqué una conclusión inquietante, y es que en Guadalajara hay demasiadas ruinas, demasiados rincones con los cables cruzados, como a la espera de que una piqueta misericorde se los lleve y pueda alzarse de pronto un bloque de apartamentos al estilo nuevo. Esto ocurría hace un par de años con velocidad de rayo, pero ahora se ha parado, y va a estar así, quietecita la ruina y esperando el bloque de apartamentos una temporada.

El palacio del Infantado no es que haya sido la estrella principal del día, ni mucho menos. Ni la capilla de Luis de Lucena, ni el palacio renacentista de Antonio de Mendoza, ni el retablo de San Nicolás… esas cosas están escondidas siempre, y sin luz suficiente para que las retrate alguien. Por eso los pintores se han ido a las plazas, a los cruces de calles, a las alturas desde donde se ve a lo lejos el panteón, o las terreras del Henares, o al suelo mismo, y desde allí han tomado distancias de lo que se mueve por la plaza mayor. Y han salido unos cuadros que, en general, están muy bien, con ocho o diez con derecho a premio.

Esto vuelve a recordar, a quien se para a mirar las interesantes perspectivas de Guadalajara, que está pendiente de montar el Museo de la Ciudad. Es verdad que entramos en tiempo de crisis, y que las arcas municipales están más que a régimen: están depauperadas. Pero este aspecto de la imagen urbana vista y vivida por los artistas es uno de los elementos fundamentales de todo Museo de ese tipo. Por eso es bueno que el Ayuntamiento se vaya haciendo con un buen depósito de pinturas para en su día montar la sección de Arte Gráfico Arriacense.

Y para terminar esta meditación y paseo por la Guadalajara en Fiestas, felicitar de nuevo a todos los que han tenido en sus manos el peso de la organización, la preocupación de una marcha homogénea de estos días, porque su esfuerzo ha merecido la pena, y en la calle, que es donde se oyen las verdades y donde madura la conciencia de las cosas, la gente ha quedado sorprendida y muy contenta. Un aplauso a este Ayuntamiento de generosas voluntades.

Expresiones en las Salas de Arte

Inauguradas unos días antes de las Fiestas, quedan abiertas todavía por unos días algunas buenas exposiciones de arte en Guadalajara. Hasta el 26 de Septiembre estará en la Sala del edificio social de Caja Guadalajara, Antonio Burgos con su muestra “El agua y la tierra”, imágenes cuajadas de su mejor momento artístico. En el Centro Cultural de Ibercaja permanecerá hasta el 27 de septiembre la muestra “Y el color del gesto” de Pilar Moré. Y en el Colegio de Arquitectos de la Calle Teniente Figueroa se podrá visitar hasta hoy mismo la exposición de pintura, fotografía y papel reciclado “Alta Densidad” que nos ofrece Pablo Rodríguez Guy. Y en la Galería de Arte “Liceo” será Pablo Cano quien muestre sus “Paisajes” hasta el 15 de Octubre por las tardes. Además, en otras salas de exposiciones, habrá muestras del principal arte del siglo XX, la fotografía, de la que Guadalajara es en muchas cosas pionera: al menos hasta el 5 de octubre en la Sala Azul de la primera planta del palacio del Infantado se podrá admirar las obras producidas en el “Foro Ojo Digital” por diversos autores. Y en la salita del CEFIHGU del Colegio de San José hasta el 30 de septiembre estará visitable la exposición sobre Fotografía en la prensa antigua de Guadalajara, un revival de imágenes que nos ofrecen la verdad de nuestra ciudad hace ahora un siglo.

Guadalajara de hoy, Guadalajara de siempre

En los días de fiesta, y en los periódicos que esos días salen, en los que solo se respira bullanga, noticias de toros, de cantantes y carreras, siempre conviene que aparezca el contrapunto de lo antañón, y la memoria de otras épocas en que la gente también reía, y echaba pulsos, y bebía vino en abundancia.

Una tarea propia de cronistas al viejo uso, es quizás esta de alzar bandera de viejos saberes y dar noticias de tiempos muy, muy antiguos, para que, más que nada, puedan compararse con los actuales. Ni mejor ni peores: distintos y poniendo el corazón de sus habitantes acelerado y alerta. La fiesta de Guadalajara, hoy y siempre.

De esta ciudad de Guadalajara, que es vieja a fuerza de lágrimas y fiestas, se sa­ben muchas cosas. Tantas que contarlas por menor llevaría largos años. Empezó la cosa en una reu­nión de antiguas gentes, íberos, he­chos a la guerra y a la labranza en las márgenes del río Henares. Lue­go, según los tiempos vinieron marcados por el imperio romano, la ciudad fue custodiada por soldados, pretores y esas cosas. De visi­godos, ni se sabe. Y de los árabes, sí. Aquí pusieron los mahometa­nos, a partir del año 711 en que hi­cieron suya esta altura, una ciudad fuerte y numerosa en habitantes, base principal de los desplazamientos hacia el norte siguiendo el an­cho valle del Henares.

En 1085, Alvar Fáñez conquista, en fácil tarea, el amurallado burgo, y este queda como cabeza de co­mún, bastión de las libertades po­pulares castellanas, en el reino de Castilla engarzado. Durante largos siglos, el poder de la ciudad perte­necerá al Concejo. Guadalajara es villa independiente, cabeza de un vasto territorio, y en ocasiones, breves, es dada en señorío o algún príncipe, a alguna infanta, etc. Pe­ro son episodios cortos, que no rompen la tradición de autogobier­no.

Corte de mece­nas y de poetas, bajo el mecenazgo de los Mendoza, Guadalajara llegó a tener el calificativo de «la Atenas alcarreña» en el siglo XVI. Después, la despoblación fue haciendo presa en ella. Cruce de caminos, apetencia estratégica en las gue­rras, por sus callejas han sonado más tiros de los necesarios, y tan­to ruido estuvo a punto de dar al traste con su vida. Ahora rebulle, y más en estos días de Fiesta Mayor, y todos los que en ella llevamos viviendo largos años esperamos -de verdad, con ilusión- que vaya a más, y llegue a ser ciudad auténtica, de cara al futuro.

Fiestas de viejos tiempos

Si el motor de la vida de las gentes y de sus ciudades ha sido siempre el motivo económico, esta misma razón encontramos también en el origen de las fiestas. Concre­tamente en las de Guadalajara. En la época larga de ocupación árabe las transaciones comerciales de sus habitantes y los de comarcanas al­deas se celebraban en el interior de la ciudad amurallada. Eran épocas de guerra y alteración constante, y era más seguro hacer el comercio en las estrechas calles del centro, en el zoco que se formaba por ca­llejuelas cuyo centro estaba en la actual vía de Bardales, ancha para las costumbres de los árabes. Des­pués de la reconquista, y dado el carácter de Guadalajara como ca­beza de Comunidad, una de sus más caracterizadas funciones era la de servir de sede a un mercado se­manal y a una feria anual de gran categoría. El mercado se celebraba en la gran explanada que se abría ante la Puerta de Levante, delante de la actual iglesia de San Ginés. Todos los martes del año, allá se daban cita aldeanos del campo (con hortalizas de la campiña) y gentes de la Alcarria (con cereal, frutos y artesanías).

La feria grande se tenía señalada para San Lucas, alrededor del 18 de octubre, que fue la fecha con­cedida por el monarca castellano Alfonso VIII como privilegio de celebrar anualmente feria con exenciones importantes de impuestos a los comerciantes. Estas concesiones suponían un gran favor y ayu­da al burgo, pues estimulaba el asiento en él de comerciantes y ar­tesanos, y favorecía el aflujo de muchas gentes de la comarca y aun de todo el reino.

La feria otoñal de Guadalajara fue siempre una de las sonadas de Castilla en el aspec­to ganadero, especialmente en su parcela de *ganado de trabajo+ (mulas, etc.) Esta costumbre, cada vez más preterida en los tiempos modernos por el bullicio de la fies­ta popular sin más, se mantuvo hasta hace no muchos años. Tradicionalmente la feria se cele­bró al otro lado del barranco de San Antonio, frente al torreón de Alvarfáñez que también llamaban «puerta de Feria». Después, el fe­rial ganadero se puso en las lomas que bordean por mediodía a la ciudad, y aun algunos recordamos estas reuniones de ganaderos, tra­ficantes, muleteros y maranchone­ros, más algún que otro gitano, ex­tendiéndose con su ganado por las entonces verdes cotillas que se al­zaban al final de la Llanilla, donde habitualmente quedaban todo el año cercados de madera, fuentes y abrevaderos. Hoy se levantan en aquellos lugares torres de once plantas, apretujadas al máximo, sin memoria de los tiempos idos.

Estas ferias tradicionales de San Lucas fueron traspasadas hace ahora 45 años (en 1963) a la última semana de septiembre, pues en la fecha habitual solía llover y refres­caba bastante, lo cual deslucía con harta frecuencia las corridas de to­ros y cualquier otra actividad festiva.

Se trasladó a unas fechas que también guardaban bastante tradi­ción en la ciudad: al veranillo de San Miguel, pues este día (el 29 de septiembre) era habitualmente el inicio del año «administrativo» en multitud de asuntos comunita­rios (contratos, mandatos de autoridades, elección de alcaldes y edi­les, etc.) y de siempre se había he­cho en esa jornada la vistosa «ca­balgada» o «parada» de los caba­lleros arriacenses, muy numerosos en los siglos XV y XVI, que salían lujosamente ataviados y acompaña­dos de toda su casa, pajes, escu­dos, etc., haciendo incluso juegos caballerescos, justas, cintas y cosas así en lo alto de la cuesta del Am­paro, que era límite del arrabal de Santa Ana. Así pues, las fiestas ac­tuales de septiembre mantienen una clara herencia festiva de siglos pa­sados, aunque ahora con modos y costumbres nuevas (correr el toro, actos musicales) que debieran con­vivir un poco con esas tradiciones tan antiguas de la «parada caballe­resca» que llevada a los tiempos actuales, podría ser un plato fuer­te y muy divertido. Es quizás el desfile de carrozas, que este año se va a ver individualizado y realzado, el que podría recoger aquel espíritu de los «gremios» de artesanos que sa­caban «invenciones» sobre ruedas con alegorías a la actualidad, ilu­minados de antorchas y recitando composiciones poéticas que a to­dos divertían.

Para pasar las fiestas

El otro día me asomaba, desde la nueva pasarela que se ha abierto para poder cruzar el barranco del Alamín desde las Carmelitas a la calle del Doctor de la Rica, y veía el asombroso cambio que la ciudad ha dado gracias a ese tratamiento, genial en su día, del hondo y feo barranco que siempre limitó a la ciudad por el norte. Lo aplaudí en su momento y me sigue pareciendo una actuación modélica. Lo único que lo afea es el continuo tic, -como una especie de ataque nervioso-, de los jóvenes grafiteros, que tienen que marcar cada noche su territorio con pinturas llamativas sobre los muros y el mobiliario ciudadano. Una costumbre como otra cualquiera, solo que esta le cuesta dinero, mucho dinero, a la ciudad y a los ciudadanos.

Y pensaba cómo aquel lugar, al que solo los más atrevidos llegaban, a enfrentarse con sabe Dios qué animales dañinos, qué trasgos y melancólicas harpías, ha pasado a ser un espacio de abierto paseo, de perspectivas luminosas. Es como si la tristeza de un futuro cerrado se hubiera abierto en un grifo de perenne alegría. Es así la fiesta también: de la rutina anual se exprime el jugo de la semana grande.

En estas fiestas septembrinas que el próximo domingo 14 comenzarán con el renovado desfile de carrozas, que pretende ser más lógico, organizado y espectacular que en años pasados, podrá el bullanguero pasarse en blanco siete días con sus correspondientes noches. Todo es propo­nérselo.

Para ello, lo más adecuado y lógico, es apuntarse a unas de las muchas «Peñas» que en estos días tienen su apogeo sonoro. Todo está en ellas permitido, «dentro de un or­den», y así puede cantarse, disfra­zarse, olvidarse del trabajo y la fa­milia, marcarse un chotis o una jo­ta, correr los toros (o las vaquillas, que a esas horas ya ni se sabe lo que a uno le viene encima) y degustar pinchitos.

Con los chavales puede también el valeroso feriante hartarse a correr delante o detrás de los cabezudos. Y en el ferial cada tarde, echar un duelo con los amigos, a ver quién tira con escopeta más bolitas de anís, a ver si uno sigue duro de brazo, echando vía arriba la plan­cha esa de hierro que al final explota, o mareándose en los caballitos y en la ola. No es mala cosa proponerse visitar, noche a noche, lo mejor en restaurantes de la capital, y aunque algunos pongan lue­go cara larga, aquí señalo breve lis­ta de lugares a los que, si posible me fuera, iría cada noche a cenar: para empezar, el Diego’s; se­guir en «Casa Palomo» con la memoria de sus guisos; ir el miércoles al Linos, que tiene cocina muy selecta; seguir el jueves en los Faroles; aguantar el viernes en “El Motor” frente a los Salesianos; coronar el sábado con un cenote en el Ventorrero, y rematar la Feria, el domin­go (que lo bueno debe dejarse para el final) en el Amparito Roca. Las comidas, mejor en la cafetería del Tanatorio: son ligeras y baratas, lo justo para seguir en pie, aunque el sitio imponga un poco.

Con tanto baile, tanto cubata, tanto pinchito y tanta cenorra su­prema, amén de las vueltas ritua­les en la noria, lo más probable es que uno acabe sin blanca en el bol­sillo y con un estómago y una ca­beza hechas puré, de malas. No importa, con ir el lunes a Urgencias…

Tendilla, de punta a punta

Estos días se encuentra Tendilla abierta por sus cuatro costados a la celebración de la Fiesta. Lo hace en honor de su patrona, la Virgen María en su advocación de La Salceda, una devoción que cunde por igual en los dos pueblos fronteros, Tendilla y Peñalver. En ambos recuerdan el milagro de su aparición a “los dos hermanicos”, sendos caballeros de la Orden de San Juan que se vieron comprometidos en medio de una tormenta y pidieron a la Virgen su favor, lo que concedió esta cesando la tormenta y apareciédoseles en lo alto de un sauce.

La imagen corrió de acá para allá. En Peñalver unas veces, en Tendilla otras, durante muchos siglos estuvo en el altar mayor del monasterio franciscano reformado de La Salceda, que se puso en lo alto del monte y en medio de la Alcarria, a caballo entre ambos términos. Al vaciarse el monasterio de sus frailes pardos, la imagen se llevó a Tendilla, donde ahora la veneran, sacan en procesión, y reparte ilusiones, curaciones y mejoras vitales para cuantos creen en ella.

Tendilla en un valle

Para cuantos quieran ir en estos días a Tendilla, además de disfrutar con sus festejos y especialmente con el encierro de los toros, tan antiguo y tradicional como el que más, se ofrecen más abiertos y luminosos que nunca sus monumentos que la consagran como villa que es meta de viajeros y excursionistas. Ahora también de buscadores de fiestas.

Lo mejor de Tendilla es su calle mayor. Soportalada, más de medio kilómetro de casas a un lado y otro de la calle-carretera se constituye en objetivo de máquinas fotográficas y en lugar de paseo y asombro, porque no es habitual –es más bien muy raro- encontrar un pueblo de Castilla que haya mantenido tal cantidad de soportales a ambos lados de su tradicional calle mayor. Turégano, Medina de Rioseco, Palencia capital, muy pocas más.

Pasear debajo de las viejas vigas, sobre el enlosado eterno, mirando los fuertes pilares, contundentes en sus apoyos, y ver el mundo a través de esos marcos de piedra que constituyen cada vano del paseo, es todo un lujo. Merece recorrerse, con detenimiento y saboreando, la calle mayor de Tendilla en una dirección y luego en otra, para coger el sabor completo de esta villa.

La iglesia de la Asunción

En el comedio de la calle se abre la plaza, y allí surge a un lado el Ayuntamiento y al otro la iglesia. Con unos jardines en el medio, y su correspondiente fuente.

La iglesia es obra inacabada, aunque en sus inicios fue pensada con ideas de sobrepasar con mucho a lo que en toda la Alcarria hasta entonces, y era el siglo XVI, se conocía. De su gran edificio solo se terminó la cabecera y parte de la nave, quedando tan sólo iniciados los arranques de muros y pilastras de los pies del templo, que hoy se pueden ver penetrando a un patiecillo desde la iglesia. Su tamaño y calidad da idea de la pujanza económica del pueblo en el momento de iniciarse la obra. De su primer impulso, en el siglo XVI, es el ábside de paramentos robustos, contrafuertes moldurados y ventanales con dobles arcos de medio punto, lo mismo que se observa en los muros laterales.

La portada es obra de comienzos del siglo XVII, con severidad de líneas, achatada proporción y un exorno lineal de cuatro columnas jónicas, un frontoncillo y vacías hornacinas.

De las dos torres proyectadas, sólo se terminó una, en el siglo XVIII, bajo la dirección del arquitecto Brandi. En su interior se pueden admirar algunas losas sepulcrales con escudos de armas en ellas tallados, y la imagen de la patrona, esa Virgen de la Salceda que antes decíamos, y que solo mide unos diez centímetros de altura, estando tallada en madera recientemente restaurada y pintada.

El palacio de los Solano

En la soportalada calle mayor, al comienzo de ella según se viene desde Guadalajara, se encuentra el palacio que construyó el secretario real de Hacienda don Juan de la Plaza Solano, nacido en Yélamos de Arriba, y muerto en Madrid en 1739. Aunque es obra sencilla, ofrece la grandiosidad de sus proporciones y los elementos justos de arquitectura barroca como para dotarla de una belleza serena y atractiva. Muestra en la fachada un portón de almohadillados sillares y escudo cimero de los López de Cogolludo, tal como reza una cartela junto a las armerías talladas en piedra. Anejo al palacio está el oratorio o capilla de la Sagrada Familia, de la misma época y estilo. El interior del palacio, que conserva intacta su primitiva estructura, todavía está necesitado de arreglos y mentenimientos, y en su parte posterior mantiene la estructura de gran palacio con su enorme patio por el que hasta corre el arroyo del Prá cantarín y fresco cuando lleva agua.

Santa Ana en el pinar

Santa Ana fue monasterio de monjes jerónimos. Grande y hermoso en sus tiempos (siglos XVI al XVIII) lo que hoy puede el lector encontrar, si sube desde Tendilla por el camino del pinar, es un montón de ruinas entre arboledas, que cuentan con su expresivo silencio, y con la generosidad de sus grandiosos muros, cómo allí hubo templo, hubo monasterio, y tras avatares diversos vino al suelo, fue expoliado, y hoy solo el viento, el sol y las nubes son testigos del abandono.

Este edificio lo mandó levantar Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, sobre una vieja y pequeña ermita dedicada a Santa Ana. Mandó construirlo al mejor arquitecto de su tiempo, Lorenzo Vázquez, y dio dineros para que se llenara todo él de hermosas obras de arte: pinturas, tallas, piezas de orfebrería y telas. Se lo entregó a la Orden de San Jerónimo, para que allí hicieran sus oraciones y lo cuidaran.

Pasados los siglos, las leyes liberales lo desgajaron, vendiéndose edificios y terrenos a particulares que desmotaron todo y aprovecharon tejas, maderas y piedras. Las obras de arte sufrieron pillaje y fueron vendidas. El retablo, joya primorosa del Renacimiento, acabó en el Museo de Arte de Cincinati. De su iglesia solo queda el muro mayor, de contenido estilo gótico. De la sacristía, que algún cronista que la vió llegó a decir que era de lo mejor del Renacimiento hispano, nada ha quedado. Junto a estas líneas va una fotografía de las ruinas que hice en 1972. Hoy están aún peor.

La Salceda en el monte

Subiendo la antigua cuesta, en dirección al barranco del Infierno, pasadas las múltiples curvas de aquel camino que hoy ya es casi recuerdo desde que hicieron la nueva variante, se encuentra el viajero con las ruinas ingentes de lo que fue convento franciscano de La Salceda. De larga historia, de memorias insignes por personajes, riquezas y hechos acaecidos. Uno de ellos fue haber sido gobernado por el que sería luego regente del país, el Cardenal Francisco Ximénez de Cisneros, a quien dedicaron un monolito que hoy puede verse escoltado de carrascas amigas.

De lo que fue un convento enorme, con gran iglesia renacentista, claustro solemne y una capilla de planta circular para recoger en ella, en grandes armarios, las Reliquias que promovían peregrinaciones de múltiples gentes, solo quedan montones de piedras. Sufrió incendios, saqueos y finalmente la Desamortización lo vació y fue vendido a trozos. La portada de la iglesia acabó de solemne portón de un bar en el pueblo. Hoy se ha reconvertido en puerta principal de un bloque de apartamentos.

Como se ve, hasta el convento de la Salceda se supo acomodar a los tiempos que van corriendo. De los cuadros y libros (algún Rubens, algún manuscrito del Beato de Liébana, cerámicas talaveranas sin cuento, tallas barrocas… no quedó más que el recuerdo anotado que escribiera con buen pulso, en el siglo XVII, don fray Pedro González de Mendoza, hijo eclesiástico de la Princesa de Éboli, al que hicieron franciscano, guardián de la Salceda, y acabó siendo obispo de Sigüenza y Granada nada menos.

Y el callejeo por Tendilla

Para terminar, aunque estos días seguro que estará de coches el pueblo que no se pueda dar un paso, recomiendo al visitante que callejee: por Tendilla se puede, es grande y extenso este pueblo, y tiene recovecos para todos los gustos. Desde la calle mayor salen, hacia el arroyo, pequeñas calles que le cruzan. Alguna de ellas, la de la Fuente, también tiene un pequeño fragmento porticado.

Esa calle, tradicional donde las haya, en la que tuvo casa Carmen Baroja, la hermana de don Pío, y luego fue ocupada por sus hijos, Pío y Julio Caro, mostraba la gran casona a la que denominaban “el parador del tío Ruperto”. Al final de la calle se abre la “fuente de los Mendoza” que es otro monumento tendillero, porque tiene muchos siglos a sus espaldas, y en la frente tallado un escudo de los Mendoza, que como todos saben fueron señores de media Alcarria, y, por supuesto, de Tendilla.

Esa calle, que hoy es hermosa como tantas otras de la villa, a comienzos de siglo sirvió para que un gran artista español, como lo fue el toledano Enrique Vera Sales, hiciera una magnífica composición artística, y en colores la publicara en primera página el semanario “Blanco y Negro”.

Es esta una de las muchas (cientos de ellas) fotografías e imágenes que va a ofrecer el libro que José Luis García de Paz está preparando con el título de “Memoria Gráfica de Tendilla en el siglo XX”. Los recuerdos de gentes, de fiestas, de oficios y pinares, se juntarán con textos que sobre Tendilla han escrito ilustres viajeros y cronistas varios.

Por el lado del cerro, Tendilla también tiene calles empinadas y bonitas. Con buenas vistas sobre el valle, sobre la ladera de enfrente, hoy cuajada de pinos, en la que surge la estatua dedicada a Jesús en su advocación de Sagrado Corazón, que en los años veinte del siglo pasado pusieron sobre las ruinas del que fue desmochado y desbaratado castillo mendocino, del que afortunadamente aún quedan algunas fotos. Mejor no recordarlo…