Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

julio, 2008:

Anguita se recomienda

Si uno anda buscando espacios donde los bosques sean mayoría, donde los prados estén aún jugosos, donde haya roquedales y hoces y peñascales de emoción visual, y donde todo ello se encuentre en la soledad que añora muchas veces nuestra encendida maquinaria de hacer cosas sin parar, ese lugar sin duda es Anguita.

En lo alto de la serranía del Ducado, un poco más al norte y al oeste de donde hace tres años se levantó la pira más grande que se recuerda en este país, está incontaminada y prístina Anguita, con sus diversas zonas que allí llaman el Pinar, el Campo Taranz, los Altillos, y la propia Hoz que atraviesa, con el río Tajuño por sandalia, el mismo pueblo.

Esta es una invitación a conocer Anguita, a tener algunos datos sobre este pueblo, del que acaba de aparecer un precioso libro, voluminoso y cuajado de imágenes, que le cuentan y definen. Una historia de Anguita da cuenta de su memoria arqueológica, su riqueza natural, las anécdotas de sus gentes, los escudos y las ermitas, en fin: una posibilidad de conocer cosas nuevas de nuestra tierra.,

Una historia densa

Una de las banderas históricas que esgrime Anguita, -este año ondeada con vehemencia y oportunidad- es el paso por el pueblo del héroe castellano don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. El primitivo pueblo estuvo situado junto al río, entre rocas altísimas, en lo que hoy se conoce como “barrio de la Hoz” y que la tradición le hacía llamarse “cuevas de Lonzaga”. En las *Cuevas de Anguita+ descansó una noche o algunos días el propio Campeador. La zona de huertos, ala­medas y suaves ondulaciones por donde corre el Tajuña, estuvo indudablemente poblada desde tiempos prehistóricos.

Anguita fue poblada, indudablemente, por pueblos celtíbe­ros, y su paso estrecho sobre el Tajuña fue lugar de vigilancia y defensa. Tras la reconquista, quedó incluida en el alfoz o Común de Villa y Tierra de Medinaceli, para tras el siglo XV reconocer en señorío a los de la familia la Cerda, y así formar en el llamado ducado de Medinaceli, de cuyas sierras es uno de los más importantes núcleos de habitación. De ese pasado solo logró desprenderse hace poco, cuando los pinares que habían sido ducales y luego administrados por empresas extranjeras, llegaron a ser propiedad comunal.

Sus gentes se dedicaron en los últimos siglos a los cuidados del pinar, a la labranza de secano y huerta, y a tareas industriales de la lana, pues aquí hubo importante batán que trataba grandes canti­dades de la lana de las ovejas de Molina, quedando luego una tradición referida a los telares y fabricación de tejidos de todo tipo. También en Anguita existió durante los dos últimos siglos una recia tradición de alfarería, trabajando en tejas durante el verano y en cacharros diversos durante el invierno. De sus alfares salieron numerosas piezas (asaderas, botijas, barreños, bebederos, caloríferos para calentar camas, jarros, morteros y muchos cacharros para recoger la resina en los pinares cercanos) que aún pueden encontrar los buenos coleccionistas, y de las cuales hay algunos ejemplos conservados en el “Museu del Cántir” de Argentona (Barcelona).

Qué ver en Anguita

El pueblo entero es un bello ejemplo de ordenación urbana de tipo rural, con amplia plaza mayor en la que des­tacan un par de caserones con grandes y adovelados portones y gastados escudos nobiliarios sobre ellos. También muchos edi­ficios muestran en su fábrica de sillar y fuerte aparejo pétreo las huellas de un quehacer meticuloso y muy característico. Dibujó sus edificios y plazas el académico arquitecto don Luis Cervera Vera, alguno de cuyos ejemplos (publicados por el Colegio de Arquitectos de Guadalajara) pueden verse junto a estas líneas. Entre esas casas podría destacarse, hace tiempo, la de Valeriana Rata, que era la mejor del pueblo, según la describía Riera y Sanz en su “Diccionario de España”. Se ha construido otra nueva en su lugar. Sitios de fama y enjundia eran su antiguo hospitalillo, el callejón del Coso, los puentes Nevo y del Canto, como ejemplos de arquitecturas populares.

Porque en punto a edificios históricos y artísticos, Anguita ofrece en lo más alto del pueblo destaca la ermita de la Virgen de la Lastra, que oficia de iglesia parroquial, obra del siglo XVII, que muestra en su muro de poniente una elegante espadaña con tres vanos, un campanil superior y adornos laterales de pináculos. Su planta es de cruz latina, y el ábside muestra una gran ventana con cercos moldurados barrocos rematando en un escudo episcopal. En el muro sur aparece la portada, de arco semicircular, moldurada con senci­llez, protegida de un atrio formado por arcos semicirculares. Ante la entrada se abre un atrio descubierto, limitado por barbacana de sillería con grandes bolas a su entrada. En un extremo del pueblo se ve la ermita de la Soledad, con doble arquería semicircular de entrada. Y en el barrio de la Hoz está la iglesia de San Pedro, la primitiva del pueblo, de origen románico pero con arquitectura gótica y múltiples detalles de interés, amén de un gran retablo barroco dedicado al primer Papa.

Y por decir algo de la Naturaleza, solo mencionar cómo en el término de Anguita existen bellos paisajes de serranía, muy especialmente los que forman el río Tajuña en su camino hacia Luzaga, escoltado por inacabables y densos pinares, en los que se halla instalado el Campamento Juvenil *Amadís+ que funciona durante el verano como una escuela de educación y respeto a la Naturaleza. Además de espacios como el campo Taranz (por donde también consta que pasó el Cid) el Abadón, las antiguas Salinas frente a Torremocha, el espacio del antiguo pueblo de Ratiela, o Ratilla, ya desaparecido, la Peña Oradada, de singulares perspectivas, las Azuleras y los Altos, en pleno pinar, la Peña El Aguila, por donde pasaran el Empecinado y el General Hugo, o el roquedal de las Mijotas… un sin fin de espacios por lo que el viajero puede caminar y asombrarse.

Un montón de anécdotas

El libro que acaba de aparecer, escrito por Javier Serrano Copete, un jovencísimo escritor que promete y mucho, ofrece algunas sorpresas en forma de anécdotas. Porque todos los pueblos de nuestra tierra, y Anguita no iba a ser menos, preparan sorpresas a quien en su mundo se interna. Así, por ejemplo, sabemos desde ahora que don Santiago Ramón y Cajal, ya al final de su vida, siendo Premio Nobel de Medicina y admirado en el mundo entero, pasó un verano, el de 1927, en Anguita, en la casa que le prestó el médico de la localidad, don José Sines, y que hoy es de Antonia Rebollo. No cuesta imaginar a don Santiago, vestido de oscuro y probablemente con pajarita, pasear junto al río Tajuña y pararse a mirar el verdiazul de sus aguas inquietas desde la pétrea baranda del puente del Canto.

Otra curiosidad es que en la zona de Anguita aparece una mariposa que en muy escasas zonas de Europa se ve: la Erebia Epistygne, de colores rojo y marrón, quizás vulgar en su aspecto, pero muy interesante para los entomólogos.

Al igual que la pasada semana ofrecíamos un viaje a la Ruta de las Caras en el pinar de Buendía, hoy me atrevo a recomendar lo mismo en el de Anguita, más concretamente en el camino a la Fuensanta, donde las rocas, naturales, talladas por la lluvia y el viento de siglos y siglos, ofrecen aspectos sorprendentes de cabezas de lobo, de serpiente, de alosaurio, o del mismo Pinocho.

No es una sorpresa, pero sí abunda en la singularidad de Anguita, decir que todo el término está cuajado de yacimientos prehistóricos, pues en esta zona (y en Aguilar, hoy parte de su municipio, y en Luzaga, y en Santa María del Espino, etc.) habitaron numerosos los celtibéricos, en plena Edad del Hierro, cinco siglos antes de Jesucristo. De ellos han quedado dólmenes (el del Abadón, y del Portillo de las Cortes) castros numerosos como el del Altillo o el del Hocin Cavero, campamentos romanos como el de La Cerca, verdaderamente sorprendente, villas romanas, puentes y calzadas romanas, etc.

El libro sobre Anguita

Estas líneas, que sirven apara animar a mis lectores a que viajen a Anguita y aprendan y se admiren de cuantas maravillas ofrece allí Naturaleza, son el mínimo-mínimo resumen de este libro que acaba de aparecer y nos ha llenado las manos y colmado el espíritu. Se titula “Una historia de Anguita. El pueblo y su entorno” y lo ha escrito un joven abogado de Barcelona que tiene sus hondas raíces familiares y humanas en Anguita. Es Javier Serrano Copete, de la familia de los nenes, y mantenedor en Internet de un blog de los más leídos de España, el Nubiru.

El libro, con casi 300 páginas, y más de un centenar de fotografías, cuenta con todo detalle ese almario de cosas que es Anguita: la Naturaleza, la Arqueología, la Historia medieval y moderna, el Patrimonio artístico, religioso y civil (no olvidar que en Anguita queda, vigilante sobre el hondo foso del Tajuña, una torre de antigua silueta guerrera), las fiestas… Y que leérselo no es sólo fuente de conocimiento, sino oferta de goce literario, porque quien lo escribe es algo más que un historiador o un filósofo: es un escritor (aún en ciernes) de la cabeza a los pies. La portada del libro, además, es de otro famoso artista atencino, Mariano Cabellos, que nos ofrece colorista el puente del Canto en primavera.

Para saber más

Un escritor en ciernes

El autor de esta novedosa “Historia de Anguita” es Javier Serrano Copete, de anguiteñas raíces aunque nacido en Barcelona. Licenciado en Derecho por la Universidad Pompeu Fabra (2007), este es su segundo libro tras haber publicado «Di que fue un sueño» (elAleph.com, 2007). Además ha creado un conocido blog, bajo el título de “Nubiru”, en el que demuestra su capacidad de análisis e interpretación de la historia, desde la Antigüedad preromana a los campeonatos de fútbol. Entregado a la lectura, a la investigación y al cultivo de la amistad, con este libro realiza –según nos cuenta- un doble sueño: escribir sobre lo que más le gusta (“la” historia) en referencia a lo que más quiere («su» pueblo). De Serrano Copete habrá que hablar, sin duda, en el futuro. Porque lo tiene todo por delante, y la garra de su literatura apresa con facilidad a quien le lee.

La Ruta de las Caras de Buendia

El verano es momento ideal para descubrir nuevos caminos. Aunque a veces el verano “se pasa” un poco, y acaba amenazando la integridad de los viajeros con su calor excesivo en esta Alcarria sin sombras y sin agua.

La aventura de los viajeros por la orilla del embalse de Buendía no quedó sin premio, a pesar de la amenaza de deshidratación y agotamiento. No fue el mejor día el elegido, y por eso desde aquí recomiendo que quien se aventure por esta “Ruta de las Caras” que ahora cuento, lo haga en época de calma y bonanza otoñal.

El viaje es cómodo desde la Alcarria guadalajareña, porque saliendo desde Sacedón, en poco más de un cuarto de hora se llega a Buendía y allí, tras reponer fuerzas, y a través de un bien señalado camino que parte desde el frontón y la muralla antigua, a través del paraje de La Cespera, se van ganando los cruces y postes señalizando hasta que sin más problema se llega al bosquecillo donde se deja el coche y se inicia, andando a través del pinar, la “Ruta de las Caras” que es algo distinto a todo lo que haya visto hasta ahora. Una oferta de turismo y sorpresa por la Alcarria más clásica y desconocida a un tiempo.

Buendía condal

La historia tiene sus bazas y las expone sin rubor. Cuando se llega a Buendía nos da la idea de un pueblo denso, agazapado, de calles estrechas y empinadas, todas cuajadas de historia. No es un error, es la realidad: fue villa importante, que tras su añeja fundación, y ya fortificada y rodeada de muralla, se la donó el rey Enrique III al fundador del linaje de los Acuña en 1397, con autorización de la reina Catalina, señora de Huete. Con esta donación, el monarca premiaba sus servicios “en emienda de la merced que yo le habia de facer por lo que perdió en Portugal por mi servicio” en el momento en que se incorpora a Castilla trayéndose consigo “cien lanzas, las mejores de Portugal”. Casó este señor con Teresa Carrillo de Albornoz la cual “truxo gran patrimonio en dote”, pues poseía extensos territorios en esta zona de la Alcarria cercana a Huete. Se creó un mayorazgo con las villas de Buendía y Paredes y se le entregó a su hijo mayor Pedro de Acuña y Albornoz.

Este caballero, en mitad del siglo XV, época de luchas intestinas por toda Castilla, con una monarquía debilitada y una nobleza prepotente y levantisca. Recibió el título de conde de Buendía en 1475, casi a la par que don Iñigo López de Mendoza el marquesado de Santillana. Eran grupos emergentes con muy amplios apoyos de familiares y grupos. Ese título le llegó por los apoyos que, al igual que los Mendoza, dio a los Reyes Católicos en momentos difíciles. Siempre pasando de padres a hijos, en el mismo linaje de Acuña, a finales del siglo XVI la villa de Buendía es próspera, muy poblada, animada de comercio y riqueza. Tiene 900 vecinos y eso supone una población de más de 3.500 habitantes, lo que para la época era descomunal enclave, capital junto con Huete de la baja Alcarria. Se levantaron templos, picota, ayuntamiento, murallas y ermitas. La línea principal de los Acuña perdió capacidad generadora, y hubieron de sucederles los Sandoval, llegando a ser décimo conde don Luis Folch de Cardona de Aragón y Fernández de Córdoba, cuya hija Catalina de Aragón (la que se consideraba en su tiempo la más rica heredera de España) sucedió en el condado. Esta casó con el entonces duque de Medinaceli, don Juan Francisco de la Cerda, en cuya quedó esta villa, su señorío y la entrega de sus impuestos, hasta la disolución de este Antiguo Régimen en las Cortes de Cádiz.

Tal historia y tanto movimiento dejaron a Buendía cuajada de monumentos, de interesantes edificios y, sobre todo, de una estructura urbana que hoy es muy complicada para transitar en coche, pero ideal para caminarla y disfrutar con sus cuestas, sus callejuelas estrechas, sus placitas recoletas, y siempre la muralla, y sus portones, amenazando por todos lados. Tuvo una de las mejores picotas de la Alcarria, según consta en un grabado de Salcedo de 1890 que acompaña a estas líneas, pero la tiraron en su día y hoy ha sido suplida por otra… que mejor que no la hubieran hecho, porque les ha salido pálida.

La ruta de las Caras

Fuera ya de la villa, los viajeros se deciden a visitar la “Ruta de las Caras”. Algo moderno y recién surgido, que sirve de complemento para este paseo por la geografía y la historia de la Alcarria. Hacer esta Ruta supone irse hasta el pinar, de repoblación, en la orilla izquierda del ahora medio seco embalse de Buendía sobre el valle del río Guadiela.

Desde hace unos cuantos años, [desde 1992 concretamente] los madrileños Eulogio Regillo y Jorge Maldonado se dieron a tallar, con monumentales rostros, las rocas oscuras y blandas de este pinar. Los paseos por él eran peligrosos, al estar muy en cuesta y en los bordes del pantano. Pero su pasión artística, y lo bien elegido de los temas y los lugares, dieron paso a un verdadero museo de escultura natural, al aire libre, por lo que enseguida encontraron el apoyo del municipio, y el acondicionamiento del lugar para las visitas. Hoy existen carteles, paneles informativos, postes direccionales, y sendas bien marcadas.

Lo primero que tallaron fue una cara que, sin saber muy bien de qué iba, dieron ellos mismos en llamar “la monja”. Cara mofletuda, sonriente, ceñida arriba y abajo y a los lados por una tela o cenefa que la limitaba. De ahí que, animados, siguieran tallando caras y símbolos, relacionados todos con las religiones que pueblan el mundo. Y así, cuando los viajeros van entre los pinos y las oscuras rocas descubriendo tallas, se encuentran con rostros hieráticos, pero perfectos, de gentes como el Chamán, Krisna, la Cruz de los Templarios, y un tal Chemari que puede ser elevado a los altares (del arte rupestre) en cualquier momento. Además hay, junto a las aguas del pantano, una gran calavera tallada en relieve, y la cabeza de Beethoven entre las ramas de los pinos.

Un primer paseo nos lleva por lo fácil, desde la Moneda de Vida al Chamán. Pero muy bien indicado hay un segundo periplo, más largo, aunque también cómodo, que lleva hasta la Calavera. En total, 30 esculturas de más de tres metros de altura sobre las rocas del pinar de Buendía.  La que más les llevó fue la imagen del Chamán, en la que estuvieron entretenidos los escultores durante 4 años, que se dice pronto. Además están el Duende indio, y el Duende de la Grieta.

Una de las cosas que más impresión causó a los viajeros, fue la vida que irradian estas caras. Son severas, hieráticas, pero parecen tener un latido detrás, como si hubiera sangre dentro, o pensamientos, miradas fijas y sabias… en todo caso, yo aconsejo a mis lectores que se acerquen a Buendía y den un paseo por este entorno, fácil de encontrar y para todas las edades (aunque, repito, nunca en día veraniego de 35º porque se nota sed y se va la cabeza).

Apunte

Ideas para la visita

El otoño es sin duda la mejor época para viajar a Buendía y, tras visitar el pueblo, la iglesia por dentro, el Ayuntamiento por fuera, las murallas y el Museo del Carro, pasarse a comer en esa maravilla de restaurante que es “La Casa de las Médicas” donde además de un ambiente acogedor se encuentra uno con las suculencias de la tradicional cocina alcarreña, pero con una presentación de diseño. Ese enclave es también Casa Rural con habitaciones que se abren en el plazal del patio de una antigua casa d elabor muy bien restaurada.

Para leer sobre Buendía, nada mejor que hacerse con el libro que hace unos años escribió Francisco Bogliolo, francés descendiente del pueblo, y magnífico escritor y viajero por diversos continentes, que retrató en diversos relatos cortos y magistrales la historia, el costumbrismo y el alma de Buendía. Lo editó AACHE en su colección “Letras Mayúsculas” como nº 9 y se titula “Lindes y suertes de Buendía”. Un complemento obligado para este viaje.

Otra vez el Doncel

Esta semana se ha desarrollado en los Curso de Verano de la UNED de Guadalajara, un interesante ciclo de conferencias, dirigido por Antonio Pérez Henares, titulado “El Autor y su personaje”, en el que han venido a hablar muchas figuras del firmamento literario y científico español actual, para decirnos cual es su personaje favorito, por qué han escrito de él, le han novelado, o le han soñado nuevo.

Yo he tenido la suerte de participar en ese Curso, y hablar de un personaje al que he estudiado porque he admirado siempre, desde la estética imagen de su muerte tallada a la significación de su lectura y meditación eternas: se trata de Martín Vázquez de Arce, al que llaman, desde hace un siglo, “El Doncel” de Sigüenza.

Siempre hay ocasión, y más este fin de semana que se celebran en su ciudad Mitrada las “Jornadas Medievales” en memoria de la reina doña Blanca de Borbón, apresada en el castillo por su esposo Pedro primero, de contemplar la estatua de El Doncel. Es cierto que hoy, popularizado el viaje, y generalizada la emoción de estar ante las maravillas del espíritu humano, las colas para verle se hacen largas. Pero merece la pena. Lo recordamos ahora, con brevedad.

Nacido donde, muerto en Granada

Corta es la vida de Martín Vázquez de Arce, tan sólo 25 años son los que median entre su nacimiento, en alguna ciudad castellana del entorno del Henares, y su muerte, en la Vega de Granada. Vino al mundo en el seno de una familia de hidalgos, de escasa fortuna pero muchos blasones. Y, sobre todo, de anchos deseos de mejorar y alcanzar gloria. Su solar era indiscutible­mente la ciudad episcopal de Siguenza. El gran número y el alto poder que alcanzaba el clero en la Ciudad Mitra­da, hizo que durante los siglos de su existencia jerar­quizada fueran escasos los miembros de la nobleza y la hidalguía que vivieran en ella. Los Vázquez y Arce fueron una excepcion. Sus padres eran Fernando de Arce y Catalina Vázquez de Sosa. El era comen­dador de Montijo, de la orden de Santiago. Su oficio era tanto la milicia como la burocracia. En realidad, ese oficio de cortesanía tan propio del siglo XV, le permi­tía dedicar las horas del invierno a los asuntos de la corte, y los meses de la primavera y el verano al com­bate y la misión guerrera. En la corte de los Mendoza sirvieron siempre los Arce y Vázquez, siendo su padre secretario del segundo duque del Infantado. Por ello tenía casa en Guadalajara, en la parte baja de la ciudad.

Nacido en 1461, don Martín Vázquez entró como paje o «familiar» a ser educado en la casa de los Mendoza, en Guadalajara, en la corte de don Diego Hurtado de Mendoza, si­guiendo luego junto a su heredero primogénito, don Iñigo López, segundo duque. Era esta una institucion admitida y que ampliaba, de una manera muy especial, la categoria de la familia en la Edad Media: no solo los miembros de sangre pertenecían a ella, sino también los sirvientes y personas que, queriéndose educar en su seno, vivían en el grupo. Martín Vázquez de Arce, en este sentido, fue un Mendoza más.

La aventura final

Poco más se sabe de la vida del Doncel. De su muerte sí, porque, aunque escueta, la deja escrita el cronista de los Reyes Católicos, Alonso de Palencia. Un miércoles de julio [hace ahora 522 años] acudía el duque del Infantado con dos escuadrones al objeto de cubrir la retaguardia de quienes habian ido ese día a hostigar a los moros. Su columna, de apariencia fuerte, bien formada y discipli­nada, no fue atacada. Sin embargo, las gentes de los concejos de Ubeda y Baeza, y del Obispo de Jaen recibie­ron el ataque por sorpresa de una partida de nazaríes que les prepararon una celada. Al ver en peligro a sus compañeros, el duque ordenó acudir en su ayuda. Y los moros se dieron a la fuga, desordenados. Los alcarreños les perseguían por el camino de Elvira, en dirección a Granada. Al pasar por la Acequia Gorda de la vega, algunos árabes abrieron las compuertas de modo que el agua irrumpió en el campo de batalla, haciendo que muchos castellanos cayeran del caballo, y otros enfanga­dos y sin armas no supieran qué hacer. El desconcierto propició un contraataque de los musulmanes, y en esa ocasion algunos del duque cayeron malheridos si no muer­tos. Dice el cronista Alonso de Palencia que aquella tarde perdió la vida una veintena de hombres del duque, y entre ellos el valiente guerrero de Guadalajara, don Juan de Bustamante, y el joven comendador de Santiago don Martín Vazquez de Arce, hijo del secretario del duque.

Todo el desconsuelo para sus familias. El padre “recogió en la hora su cuerpo”. Esto es, lo levantó por sí mismo, y lo llevó, probablemente a lomos de un caballo, hasta el campamento, dejándolo enterrado en ese paisaje de huertos, en un lugar que siempre se quiso buscar y nadie encontró. Años después, y ya con la Capilla de San Juan y Santa Catalina en la catedral de Sigüenza terminada, su familia decidió encargar el sepulcro que le memorase, y poner dentro de sus alabastrinos límites lo que quedara de aquel joven guerrero. Lo dice claro y alto la leyenda en letras góticas que aparece en el muro, tras la estatua: Martin Vazquez de Arce cavallero de la orden de Sanctiago que mataron los moros socorriendo el muy ilustre senor duque del Infantadgo su senor a cierta gente de jahen a la acequia gorda en la vega de Granada. Cobro en la hora su cuerpo fernando de arce su padre y sepultolo en esta su capilla ano MCCCCLXXXVI. Este ano se tomaron la cibdad de Loxa, las villas de Yllora, Moclin y Montefrio por cercos en que padre e hijo se hallaron. En la pestaña del sepulcro añade que murió siendo de 25 años de edad.

La mejor estatua

Todos los analistas del arte universal, coinciden en afirmar que es la estatua yacente de Martín Vázquez de Arce la más hermosa talla de un joven muerto. Puede haberlas con mejor firma, puestas en más importante templo, o mejor pintadas o rodeadas de arquitecturas nuevas. Pero la esencia del arte, la gracilidad, el mensaje, la forma y el brillo… no hay nada mejor, o al menos eso pienso yo.

No se sabe quién talló esa piedra, aunque se sabe que la sacaron de las canteras de alabastro de Aleas o Cogolludo. Unos opinan que sería alguna de las primeras figuras de la escultura renacentista italiana ¿Sansovino, por ejemplo? Otros, los más lógicos, y con bastantes papeles en las manos, aunque la evidencia documental nunca haya llegado, opinan que la talló un paisano, alguien de nuestra región, en un taller de la misma. Las tendencias se inclinan ya claramente por la figura de Sebastián de Almonacid, un buen escultor que firmó otra serie de estatuas parecidas, y que tenía su taller en la ciudad de Guadalajara, en los años últimos del siglo XV y los primeros del siguiente.

Se abre el sepulcro de Martín Vázquez en el muro del evangelio de la capilla fami­liar, y lo hace mediante un gran arco de medio punto, de esbeltas proporciones, que lleva en su trasdós una chambrana formada por un arco de cuatro curvas convexas, adornadas de vegetales tallos. La cama del sepulcro, escoltada de pilastras delgadas, descansa sobre los cuerpos de tres leones, que asoman arrogantes sus cabezas bajo ella.  El frente del sepulcro se divide en cinco fajas, de diversa anchura, ocupadas por motivos vegetales, inspirados en grabados de la epoca, que man­tienen un ritmo indudable de verticalidad, mientras que la central muestra el escudo del caballero, sostenido por dos pajes, todo ello en estilo germánico. Tras el escudo, retorcida al maximo, una correa. Los pajecillos, vestidos de ropa corta alemana, se muestran en posturas que ayudan a dar a este espacio central una movilidad extraordinaria, sujetando el escu­do con posturas diversas, y cruzando las piernas de modo que los dos tienen su derecha junto al blason, lo que sirve para lanzar, desde ellos, la mirada en direccion ascendente hacia la escultura del caballero.

La postura del muerto que lee es elegante y conmovedora: reposa con su codo derecho sobre un haz de laureles. Recostado, alza el torso para leer el libro que entre las manos sostiene, y meditar. Las piernas están indolentemente cruzadas. A sus pies, un pajecillo triste llora apoyado sobre el yelmo del caba­llero. Tras él, un leon levanta la cabeza. La indumenta­ria del Doncel está minuciosamente realizada, y describe al detalle el hábito del militar castellano en la Edad Media: los brazos y las piernas se cubren de armadura metálica de piezas rigidas; el cuerpo lleva cota, que es de cuero por arriba, y de mallas metalicas abajo; su torso está aun revestido de una esclavina lisa, atada al cuello por corredizo cordon, y en el pecho se dibuja la roja cruz de la Orden de Santiago. Del cinto cuelga la daga, y sobre la cabeza, peinada al estilo de la epoca, un bonete de paño. Descansa el caballero todo su cuerpo sobre la extendida capa. Y entre las manos, un grueso libro abierto en su mitad, que atentamente lee y al mismo tiempo le sirve de meditacion. En las jambas del intrados del sepulcro, aparecen los relieves de Santiago y San Andres.

El significado

En esto me extendí ayer especialmente. En esa tercera fase del análisis iconográfico que Panofsky propone para desentrañar la obra de arte como lo que es siempre: un elemento de comunicación, un haz de señas. Sería largo de exponer aquí, pero en definitiva debe saberse que la esencia de esa estatua, aparte de conmemorar la vida de un joven al que su familia añoró siempre, es la representación del nuevo ideal humanista español, que no es otro que la unión del coraje y la dialéctica, de la milicia y las letras, de la asunción del neoplatonismo de Marsilio Ficino como una consagración de la “concordatio” entre las virtudes militares paganas y la devoción cristiana.

Martín Vázquez de Arce es un caballero cruzado (así se le muestra y así se le entierra, con las piernas cruzadas por haber muerto peleando contra el Islám) que también participa del intento de alzar su vida en una Virtud completa, la que le da su cristianismo y su saber por lecturas, la que le entrega la Fe y la Razón unidas. Es un arquetipo, -así lo presenté- del que en el Renacimiento español es paradigma de todo lo bueno: de Escipión el Africano, que sublima al ser humano y todos lo imitan. El Doncel, en su estatua, con su libro en las manos, con su armadura y sus elementos de pelea, dice sin palabras, pero bien claro, que es un guerrero a favor de Cristo, y de su Reina, y que es un lector apasionado, de los clásicos. Tras haber leído sus páginas, se para a pensar. Y ahí está la clave de todo, en la dirección de sus ojos, que no se posan sobre las páginas del libro que sostiene, sino que van más allá, se pierden por el suelo: porque no lee, sino que medita, piensa. Un hombre que piensa. Esa es la esencia del Renacimiento.

En defensa de la Guadalajara Tradicional

El pasado viernes tuvimos una sesión de homenaje a varias cosas: de un lado, a la memoria de un buen amigo y excelente fotógrafo alcarreño, Luis Solano Montesinos. De otra, al conjunto del costumbrismo provincial, que ha quedado retratado en un libro excepcional del que son autores Jesús de los Reyes Martínez y el propio Luis solano, ya fallecido.

Justo en este mes que empieza, hace ya tres años de la muerte de este joven entusiasta, sumido en el incendio de la Riba de Saelices, que costó la vida a otras diez personas más, y dejó a la Sierra del Ducado yerma de sus bosques para muchos decenios. La catástrofe ecológica más importante que ha sufrido España en lo que va de siglo, y la que más tiempo durará. De sus cenizas surge la memoria de este amigo, que dedicó sus jóvenes años, aparte de trabajar en su profesión de informático, a fotografiar la tierra en que había nacido.

En el acto de presentación me pidieron unas palabras, que quise dedicar, aparte de a su memoria, a la idea de que estamos todos inmersos en una tarea larga y difícil, pero que merece la pena recorrerse y alzarla cada día: la defensa del patrimonio y el estímulo de la identidad provincial, del ser celtíbero y castellano, de las raíces de nuestra tierra y de nuestras gentes.

Un patrimonio muy diverso

Guadalajara, como cualquier otro espacio del planeta, tiene un patrimonio riquísimo que está hecho de los aportes de generaciones anteriores, administrado por las gentes de hoy, y que deberá ser legado íntegro, cuidado y aún mejorado a las generaciones futuras.

Además del patrimonio natural, del monumental, y del histórico, está sin duda el humano, que ha cuajado de mil formas, algunas dificilmente aprehensibles. Porque la expresión humana de la fiesta es muy vistosa, concreta en el tiempo y el espacio, y con una connotación de fama y popularidad que es fácil de mantener. Pero existen otras formas como es fundamentalmente el lenguaje, el entretenimiento personal o colectivo en forma de juegos, de reuniones, de ceremonias, que son más ricas quizás, pero también más difíciles de concretar y de preservar.

En el caso de hoy quiero traer a la memoria ese patrimonio costumbrista que se refleja en la fiesta comunitaria, en la reunión de vecinos (y la admiración de visitantes) para llevar a cabo el rito que de año en año y de siglo en siglo se viene sacando a la calle y levantando con la participación de la gente del propio pueblo.

En ese sentido, habría que atender fundamentalmente a la esencia de la fiesta y ver que es algo muy distinto La Caballada de Atienza (que se hace desde 800 atrás y la protagonizan los hombres de una cofradía de la Villa) que el Festival de Hita, que por cierto se celebra mañana en su versión 48, y que está cimentado en una celebración demostrativa de valores genéricos y de acontecimientos plurales de la propia tierra (desfile de botargas serranas de otros pueblos, junto a puesta en escena de obras teatrales clásicas).

En este sentido cualquiera puede ver la diferencia que hay entre la fiesta dedicada a San Blas en Albalate, con su grupo de danzantes y botargas, o la cofradía de los Apóstoles de Guadalajara, con siglos de antigüedad y participantes de la localidad, que heredan el puesto de padres a hijos, y las “Ferias Medievales” que se extienden cada vez con más densidad por nuestros pueblos y que están organizadas por empresas que han encontrado en esta actividad una fuente renovada e inteligente de ingresos.

Todas las fiestas de la provincia

En este libro, que se titula “Guadalajara Tradicional. Tierra iluminada”, y que ha patrocinado Ibercaja, se ofrecen al lector y aficionado las 200 mejores imágenes de las más de 15.000 que los autores hicieron en sus constantes viajes por la provincia. En poco más de tres años de actividad constante, armados con sus máquinas fotográficas y su especial visión de los ritos, Jesús de los Reyes y Luis Solano se metieron por debajo de los personajes, aprovecharon sus sombras y sus piruetas, y los vieros desde lejos y desde muy cerca, grabando en sus imágenes colores, gestos y hasta sonidos…

Aparecen en la colección muchas imágenes de botargas, que son las primeras fiestas del año. En esas fiestas de invierno aparecen las águedas también, y los blases, siguiendo las primaverales danzas serranas y la Caballada de Atienza. Del verano surgen las soldadescas y bandereos, y el Festival de Hita, que se acompaña de otras representaciones medievales y aún del don Juan Tenorio, pero que tienen compañía con los suelos pintados de Almonacid y Guadalajara en el Corpus, acabando en hogueras, armados de Sigüenza, danzas de Galve y un largo etcétera que deja a los ojos temblando y al alma emocionada.

No existe, aunque lo hemos buscado, un orden cronológico o interpretativo en el libro. Las imágenes, que son todas, sin excepción, magníficas, unas en blanco y negro, y otras en color, o con virados, dan muestra puntual de fiestas y de sus personajes. Hay cierto peso mayor del Señorío de Molina sobre el resto, quizás porque Jesús de los Reyes es molinés y le tira más, o se ha fundido mejor con las fiestas de la Loa, el Carmen y los gancheros. Pero en realidad el reparto está bien proporcionado y resulta ameno. Se termina el libro y se queda el lector y espectador con ganas de más… no hay problema, porque se vuelve a abrir y se sigue leyendo, se sigue mirando, en el oficio más común de estas fiestas, que es el del espectador.

La reivindicación final, porque todo libro tiene su moraleja, es que esta parte crucial del patrimonio debe ser cuidada al máximo. No dirigida, porque cualquier manifestación popular marcada por el ideologismo acaba por morirse, sino encauzada con la atención que necesitan los trajes, los bailes, las costumbres gastronómicas, los tempus festivos. Y sufragada cuando sea necesario. Además lleva ese mensaje implícito de que en estos colores y estas telas, en esas representaciones, saltos y carreras está un algo escondido que viene de lejos, en lo que vivimos todavía. Y que no se puede definir. En fin, una identidad que nos merecemos y que es necesario cuidar y mantener, entregarla a cuantos nos sigan en el tiempo.

El libro de tradiciones fotografiadas

Con el patrocinio de Ibercaja, los prólogos de Antonio Herrera, José Ramón López de los Mozos y Jesús de los Reyes Martínez, y algunas frases encontradas de Luis Solano, a le memoria de este, y brindando a quienes gustan de ver y saber la esencia de Guadalajara, aparece el libro “Guadalajara Tradicional. Tierra iluminada” cargado de 200 páginas impresas a color, con una fotografía por página que muestra un aspecto de todas y cada una de las más llamativas fiestas de Guadalajara. Los autores, Solano y Martínez, consiguen dar con sus visiones un toque de atención hacia la belleza de las fiestas, y ellos se llevan el aplauso de quienes leen, y miran el libro.