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Pastrana en la mano

Siempre es fin de ruta, lugar del corazón, inolvidable memoria y repetida (y asombrada) evocación de un lugar centenario: Pastrana se ha ido afianzando como uno de los destinos turísticos, viajeros, gastronómicos y añorados de miles de personas que, en un radio de doscientos kilómetros (lo que incluye la comunidad de Madrid entera) pueden visitarla completa y pasar un día de paseo, museo, comida y espectáculo con ganas siempre de volver, con el regusto de lo que sorprende. 

Hoy viene a estas páginas por haber visto la salida de un precioso libro, cargado de fotografías y cuajado de informaciones ciertas, que pone a la villa de Pastrana, y a la autora de la obra, en el punto de mira de la actualidad, que se fragua con esto, con realidades, con pasos ciertos que se dirigen siempre hacia delante. 

El convento de las Concepcionistas, que fundó Santa Teresa de Jesús en el siglo XVI para carmelitas.

Pastrana una villa barroca 

Es un lugar común decir que Pastrana es una villa medieval, o al menos así se ha divulgado últimamente como frase con reclamo turístico. Sin duda alguna que es antigua, pero no tanto como para calificarla así. Entre otras cosas porque, durante la Edad Media, Pastrana fue una aldea (desde 1369 villa) dependiente de Zorita y en el contexto de su poderosa Orden de Calatrava. Solo con la llegada de los duques, Ruiy Gómez de Silva y su esposa Ana de Mendoza y de la Cerda, a la villa, con la creación de sus conventos, la ampliación de su colegiata, la perfección de su palacio, empieza Pastrana a tener vida: tanta, que en un momento determinado de finales del siglo XVI se le insta al rey Felipe II, por parte de los duques y de todo el concejo y pueblo de Pastrana, a que considere su nombramiento como Capital del Reino. 

Es en la época barroca cuando se desarrolla, cuando surge su fábrica de tapices, cuando el referente grupo de los moriscos, y luego el de los portugueses, la hacen próspera, cuando de sus conventos salen intelectuales de nota, cuando se escoge como residencia por destacadas personalidades, y cuando se alzan palacios y casonas por doquier. Es, por tanto, y con la subjetividad que estas denominaciones siempre tienen, una “villa barroca”, o, como en alguna ocasión yo mismo la denominé, una “principesca villa”. 

Una nueva visión de su historia 

Vienen las anteriores frases a cuento de anunciar una nueva visión de su historia que ha escrito Esther Alegre Carvajal, sin duda alguna quien mejor conoce los avatares de la villa, y más en profundidad la ha estudiado. Con tanto tino siempre, y con la totalidad que permite llegar a hacer lo que ahora ha hecho: un resumen definido y definitorio, que es siempre lo más difícil, lo que solo pueden hacer quienes conocen a fondo un tema. 

En esa “Historia de Pastrana” que desarrolla Esther Alegre aparecen datos novedosos y que, al menos a mí, han supuesto tener nuevas visiones de este lugar siempre sorprendente. Por ejemplo, y tras analizar con minucia la llegada de los duques a la villa, el señorío ejercido por Ruy Gómez, que a pesar de ser portugués fue el primer ministro (secretario se denominaba entonces) de Felipe II, y la prisión de su esposa la duquesa, la tuerta doña Ana, princesa consorte de Éboli, nos describe los sucesivos hijos que este matrimonio tiene, y lo que fue de cada uno de ellos. Esas ansias que doña Ana tuvo siempre por dirigir los asuntos de Portugal, por poner en aquel trono (que el rey Felipe usurpaba y tenía decidido dejar unido para siempre a la corona española) a alguno de sus hijos, hijas o descendientes, viendo como su segundo hijo, Diego de Silva, duque de Francavila, llegó a ser Virrey y Capitán General de Portugal, o como su biznieta  Luisa María Francisca de Guzmán, (Pastrana de un lado y Medina-Sidonia de otro) casaría con el duque de Braganza, quien al rebelarse contra Felipe IV, alcanzaría de nueva lo independencia del reino vecino y él la monarquía con el nombre de Juan IV, y ella el título de reina. 

También conocemos por este libro algunos datos sobre la sucesión en la propiedad del palacio ducal, que fue regalado por los herederos del ducado pastranero (en 1852 Manuel de Toledo y Dionisia Vives) a la Orden de los jesuitas, que recogió “en la hora” junto al palacio la gran finca de Chamartín que había sido de los Infantado, y que luego pasaría a la mitra arzobispal de Toledo, y en 1956 (ya con el palacio troceado y ocupado por viviendas y carpintería, cine de verano y otros usos demasiado pedestres) a la mitra episcopal de Sigüenza, que finalmente en 1996 lo vendió a la Universidad de Alcalá, su actual propietaria, y que tras haber realizado en el edificio un costosísimo proceso de restauración y rehabilitación, ha visto como solo se utiliza a medias, por mor de unos recelos políticos que en nada benefician a la villa de Pastrana

 Los monumentos y la carga patrimonial 

También descubrimos nuevas esquinas de la Pastrana monumental en la descripción que de ella hace Esther Alegre. Así por ejemplo, nos describe y da fechas para ubicar en la memoria su plaza de toros, que es (construida en 1827 o incluso antes) el más antiguo de los alberos “de fábrica” con que cuenta la provincia alcarreña. Nos da pelos y señales de la evolución de la ”Casa del Deán” un antiguo hospital dedicado a San Miguel y testigo de la beneficencia que el Concejo y los duques tuvieron con sus convecinos, hoy restaurado espléndidamente, y sirviendo de sede al Centro de Salud de Pastrana, que es (son palabras del expresidente Bono cuando lo vió) el más bonito centro de salud de toda Castilla-La Mancha. Hace ya 20 años de esto. 

En la Colegiata nos sumimos, con silencio y veladuras, en los antiguos siglos de esplendor mendocino. Y si vamos a su sacristía, a la sala de sus tapices, donde cuelgan esas seis maravillas del arte tapicero europeo, contemplamos tanto color y tantas figuras, y nos enteramos, gracias a estas páginas de Alegre Carvajal, que los cuatro más antiguos, [que narran las guerras del rey portugués Alfonso el Africano conquistando Arcila y Alcazarquivir a los marroquíes] están tejidos en Tournai por Paschier Grenier, sobre diseños de Dierick Bouts, hacia 1480, mientras que los dos más modernos son de la última década del siglo XV y fueron hechos en el Brabante. Dice Esther Alegre que a Pastrana llegaron estos tapices en 1627 entregados a la Colegiata, en empréstito para adornar sus cultos, por el tercer duque, que los había adquirido años antes, durante su embajada en Francia. 

En todo caso, y después de leer con detenimiento las descripciones de continentes y contenidos de los conventos, las iglesias, los museos, los palacios, las plazas y los vericuetos de Pastrana, creo que no queda más que decir que un Amén así de grande, y tomar nota, porque en esta obra está plasmada la realidad y la memoria de esta villa, largamente desmenuzada por su autora. 

Esther Alegre Carvajal 

Es de Pastrana, no cabe duda, y es la persona que hoy sabe más de la historia y el arte de esta villa. Ha escrito sobre mil cosas, desde su perspectiva no solamente de doctora en Arte e Historia con su tesis magnífica sobre las “Ciudades Ducales de España”, sino desde el cariño desbordado hacia este lugar. Junto a su esposo el arquitecto Tomás Nieto ha escrito un espléndido trabajo titulado “La Villa ducal de Pastrana” que es modélico y nos ofrece un estudio de la evolución urbanística y social, histórica y artística, de la villa. Además ha escrito la introducción, larga y minuciosa, a la clásica Historia de Pastrana de Mariano Pérez y Cuenca, en reedición moderna, y ha llenado con sus saber las páginas de muchas revistas especializadas, con artículos, entre otros, dedicados al estudio del origen románico de la colegiata pastranera, del catafalco hecho en ébano y bordados para las honras fúnebres de los miembros de la casa ducal, encargado por fray Pedro González de Mendoza, hijo de la princesa. Es autora también de un interesante libro sobre la “Arquitectura Negra de Guadalajara” que ha dinamizado desde hace años el flujo de visitantes hacia esa zona. Alegre Carvajal recibe, con este libro que ahora ve la luz, el espaldarazo unánime de historiadores y analista minuciosa de esta villa alcarreña. Y queda considerada como uno de los puntales de la auténtica cultura provincial, -de la estudiosa y científica-, en estos días en los que se tambalea el concepto de lo cultural, amenazando con irse hacia el tendido del espectáculo. 

Pastrana, de Alegre y Viloria 

El libro que nos ha servido de base para hacer este comentario, es el titulado “Pastrana” y lo ha editado hace unos días la Editorial Mediterráneo. Con 60 páginas todas en color, un tamaño grande, y numerosísimas ilustraciones, inéditas, realizadas por Álvaro Viloria, que ha demostrado ser un artista genial de la imagen en sus publicaciones y exposiciones. En la cubierta propone un fragmento del tapiz de la toma de Arcila, con la espectacularidad de sus colores y cientos de personajes guerreros. En el interior, muchas imágenes de la villa, en la oscuridad de la noche, sobrevolando tejados, desde los cerros, y en el interior de templos y casonas. El texto de Alegre y las imágenes de Viloria se complementan para conseguir una publicación que es, ya, otro clásico de la bibliografía pastranera y provincial.

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