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agosto 31st, 2007:

Mucho que ver en un Museo de Tránsitos

 

Lleva ya seis meses abierta (fue el 12 de marzo de este año) la nueva muestra permanente del Museo Provincial de Bellas Artes de Guadalajara. Y desde entonces han pasado por ella miles de personas a contemplar esa parte mueble, perfilada y colorista, de nuestro patrimonio cultural. Acabo de verla con la tranquilidad que da una mañana de sábado veraniego, sin el apretón de las inauguraciones ni el compromiso de los acompañamientos. Y me ha gustado. Porque este nuevo Museo de Guadalajara es un espacio modélico y polémico, que no deja indiferente a nadie. Con unas piezas curiosas, excepcionales algunas, buenas la mayoría, y además bien montado y explicado. Con gracia y con ganas. Hay que ir a verlo.

Algo de historia de este Museo Provincial

Es el más antiguo de los Museos Provinciales de España. Se abrió en 1838, poquísimo después de que la Desamortización de los Bienes Eclesiásticos diseñada por el ministro Mendizábal sacara de las clausuras conventuales miles de cuadros. Se agolparon en almacenes, se hicieron listados que luego cuajaron en catálogos impresos, y enseguida se colgaron en los muros del que era “edificio de usos múltiples” de la primera mitad del siglo XIX. El concepto, ya entonces puesto en marcha, supuso aprovechar el inmenso caserón de las franciscanas de la Piedad, antiguo palacio de don Antonio de Mendoza, para servir de Instituto de Enseñanza Media, de Biblioteca, de Museo, de Cárcel y de Diputación Provincial. Desde entonces, el edificio quedó de propiedad de la primera institución provincial, que albergó cuadros y esculturas en una nave que se hizo nueva y ex profeso para ello en la calle que había sido en la Edad Media eje de la judería y luego fue llamada “del Museo” por colocarlo allí.

Años después se desmontó todo y en 1873 se volvió a abrir en la salas bajas del palacio de los duques del Infantado, cuando el duque de Osuna se lo medio regaló a la ciudad y le dejó al Ayuntamiento un derecho de uso. Allí permaneció hasta 1898 , en que se trasladaron cuadros y esculturas a las dependencias del también vacío convento de la Concepción en la plaza de Moreno, enfrente del recién construido edificio de la Diputación Provincial. Tras derrumbarse las cubiertas de este viejo convento, se recogieron los restos de los cuadros (hay que imaginarse como estarían ya todas las viejas obras de arte, tras recibir cuatro traslados, cuando de todo es sabidos que dos mudanzas equivalen a un incendio) y se depositaron en los sótanos de la Diputación, de donde fueron sacadas y llevadas a restaurar a Madrid, en los inicios de los años setenta del pasado siglo.

El Museo se instaló de nuevo en las salas bajas del palacio del Infantado, siendo nombrada primera directora del mismo doña Juana Quílez, a la sazón directora también de la Biblioteca Provincial, y mujer que tanto hizo por la cultura de nuestra ciudad. Luego ocupó plaza de director, ganada por oposición, don Dimas Fernández-Galiano, quien dio un considerable empujón a la perspectiva investigadora y arqueológica del centro, manteniendo el orden expositivo inicial de las piezas.

Desde la llegada del nuevo director, don Fernando Aguado, se han producido mayores cambios, siendo usado a veces como sede de exposiciones temporales, y ya renovado por completo su perfil, modernizando su didactismo, añadiendo piezas arqueológicas guardadas durante un cuarto de siglo, y pasando lo más señalado del acervo costumbrista que se mantuvo en malas condiciones en la sección Etnográfica que casi siempre permaneció cerrada por humedades en los semisótanos del palacio.

Un nuevo concepto de Museo

Lo más llamativo del Museo Provincial, que toma el nombre de “Tránsitos” como si de una exposición temporal se tratase, pero con el objeto de justificar la distribución  y exposición de sus piezas, es la mezcla de temas, piezas, épocas y calidades de lo expuesto.

Para ser sincero, asombra un tanto encontrarse, nada más entrar a la primera sala de esta magna exposición, con una escultura griega (firmada por Zenón de Afrodisias), frente al cuadro manierista de “Tobías y el Angel” del madrileño Bartolomé Román, a su vez escoltado por una colmena de tronco y una escafandra de apicultor, absolutamente contemporáneas. El resto del museo sigue esta tónica: se exponen piezas de diversos temas, de diferentes épocas y de variadas calidades, juntas (pero no revueltas) en salas que tienen de común el título y la intención interpretativa de la vida humana y sus expresiones metafísicas.

Esas salas se nombran así, sucesivamente: “La Vida”, “La muerte”, “Espacios y Objetos sagrados” y “El cielo en la tierra”. No tiene nada de extraño que cualquiera se sorprenda. Esto no es habitual, al menos en un Museo Provincial de Bellas Artes, en el que se supone que las cosas deben estar organizadas conforme a otros patrones de tiempo, estilo, intenciones y didactismo aplicado. Ya digo que no lo considero equivocado, simplemente que sorprende.

La forma de ligar los objetos de arqueología (todos ellos interesantísimos, bien documentados, muy ilustrativos de culturas diversas como la céltica, o la visigoda más la judía y árabe), con las obras de arte góticas, renacentistas y barrocas, junto a numerosos elementos del costumbrismo alcarreño, entre los que cabe destacar una preciosa colección de máscaras de botarga, cascos de soldados y adornos de traje de novia, se hace en este Museo a base de un malabarismo ontológico que no deja de llamar la atención: el tránsito de la vida a la muerte, y otros tránsitos. Eso es lo que justifica la disposición de las piezas.

Seguro que cuando el Museo Provincial de Guadalajara disponga de todo el palacio del Infantado para él, -que es a lo que se está esperando- habrá oportunidad de introducir más piezas, más espacio entre ellas, y quizás un orden más clarificador de las mismas.

Objetos preciosos de nuestro pasado

Añadidos a lo que ya conocíamos del anterior Museo, aparece en “Tránsitos” alguna pieza nueva que nos interesa sobremanera. De entrada, todo lo arqueológico es nuevo, expuesto por primera vez, y con piezas magníficas, como las espadas de antenas celtibéricas, la reproducción de la “espada de Guadalajara” con empuñadura de oro, o las joyas halladas en Recópolis, entre las que destaca ese precioso colgante en forma de hoja que parece diseñado por el más moderno de los orfebres. Es precioso el anillo judío procedente del “Prao de los Judíos” de Molina, el tesoro de Jirueque (que está llamando al tesorillo de trientes de Recópolis, que permanece en Madrid) y es maravillosa, por supuesto, la estatua tallada por Zenón de Afrodisias, originaria de un taller de la Magna Grecia en la costa occidental de Turquía, y traída a España por algún mercader que se la ofreció a los duques de Medinaceli para adornar su palacio renacentista de Cogolludo, donde apareció en las recientes excavaciones allí realizadas.

El “caballero medieval” procedente del templo de la Virgen de la Antigua (o sea, de la primitiva iglesia mudéjar de Santo Tomé) y que ya fue expuesto anteriormente en el Museo, ahora luce dignamente y nos destapa la curiosidad de saber a quién tapó en su muerte tanta piedra seria: caballero de alguna Orden que habrá que identificar a través de la cruz que cuelga de su cuello, con una gran espada en la mano, y tocado con un copete de cuero que tanto recuerda al del Doncel, al de Campuzano, y a otros varios salidos, en estatua, del taller de Sebastián de Almonacid, que lo tuvo en Guadalajara y que bien pudiera ser el lugar donde esta figura yacente se tallara.

Es de admirar el gran escudo imperial de Carlos I procedente de la portada del monasterio cisterciense de Pinilla de Jadraque, donde estuvo mucho tiempo, junto con otro medallón representando a San Bernardo, y otro la insignia de Calatrava, a merced del pillaje. Fue finalmente el propio dueño el que los retiró y ahora lo vemos, el escudo principal, en este Museo. En él se ve claramente que la fecha de inauguración de esa reforma monacal fue el 21 de mayo de 1551.

Y también es novedad, y de las buenas, el fragmento de yeso policromado procedente de la sinagoga de Molina de Aragón, obtenida con muchas otras piezas arqueológicas, algunas sorprendentemente conservadas como elementos médicos y quirúrgicos o joyas personales, de la excavación del “Prao de los Judíos” bajo el alcázar molinés. En ese fragmento aparecen frases en hebreo de gran nitidez y perfección, como vemos en las imágenes adjuntas.

Todo ello supone que el Museo de Guadalajara ha recuperado el protagonismo que siempre tuvo en la vida cultural de la ciudad. Un Museo vivo, con luces y sombras como todo lo humano, pero que está bien llevado y bien montado, y que, -esto es lo más importante- denota la riqueza de nuestra historia y el mérito de los artistas que entre nosotros, y en siglos pasados, dejaron su huella emotiva y su intento comunicacional.

Apunte

Cómo visitar el Museo

Situado en la Plaza de los Caídos, tiene acceso por la puerta principal del palacio de los duques del Infantado, o para minusválidos a través de rampa por la lonja lateral. Los lunes está cerrado, como todos los museos. De martes a sábados, abre de 10 a 14 por las mañanas y de 16 a 19 por las tardes. En verano, del 15 de junio al 15 de septiembre, solamente por las mañanas. Los domingos, solamente por las mañanas. Es gratuita su entrada. El contacto telefónico es a través del 949 213 301 y 949 227 446. Por Internet, se puede consultar con el Museo a través de la dirección museo-guadalajara@jccm.es.