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Dos leyendas de Guadalajara, la ciudad de los cuentos

 

Empieza esta tarde el Maratón de Cuentos de Guadalajara, una de las aportaciones culturales más significativas que ha hecho nuestra ciudad a la panorámica literaria y lúdica de España. Con la perspectiva desenfocada de lo que vivimos y disfrutamos, en nuestra ciudad todavía no se ha llegado a valorar en su real dimensión esta aventura: porque si bien es cierto que quienes llevan el mérito son quienes cuentan cuentos, los piensan, los recitan, los dan vida y color, también es verdad que quienes lo pensaron de inicio, lo crearon y lo han seguido dando latido, año tras año, (y son ya 16 seguidos…!) han supuesto la construcción de un bastión de identidad, algo que es ya tan consustancial con Guadalajara como el rimero de personajes mendocinos que pueblan su historia, o la entraña raíz de sus ferias medievales de ganados y ceramistas.

En la solemne cuadratura palaciega del Infantado (este año trasladado, por obras, a los jardines adyacentes, que fueron corte renacentista de laberintos y cisnes) tiene vida este Maratón de Cuentos, cuya fama ha traspasado fronteras, y a él acuden, en romería de lúdica lucidez, miles de peregrinos que proceden de todo el planeta. Porque contar, con breves frases, con pocas palabras, con el acento de lo simple, muchas maravillas, es un don que solo tiene el hombre, y hay que estimularlo. Sobre todo, darle alas: a esa capacidad que llevamos de crear, de armar mundos y colorearlos, y decírselos a los demás para que los hagan suyos.

En homenaje a este Maratón, y dado que no podré este año acudir a él, pues debo viajar al extremo más lejano de la Península a un compromiso social y amistoso, voy a evocar algunas leyendas de nuestra ciudad, contadas de bisabuelos a bisnietos, según nos dice quien las y escribió, y dejó plasmadas en un libro de “Historias y Leyendas de Guadalajara”, el veterano escritor alcarreñista Felipe María Olivier, de quien tanto hemos aprendido.

Una historia de moros, amores y conquistas

Pues señor, hace muchos, muchos años, en una ciudad que era la nuestra, pero que entonces se llamaba Wad-al-Hayara, y que era más pequeña, y sus moradores eran mahometanos, y estaba rodeada de murallas, para evitar que unos enemigos que venían del norte se entraran por sus calles y lo destrozaran todo, vivía al cargo de las llaves de las puertas de esa ciudad un moro viejo y respetable, llamado Alí, y que tenía el cargo de “alamín” o guardián de las puertas y los puentes.

Vivía Alí en el gran torreón que vigilaba el puente que cruzaba el arroyejo que descendía desde los altos del sotillo. Y con él su única hija, llamada Aixa, bella y joven, que todos los días acudía, por la tarde, con sus cántaros a recoger el agua de una fuente cercana. Como la fuente estaba fuera de las murallas, un día la vió un capitán cristiano, de los que merodeaban por la zona, y se enamoró de ella. Este capitán se llamaba don Millán, y montaba siempre un caballo pardo. Como era tan bella Aixa, también se enamoró de ella un criado del valí de la ciudad, y este joven mahometano se dedicaba a seguirla con la mirada, mientras que el caballero cristiano un día se acercó a la joven Aixa y la declaró su amor, consiguiendo de ella que además se hiciera cristiana, y acudiera a los ritos que los mozárabes de la ciudad celebraban en una iglesia llamada Santo Tomé, (hoy santuario de la Virgen de la Antigua) al otro lado de la ciudad.

Don Millán tenía pensado ayudar a su general, don Alvar Fáñez de Minaya, a conquistar la ciudad de Wad-al-Hayara. Para ello, consiguió convencer a Aixa de que le diera una copia de las llaves de las puertas de la ciudad, impresas en cera, para él poder hacer copias y así una noche abrir las puertas y permitir que el ejército cristiano entrara.

La tarde que Aixa bajó a por agua y se encontró con don Millán, tras su habitual coloquio amoroso, la niña entregó al caballero las copias de las llaves de la ciudad. Como el criado del valí, también enamorado, la seguía a todas partes, vio con furia este encuentro, y no dudó en sacar una flecha de su carcaj, apuntarla en el arco y lanzarle un dardo al caballero Millán, pero con tan mala suerte, que en ese instante Aixa se movió levemente y la flecha se clavó en su corazón, cayendo muerta. Asustado, el caballero echó a correr en su caballo, y el criado, con el alma rota, no dudó en ahorcarse allí mismo.

Ya entrada la noche, al ver que Aixa no regresaba al torreón, su padre llamó a los vecinos y emprendieron la búsqueda de la joven, que encontraron muerta de un flechazo, y a su enamorado moro ahorcado cerca. Todo fue consternación y lloros, todo acabamiento y dolor. Al que se sumó, a la mañana siguiente, la impresión cruel de ver cómo los cristianos se habían apoderado de la ciudad, entrando sigilosamente por la noche gracias a que habían abierto las puertas de la ciudad mora con las llaves cuya copia había entregado Aixa. Alvar Fáñez ocupó la ciudad, y don Millán, roto de dolor también, se fue para siempre.

Una historia picante

La otra leyenda, que tampoco llega a historia, y no presenta personajes conocidos, se sitúa en un lugar hoy vivo y que todos conocemos. En el palacio de la Cotilla, y la cuesta o callejón que sube hasta la plaza de San Esteban. Había allí, en el siglo XVI, un templo que tenía delante una fuente con muchos caños, a la que por las tardes acudían las mozas del barrio a recoger agua, llevando sus cántaros, y usando una larga caña que apoyaban en la alta boca de la fuente, para que pusiera sin derramar una gota el agua en sus cántaros. Charlaban y se contaban secretos de sus amas, de sus amores, de sus peripecias familiares.

Una preciosa joven que servía de criada en el palacio de los marqueses de Villamejor, callejón abajo, se quedó la última esa tarde, y llenó a tope dos cántaros, y un botijo, poniendo el más grande sobre su cabeza, y llevando los otros en sus manos. Al pasar por el callejón estrecho y serpeante que lleva desde San Esteban a la calle del Barrionuevo, un morisco rijoso se la echó encima, abrazándola y pidiéndola todo tipo de favores. Al resistirse ella, cayeron sus cántaros pesados rompiéndose sobre las piedras del pavimento. Del forcejeo, se le cayeron las cintas de su corpiño o cotilla, prenda que llevaban, muy ajustada y apretada sobre el abdomen las mujeres castellanas, para parecer más delgadas. Y corriendo, y medio desnuda, llegó al palacio donde se resguardó y la acogieron.

Desde entonces, a ese callejón (que ahora se llama calle de San Esteban) la voz popular denominó de Abrazamozas, y al palacio marquesal, por aquello de que al día siguiente se encontró a su puerta una cotilla destrozada, le llamaron de La Cotilla, hasta hoy.

Una leyenda, un sueño, una broma que adereza la médula de Guadalajara, en la que, tras tantos siglos de vida, tras tantos cambios de buenos a malos tiempos, y viceversa, finalmente queda una esencia que no se puede perder: la de esos nombres sonoros que vitalizaron sus calles y plazas (Alvar Fáñez, el Alamín, el Callejón de Abrazamozas, el palacio de la Cotilla) y hoy tratamos de encontrarles un significado, de volverles esa inocencia que no debieron perder.

Apunte

El 16 Maratón de Cuentos de Guadalajara va a desarrollarse entre la tarde del viernes 15 y la mañana del domingo 17. Tendrá lugar en un espacio adecuado específicamente para la narración, en los Jardines Renacentistas del Infantado, junto al palacio ducal. Iniciará las narraciones, contando un cuento, el alcalde de la ciudad. Y se clausurará oyendo los acordes de la Banda de Música Provincial. Como siempre.

Este año, y hablando de alcaldes, se producirá el cambio de mandatario el día 16, justo en el comedio del Maratón. Sería muy bonito que lo empezara uno, el que se va, contando un cuento, el último, y lo cerrara otro, el que se viene, contando el primero de su mandato.

Más información en www.maratondeloscuentos.org

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