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junio, 2007:

Galve de Sorbe en la encrucijada

 

Mañana se celebrará un Encuentro de historiadores y gentes varias en Galve de Sorbe, al objeto de hablar, exponer, recopilar y meditar en torno a los datos que hoy existen sobre el castillo de Galve, y al paso salir a mirar lo que ocurre en otros castillos de nuestra tierra, que están los pobres tan necesitados de atención, cuidados y estudios.

El patrimonio provincial, que pasa por ser de los más amplios y más descuidados de la nación, tiene en los castillos sus imágenes más fuertes y representativas. Cuando se llega hasta ellos, comprueba el viajero que sólo quedan recuerdos de batallas y nombres de personajes. Algunos muros inestables y poco más. Se hace necesario revitalizarlos cuanto antes.

Un castillo imponente

Aunque en otras ocasiones he escrito en estas páginas los datos más significativos de esta fortaleza, desde su perspectiva histórica y monumental, no viene mal recordarlos, porque así puede centrarse mejor el problema que aqueja a estos mal traídos torreones.

Sobre las altas parameras que unen la meseta castellana inferior con la superior, se alza el castillo de Galve, vigilante del naciente valle del Sorbe, que muchos kilómetros hacia el sur dará en el Henares. Perteneció este lugar, tras la reconquista, al Común de Villa y Tierra de Atienza, siendo luego, en el siglo xiii, de propiedad del infante don Juan Manuel, quien levantó un primitivo castillo sobre el lugar. Pasó luego a la Corona por muerte del revol­toso Infante, y en 1354 el rey don Pedro i dio Galve a Iñigo López de Orozco. Su hija doña Mencía casó con Men Rodrí­guez de Valdés, señor de Beleña, y a ellos compraron Galve, mancomunadamente, el almirante de Castilla don Diego Hur­tado de Mendoza, y el Justicia Mayor del Reino don Diego López de Estúñiga. En esta última familia quedó, y ellos fueron los constructores de la gran fortaleza que hoy existe dominando al pueblo.

Para el viajero que llega a Galve, supone una sorpresa ver un castillo tan grande sobre un pueblo tan pequeño. La forma de admirarlo en detalle es ascendiendo hasta su altura, por un camino de tierra que parte desde las últimas casas del pueblo.

Este castillo es obra de la segunda mitad del siglo xv, erigido por los Estúñigas, cuyos escudos aparecen distribuidos en las talla­das piedras de muros y estancias. Sufrió luego el abandono y la ruina, el destrozo programado en la guerra carlista, y la reconstrucción arbitraria que su nuevo dueño realizó en pasados años, y que le ha supuesto, entre otras lamentables alteraciones, el emparedamiento de su puerta principal, de tal modo que es imposible acceder a su interior, o la colocación de unas almenas semiartificiales que a las primeras rachas de viento se vinieron al suelo.

El castillo de Galve consta de un amplio recinto externo, de elevada muralla almenada, en la que se presentan sendas torres cuadrangulares en las esquinas, más un cubo semicircular ado­sado al comedio de la cortina sur. Sobre la esquina noroeste se alza la hermosa torre del homenaje: de planta cuadrada con fuertes muros de sillar, en lo alto de las esquinas rompen su línea recta cilíndricos garitones sobre repisas varias veces molduradas, luciendo cada uno un escudo de los Zúñigas constructores. Se remata esta torre con un saledizo sujeto por modillones de triple moldura. Tiene su interior, ya restaurado, cinco pisos, en uno de los cuales aparece una gigantesca chi­menea de piedra sillar, con gran arco escarzano, y ventanales escoltados de asientos de piedra, y una superior terraza desde la que se contempla un increíble panorama. En el cubo semicilíndrico que defiende el muro sur, en su interior, hay una bóveda hemiesférica de sillar con escudos de los constructores tallados en su interior.

En la restauración que hace unos 30 años realizó la actual propiedad, se sumó a la cubierta de la torre un cuerpo que aunque en este tipo de Castillo señorial y atalayado, en el siglo XV solía existir, en este caso se puso una edificación de mal trabados muros y cubierta de uralita, que le afeaba enormemente. Las tormentas y vendavales lo han destruido, dañándose al mismo tiempo los perfiles superiores de la torre, que están desmoronándose.

Todo ello ha llevado a ofrecer una situación de lastimoso abandono y peligro de ruina para este Castillo. Como muchos otros de Guadalajara (que es una de las provincias de Castilla con más abundante número de fortalezas militares de origen medieval) que representan la esencia de una historia centenaria y una evidencia palpitante de formas de vida, está el de Galve olvidado de todos. Menos de quienes en su pueblo tienen sensibilidad y valores.

Otros castillos de Guadalajara

Algo parecido ha ocurrido en otras fortalezas de nuestra provincia. Recientemente, una de las que sangraban por el pecho, y se caían a trozos, era la de Embid, en el confín de Molina: llegó el dinero y los restauradores. Y se ha salvado, con unos perfiles de novedosa técnica restauradora que, en todo caso, hay que aplaudir. De Almoguera, con un inventado castillete en lo alto del roquedal donde se alzó la poderosa fortaleza calatrava, solo cabe decir que el jardín que se ha construido en su interior permite amenos paseos y deja alargar la vista de quien allí sube hasta las orillas del Tajo. De Pelegrina, decir que todavía está esperando que alguien calce su torre mayor, porque el peligro de hundimiento sigue activo. Y de Palazuelos, prefiero seguir sin hablar.

En todo caso, cada vez interesa a más gente la conservación de nuestros viejos edificios medievales (castillos, iglesias, puentes y fuentes…) y ello nos llevará un día a evitar hundimientos y ganar presencias que no debieran haberse ido. De todos modos, conviene mantenerse atento a esa necesidad de restauración y prevención de hundimientos. El aumento de población en Guadalajara, hecha con gentes de aluvión que proceden de otras partes de España, incluso de otras culturas y de otros valores, no supone que crezca la conciencia de proteger lo que los siglos nos dejaron. Es más, hay que animarlos a que también ellos, los recién llegados, se percaten de cuánta maravilla existe y lo necesario que es mantenerla y cuidarla. El ejemplo, por el que surgen estas palabras y esta jornada de mañana, está en Galve: un edificio de propiedad particular, pero abandonado de forma total, ante el que la Administración Regional debe hacer algo. Al menos, hablar con el propietario y ofrecerle soluciones, la compra del edificio o el apoyo para que lo restaure.

Y este es solo un ejemplo, por desgracia: para otro día dejamos el tema de las ruinas del convento de San Antonio en Mondéjar, el monasterio de Bonaval cerca de Retiendas, el convento Carmelita de Cogolludo, el templo románico de Villaescusa de Palositos, las ruinas góticas de San Francisco en Atienza… todos ellos, y alguno más, son los incluidos por “Hispania Nostra” en su lista roja de monumentos en peligro grave de destrucción si no se hace algo por arreglarlos en corto plazo.

Actividades para recuperar el castillo

Mañana sábado 30 de junio, en convocatoria realizada por la Asociación Cultural “Castillo de Galve”, con el patrocinio de la Excmª Diputación de Guadalajara, la Universidad de Alcalá, y el Centro de Estudios Cisneros tendrá lugar la “I Jornada Cultural “Castillos de Guadalajara”, que tras su inauguración a las diez y media de la mañana por las autoridades locales y culturales de la provincia, se desarrollará con un contenido científico (conferencias de los profesores J.L. García de Paz, Amador Rubial, Lauro Olmo, y los alcaldes o ex-alcaldes de Zorita, Pioz y Jadraque, que expondrán los problemas inherentes al mantenimiento de castillos en municipios pequeños.

Además de la animación callejera por el grupo de dulzaineros “Mirasierra”, se inaugurarán dos exposiciones fotográficas, una organizada por el CEFIHGU de la Diputación, sobre “Castillos de la provincia de Guadalajara” y otra sobre “La fortaleza de los Estúñiga, el castillo de la Sierra” en el centro Social de Galve de Sorbe. Finalmente, a las 7 de la tarde, cuando el calor amaine, habrá subida y visita guiada al Castillo de Galve (sólo por fuera, se entiende, pues en el interior permanece cerrado por su propiedad).

Jadraque alza el vuelo

 Hace unos días tuvo lugar, en la localidad alcarreña de Jadraque, el nacimiento de una Asociación, de Amigos del Castillo del Cid, que aprovechó el espacio de la Feria FAGRI para dar su primer paso, y presentarse en sociedad: su intención es la de seguir apoyando todo lo que se refiera a la restauración, recuperación, puesta en valor y estudio en profundidad de este hermoso edificio, que por muchos ha sido calificado, tanto él como el cerro en que asienta, el más imponente de los castillos de la Marca Media.

Una mesa redonda sobre aspectos arqueológicos, históricos y constructivos del castillo de Jadraque, así como la presentación de la segunda edición del libro que trata de su historia y sus primeros hallazgos, dio paso al nacimiento de esta Asociación que ya es centenaria, al menos en número de miembros y entusiastas protectores. Un ejemplo a seguir con tantos y tantos edificios patrimoniales de nuestra provincia.

Una historia larga y densa

El castillo de Jadraque que se eleva sobre un cerro perfecto, en la orilla izquierda del valle del Henares, no surge de la nada, o tal como hoy lo vemos se construye en cualquier momento de la Edad Media. No es tan sencillo: seguro que ya en época del Bronce medio, cuando el territorio era ocupado por primitivos pobladores que podemos adscribir al iberismo, tenía su importancia estratégica y fue ocupado como bastión defensivo y espacio poblacional. Así lo demuestran los muchos restos encontrados de esa época, siglos X-VIII a. de C. lo cual nos da fácilmente una cuenta redonda y solemne: este castillo cidiano y mendocino de Jadraque tiene, al menos, tres milenios de existencia.

Ocupado posteriormente por los romanos, sabedores de que su altura era una atalaya clave para el control de la Vía Augusta que a sus pies pasaba bordeando el Henares, también de esta época se han encontrado monedas y restos arqueológicos en el entorno jadraqueño.

No confirmada aún su pertenencia a los visigodos, es en la época islámica cuando toma su fuerza. Es este uno de los castillos más importantes de la Marca Media de Al-Andalus frente a Castilla. Como todos ellos, elevado sobre la orilla izquierda del río, suponían una silueta disuasoria de cualquier tipo de intento de conquista. Esa Marca Media o frontera entre los islámicos del sur y los cristianos del norte, permaneció efectiva más de dos siglos, en los que Jadraque (Chadaraque para los árabes) se tuvo por elemento poderoso. Los del norte le llamaban “Castejón” y más concretamente “de abajo” frente al de arriba que estaría en una elevación próxima a Mandayona, sobre el ahora llamado río Dulce.

El Cantar del Mío Cid, ahora en pleno centenario de su escritura, nos dice cómo Rodrigo Díaz de Vivar, acompañado de lo más granado de su hueste/ejército, ataca la fortaleza de Castejón y la conquista. Se trata sin duda de Jadraque, admirada de todos, de uno y otro lado de la frontera, referencia obligada de valentías y méritos. La abandona pronto, aunque desde 1085, tras la toma de Toledo por Alfonso VI, sería ya plenamente del reino de Castilla.

La monarquía la incluye en el alfoz aforado de Atienza, y sigue siendo avanzada defensiva de posibles ataques llegados del sur. La reina doña María, esposa de Juan II, la entrega en señorío y como regalo de boda, a María de Castilla, nieta del Pedro “el Cruel”, cuando casa con el caballero Gómez Carrillo de Acuña, alto cortesano. Desde ese momento, 1434 aprox., la villa y el castillo de Jadraque quedan en propiedad de este linaje que años después, al tener su posesión Alonso Carrillo, lo permutaría por el castillo de Maqueda con don Pedro González de Mendoza.

El reajuste de territorios señoriales propició este trueque, que llevó al castillo jadraqueño a quedar ya por siglos en poder del linaje de Mendoza, el más poderoso de la tierra de Guadalajara y determinante de su evolución histórica.

Castillo y palacio mendocino

Aunque el primer Mendoza que señorea Jadraque es el Gran Cardenal, y a él se deben las primeras tareas de reconstrucción y ampliación del edificio, será su hijo el marqués del Cenete, don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza quien impulse las mayores transformaciones del edificio, hasta hacer de él más que un castillo guerrero, atalayado y artillero, un verdadero palacio del Renacimiento.

Siempre habíamos pensado que muy posiblemente esa fuera la intención mendocina hacia Jadraque. Como también lo pensamos (y de ello todavía no existe confirmación arqueológica porque se han parado las obras hace mucho tiempo) del castillo de Pioz. Lo cierto es que, o bien Juan Guas, o bien Lorenzo Vázquez, o bien el equipo de maestros de obras y arquitectos que trabajó en el también cardenalicio castillo de la Puebla de Almenara, serían los constructores de este renacido castillo. En el que, a tenor de los hallazgos realizados en los últimos años, hubo en su parte septentrional un fastuoso patio de elegantes arcadas, que suponemos centraría la suntuosidad del renacido palacio. En el que vivió varios años el marqués del Cenete, primero con su esposa Leonor de la Cerda, hija del duque de Medinaceli, y luego con su segunda esposa, María de Fonseca, con la cual se trasladaría al terminado castillo-palacio de La Calahorra, en tierras granadinas, al norte de la Sierra Nevada, donde allí sí que con seguridad Lorenzo Vázquez y un selecto grupo de artistas italianos fabricaron la impresionante morada, como de ensueño, de don Rodrigo.

Al que su padre llamó Díaz de Vivar en recuerdo del Cid, porque decía (o más bien lo decían los cronistas de su altísima eminencia cardenalicia) que los Mendoza descendían del héroe castellano así sin más, por directa línea. El caso es que después de habitarlo la hija del marqués del Cenete, doña Mencía de Mendoza, que casó con Enrique de Nassau y en la altura jadraqueña coleccionó obras de arte sin cuento, llenando el castillo de estatuas y tapices, ya ningún Mendoza habitó en el palacio, dejando allí alcaldes y encargados que se dedicaron, con toda seguridad, a ir desvalijando la casa hasta dejarla tiritando, tal como a finales del siglo XIX se la encontró el duque de Osuna, cuyos bienes salieron a subasta, siendo adquirido por el municipio, el año 1898, en 305 pesetas.

Desde entonces, sin embargo, la ruina siguió cundiendo, los muros cayendo, y el castillo diluyéndose como un terrón de azúcar sobre su opulento cerro, causando la admiración de cuantos le veían, al pasar en tren desde el valle, alzado y orgulloso. Pasó la República, pasó la Guerra, y fue en los años 50 cuando a iniciativas de don Francisco Layna, de José Antonio Ochaita y de Mariano Ormad, se puso en marcha la maquinaria de ánimo para consolidar sus ruinas y restaurar lo que se pudiera. Germán Valentín-Gamazo ayudó también, desde su puesto de arquitecto restaurador de los castillos de España, quedando encargados como directores de las obras los arquitectos José Manuel González-Valcárcel y José María Rodríguez Cano, consiguiendo una meritoria tarea de contención, limpieza y dignificación de la ruina, aunque sin llegar al estudio exhaustivo que la fortaleza precisaba.

Este estudio, y los trabajos complementarios, se han venido desarrollando desde el año 2001, en que a instancia del alcalde jadraqueño, a la sazón Julio Marina, y la concejala María Concepción Alonso, se contactó con el arquitecto Carlos Clemente San Román, quien aunó y dirigió un equipo multidisciplinario a partir del Master en Restauración y Rehabilitación de Patrimonio que dirige en la Universidad de Alcalá, con intervención de arqueólogos, historiadores y arquitectos de varios países, dando inicio a esta etapa que ahora prosigue, y en la que además se ha conseguido un importantísimo apoyo económico, a través del 1% cultural, del ministerio de Fomento, siendo don Guillermo Rocafort quien desde su capacidad de gestión ha posibilitado este difícil entronque y conjugación de fuerzas.

En todo caso, el castillo de Jadraque, en una densa, larga y prolija historia, ha dado muestras de ser, más que un edificio pétreo, un ser vivo, capaz de hablar, cantar y aunar a gentes diversas. Un impronta blanca y luminosa de la conciencia del mundo sobre el Henares verde.

El castillo de Jadraque

Dos leyendas de Guadalajara, la ciudad de los cuentos

 

Empieza esta tarde el Maratón de Cuentos de Guadalajara, una de las aportaciones culturales más significativas que ha hecho nuestra ciudad a la panorámica literaria y lúdica de España. Con la perspectiva desenfocada de lo que vivimos y disfrutamos, en nuestra ciudad todavía no se ha llegado a valorar en su real dimensión esta aventura: porque si bien es cierto que quienes llevan el mérito son quienes cuentan cuentos, los piensan, los recitan, los dan vida y color, también es verdad que quienes lo pensaron de inicio, lo crearon y lo han seguido dando latido, año tras año, (y son ya 16 seguidos…!) han supuesto la construcción de un bastión de identidad, algo que es ya tan consustancial con Guadalajara como el rimero de personajes mendocinos que pueblan su historia, o la entraña raíz de sus ferias medievales de ganados y ceramistas.

En la solemne cuadratura palaciega del Infantado (este año trasladado, por obras, a los jardines adyacentes, que fueron corte renacentista de laberintos y cisnes) tiene vida este Maratón de Cuentos, cuya fama ha traspasado fronteras, y a él acuden, en romería de lúdica lucidez, miles de peregrinos que proceden de todo el planeta. Porque contar, con breves frases, con pocas palabras, con el acento de lo simple, muchas maravillas, es un don que solo tiene el hombre, y hay que estimularlo. Sobre todo, darle alas: a esa capacidad que llevamos de crear, de armar mundos y colorearlos, y decírselos a los demás para que los hagan suyos.

En homenaje a este Maratón, y dado que no podré este año acudir a él, pues debo viajar al extremo más lejano de la Península a un compromiso social y amistoso, voy a evocar algunas leyendas de nuestra ciudad, contadas de bisabuelos a bisnietos, según nos dice quien las y escribió, y dejó plasmadas en un libro de “Historias y Leyendas de Guadalajara”, el veterano escritor alcarreñista Felipe María Olivier, de quien tanto hemos aprendido.

Una historia de moros, amores y conquistas

Pues señor, hace muchos, muchos años, en una ciudad que era la nuestra, pero que entonces se llamaba Wad-al-Hayara, y que era más pequeña, y sus moradores eran mahometanos, y estaba rodeada de murallas, para evitar que unos enemigos que venían del norte se entraran por sus calles y lo destrozaran todo, vivía al cargo de las llaves de las puertas de esa ciudad un moro viejo y respetable, llamado Alí, y que tenía el cargo de “alamín” o guardián de las puertas y los puentes.

Vivía Alí en el gran torreón que vigilaba el puente que cruzaba el arroyejo que descendía desde los altos del sotillo. Y con él su única hija, llamada Aixa, bella y joven, que todos los días acudía, por la tarde, con sus cántaros a recoger el agua de una fuente cercana. Como la fuente estaba fuera de las murallas, un día la vió un capitán cristiano, de los que merodeaban por la zona, y se enamoró de ella. Este capitán se llamaba don Millán, y montaba siempre un caballo pardo. Como era tan bella Aixa, también se enamoró de ella un criado del valí de la ciudad, y este joven mahometano se dedicaba a seguirla con la mirada, mientras que el caballero cristiano un día se acercó a la joven Aixa y la declaró su amor, consiguiendo de ella que además se hiciera cristiana, y acudiera a los ritos que los mozárabes de la ciudad celebraban en una iglesia llamada Santo Tomé, (hoy santuario de la Virgen de la Antigua) al otro lado de la ciudad.

Don Millán tenía pensado ayudar a su general, don Alvar Fáñez de Minaya, a conquistar la ciudad de Wad-al-Hayara. Para ello, consiguió convencer a Aixa de que le diera una copia de las llaves de las puertas de la ciudad, impresas en cera, para él poder hacer copias y así una noche abrir las puertas y permitir que el ejército cristiano entrara.

La tarde que Aixa bajó a por agua y se encontró con don Millán, tras su habitual coloquio amoroso, la niña entregó al caballero las copias de las llaves de la ciudad. Como el criado del valí, también enamorado, la seguía a todas partes, vio con furia este encuentro, y no dudó en sacar una flecha de su carcaj, apuntarla en el arco y lanzarle un dardo al caballero Millán, pero con tan mala suerte, que en ese instante Aixa se movió levemente y la flecha se clavó en su corazón, cayendo muerta. Asustado, el caballero echó a correr en su caballo, y el criado, con el alma rota, no dudó en ahorcarse allí mismo.

Ya entrada la noche, al ver que Aixa no regresaba al torreón, su padre llamó a los vecinos y emprendieron la búsqueda de la joven, que encontraron muerta de un flechazo, y a su enamorado moro ahorcado cerca. Todo fue consternación y lloros, todo acabamiento y dolor. Al que se sumó, a la mañana siguiente, la impresión cruel de ver cómo los cristianos se habían apoderado de la ciudad, entrando sigilosamente por la noche gracias a que habían abierto las puertas de la ciudad mora con las llaves cuya copia había entregado Aixa. Alvar Fáñez ocupó la ciudad, y don Millán, roto de dolor también, se fue para siempre.

Una historia picante

La otra leyenda, que tampoco llega a historia, y no presenta personajes conocidos, se sitúa en un lugar hoy vivo y que todos conocemos. En el palacio de la Cotilla, y la cuesta o callejón que sube hasta la plaza de San Esteban. Había allí, en el siglo XVI, un templo que tenía delante una fuente con muchos caños, a la que por las tardes acudían las mozas del barrio a recoger agua, llevando sus cántaros, y usando una larga caña que apoyaban en la alta boca de la fuente, para que pusiera sin derramar una gota el agua en sus cántaros. Charlaban y se contaban secretos de sus amas, de sus amores, de sus peripecias familiares.

Una preciosa joven que servía de criada en el palacio de los marqueses de Villamejor, callejón abajo, se quedó la última esa tarde, y llenó a tope dos cántaros, y un botijo, poniendo el más grande sobre su cabeza, y llevando los otros en sus manos. Al pasar por el callejón estrecho y serpeante que lleva desde San Esteban a la calle del Barrionuevo, un morisco rijoso se la echó encima, abrazándola y pidiéndola todo tipo de favores. Al resistirse ella, cayeron sus cántaros pesados rompiéndose sobre las piedras del pavimento. Del forcejeo, se le cayeron las cintas de su corpiño o cotilla, prenda que llevaban, muy ajustada y apretada sobre el abdomen las mujeres castellanas, para parecer más delgadas. Y corriendo, y medio desnuda, llegó al palacio donde se resguardó y la acogieron.

Desde entonces, a ese callejón (que ahora se llama calle de San Esteban) la voz popular denominó de Abrazamozas, y al palacio marquesal, por aquello de que al día siguiente se encontró a su puerta una cotilla destrozada, le llamaron de La Cotilla, hasta hoy.

Una leyenda, un sueño, una broma que adereza la médula de Guadalajara, en la que, tras tantos siglos de vida, tras tantos cambios de buenos a malos tiempos, y viceversa, finalmente queda una esencia que no se puede perder: la de esos nombres sonoros que vitalizaron sus calles y plazas (Alvar Fáñez, el Alamín, el Callejón de Abrazamozas, el palacio de la Cotilla) y hoy tratamos de encontrarles un significado, de volverles esa inocencia que no debieron perder.

Apunte

El 16 Maratón de Cuentos de Guadalajara va a desarrollarse entre la tarde del viernes 15 y la mañana del domingo 17. Tendrá lugar en un espacio adecuado específicamente para la narración, en los Jardines Renacentistas del Infantado, junto al palacio ducal. Iniciará las narraciones, contando un cuento, el alcalde de la ciudad. Y se clausurará oyendo los acordes de la Banda de Música Provincial. Como siempre.

Este año, y hablando de alcaldes, se producirá el cambio de mandatario el día 16, justo en el comedio del Maratón. Sería muy bonito que lo empezara uno, el que se va, contando un cuento, el último, y lo cerrara otro, el que se viene, contando el primero de su mandato.

Más información en www.maratondeloscuentos.org

Nuestros pueblos: nombres y apellidos

"Dicionario de Toponimia de Guadalajara"

Ayer se presentó en la Caja de Guadalajara un libro que ya está dando qué hablar y en muchas manos se ha constituido en guía imprescindible para saber de qué hablamos, cuando nombramos a los pueblos de nuestra provincia, y nos sorprenden sus llamativas y arcanas denominaciones. 

El autor, José Antonio Ranz Yubero, y el prologuista, José Ramón López de los Mozos, hicieron de maestros en la ceremonia de este bautismo bibliográfico, que ahora nos pone más fácil saber de significados, de orígenes, de derivaciones y curiosos cambios de forma. Un Diccionario de Toponimia, como el que acaba de aparecer, se va a constituir en libro de cabecera para muchos. Sobre todo, para los que viajan y escudriñan nuestra tierra

Es la toponimia una ciencia que tiene más de filológica que de histórica, pero que viene de un cauce para ayudar en el otro, y así lo que tendría su basamenta en la ciencia de las palabras, se convierte en llave para desentrañar el inicio de un saber histórico sobre un pueblo. 

En los más de 430 pueblos que, al menos con nombre, tiene nuestra provincia, el apelativo es lo primero con que nos encontramos, normalmente escrito sobre una placa al ver las primeras casas de la aldea. Y en esos cuatro centenares largos de nombres surgen historias, anécdotas y sorpresas por un tubo. Muchas curiosidades y asombros que nos permiten saber un poco más, tener las ideas más claras en cuanto a estas breves sílabas que concentran toda una historia, todo un devenir de siglos. 

Nombres cortos y nombres largos 

Puestos a brujulear por las páginas de este diccionario, nos encontramos de pronto con el nombre más corto de los pueblos provinciales. Me refiero a Quer. Aunque hay algunos otros que también tiene solo cuatro letras (Imón, por ejemplo. Oter también, Ures aún, y Yela), pero Quer es el que tiene sus cuatro letras formando una sola sílaba, lo que le constituye en el más breve de los topónimos provinciales. Entre los más largos (y por lo tanto más sonoros, y más bellos) estaría el de Torre de Valdealmendras, que en algunos sitios aparecen sumadas sus sílabas en una sola palabra. O el de Villaescusa de Palositos, Torrecuadrada de los Valles, o Hiendelaencina, con sus catorce letras seguidas. 

El significado de Quer parece que está en su origen celta (y por ende vasco) de camino pedregoso, car/carrio, que daría Quer, y que es una raiz primitiva que hoy usa nuestra comarca entera, la Alcarria que significa “el camino pedregoso”, habiéndose quedado en nombres comunes, para designar una alcarria como un terreno alto y plano donde se cultiva el cereal, entre pedruscos siempre, y en muchos topónimos superlocales, como los “carralafuente”, “carradelval” y otras muchas desinencias “carris…” que siempre significan lo mismo: el camino pedregoso que va hacia… 

Mucha agua por la Alcarria 

La mayoría de los nombres de pueblos aluden a una razón geográfica. Los lugares surgidos durante la repoblación de la Edad Media (siglos XII y XIII) recibieron sus nombres en función del lugar que ocupaban, con apelativos de origen castellano adulterados luego con el paso del tiempo. Muchos, también siguieron usando sus nombres anteriores, creados por los propios celtíberos (Luzón, Luzaga, Sigüenza) o derivados del árabe (Guadalajara, de la Wad-al-Hayara andalusí, Almonacid, Azuqueca, etc.). Otros, en fin, derivaron muy claramente del euskera que usaban sus primitivos habitadores, en tan remota época, viajeros y pastores por toda la península ibérica (Chiloeches –la casa de piedra-; Orche, -la casa de arriba-; Escariche –la casa de labor-; Aranzueque –el lugar de los espinos-). Y muy pocos recibieron su nombre por razones históricas, de algún hecho concreto (Gascueña sería repoblada de gascones), o por su primer señor y dueño (Valdenuño Fernández, Mohernando), etc. 

Pero los que se llevan la palma en cuanto a frecuencia, con mucho, son los topónimos relacionados con el agua. Es obvio que todos los que empiezan por “Font” tienen nacimiento en alguna fuente en torno a la que se elevó el lugar. Y así, adornadas de elementos varios, surgen las fuentes de Fontanar, Fuentenovilla, Fuentelencina, Fuentelahiguera, Fuembellida, Fuentelviejo, o el simple y contundente Fuentes de la Alcarria. 

Pero Ranz Yubero, que es analista meticuloso de todos los nombres de nuestra tierra, aporta en esta obra los verdaderos significados de nombres arcanos. Y así nos dice que todos los que se inician por “Ye” tiene referencia al agua, significando “arroyo, fuente o manadero de agua” todos los pueblos que en la cumbre del diccionario se alzan bellos y verdes: Yela, en la altura alcarreña; Yebra en los yesares que escoltan al Tajo; Yebes, suspendido sobre el último valle que baja al Tajuña, o los Yélamos (el de Arriba y el de Abajo) que en el valle cuajado de nogales de San Andrés del Rey nos depara los mejores paseos por la tierra sencilla y silenciosa de Alcarria. 

 Tres nombres misteriosos y sonoros 

Para acabar esta glosa de apelativos provinciales, traidos y ordenados en imponente rimero a través del libro de Ranz Yubero, quiero decir los nombres de tres pueblos que son, hoy, cumbre del románico provincial, y siempre hilvanados con el mismo hilo viajero hacia la Sierra de Pela y los confines con Soria. 

El primero de ellos es Albendiego, donde está la ermita de Santa Coloma, y para el que el filólogo Ranz aporta significado de “el barranco” por tenerlo muy cerca, casi encima, y heredar su topónimo de la voz árabe “jandaq” luego devenida en “alhandega”, si bien no descarta que pueda derivar esta curiosa palabra (que el listillo de turno ya habría desentrañado como “el hijo de Diego”) de la raíz “Albh” significando por tanto, en clave celta, la fuente blanca, o la fuente alba. 

El segundo es Campisábalos, para el que también se han dado, popularmente, curiosas explicaciones en un sentido casi chistoso de que se situó esta aldea en un lugar donde había habido una batalla con muchos muertos, y los perros pasaban sobre ellos pisándolos, de ahí el “can pisábalos”. La cosa no es tan graciosa, ni tan simple: evidentemente el nombre hace alusión a “campo” pero el complemento es ya más complicado, pues podría derivar de “sábalos” unos peces que ascienden por los ríos a desovar en aguas frías, o de “sabalera”, una construcción de adobes y ladrillos destinada a almacenar leña, y que podría haber dado en tiempos remotos, origen a este nombre tan misterioso. 

El tercero es Villacadima, el último de los pueblos románicos de Guadalajara. Una mezcla de castellano y árabe nos daría, sencillamente, el equivalente a “Villavieja” porque villa está claro, y cadima significa “vieja” en árabe, puesto como justificación de haber encontrado en su espacio una ruinosa y antigua ciudad visigótica. Para otros significaría “Villa de la fuente” porque el Cadima derivaría de “Catinum” que significa fuente, o manantial. 

En todo caso, el agua siempre elemento vital y fundamental, clave de los asentamientos, de los nacimientos de pueblos, y de sus nombres. Recorrer las páginas de este “Diccionario de Toponimia” es ponerte a andar por los primeros tiempos, por los primeros caminos de nuestra tierra, encontrando justificación cabal y realista a esos nombres que surgieron de cosas que se veían, que se usaban, que eran imprescindibles para la vida. 

Apunte Bibliográfico 

El libro de la Toponimia 

Escrito por José Antonio Ranz Yubero (Riosalido, 1965), licenciado en Filología Hispánica, y uno de los mayores estudiosos de la provincia en estos momentos, este “Diccionario de Toponimia de Guadalajara” ha sido editado por AACHE e incluido como número 13 en su colección “Scripta Academiae”. Tiene 222 páginas y ningún grabado, porque lo que interesa es la guía sabia que (a una media de dos pueblos por página) nos ofrece el significado de cada lugar, de cada pueblo habitado o ya deshabitado, y las razones científicas en que se fundamenta la opinión del experto. 

Todos los nombres conocidos (desde la Guadalajara capitalina hasta la medieval Atienza, pasando por los clásicos Molina, Sigüenza y Cifuentes) hasta los de despoblados como Cívica, los Heros y Cirueches están representados en sus páginas.

Vamos a Pelegrina

Vista aérea de Pelegrina y su castillo

Dentro del Plan para la Recuperación del “Románico de la Marca Media”, elaborado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y la Real Fundación Santa María de Aguilar de Campóo, figura entre otras la iglesia románica de Pelegrina, un pueblecito cercano a Sigüenza, enclavado en el centro del valle del río Dulce, otro de los espectáculos naturales más impresionantes de nuestra provincia. Aunque ya en su día fue restaurado este templo, y hoy se conserva muy entero y bien tratado, no le vendrá mal una mano de atenciones. De lo que no va a necesitar, en absoluto, es de un nuevo estudio, porque está ya hecho, y en profundidad ejemplar, por parte de otro de los estudiosos del estilo medieval por excelencia en nuestra provincia: el arquitecto Luis Cervera Vera se pasó meses en Pelegrina midiendo, dibujando y anotando todos los datos concernientes a este edificio, del que resultó un libro hoy raro de encontrar, pero modélico y encantador: “Pelegrina (Guadalajara). Su castillo, el caserío y la iglesia románica embellecida por el prelado Fadrique de Portugal” que en 1995 editó la Escuela de Jardinería y Paisajismo del Castillo de Batres, en Madrid 

Dónde está Pelegrina 

Recostado en la ladera septentrional de un cerrete rocoso, vigilante en la orilla derecha del profundísimo barranco por el que discurre el río Dulce, y oteando al mismo tiempo un más alto y suave vallejo en que se cultivan de cereal sus tierras, aparece el bello caserío de Pelegrina, tapizado de construcciones típicas y rematado en el agudo puntal de su castillo, hoy en completa ruina. Tan curioso emplazamiento, y la magnificencia de los paisajes que le rodean, hicieron surgir, en la Edad Media que vio su poblamiento, el nombre que aún hoy mantiene: Pelegrina procede de *peregrina+ o *bella+ perspectiva. Escasamente habitado durante el año, los meses de verano ven abrirse todas sus casas, siendo utilizado por numerosas familias como lugar ideal para el descanso. 

Por su término cruza, ahondado entre impresionantes riscos cortados, por donde la vegetación exhuberante aflora entre las piedras, y los arroyos se despeñan en altísimas cascadas, el río Dulce, que procede de los altos de Bujarrabal y Jodra, y da, luego de atrevesar los alucinantes estrechos de La Cabrera y Aragosa, en el Henares, por Mandayona. Tras la reconquista de la zona y ciudad de Sigüenza en 1124, el enclave de Pelegrina y sus alrededores fue dado en señorío, por el rey Alfonso VII, a los obispos de Sigüenza, quedando en exclusivo patrimonio de la Mitra hasta el momento de la abolición de los señoríos. Estos obispos construyeron el castillo roquero en el mismo siglo XII, y en él pasaron largas temporadas de descanso. En su derredor fue creciendo el poblado, al que siempre favorecieron los obispos. Solamente vio turbada su tranquilidad en el siglo XIV, cuando Pedro I de Castilla lo confiscó temporalmente para fortificar su reino contra las posibles amenazas fronterizas de Aragón; en el siglo XV, las tropas navarras lo conquistaron durante breve tiempo; en 1710, los ejércitos del archiduque pretendiente al trono, ya en retirada hacia Aragón, lo incendiaron y destruyeron, lo mismo que un siglo después, en 1811, hicieron los franceses con los escasos restos que quedaban, dejando una ruina triste sobre el montículo. 

Una iglesia románica perfecta 

Además del castillo ruinoso en la cima del cerro, y del encanto del pueblo descolgándose por la laderas, con el fondo de montañas y rocosos cantiles, el viajero que llega a Pelegrina no debe dejar de admirar su iglesia dedicada a la Santísima Trinidiad. 

Es esta iglesia una exquisita obra románica, erigida también en el siglo XII, cuando fue tomada y poblada por los obispos de Sigüenza. Puede admirarse en su aspecto exterior la espadaña triangular sobre el muro de poniente, el ábside semicircular con remate de modillones en la cabecera del templo, y una portada abocinada con arquivoltas semicirculares y columnas y capiteles muy desgastados pero de sencillo aspecto románico rural. En el siglo XVI se le añadió a esta portada un escudo del obispo don Fadrique de Portugal, con restos de policromía, y un atrio porticado sujeto por columnas cilíndricas sobre pedestales y rematadas en sencillos capiteles clásicos. 

El templo de Pelegrina surgió con la sencillez de todo lo románico de repoblación: en la peña más alta del poblado, con el sentido religioso de elevación hacia el Cielo de los espacios sagrados. Al ser un lugar de señorío de los obispos de Sigüenza, y estos pasar algunas temporadas, en el verano, en esta aldea, uno de los magnates más poderosos del Renacimiento, entusiasta del arte renacentista, don Fadrique de Portugal, propició unas obras de mejora y ampliación del templo, que solo consiguieron mixtificarlo: le añadió altura al primitivo campanario, conviertiéndolo en airosa espadaña. Le colocó ante la puerta un atrio sujeto de columnas clásicas, y le labró en el tímpano de la puerta, que además adinteló, sobre una venera de aires trentinos, su escudo de armas tallado y policromado. No le quitó, con todo, el aire rural y simple, emocionante y cálido, que aún tiene esta pequeña iglesia verdaderamente románica y serrana. 

Aspectos curiosos del románico de Pelegrina 

El gran estudioso de la arquitectura guadalajareña, el arquitecto Luis Cervera Vera (1914-1999), a quien todavía no se le ha tributado el reconocimiento que merecía, probó su gran conocimiento de la arquitectura medieval en la descripción que hizo de este templo. 

Nos dice que se levanta cimentado sobre la propia roca, con muros de sillarejo sencillo, reforzados de sillares en las esquinas. De nave única, se mantiene fiel a la tradición religiosa del Medievo al basar su orientación en el símbolo fundamental de la religión cristiana (heredado, añado yo, de otras mitologías anteriores): la situación de la cabeza del templo, el presbiterio donde se alza el altar y se oficia el ritual divino, en dirección al lugar donde surge el sol cada mañana. Esa orientación Levante-Poniente, que en el solsticio de verano tiene unos puntos magnéticos de referencias muy concretos, regiría la colocación de todos los templos en el mundo cristiano. El de Pelegrina se hizo así, pero desviándose un tanto de ese eje, apenas unos 5 grados. Lo curioso es que, además, presenta una desviación el eje del ábside con respecto al de la nave, de otros 5 grados más. Con ello, el ignoto constructor de esta iglesia se apuntó a la norma no escrita pero muy utilizada en la Edad Media de dar ese pequeño giro o desviación al ábside respecto a la nave, para ofrecer aún más clara la referencia de que el templo es remedo del cuerpo de Cristo, cuando este se halla crucificado, y con la cabeza inclinada levemente. Lo vemos en el dibujo que acompaña a estas líneas y que tomo del referido libro de Cervera. 

También se ve en Pelegrina otro detalle más, muy propio de la arquitectura románica, y es el de ensanchar levemente la nave en su parte que contacta con el presbiterio, donde no tiene muro y suele surgir el arco mayor o triunfal que separa nave de presbiterio. En este caso, ese arco es escarzano, remodelado posiblemente un par de siglos después de construir la iglesia. Con ello venía a decirse que esa parte correspondía a los hombros de Cristo, dando fuerza al encuentro de los fieles con el oficiante, y ahondando todavía más en ese sentido antropomórfico, cristológico, del templo, como espacio sagrado, relacionado con la astronomía y la religión. 

El retablo y el artesonado del interior 

En el interior, de una sola nave, destacan dos elementos que se añadieron al inicial purismo románico, y que hoy completan esta iglesia como un verdadero y variado monumento digno de ser visitado. 

De una parte destaca el artesonado de tradición mudéjar, policromado, del siglo XVI, que está precisando una rápida restauración, pero que según podemos ver en el adjunto dibujo original de Cervera es de una sorprendente belleza. 

Y de otra el gran retablo que cubre los muros de la capilla mayor, obra de la misma centuria, salido de los talleres seguntinos hacia 1570, y en el que con toda seguridad puso su arte de buen entallador Martín de Vandoma, debiéndose las pinturas probablemente a Diego Martínez. Ambos artistas fueron autores de un retablo similar en el soriano pueblo de Caltójar, en 1576. Es uno más de los interesantes ejemplos de retablos que de Sigüenza salieron en la segunda mitad del siglo XVI, quedando todavía magníficos ejemplares en Bujarrabal y Riba de Saelices, además del que hubo en Santamera, hoy trasladado a la parroquial de Trillo. 

Este magífico retablo de Pelegrina está pidiendo también a voces una restauración a fondo. Quizás en el “Plan de Recuperación y Restauración del Románico de la Marca Media” que va a llevar a cabo la Junta de Comunidades, se contemple esta restauración, la más perentoria del conjunto. El elemento consta de tres cuerpos y un remate central, con cinco calles verticales. Talla y pintura alternan en sus espacios, que van separados por frisos, balaustres y pilastras ricamente decoradas con motivos de gran plasticidad en los que predominan los grutescos, follajes, roleos, cartelas y aun temas mitológicos. La predela muestra cuatro hornacinas aveneradas en las que aparecen otras tantas estatuas de los evangelistas. La calle central se ocupa con una buena talla de la Santísima Trinidad en gran hornacina avenerada, y sobre ella los restos de la escena de Santa Ana y la Virgen Niña, escoltadas ambas por pequeñas tallas de santos, mártires y ángeles músicos. Las pinturas presentan, en su cuerpo inferior, cuatro escenas de la Vida de María (Natividad de María, Anunciación, Natividad de Cristo y Epifanía), y en el superior otras tantas escenas de la Pasión de Jesús (la Oración en el Huerto, el juicio de Pilatos, la Flagelación y el Camino del Calvario, con la escena de la Verónica). En el remate, pinturas de los cuatro Padres de la Iglesia. El interés del retablo de Pelegrina es enorme, tanto por la calidad de su ejecución como por el ordenamiento iconológico del mismo. Y aunque suponemos que en el referido Plan dirigido desde Aguilar de Campóo estará contemplada esta necesidad, no está de más volver a recordar lo necesaria que es su restauración y mantenimiento en las condiciones que le doten de una larga perdurabilidad, para admiración de todos.