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Molina en el horizonte. Tartanedo: un patrimonio amenazado

  

El pairón de Carraconcha, en Tartanedo

En estos días permanece abierto a información pública el proyecto de instalación de varios parques eólicos nuevos en Tierra Molina. Concretamente en Tartanedo. Está previsto poner unos cincuenta grandes molinos, silenciosos, altivos, incontaminantes. Pero agresivos al paisaje de una forma contundente. Tanta y tan alta, que amenaza con dejar la Tierra de Molina apta solo para poner molinos sobre sus sesmas. 

Estas que siguen son palabras sentidas e inútiles. Pero no podría dormir tranquilo si no las digo. Espero que haya muchos que se opongan a esta agresión al paisaje y la esencia de la Tierra de Molina. Y si soy el único, tampoco me importa mucho. De los valores que hoy se imponen, quizás pueda el del dinero, el de la ganancia. Pero es conveniente mantener el del amor a las raices y al paisaje, porque si ese se desprecia, pronto no quedará en la Tierra lugar reconocible como humano.  

 Tartanedo en el Campo 

 De las cuatro sesmas que hoy componen el Señorío de Molina, Tartanedo está en la del Campo. Es la más extensa, llana, abierta. La más luminosa y productiva. La que tiene más cielo y luz, más paisajes y vientos. 

Quienes nacieron y viven en ella, saben de verdad lo que es un mundo libre, un mundo en el que nadie ata pensamientos y la vista se lanza y no vuelve. 

El término de Tartanedo, en el Campo, tiene ciento y un caminos. Muchos caminos que van, y que no encuentran valles. Solamente cerros, castros viejos, pairones, ermitas, arboledas y arroyos. Ese paisaje, al que no cuesta cantar, cuando se le conoce, cuando se ha paseado por él cien veces y se sabe entero y verdadero, va a ser pronto roto, cercenado. Se va a llenar de molinos inmensos, que cortarán los caminos, que romperán los horizontes. 

No me gusta ser catastrofista, y escribir líneas tras líneas de tono jeremíaco, porque, aunque es fácil ejercicio, no sirve para nada. Pero en todo caso, y de una manera pública, hay que hacer constar la existencia de esta amenaza. 

 Casas y cosas en Tartanedo 

 Podría llenarse un buen puñado de páginas, detallando cuanto tiene Tartanedo de patrimonio artístico y monumental. Hay por sus calles rumor de tradiciones e historias. Allí nació Sor María de Jesús López Ribas, que fuera compañera permanente de Santa Teresa, y allí se guardan los “Santos Corporales” que mantienen su halo de milagro desde alguna francesada sacrílega. 

En Tartanedo tienen memoria de celtas por sus cerros, y no me extraña nada, porque ellos guardan en su forma de ser la misma entereza primitiva de sus antepasados. Hay además un buen puñado de elementos arquitectónicos que se ofrecen espléndidos ante el visitante, conjuntados a la perfección por el devaneo de sus calles, la solemne contundencia de sus rejas en ventanas y balcones, los espacios de reunión y paseo, las lejanías a las que tienden sus caminos, siempre con una ermita, o un pairón, junto a los que reposar de la marcha. 

Por decir algo de sus méritos, de la justificación de que Tartanedo merezca todavía una visita, aquí recuerdo lo que todavía hoy se puede admirar de su patrimonio. De castillos, poco, porque una torre vigía de magnífica estampa que asentaba en la colina que otea el pueblo, fue derribada hace algunas décadas. Varias ermitas distribuidas por el término, entre las que destaca la de San Sebastián, a la entrada del pueblo, que según la tradición y los antiguos cronistas, remonta su origen al año de 1185. Se trata de un macizo edificio de breves ventanillas de arcos ojivales y sencillo ingreso orientado a mediodía, con aspecto de haber sido reconstruido en siglos posteriores. En su interior destaca un gran artesonado de sencilla traza; coro alto a los pies, un pilón de bautismo, pequeño y muy viejo y tres altarcillos curiosos. 

Entre las casonas del pueblo, destacan la antigua de los López de Ribas, ya muy modificada, cuyo escudo de armas fue arrancado hace años; la de los Crespos, la de los Badiolas y alguna otra de gran empaque y severidad barrocas. Del palacio del Obispo Manuel Vicente Martínez Ximénez quedan mínimos restos. 

En punto a arquitectura civil, el edificio más interesante que se conserva es el palacio del Obispo Utrera, en la costanilla de San Bartolomé. Se trata de un edificio de aspecto noble, aislado del resto de las construcciones, en muy buen estado de conservación. Hoy está dedicado a “Alojamiento Rural” con todas las comodidades que pueden imaginarse. Tiene en su fachada principal tres niveles. En el inferior se abre el portón arquitrabado con dintel y jambas de sillar almohadillado. A sus lados, ventanas con magníficas rejas, y en las maderas luciendo los clavos y herrajes que su constructor le puso el primer día. En el segundo nivel resalta el gran balcón, también de sillar en almohadillado modo combinado, y un par de ventanas escoltándole. Arriba, un escudo nobiliario de la familia propietaria, y dos ventanillas que se corresponden con un camaranchón al interior. La mampostería noble de sus muros, el sillar bien tallado de las esquinas, y el eco de las pisadas de la calle transportan al admirado viajero a otro mundo diferente. El palacio es obra del siglo XVIII en sus comienzos, y lo construyó don Pedro Utrera Martínez, abuelo del famoso obispo de Cádiz a quien la tradición atribuye la erección del palacio. 

Una de las piezas más espectaculares del patrimonio de Tartanedo es la que se ve a la salida del pueblo, tras la iglesia y ante la fragua: una grande y bella fuente pública, de firme sillar, en cuyo frente se leen esculpidas con limpias letras romanas estas palabras: *Enmmanuel Vicencius Martinez Ximenez, Cesaraugustanus Archiepiscopus, cuius Natale solum Tartanedo Structo Fonte publicae utilitatis consultum… An. Dom. MDCCCXVI+. Fue regalo del arzobispo de Zaragoza don Manuel Vicente Martínez a su pueblo natal, y dentro de poco podrá verse adornada del perfil de los grandes molinos, (o generadores eléctricos de fuerza eólica, como los llaman los entendidos) en cualquier fotografía que intente hacérsele.  

La iglesia parroquial está dedicada al patrón del pueblo, San Bartolomé. Es más interesante por lo que contiene que por su exterior, que llama la atención sobre todo por su colosal magnitud. Aunque toda su fábrica es obra del siglo XVI y otras reformas posteriores, queda parte de su primitiva estructura, concretamente en la entrada al templo: su portada es un bello ejemplo del estilo románico, del siglo XII, y consta de amplias arquivoltas lisas con una cinta externa de *dientes de león+. Sobre las cortas columnas, se ven cuatro capiteles, en uno de los cuales se ve representado un monstruo de tosca factura. 

El interior es de una sola nave con marcado crucero y presbiterio elevado. Coro alto a los pies, y escalera de subida a la torre. Esta es un estupendo ejemplo de escalera de caracol, con los peldaños clavados en el muro, sin sustentación central, por lo que en el centro de la espiral queda un hueco que transmite la luz desde lo alto, produciendo un gran efecto. En la nave de la iglesia, cubierta de sencilla bóveda y cúpula sobre el crucero, se adosan diferentes retablos y se abre una capilla en el muro norte. Es ésta una estancia de elevada cúpula de sencilla crucería, sostenida en las esquinas por curiosas ménsulas antropomorfas, con arco apuntado para la entrada, sobre el que campea tallado escudo de los Montesoro, a los que perteneció la capilla, que fue fundada en el siglo XV. En la misma ala norte, se ve adosado, frente a la entrada del templo, un magnífico retablo con pinturas, obra del siglo XVI, dedicado a San Juan Bautista, con figura orante de canónigo a los pies. También otro retablo barroco más pequeño, pero con buenas tallas. En el ala sur, se ve el altar dedicado a nuestra Señora de la Cabeza, con un gran cuadro de mediana calidad, fundación todo ello, en el siglo XVII, de don Juan Ximénez de Azcutia. A continuación se ve un magnífico púlpito barroco en el que aparecen talladas las figuras de los Padres de la iglesia. 

En el brazo de la epístola, en el crucero, se ve colgado, y hoy muy bien restaurado, un enorme cuadro, copia de Rubens, donación de un sacerdote en el siglo XIX, y que representa el “Juicio de Salomón”. Frente a él, el gran retablo de Santa Catalina, cuyos escudos policromados aparecen en él tallados. Entre los escudos se puede leer esta frase: “Este retablo mandó hacer el Señor don Andrés Carlos de Montesoro y Ribas patrono de esta Capilla año 1741. La que fundó Miguel Sánchez de Traid año de 1557”. En la mesa de altar de este retablo, aparece tallado otro escudo policromado con las armas y atributos eclesiásticos de don José García Ibáñez, canónigo de Sigüenza, que hizo importantes donaciones a la iglesia en el siglo XVIII. Y en el fondo de este brazo, un gran altar constituido que estuvo adornado, como el anterior, por grandes lienzos representando a los ángeles y arcángeles, obra muy probable del virreinato peruano, y que han sido restaurados en los últimos años, mostrándose actualmente, después de diversas exposiciones itinerantes, en el Museo de Arte Antiguo de Sigüenza. Todos esperamos que, en breve plazo, vuelvan al lugar de donde salieron y donde deberán estar siempre expuestos: en este brazo epistolar del templo mayor de Tartanedo. 

En el lado del evangelio del crucero, destacan los altares de Nuestra Señora del Rosario, buen conjunto de tallas y pinturas, obra del siglo XVII, con un lienzo representando el martirio de San Bartolomé, copia exacta de la conocida obra de Ribera con este motivo, y el altar del Santo Cristo, magnífica talla medieval, siglo XIV‑XV, de gran fuerza y expresividad. El retablo principal, ocupando la pared del fondo del presbiterio, es obra barroca mesurada, con buenas tallas y profusión de dorados. En su centro, una buena imagen de San Bartolomé, en cuya peana se lee: “Este Santo se hizo a deboción de don Bartholomé Mungía, cirujano de cámara del rey Fernando VI, natural de esta parroquia”. A sus lados, sendas tallas de San Pedro y San Pablo. Sobre el Sagrario, un crucifijo gótico, de pequeño tamaño, que la tradición dice haber sido traído del monasterio de Piedra. Del techo de la capilla mayor cuelgan dos grandes capelos episcopales, ya viejos y descoloridos, que regalaron a su parroquia natal los obispos Utrera y Martínez. Todavía a los pies del templo podemos admirar la pila bautismal, obra románica muy estimable, en cuya franja superior se combinan bellas tracerías geométricas con estilizadas representaciones vegetales. Su borde es acordonado. 

 El asombro ante el futuro 

 Pero lo que motiva estas líneas, -más que el recuerdo de un patrimonio a todas luces espléndido, y que siempre es bueno destacar-, es un grave asunto. Que va mucho más lejos que estas líneas dolidas, o el pesar de algunos de sus hijos en la lejanía. Lo que asombra –al saber ahora que está proyectada la construcción de dos grandes parques eólicos en su término- es que después de tanto hablar, de tanto luchar, de tantas reuniones, congresos y decisiones sobre el modo sostenible de desarrollo escogido y aplaudido para Molina, se llegue a esto, que es el lado antípoda del desarrollo sostenible: un elemento ajeno a la tierra que no va a promocionar ninguna de sus capacidades intrínsecas. Además, convendría analizar antes de nada el terreno donde se van a instalar estos parques eólicos. Porque la tierra de Tartanedo es todo un yacimiento celtibérico que aún no ha sido excavado ni estudiado. Debajo de su suelo hay muchas perspectivas que podrían aconsejar pararlo: castros milenarios y espadas de antenas…

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