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El torreon de Alvarfáñez, nueva estrella de nuestra historia

Se habla de estrellas en sus muros, nos habla de estrellas un documental, y entre las piedras parecen brillar, finas y cucas, las estrellas de un cielo castellano que se expresa silente y mágico, diciendo: “Yo lo sabía, y así fue, Alvar Fáñez el de Minaya vino a Guadalajara, la reconoció e hizo suya”.

Se acaba de inaugurar la restauración y limpieza del torreón de Alvarfáñez, largas décadas, por no decir largos siglos, abandonado y semihundido. Se ha hecho en estos días de fiesta y se ha adornado con varios paneles que explican, limpios y bien diseñados, la memoria del conquistador de la ciudad y  el sentido de su leyenda.

Un fragmento de la muralla medieval

El pasado día 5 de septiembre, con un corte de cintas, se inauguró la remodelación del antiguo torreón de Alvarfáñez, el que también fue conocido (porque durante más de un siglo hizo de ermita de ese título) como torreón del Cristo de la Feria. Dentro del plan de Dinamización Turística de Guadalajara, se ha recuperado un nuevo espacio patrimonial que siempre anduvo a la cola de todo: en un espacio marginal, rodeado de ruinas, desmontes y cardos, y una vez recuperado espléndidamente el barranco de San Antonio con unos “jardines mudéjares” que hoy huelen a boj y hacen pensar en el Generalife o en Sevilla, la silueta pentagonal del torreón del conquistador se ha limpiado por dentro y por fuera, y se ha adecuado como hito histórico y espacio documental.

Este fuerte edificio, como otros varios que tuvo la ciudad de Guadalajara durante la Edad Media, sirvió de torreón fortificado y cuerpo de guardia para proteger una puerta de entrada al burgo. No eran (como pasa con el del Alamín, y pasaba con el que hubo en Bejanque) puertas en sí mismos. Sino que eran espacios de defensa, almacenaje y sede de la guardia de la puerta. Otro hubo sobre el centro del puente árabe, torreón y paso, sede de guardia y de cobro de pontazgo. Otro debió haber en el inicio de la Calle Mayor, entrando desde Santo Domingo, donde se abría la Puerta del Mercado, y otro aún pegado al Alcázar real, que daba cobijo a su vez a la llamada Puerta de Bradamarte o de Madrid.

De aquella muralla fuerte, con sus torres, almenas y portones, nada quedó desde que a finales del siglo XIX el ensanche de la ciudad hiciera tabla rasa de ella. Sobrevivieron algunos torreones y pequeños fragmentos que hoy se han puesto en valor, y, como este de Alvarfáñez, van a servir para que todos cuantos nos visitan, y los alcarreños que se animen a saber algo de la historia de su ciudad, tengan más claro el concepto de lo que fue este sistema defensivo.

Un héroe medieval

En los paneles del ahora recuperado torreón de Alvarfáñez se describe sucintamente la biografía de este caballero castellano. Primo o familiar allegado del Cid Campeador, Rodrigo Ruiz de Vivar, sería como él de origen burgalés. Con él medró, en la guerrilla privada contra los musulmanes de la frontera, y tan fuerte hicieron su apuesta que llegaron a ser temidos por unos y por otros (cristianos y musulmanes) imponiendo condiciones para apoyar, proteger, servir y mantener estructuras políticas en los años finales del siglo XI.

Súbdito primero del rey Alfonso VI, se subleva contra él y marcha a Valencia, que conquista, haciéndose de paso amigo del rey árabe de Molina. Con el Cid colabora Alvarfáñez en la conquista de Castejón (Jadraque sobre el Henares) y hasta Guadalajara baja en algara. Pasa luego a colaborar con el ejército real, encargándose de la toma de la fuerte posición de Guadalajara. Sería más tarde alcaide de la fortaleza de Zorita, y capitán de la frontera puesta por el castellano ya en el Guadiela, amenazando a Cuenca.

La leyenda, que tintó con poéticas pinceladas la toma de Guadalajara al poder andalusí, dice que Alvarfáñez entró en la ciudad la noche de San Juan, apoyado por su fuerte ejército de castellanos. La leyenda dice que fue todo el fruto de una traición: alguien de los asediados facilitó la entrada de los infantes castellanos, incluso de algún caballero, que se cuidó de poner las herraduras del caballo al revés, para que al día siguiente los asediados habitantes pensaran que las huella eran de quien había salido. Mas no fue así: al amanecer del 25 de junio de 1085, los castellanos ocupaban las principales casas, edificios e instituciones de la ciudad. Y esta quedó ya para siempre en la nómina de las grandes ciudades del reino de Castilla.

Dos espacios en uno

La oferta cultural que el torreón de Alvarfáñez nos ofrece es múltiple. De una parte, el propio edificio, cuidado y firme, limpio en su exterior, consolidado en su interior, tiene planta pentagonal, ofreciendo la puerta principal en su muro oriental, el que da a la calle Alvarfáñez y los jardines del Infantado. En esa parte superior, se admira la gran bóveda sobre la que apoya la terraza. Otra puerta, inferior, a la que se accede desde los jardines mudéjares, permite entrar a la sala baja, que sería mazmorra y almacén, con bóveda frágil que hoy ha sido sustituida por un nivel de madera que hace de suelo de la estancia principal o superior.

En esta se ofrece a lo largo de unos cuantos paneles, la memoria del protagonista, Alvar Fáñez, la descripción del torreón como parte de un recinto amurallado, la leyenda / historia que forjó al personaje conquistador, y la evolución del escudo heráldico de la ciudad. Con un diseño muy moderno y atractivo, se narran en pocas palabras y muchas imágenes las facetas diversas que cimentan estos asuntos. Aunque no lo pone en ninguna parte, colijo que la realización de estos paneles se debe a la empresa catalana que ha montado, con gran profesionalidad y belleza también, el documental que se proyecta en el salón inferior del torreón. En ese salón, más oscuro, y a lo largo de unos ocho minutos, se nos refiere lo que de historia y leyenda sabemos acerca del personaje. Luego, en un ambiente cuidado de erudición y saber, un viejo profesor nos cuenta lo que él sabe de la evolución del escudo guadalajareño. Al final aparece, casi como en un destello, el nombre de la empresa, catalana, que ha elaborado el documental. A ella debo agradecer el singular favor que me ha hecho, al contar con diversos dibujos míos, tanto planos como escudos de armas, tomados de mis obras “Guadalajara, una ciudad que despierta” y “La heráldica mendocina en la ciudad de Guadalajara”. Ha sido toda una sorpresa (agradable, por qué no decirlo) que me ha permitido participar en esta singular y plausible tarea de rescatar de la ruina un interesante monumento de la ciudad.

El escudo de la ciudad

Un aspecto que se apunta, aunque muy someramente, en la documentación que ilustra el interior del torreón, es el de la evolución del escudo heráldico municipal de Guadalajara. Hoy se constituye por un historiado conjunto, -casi una escena operística- en el que se ve a un caballero blandiendo una espada (identificado con Alvar Fáñez de Minaya) al mando de un grueso ejército, ante una ciudad amurallada en la que destacan torres de mezquitas, todo ello bajo el oscuro cielo tachonado de estrellas y una media luna.

Pero el escudo o emblema heráldico de Guadalajara fue siempre mucho más sencillo que eso: tal como lo vemos, entre otros lugares, en los medallones que adornan la escalera principal del Ayuntamiento, (y que fueron rescatados del antiguo edificio concejil) se trataba de un solo caballero portando un estandarte y cuajado el fondo de pequeñas estrellas. La figura del juez de la ciudad, o quizás de su alférez, es la auténtica seña de identidad de la ciudad, hoy rescatada en logotipos de corte más moderno. A ello deberíamos ir, puesto que razones las hay, de peso: a recuperar de forma oficial el escudo municipal tal como fue durante siglos. Más sencillo y elocuente. La semana próxima dedicaré mi trabajo semanal a este tema, porque merece la pena.

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