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Molina en la memoria de Sánchez Portocarrero

En este fin de semana que entramos, Molina de Aragón vive su fiesta del Carmen, una fiesta en la que se aúnan vistosidad, cohetes, misas y desfiles coloristas: los de la Cofradía y Regimiento de los caballeros de Doña Blanca, una antigua tradición, de siglos, que hoy pervive y es cada vez más visitada y aplaudida.

En homenaje a la ciudad del Gallo, a los cofrades y caballeros del Carmen, y a todos los molineses, van estas líneas de recuerdo a uno de sus más cabales personajes, el historiador, y escritor molinés, don Diego Lorenzo Sánchez Portocarrero y de la Muela.

Son estas líneas una memoria justa de un molinés benéfico. Un hombre en cuya memoria se almacenó toda la historia, hasta sus más nimios detalles, de una ciudad y una comarca, la del Señorío molinés, ahora en fiesta.

Su vida

En el siglo XVII, muy a sus comienzos, nació en Molina don Diego Sánchez Portocarrero. Sabemos que fue bautizado el 4 de abril de 1607 en Santa María del Conde, según constaba en la correspondiente partida del libro de bautizados de esta parro­quia que abarca del año 1594 a 1724, firmada por el licenciado Arrieta.

El linaje de los Portocarrero vivió en Molina desde la Edad Media, probando su nobleza numerosas veces en las Órdenes de Santiago, Calatrava, Alcántara y San Juan de Je­rusalén, según puede verse en los documentos conservados en las Reales Chan­cillerías de Valladolid y Granada. La casa de los ancestros de don Diego Sánchez Portoca­rrero debía estar dentro de la jurisdicción de la parroquia de San Martín, considerada como el templo más antiguo de la ciudad del río Gallo. Tenía Portocarrero una heredad llamada Canta el Gallo, junto a este río. A lo largo de sus escritos, don Diego menciona varias veces su habitual residencia en la localidad molinesa de Hinojosa, en la casa que había sido de sus abuelos. No se sabe en qué edificio residiera, pero sí que pasaba allí largas temporadas, escribiendo, y explorando el terreno en torno, especialmente el cerro “Cabezo del Cid” que preside el término, donde él mismo encontró numerosos restos y piezas arqueológicas en forma de cascos, frenos de caballo y armas varias de hierro.

En las pruebas que aportó para solicitar el hábito de la Orden de Santiago, dijo ser hijo legítimo de don Francisco Sánchez Portocarrero, también regidor perpetuo de Molina, y de doña María de la Muela; nieto por línea paterna del doctor Lorenzo Sánchez Portocarrero y de Gregoria de la Muela, y por la materna de don Salvador de la Muela y de doña Teresa Fernández Díaz, cristianos viejos de limpia prosapia, resi­dentes en Molina.

Aunque los hijos de hidalgos y mayorazgos cursaban, por lo general en el siglo XVII, estudios en Calatayud, Daroca, Sigüenza o Alcalá, no hay rastro de que en tales poblaciones fuera alumno de ningún Centro el joven Diego Sánchez Portocarrero. Ante esta ausencia de referencias documentales, el académico de la His­toria y Cronista Provincial don Juan Catalina García López, opta por decir en su «Biblioteca de Escritores de la Provincia de Gua­dalajara» (Madrid, 1898), que «no parece que don Diego estu­diase carrera alguna, lo que no fue parte a impedir sus grandes aficiones a las Letras, de que tan claro talento dio; antes bien, como hidalgo y regidor de Molina, parecía llamado a las armas o al menos a mandar la gente de guerra de su pueblo».

Hay que colegir de ello que fue autodidacta, lector constante de libros, de cuantos legajos o manuscritos cayeron en sus manos, anotando cuidadosamente cuanto de interés le contaban letrados y ancianos en relación con el Señorío de Molina. Su cu­riosidad desde muy joven por todo lo molinés es bien patente, insaciable desde los años mozos, pues de otra manera no le hubiera sido posible reunir tantos materiales, según veremos al tratar de su producción literaria en muy diversos aspectos. Es por ello que puede afirmarse que don Diego no estudió carre­ra universitaria alguna. Ni en los archivos de Alcalá ni en los de Sigüenza se encuentra la menor huella de su paso por las aulas del siglo XVII.  De ahí se colige que esa vida silenciosa, de estudio y meditación, aportó con espontaneidad en la edad adulta unos valores y calidades del mejor cuño literario.

Tuvo don Diego, de sus tres sucesivos matrimonios, dos hijos, el más pequeño póstumo, pues nació cuando ya su padre había muerto, y el mayor, Francisco José Sánchez Portocarrero, heredero del mayorazgo que creó nuestro personaje, murió joven, en 1695.

Sus quehaceres

En la teoría de sus títulos y denominaciones, don Diego fue un hombre de armas. Sin embargo, fue mayor el gusto que tuvo por las letras. Nunca combatió, pese a su patriotismo y buen talante. Veinticinco años tenía cuando, según afir­ma el licenciado Francisco Núñez en su «Archivo de las cosas notables de Molina», «en lo más recio de su mocedad fue propuesto don Diego Sánchez Portocarrero al rey, quién lo nombró, por una Real Orden de 28 de abril de 1635, para regir y mandar los 150 soldados Infantes exigidos a la ciudad para que sirviesen en la guerra con Francia».

La leva debió hacerse lentamente, porque hasta el 11 de mayo de 1636 no se incorporaron los designados, para su debida instruc­ción militar, a la Compañía de Infantería que había de mandar su capitán. Este eligió alférez de dicha tropa a su her­mano Bartolomé Sánchez Portocarrero, que era como él regidor de Molina. Por la razón que fuera, el hecho es que la milicia mo­linesa no tomó parte en campaña alguna a pesar de su valor su­puesto y de su buena disposición.

Es indudable que Diego, por razones de hidalguía y paren­tesco, estaba en excelentes relaciones con la Corte de Felipe IV. Uno de los momentos de gloria que vive don Diego es cuando en el año 1642, y al menos en dos ocasiones, la corte de Felipe IV visita Molina, se aloja en la villa, y se prepara militarmente para atacar a los sublevados catalanes, tras la revuelta que estalló en 1640. Molina fue designada como Cuartel Real y Plaza de Armas. Numerosas tropas pasaron por Molina en el verano de ese año: el 25 de julio salió el monarca de Cuenca, llegando a Molina el 29. Allí le esperaban ya diversos embajadores y per­sonajes para tratar de los asuntos de Aragón y Cataluña. Las tropas locales, comandadas por Sánchez Portocarrero, no tuvieron que actuar. En todo caso, en esos momentos se fundaron las fábricas de balas y artillería en Orea y Corduente, debido al acopio que había que hacer para la previsible batalla contra los catalanes.

Sánchez Portocarrero debió formarse años antes en las milicias locales, que contaban, además de la mermada Compañía de Caballeros de doña Blanca, con los que crearon en tiempos de los Austrias: Cabildos de Caballeros y Ballesteros y un Batallón de infantes. Al parecer, en algún momento fue nombrado Comandante de Guerra de las fuerzas de Portugal y Cataluña, pero ni en las guerras interiores ni en las internacionales que duraron en este reino hasta su final en 1665, tomó parte ac­tiva en campaña nuestro personaje.

Como Regidor de la villa que era, y prohombre de su Concejo, don Diego Sánchez Portocarrero fue quien preparó los festejos en honor del soberano, que entró en la ciudad del río Gallo con su séquito, vía Cuenca, por Beteta y Peralejos, el día 29 de julio de 1642. El itinerario lo describe el cronista de la expedición real, Matías de Novoa, ayuda de cámara de Felipe IV, diciendo que «el camino de Cuenca a Molina era notable y mucha parte de él jamás pisado de pié humano, áspero, montañoso, desierto, todo o lo más de ello cubierto de pinos».

Del mes que duró la estancia del Rey en Molina, José de Pellicer y Gregorio Marañón refieren epi­sodios de interés. El primero describe los festejos ideados por Sánchez Portocarrero, a la vez que anota: «El Rey tuvo el proyecto de juntar Cortes en Molina, donde se reunieron muchísimas tropas para la guerra de Cataluña». El se­gundo cuenta con amplitud cómo intentó un soldado matar al favorito, al Conde Duque de Olivares, aunque finalmente la bala hirió levemente a un bufón que le iba aba­nicando en su carroza.

En aquel mes, don Diego acompañó al monarca en sus diversos despla­zamientos por algunos lugares del Señorío, entre ellos Corduente y el San­tuario de la Hoz. Para visitar el convento de los franciscanos, el rey Felipe IV atravesó el río Gallo sobre el puente románico, ordenando que lo repararan adecuadamente.

Quizás como premio a estas atenciones personales con el rey y la Corte, durante su estancia en Molina, don Diego fue aceptado como Caballero de la Orden de Santiago, previo informe reglamentario ante el Consejo de las Órdenes de Caballería, en trámite ini­ciado en 1651, y en el que probó su ejecutoria de nobleza con las declaraciones de testigos que certificaron que pertenecía a familia hidalga y limpia de sangre en las cuatro ramas exigidas. También le nombró el rey Regidor Perpetuo del Concejo de Molina, y antes Co­misario de los Ejércitos que operaron en Portugal y Cataluña.

Sumados a los anteriores honores, a don  Diego le llegó la recompensa real en forma de nombramiento de oficial real, de alto funcionario. Sus destinos fueron, sucesivamente, los de Administrador General de Millones en Trujillo (Cáceres) y Administrador del Tesoro Público o de Ren­tas Reales en Baena, Cabra y Lucena (Córdoba), Constantina (Sevilla), Alcalá de Henares (Madrid), Almagro (Ciudad Real) y otras ciudades, equivaliendo ese cargo a lo que hoy sería un Delegado de Hacienda. Fue además Superintendente de la Casa de la Moneda, según cuenta el licenciado Núñez en sus manuscritos molineses.

Esa actividad, y sus correspondientes viajes fuera del Señorío, la desarrolló don Diego durante más de doce años, de 1653 a 1666,  año en el que ejerciendo los cargos de Administrador General de las Rentas Reales de la ciudad de Almagro, y superintendente general de las del Campo de Calatrava, falleció en la capital manchega.

Apunte

La Historia de Molina de Sánchez Portocarrero

Está prevista su salida al mercado, en edición facsímil, el próximo otoño. La gran obra de Sánchez Portocarrero, An­tigüedad del Muy Noble y Leal Señorío de Molina. Historia y lista real de sus señores, príncipes y reyes, va a tener la suerte de contar con el apoyo del Ayuntamiento de Molina, del Librero Salvador Cortés, de El Escorial, y de la Editorial AACHE, de Guadalajara, para renacer, tres siglos y medio después de su aparición en Madrid, en formato facsimilar, edición de lujo y tamaño cuarto mayor.

El libro del historiador molinés, que aún dejó en la recámara en forma de manuscritos su “Segunda parte de la Historia de Molina…” es una joya de información sobre los orígenes del Señorío, y sobre lo que en él hicieron y mejoraron los sucesivos reyes de Castilla, hasta llegar a Felipe IV, felizmente reinante cuando en 1641 el libro apareció gracias a las prensa del editor madrileño Diego Díaz de la Carrera. Hoy puede consultarse en las bibliotecas especializadas, entre ellas la Biblioteca de Investigadores de la provincia de Guadalajara, en el Complejo Cultural San José de nuestra ciudad.

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