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Atienza y los toros: al compás del Amparito Roca

Si hay una localidad torera, aficionada, entusiasta, de la fiesta nacional o de las corridas de toros, esa es Atienza. Una tradición de siglos corre pos las venas y las cuestudas callejas de la medieval villa. Ahora ha puesto en nuestras manos un precioso libro, que es suma de investigaciones y manantial de recuerdos y sorpresas, Jesús de la Vega García, un estudioso de lo atención, y un coleccionista de memorias, carteles y fotografías. Como también él anduvo (tenía hasta remoquete taurino, “el Batidos”, a saber por qué, y “El Clases” y “El Maestrillo” por su profesión, pero actuó de banderillero y retador de astados desde lejos) en las lides taurinas, lo lleva en la sangre, y todo lo que cuenta es porque lo ha visto o lo ha estudiado.

Costillares en Atienza

Aunque la historia taurófila de Atienza se remonta a lejanos siglos, cuando se ocupaban sus munícipes de sacar uno o dos toros a la plaza grande a ser corridos por aficionados, valientes y desocupados, en los días del Corpus y aledaños, no es hasta el siglo XVIII que se organizaron fiestas en serio, de envergadura.

Así consta que con motivo de la inauguración, en octubre de 1755, de la capilla barroca del Santo Cristo en la iglesia de San Bartolomé, y con la asistencia del señor Obispo de Sigüenza, don Francisco Díaz Santos Bullón, hubo grandes “corridas de toros” llegando a matar en una de ellos nada menos que 6 bichos, ante la expectación de cientos de personas, en la Plaza Mayor hoy llamada “del Trigo”, ante la fachada de San Juan y el palacio de los clérigos capitulares de la villa.

Pero ya en 1773 la cosa se animó de tal manera, que el Concejo contrató para sus dos corridas del 13 y 14 de septiembre, la fiesta del Cristo, al torero sevillano Joaquín Rodríguez, “Costillares”, que lidió el primer día 4 toros, y el segundo 5, de la ganadería de don Juan del Pozo. Quedan carteles de entonces, y memoria de su buen hacer y gallardía. No en vano se le tiene a Costillares, rival entonces del rondeño Pedro Romero, por inventor del volapié y aún de la verónica, aunque de esta última más bien parece ser que la dio consistencia y la regularizó como lance de frente.

Amparito Roca

No han pasado grandes nombres por la plaza de toros de Atienza. Pero siempre ha tenido fama su fiesta grande, muy torera, en la que todos cuantos han tenido algo que decir en ese difícil “arte de Cúchares” lo han dicho.

Desde hace más de 60 años, la corrida empezaba con los sones de un pasodoble brillante y pegadizo, torero y español por los cuatro costados: el “Amparito Roca”. De tal manera se hizo costumbre y tradición, que hoy uno de aquellos que fue torero en Atienza, por afición y nacencia, ha puesto de título a su Restaurante el de ese pasodoble. Que, curiosamente, lo compuso un músico catalán, Luis Texidor Damau, y lo estrenó en el teatro del Siglo de Carlet, en Valencia, donde vivía y dirigía la Banda de Música “Primitiva”. El nombre se lo proporcionó una niña de trece años, amiga de su hija, que así se llamaba, Amparito Roca, cuando en 1925 solo contaba con tres años, y que aparece, verdadera reliquia gráfica, fotografiada con oscuro y pomposo uniforme de alumna monjil en el libro que Jesús de la Vega ha escrito y publicado en estos días.

De aquellas aficiones taurinas, al conocido restaurador atencino Jesús Velasco, le llovieron los apodos y remoquetes, que usó entre amigos y en los carteles de las corridas y festejos, tal como se ve en el libro de de la Vega. Por “el Homilías”, “el Casarillo” y, sobre todo, por “So Angustia” era conocido. Los años y las ocupaciones lo han retirado de los ruedos, seguro que con suerte para todos.

Las plazas de toros de Atienza

En Atienza se sucedieron, a lo largo de los siglos, los espacios donde se celebraban las corridas. Repito: si hay algún pueblo en Guadalajara con tradición taurina, aparte de ¨Brihuega y Sigüenza, de Horche y Budia, es Atienza uno de los primeros.

Inicialmente, las corridas se celebraban en la propia plaza mayor. En ese espacio levemente inclinado entre la mole de San Juan y el caserón que fue Consistorial morada, acompañada del palacio del Cabildo de Curas y otros caserones y palacetes, en lo que hoy se llama “Plaza del Trigo” o plaza alta. Dado que aquello era un lugar al parecer peligroso para estas lides y estrecho, se llevó a principios del siglo XX el espectáculo a la llamada “Plaza Nueva” que se hizo en un ancho espacio que mediaba entre la iglesia de la Trinidad y la parte de muralla que escoltaba a la Puerta de Guerra. Aguantó allí, con sus enormes entablados, defensas y gradas, hasta que pasada la Guerra Civil, y al construirse en su solar la llamada “Casita Rural”, se tuvo que pensar en cambiar de sitio.

Así se pensó en el corral de las Escuelas Viejas, el que yo conocí cuando una tarde de septiembre de 1974, y por invitación del entonces alcalde y diputado don Julián, disfruté de aquel jolgorio, caluroso y sonoro, vivo y recio como solo una fiesta de toros en la tarde veraniega de Castilla puede ser. Muchos años sirvió aquel solar, hoy todavía vacío y cubierto de maleza, para ofrecer las corridas atencinas, hasta que en 1982 se adquirió, del matador de toros ya retirado Paco Camino, en 785.000 pesetas de las de entonces, una plaza de toros portátil que se montó bajo el castillo, en la loma arañada sobre la iglesia de la Trinidad, y ahí sigue: de “lata de tomate oxidada” la han calificado algunos, porque aunque sirva para hacer hervir en su interior la “España cañí” que Atienza suelta como una melena al viento algunas tardes de septiembre, realmente es fea y antiestética, y le sienta a la histórica y monumental villa como a un santo Cristo dos pistolas. Seguro que se está pensando ya, para cuando haya dinero suficiente, en hacer una nueva plaza, que albergue esa ilusión por la “Fiesta Nacional” que a Atienza le surge del corazón todos los años.

El libro de Toros en Atienza

El pasado mes de mayo se presentó en Atienza este libro, que es joya valiosa para los aficionados a la tauromaquia de nuestra provincia. Un volumen grueso, de 352 páginas, cuajado de cientos de fotografías, muchas de ellas a color, y de datos, recuerdos, nombres y acontecimientos, que suponen una crónica completa y bien escrita de cuanto se relaciona con la fiesta torera en Atienza. El autor es Jesús de la Vega García (Atienza, 1961) historiador con varios libros y muchos artículos a sus espaldas. Sangre torera y análisis documental se juntan en su escrito. En la cubierta, el castillo de Atienza y un viejo cartel de una “grandiosa becerrada” celebrada en Atienza en 1944. En la contracubierta, una imagen preciosa de la plaza de las “Escuelas Viejas” con el torero local Juan Jesús Asenjo dando quiebros al astado mientras suena la banda de música tocando el “Amparito Roca”.

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