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Almagro e Infantes, destinos seguros

El pasado mes de septiembre se celebró en Almagro el Primer Congreso Internacional de Escritores de Viajes, que fue organizado en justo equilibrio por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y la FEPET (Federación Española de Periodistas y Escritores de Turismo). Aunque ya dí en su momento noticia de aquella celebración, hoy quisiera rememorar algunos de los lugares visitados, únicos y espléndidos, porque en la evocación y la nostalgia de lo visto, está la fuerza para vivirlo otra vez, para apoderarse de ello y poblarlo siempre.

En Almagro paró el Congreso, en el palacio de los condes de Valdeparaíso, y allí con todos los elementos precisos de que hoy consta un centro cultural, fue inaugurado por el presidente Barreda y la consejera Blanca Calvo, oyéndose durante 3 días conferencias y coloquios traidos por especialistas, escritores y viajeros inconfundibles.

Nuestra misión es más modesta: se trata de evocar lugares, ofrecer ideas y contar lo ya visto, para que sean otros lo que viajen y se emocionen sucesivamente con los descubrimientos, que sin ir demasiado lejos (sin salir de nuestra Región, por supuesto) se pueden hacer.

La Plaza Mayor de Almagro

Ganó Almagro el título de ciudad en 1796, pero desde mucho antes ya era un lugar importante en La Mancha, por cuanto fue, durante muchos años, capital de la Orden de Calatrava, y espacio de residencia de sus maestres primeros, y luego de los delegados regios de la misma. Desde el siglo XIII tuvo fuero propio, creciendo por ello en población, y siendo elegida como centro del territorio calatraveño para residencia de sus máximos dirigentes. Esa importancia social precisó enseguida de un ancho espacio para la celebración de mercados, y de ferias, que ya en 1372 el Rey Enrique II había concedido. De esa necesidad surgirá la gran plaza medieval que luego en el siglo XVI recibiría una transformación completa, erigiéndose en sus dimensiones y aspecto actuales. La llegada, además, de la familia alemana de los Fugger como administradores y concesionarios de la explotación de las minas de mercurio de Almadén, hizo que se levantaran nuevos edificios en la plaza, y en las calles aledañas, así como palacios, conventos y oficinas administrativas reales y concejiles. Nació así esta plaza, que se sin duda la más hermosa la Región, y una de las más hermosas de toda España. A la Plaza Mayor de Almagro la han ido cambiando el nombre a lo largo de los siglos, debido a los avatares políticos, habiendo sido plaza de la Constitución, de la República, Real o de España. Pero en todo caso ha sido y sigue siendo, la Plaza Mayor de Almagro.

Es esta una plaza de grandes dimensiones, de planta rectangular irregular, con 104,5 metros de largo y unos 37 metros de ancho en su parte más ancha. En su costado oriental, uno de los menores, se levanta el edificio del Ayuntamiento, que también ha sufrido numerosas transformaciones, habiendo sido una de las más importantes la que se llevó a cabo en 1865, dirigida por el arquitecto Cirilo Vara y Soria. De nuevo fue restaurado en 1967, al mismo tiempo que toda la plaza. Este Ayuntamiento ofrece una elegante fachada construida por entero con piedra sillar, ofreciendo en su frente tres puertas y ventanas enreja­das en la planta baja, mientras que en la principal se abre un ancho balcón corrido con cinco vanos adintelados, coronado el central por un gran escudo con las viejas armas de la ciudad ‑las de la encomienda de las Casas de Almagro, con la cruz flordelisada de la orden de Calatrava y en punta las dos trabas negras. Una pequeña torre aterrazada se levanta en el ángulo izquierdo del edificio, sosteniendo el reloj de forja que sobresale de una estructura metálica, también de forja, para sostener la cam­pana, fechada en 1798 que proviene del antiguo convento de frailes franciscanos de Santa Catalina. Al lado del Ayuntamiento se levanta una casa-palacio de balcones simétricos y balcón angular, ofreciendo su portada del siglo XVI que fue traslada desde otro edificio de la calle de la Compañía. En el lado norte, al otro lado de la calle que por ese costado accede a la plaza, se levanta la gigantesca mole del Convento de San Agustín, con sus pesadas torres y su dinámica volumétrica que impone ya un marchamo monumental a la plaza.

En el costado de poniente, también uno de los menores, estuvo situada la gran iglesia de San Bartolomé, derribada por vieja en los primeros años del siglo xix y con cuyas piedras se construyó la plaza de toros. Quedó levemente levantado el nivel de la plaza en ese lugar, y ello dio visión a los palacios maestrales que durante siglos fueron ocultados por la iglesia. En su lugar se crearon unos jardines, en los que hoy luce una gran estatua en bronce del adelantado de Chile, hijo de esta villa, don Diego de Almagro, creada con las manos de artista del escultor manchego Joaquín García Donaire.

Los costados mayores de la plaza mayor de Almagro son los que le confieren todo su carácter. En ellos se levan­ta un armónico conjunto de viviendas que se disponen sobre soportales en dos alturas, sostenidas por ochenta y cinco columnas de piedra de orden toscano, sobre las que des­cansan las gruesas zapatas y vigas de madera pintadas de almagre. Estas edificaciones están construidas con materiales modestos, como el yeso, el adobe y el ladrillo y ofrecen su mayor originalidad en el doble piso de galería acristalada, que proporciona un característico sabor y la originalidad consistente en que evoca con nitidez las construcciones populares de los países del Norte de Europa, especialmente Alemania y Países Bajos. Parece ser que en su origen, estas galerías estuvieron abiertas, siendo de carácter público y utilizadas para presenciar los espectáculos que tenían lugar en la plaza. Luego se usaron por familias, se añadieron a las viviendas a las que antecedían, y por lo tanto se cerraron. Según consta en algunos documentos, inicialmente las ventanas y sus torneados barrotes estuvieron pintadas con el característico color rojizo del almagre, pero posteriormente, con motivo de la proclamación del rey Carlos IV en 1788, se pintaron de azul. En la actualidad todo este conjunto de arquitectónico maderamen está pintado de verde. El escaso muro existente entre la carrera del soportal y la planta baja y entre los dos pisos de galerías está pintado de blanco. Sobre las gale­rías aparecen sencillos canecillos que soportan el alero, y en el tejado, cubierto con teja árabe, se levantan buhardillas encaladas, blancas chimeneas y algunas veletas de hierro. La restauración que le ha dado esta forma actual, mejor dicho, su aspecto tradicional conservado al extremo, fue dirigida por el arquitecto don Francisco Pons Sorolla.

En el lado norte de la plaza se abre el calle­jón del Villar, corto de trayecto, pero suficiente para poder admirar en él la estructura de la construcción de las viviendas, columnas y capiteles, ventanales con rejas, portaladas y soportales añadidos. Al fondo de este callejón, está el Museo de Encajes y Blondas de Almagro. Y en el lado sur está situado el Corral de Comedias de Almagro, una pieza arquitectónica excepcional, que se ubica en el antiguo mesón de la plaza, y que era conocido popularmente como mesón o posada de las Comedias. Fue construido a finales del siglo xvi. Se rescató de una amalgama de edificaciones que habían ido ocultando su verdadero sentido, y una justa restauración le devolvió su esplendor y su sentido funcional de teatro popular, siendo durante el mes de julio sede del Festival Nacional de Teatro Clásico.

Junto al Corral de Comedias, se encuentra la casona de don Diego de Molina el Viejo. En este lugar, el soportal y las galerías acristaladas se cortan y dejan paso a la elevación de dos grandes columnas de granito que sostienen zapatas y una fuerte viga con escudos heráldicos tallados.

Aunque quedó totalmente destruido tras el incendio que sufrió en el siglo XVIII, en el extremo occidental de la plaza mayor de Almagro están los monumentales restos del palacio maestral, que hoy acogen, tras estupenda rehabilitación, las colecciones del Museo Nacional del Teatro.

En esta Plaza Mayor de Almagro, a lo largo de la historia fue testigo de la celebra­ción de justas y torneos, además de tener su clásica función de servir de celebración de las corridas de toros, hasta la mitad del siglo XIX. En esa función de espectáculo taurino, la plaza de Almagro vio como se llenaban sus balcones de gentes de la aristocracia, y del pueblo llano. Los más pudientes alquilaban los bal­cones de las casas que dan a la plaza. Pasear este lugar, admirar sus largas filas de balconadas, sus columnas, el constante ir y venir de las gentes, es uno de los espectáculos más sutiles y simpáticos que uno puede llevarse de Almagro.

El Museo dedicado a Quevedo en Villanueva de los Infantes

Otro de los lugares que en Ciudad Real no puede dejar de visitar el viajero, es Infantes. Como popularmente se denomina a la ciudad de Villanueva de los Infantes. Quizás el lugar con más densidad de palacios de toda España.

De entre ellos, sobresalen además algunos conventos, el templo mayor, la alhóndiga, un Ayuntamiento de lujo, etc. En el edificio del que fuera convento de Santo Domingo, muy vinculado a la vida de Francisco de Quevedo y en el que pasaría los últimos meses de su vida, aparecen hoy diversas salas y estancias en las que ha cuajado, en forma de Museo, una nutrida colección de obras de arte, casi todas ellas del siglo XVII, en la que destacan las obras del entorno de maestros tan notables como Murillo, Zurbarán, Ribera, Reni, Arellano, Orrente, sin que falte una buena muestra de Matías de Arteaga y Alfaro, artista nacido en Villanueva de los Infantes en 1633, que prosperó en Sevilla bajo la influencia de Valdés Leal y Murillo.

Los viajeros y participantes del referido Congreso, fuimos obsequiados con una espléndida cena en esta “Hospedería Real” dedicada a Quevedo. Pero este es placer que está a la mano de cualquiera que viaje hasta la ciudad manchega: además de comer y disfrutar de la evocación de estos viejos muros, podrá contemplar piezas como la Virgen con el Niño, atribuida a Murillo y su taller, situada en la sala que serviría a Quevedo para su entrada en el Convento. En la sala siguiente se exhiben los cuadros de Arteaga y en las vitrinas manuscritos y primeras ediciones de obras de Quevedo. Además encontramos diversos cuadros de la Inmaculada Concepción con loas e impresos de Quevedo dedicados a la Virgen, además de una atractiva talla de aspecto medieval de Santa Catalina de Alejandría, cuya presencia aquí no es gratuita ya que se trata de la patrona de los filósofos e intelectuales. En el claustro puede verse la campana de los Quevedo, un busto en bronce del escritor, y una copia del famoso retrato de Miguel de Cervantes que hizo el artista Juan de Jáuregui.

No debe el viajero por Infantes marcharse cin subir a la primera planta de esta Hospedería Real, y admirar en ella, recoleta y silenciosa, la celda que ocupó Quevedo, con la mesa y el sillón del escritor; donde redactó su primer testamento y donde murió el 8 de septiembre de 1645. El despacho se completa con objetos que recuerdan al escritor, como el grabado que reproduce la toma de Rosas por los franceses (tema que Quevedo recordaría en las cartas escritas desde esta celda), completándose el espacio con obras pictóricas como el retrato de un caballero de la orden de Santiago con “quevedos” (atribuido a Jorge Manuel Theotocópuli) y obras del círculo de Ribera, Juan de Pareja y Guido Reni; el dormitorio anexo conserva la austeridad de una celda dominica, y aún por otras estancias, pasillos, restaurante, etc., se pueden admirar cartas manuscritas, primeras ediciones de algunas de sus obras, tallas y otros cuadros originales, en fuerte evocación de una época, la de Quevedo.

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