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Trillo se ensancha

 

El pasado lunes 1 de agosto comenzó a funcionar y dar servicio el Balneario de Trillo. La noticia, que parece escueta, encierra en esa línea mucha historia, mucho esfuerzo y muchas capacidades tras ella. El domingo se abrieron las instalaciones a la visita de los propios vecinos de la villa. Y el lunes entraron los primeros clientes que, al igual que pasaba hace doscientos y más años, acudían al recodo del Tajo, frente a las boscosas laderas donde surgen las aguas sulfatadas y benéficas, para mejorar de sus dolores artríticos, recuperar las fuerzas, y gozar de la paz que se respira en aquel entorno.

La idea, que ha sido empeño sucesivo de los regidores trillanos, se ha visto coronada por el éxito, entre otras cosas, porque ha habido dinero suficiente, millones de euros, para poder acometer tan magna obra a costa de las arcas municipales. Y esto no ha caído del cielo, como es bien sabido: ha caído de la vecindad asumida de una Central Nuclear que ha llevado a Trillo más bienes que males. Al menos, eso parece.

El complejo balneario de Trillo está anclado en una larga historia. Hoy consta de dos hoteles (uno de ellos, el grande, con 300 plazas, todavía no está concluido), más el edificio de los baños o Balneario propiamente dicho, comunicado con los hoteles, sumado todo ello del área histórica (los restos antiguos de los primitivos baños) y una amplia zona ajardinada. Su ubicación, en la estrechez que forma el río Tajo entre las escarpaduras de Villavieja y las lomas que preceden a las Tetas de Viana. Espacio cubierto de una densa capa vegetal, de pinos y otros frondosos árboles de ribera, con un microclima fresco y húmedo, que hace del lugar un verdadero paraíso. Así fue siempre (se sabe que ya los romanos utilizaron las aguas medicinales que manan en sus orillas) y así tuvo una destacada fama en la España de los Borbones, cuando el rey Carlos III apadrinó su construcción como Real Balneario, para el que se hicieron estudios científicos de sus aguas, y se construyeron alojamientos, baños, paseos, por los que pasaron gentes de toda condición y fortuna: desde los reyes y las infantas, en los siglos XVIII y XIX, hasta militares sin graduación, aristócratas y empresarios de altos vuelos junto a pobres de solemnidad, escritores e intelectuales de fama, entre los que podemos recordar al ministro Jovellanos, hasta gancheros y maquis. Si algún sitio de nuestra tierra puede llamarse con justeza “posada de las maravillas” es este Balneario de Trillo, que ahora se nos abre a la admiración y el uso.

Algo de historia…

La utilización de las aguas termales que surgen en la orilla izquierda del Tajo (aguas clorurado‑sódicas, sulfato‑cálcico‑ferruginosas y sulfato‑cálcico‑arsenicales) es muy antigua, pues se sabe que los romanos tuvieron aquí asentamiento y de ellas se aprovecharon (en las viejas crónicas le llamaban Thérmida a este area).

Durante siglos, y en plan absolutamente espontáneo, se ofrecieron estas aguas a cuantos precisaban la salud o la mejoría en sus afecciones reumáticas, hasta que en el siglo XVIII, y por parte de la Administración del Estado Borbónico, se puso en marcha el plan de su racional aprovechamiento y uso. A partir de 1772 se iniciaron estudios, a cargo de don Miguel María Nava Carreño, decano del Concejo y Cámara de Castilla, para aprovechar mejor estas aguas, que entonces se acumulaban «en inmundas charcas donde se maceraba el cáñamo y sin limpieza alguna». Las obras consistieron en arreglar las fuentes del Rey, Princesa, Condesa, Piscina y el edificio para ser Hospital, arreglando también el camino procedente de Madrid por Aranzueque y Yélamos, poniendo posadas en el mismo. En el edificio se puso, a su entrada, un busto de Carlos III, y en el interior una imagen de la Virgen de la Concepción, patrona de los establecimientos. Se hicieron magníficos jardines, paseos, fuentes, bancos de piedra, transformando todo en un recinto auténticamente versallesco. Don Casimiro Ortega, profesor de Botánica del Real Jardín de Madrid fue encargado de estudiar la composición química y propiedades salutíferas de las aguas. Se inauguraron los baños en 1778, y en 1780 se abrió el Hospital Hidrológico, en el mismo pueblo de Trillo, del que aún queda el edificio. También el obispo de Sigüenza levantó otro edificio para servir de albergue a los pobres y militares, en 1802. En 1860 quedó encargada de la administración de estos baños la Diputación Provincial de Guadalajara. Años después, el Estado vendió su aprovechamiento a las familias Morán y Andrés, la primera de las cuales lo regentó hasta casi mediados del siglo XX. Tanto por la excelencia de las aguas, de propiedades antirreumáticas, como lo paradisíaco y amable del sitio e instalaciones, hizo que desde su fundación en 1778 fueran multitud las personas que pasaban el verano y aun largas temporadas en Trillo y en sus baños. Así, en el verano de 1798, tras haber cesado en su puesto de ministro de Gracia y Justicia, acudió a los Baños para descansar una temporada de sus preocupaciones de gobierno don Melchor Gaspar de Jovellanos. Se representaban obras de teatro (y aún se escribieron algunas comedias con argumento centrado en los mismos baños), se hacían fiestas continuamente, y la economía del pueblo se vio favorablemente modificada por esta institución, que ahora renace con tanta fortuna y alegría de todos.

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Las aguas milagrosas

Una visión científica de las aguas de Trillo fue la que hizo en 1777 el naturalista don Casimiro Ortega, ilustre profesor que estudió a conciencia el lugar,  dejando escrita una memorable obra, maestra en su género, titulada Tratado de las aguas termales de Trillo, en la que, al comienzo de su científica descripción, nos pinta así el lugar: Todo el sitio que ocupan estos Baños, está aplanado y hermosamente adornado de calles de árboles plantados nuevamente, que llegan de un edificio a otro, para la recreación y saludable paseo de los que toman las aguas, con asientos de piedra colocados a proporcionadas distancias.

Su estudio científico fue modélico, de tal manera que hoy puede asumirse sin réplica la mayoría de las observaciones y análisis que hizo este señor.

Las aguas procedentes de los diversos manantiales de Trillo se mezclaban en los estanques de los diversos edificios, y en algunos como los del baño de la Condesa, se confundían las aguas de los manantiales con las del río Tajo. En el interesante libro *Manual del Bañista+ que en el siglo XIX escribiera Sebastián Castellanos de Losada, para uso y guía de cuantos venían a Trillo a *tomar las aguas+, se especifica -como en un prospecto propagandístico- el listado de enfermedades que con seguridad mejoraban al tomar las aguas trillanas: Reumatismo, Artritis, Reumatismo artrítico, Tumores articulares, Parálisis, Anquilosis, Convulsiones tónicas y clónicas, Herpes, Erisipelas, Baile de San Vito, Sarnas, Pénfigos, Diviesos, Empeines, Tiñas, Lepras, Verrugas, Contralácteas, Heridas, Bubones, Ulceras, Melancolías, Vértigos, Hemicráneas, Oftalmías, Sorderas, Rijas, Otalgias, Asmas, Toses, Gastrodinias, Acedías, Hipocondrías, Cólicos, Diarreas, Hepatalgias, Hemorroides, Lombrices, Neuralgias, Incontinencias, Histerismos, Dismenorreas, Leucorreas, Amenorreas, [fiebres] Intermitentes…. De esta prolija y polimorfa lista de achaques, que tanto recuerda a los reclamos de los actuales curanderos, como en una rueda mágica aparecen todos los padecimientos habituales del ser humano. Venían a decir, por tanto, que eran buenas para todo.

El botánico y químico Casimiro Ortega, cuando realizó en 1777 su estudio sobre las aguas de Trillo, venía a concluir que, respecto a su uso medicinal, eran sobre todas beneficiosas y recomendables, pero debían ser tomadas con ciertos cuidados. El refrán que se acuñó siglos pasados, de que Trillo todo lo cura, menos gálico y locura, puede hacerse hoy bueno, por fin, y usarse de reclamo para los clientes y visitantes que van a acudir en masa.

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Famosos en Trillo

Aunque Carlos III, el promotor oficial y real de los Baños trillanos, nunca acudió a ellos, durante los dos siglos en que estuvieron funcionando acudió numerosa clientela de la que ahora llamaríamos “beautifull people”, pues siempre se mantuvo, en la España de los carruajes y las veladas de canto y lectura apasionada de poemas, la idea de que los salones de Trillo, de su establecimiento de baños, y de las casas de la villa, eran un hervidero de gentes pudientes, eruditas y simpáticas.

Pasó una temporada en ellos el ministro don Melchor Gaspar de Jovellanos, quien al parecer anduvo coqueteando con una señora de gracias múltiples. Estuvo también el bibliófilo asturiano Sebastián de Soto y Cortés Posada, y no faltó el celebrado escritor Tomás de Iriarte, que contaba en su Diario las peripecias del viaje y los gozos que se sucedían en aquel veraneo. El gallego ilustrado José Andrés Cornide, que anduvo la Alcarria buscando restos arqueológicos, no se pudo resistir a pasar unas jornadas de recuperación en Trillo.

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