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Castillos del Señorío de Molina

 

El pasado día 15 de julio, víspera de la Virgen del Carmen, fiesta grande en Molina de Aragón, tuve la suerte de acudir a la ciudad del Gallo y pronunciar una conferencia sobre el tema “Castillos y Fortalezas de nuestra tierra” ante un buen número de molineses amantes de su tierra y su patrimonio. Entre recuerdos, imágenes y anécdotas de todo tipo, salieron a relucir las grandes alcazabas de las órdenes militares manchegas, los castillazos del infante don Juan Manuel, y, por supuesto las fortalezas molinesas, ese conjunto de edificios militares medievales que le dan jugo y ponen siempre al viento y la luz la densa historia de este territorio, tan querido.

Hablé, hablamos, charlamos luego entre todos, de los castillos molineses. Y de esa fácil división que entre ellos se puede hacer de “castillos de frontera” y “castillos señoriales” del corazón del territorio. De los primeros, y con el fuero de Molina en la mano, vimos imágenes de Sisamón, Hortezuela, Balbacil, Fuentelsaz, Embid… De los segundos, salieron los cuatro clásicos, los castillos que fueron alzados y vividos por los primeros señores y señoras, por los condes de Lara, autores de esta maravilla histórica que fue el Señorío de Molina. Esos cuatro son Castilnuevo, Santiuste en Corduente, Zafra y Molina, la gran fortaleza de la ciudad.

El gran castillo molinés

El castillo de Molina es una típica alcazaba bajomedieval en la que  un ámbito amurallado muy amplio recoge en su interior, hoy yermo,  la edificación militar propiamente dicha. Todo el conjunto se  encuentra sobre fuerte cuestarrón orientado al mediodía. Desde la  remota distancia, llegando a Molina por Aragón o por Castilla,  sorprende lo airoso de su estampa, y en llegando cerca se hace  especialmente llamativo el color rojizo de sus sillares, lo bien  dispuesto de sus torres, de sus muros, la magnífica prestancia del castillo que sin exageración vuelvo a calificar como el más  grande y señero de esta tierra.

Las dimensiones de la fortaleza interior, el llamado “fuerte de las torres”, son de 80 x 40 metros, lo que ya supone una grandiosidad desusada para lo que solían ser los castillos en la Edad Media. En cualquier caso, ello nos revela la función no solo defensiva, sino residencial para la que este edificio fue levantado. En el muro de poniente, y escoltada de sendos torreones cuadrados, se abre la puerta principal de acceso, coronada por arco de medio punto en forma de buhera. El aspecto actual es muy diferen­te del que tuvo en un principio. Los muros han quedado muy bajos con relación a las torres, pero así y todo, estos muros labrados en fuerte mampostería, tienen varios metros de espesor.

De las ocho torres que llegó a tener el alcázar molinés, según refieren antiguos cronistas, hoy solo nos han llegado en pie y en relativas buenas condiciones, cuatro: son las de doña Blanca, de Caballeros, de Armas y de Veladores. Hay además otras construcciones, más bajas y adosadas al muro, que podrían ser consideradas torres, como la del Rayo, o la de San Antón, la llamada “torre cubierta”. Todas ellas se encuentran comunicadas entre sí por un adarve protegido de almenas. En el interior de las torres, aparecen diversos pisos, de amplia superficie, comunicados por escaleras que en todos los casos permiten ascender hasta las terrazas, también fuertemente almenadas, desde las que se divisan magníficas vistas de la ciudad, del valle del Gallo y del Señorío. En los muros de las torres aparecen vanos de función diversa, pues encontramos en ellos desde simples saeteras o flecheras, a troneras e incluso amplios ventanales, de posterior construcción, que permitían la visión cómoda del paisaje y la entrada de luz a las estancias, olvidando ya su primitivo carácter defensivo.

En el patio central del recinto del castillo se acumulan hoy elementos de construcción utilizados para las periódicas tareas de restauración. En su muro norte estaba adosado el palacio de los condes, y en la parte sur se encontraban las caballerizas, cocinas, habitaciones de la soldadesca, cuerpos de guardia y calabozos. Es curioso el que subsiste en el piso bajo de la torre de las Armas, en cuyo techo pueden aún contemplarse grabadas curiosas frases, palabras y animales dibujados que demuestran ser del siglo XV.

El recinto externo de la fortaleza, lo que podríamos denominar albácar de la alcazaba, o campo de armas, es extraordinariamente amplio. Sirvió, en tiempos de doña Blanca, para albergar todo un barrio presidido por su correspondiente iglesia de estilo románico, de la que hoy puede verse completa su planta y el arranque de los muros y columnas de su presbiterio y ábside. En él destacan hoy los fuertes muros que le contornean, algunos mal restaurados, especialmente la parte de muralla que da su cara a la población, lo que en tiempos medievales se denominó el Cinto. Se penetra a este recinto por la llamada torre del Reloj, que ha quedado muy baja y desmochada de almenas. En el interior de este albácar aún puede verse la entrada a la que llaman cueva de la Mora, que se supone alcanza, en forma de galería tallada en la roca, hasta la parte inferior de alguna de las torres.

Es destacable en el castillo molinés la presencia de una gran torre aislada, al norte de la fortaleza, y en su punto más elevado, que se denomina la torre de Aragón. Fue la primitiva construcción, sede del castro celtíbero, puesta en forma de defensa por los árabes, y diseñada por sí sola como un auténtico castillo independiente, luego “torre albarrana”, que sin embargo estuvo comunicado siempre con el castillo mayor a través de una coracha subterránea, en zig‑zag, cuya traza aún se observa hoy perfectamente.

Esta torre, que está siendo magníficamente restaurada gracias al convenio entre el Ayuntamiento molinés y la entidad de ahorro Ibercaja, es de planta pentagonal, apuntada hacia el norte, está rodeada de un recinto muy fuerte almenado realizado con mampostería basta. La torre, centrada en este ámbito, muestra sus esquinas realzadas con sillares bien labrados de piedra arenisca de tonos rojizos. Su ingreso estaba formado por un entrante en el muro, rematado en elevado y airoso arco en forma de buhera. El interior, de amplia superficie, tiene varios pisos comunicados por escalera, todo ello moderno, y en la altura se encuentra la terraza almenada, desde la que puede contemplarse con facilidad la estructura de toda la fortaleza y de la antigua cerca amurallada de la ciudad de Molina, de la que aún sobresale la torre de Medina, y buena parte de las murallas.

Los otros castillos señoriales

En Corduente se alza el castillo de Santiuste, uno de los edificios que dan lustre de fortaleza medieval al viejo Señorío de Molina. Se trata de un pequeño poblado que rodea al castillo, y que hoy vemos salvado de la ruina por una cuidada restauración de sus propietarios. Perteneció desde la repoblación como lugar al Común de Molina, pero en 1410 lo adquirió por compra, en señorío, don Juan Ruiz de Molina o de los Quemadales, el caballero viejo, quien en 1434 consiguió un privilegio del Rey Juan ii por el que obtenía la facultad de edificar “una Casafuerte con quatro torres enderredor, así de piedra como de tapia tan alta como quisiéramos, con almenas a petril, e saeteras e barreras” para de ese modo colaborar en la defensa contra Aragón. Efectivamente, Ruiz de Molina levantó su castillo, de planta cuadrada, con un recinto exterior circuido de desaparecidos muros y torreones esquineros, y un recinto interno o casa‑fuerte propiamente dicha, que es lo que hoy subsiste, con cuatro torres en las esquinas, y una puerta orientada a levante formada por un arco de medio punto de gran dovelaje, y sobre ella el escudo de los Ruiz de Molina. Este castillo pasó luego al mayorazgo familiar, del que más tarde se constituyó en marquesado de Embid.

Otro de los castillos centrales molineses es el de Castilnuevo, que está en la orilla del río Gallo, y al que se llega por una estrecha carretera que va bordeando este río, en dirección ascendente, desde Molina capital. Tras atravesar varios sotos, arboledas y roquedales en zigzagueante vaivén, se llega a una amplia vega donde destaca, sobre un otero, el pueblo y castillo de Castilnuevo. Este lugar aparece mencionado en antiguas crónicas aragonesas, que afirman fue ocupado por el real de batalla de Alfonso i de Aragón en su definitiva presencia conquistadora del territorio molinés. Quizás desde aquí, una legua río arriba de Molina, cercó o acechó a la ciudad del Gallo. De este modo afirmaba el interés estratégico que luego, siglos después, fue confirmado por los señores molineses, cuidando al máximo este enclave. En el Fuero que concede don Manrique de Lara en 1154 también se menciona Castilnuevo como señalado enclave fuerte de su recién creado dominio. En el testamento de la quinta señora, doña Blanca de Molina, aparece también citado el lugar, y protegido. De tal modo que siempre se retuvo, como la capital del Señorío y el castillo de Zafra, en poder de los Lara y luego de los Reyes de Castilla. Finalmente pasó a ser propiedad de los Mendoza de Molina, y hoy en manos particulares está siendo estudiada la posibilidad de su restauración definitiva y uso como lugar de restauración.

Y finalmente la fortaleza de Zafra, quizás el más bello de todos los castillos molineses. En término de Campilla de Dueñas, pero con su mejor acceso desde Hombrados, la antigüedad de Zafra es mucha. El actual poseedor del castillo, el culto Sr. Sanz Polo, enamorado de esas viejas piedras hasta el punto de haberse dejado en ellas y en su reconstrucción toda su fortuna, ha realizado a lo largo de los años una serie de interesantes descubrimientos, que vienen a mostrarnos la secuencia poblacional de este edificio, para el que no existe duda en achacarle la edad que tenga el hombre sobre estos altos términos molineses. Su fundamental momento le llegó a comienzos del siglo XIII, cuando el señor de Lara fue atacado por el ejército real de Fernando III, y aquí se resguardó y con toda su corte y ejército se hizo fuerte, dando asombro a la nación entera de su gallardía defensiva, que solo acabó con un tratado de paz que fue un casorio, el de su hija doña Mafalda con el infante don Alfonso. Hoy Zafra es una belleza que asombra a quien hasta allí llega y la vez, altiva sobre la inexpugnable roca, peinada de almenas y acicalada de ocres. Una maravilla.

Apunte

Molina, un sello al revés

Acaba de salir (oficialmente el 4 de julio, con inauguración oficial el 7) un sello de Correos dedicado al castillo de Molina de Aragón. El más caro (2,21 euros cada ejemplar) de la serie de este año, en la que han aparecido también los castillos de Caudete y Valderrobres. Un merecido y aplaudido homenaje al castillo más anchuroso y cargado de historia de nuestra tierra. Pero… un sello garrafalmente hecho, mal dibujado, descolorido, y, lo peor de todo ¡impreso al revés! Algo inaudito en la historia del sello español. Porque un error de tal calibre, -que algunas veces se ha dado-, ha impedido la puesta en circulación del sello, y ha obligado a las autoridades postales a realizar nueva emisión con el efecto postal correctamente interpretado.

En esta ocasión, y en un alarde de indolencia y despreocupación, Correos ha puesto en la calle el sello y lo está vendiendo y dejando que circule, aún a sabiendas de que está mal, y de que está socavando hasta el subsuelo el pabellón que a lo largo de los años se ganó la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre de ser una institución modélica.

Personalmente, a primeros de junio, vi en la página web de Correos, en Internet, este sello programado para salir el 4 de julio, y me sorprendió que estuviera al revés. Pensé en principio que era un error de colocación en pantalla, pero mi asombro no tuvo límites cuando vi que el 7 de julio, en la misma torre de Aragón, con más de 80 invitados, entre ellos las máximas autoridades provinciales y locales, se “inauguró” el sello, con discursos incluidos, y nadie se percató de que estaba mal dibujado, de que la imagen que allí se ofrecía como efecto postal, era la imagen especular del auténtico castillo de Molina. Desde aquí solo nos queda esperar a que retiren de la circulación este ejemplar, pues ya sabiendo que está mal, el “mantenella y no enmendalla” solo podrá ser interpretado como un desprecio hacia Molina, los molineses y la provincia entera de Guadalajara.

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