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abril, 2005:

Budia, corazón de la Alcarria

 

En pleno corazón de la Alcarria, corazón ella misma de la comarca, Budia se alza como un lugar que merece ser visitado y admirado durante, por lo menos, unas cuantas horas. Está esperando en estos momentos el seguro “boom” del turismo, que no acaba de cuajar, aunque en ese camino se han hecho plausibles ensayos. Casas rurales, fiestas con carácter, monumentos y obras de arte únicos en la provincia, paisajes propios de la comarca, urbanismo cuidado, clima agradable…. son los suficientes elementos para concitar una llegada de caravanas alegres. Al menos, ese es el intento de estas líneas, que quieren llamar la atención de quienes buscan salir a recorrer la tierra alcarreña, y ver en ella esas sorpresas escondidas que le aguardan.

Una historia de Budia

Mañana sábado se va a presentar en Budia, en el salón de actos de su Centro Social y Cultural, un libro que reúne todo lo que debe saberse y conviene rememorar en torno a este pueblo. La presentación correrá a cargo de Pedro Aguilar, director de NUEVA ALCARRIA, y en el acto participarán, entre otros, el autor principal del texto y las fotografías, don Juan José Bermejo Millano, y este cronista, que algo ha colaborado en todo este invento, además de la alcaldesa

Doña Ana Sánchez, verdadera “alma mater” de todo lo que pasa y va a pasar en Budia.

Todos los pueblos deberían tener ya su historia escrita. Los anales mas o menos abultados de su devenir secular, puestos en letra de molde, para que las siguientes generaciones los conozcan y defiendan. Y no solo la historia: también el patrimonio, el costumbrismo, las destacadas singladuras de la naturaleza, los personajes que allí nacieron, las coplas y canciones, etc. Budia tiene todo eso en cantidades abundantes.

Algunos datos: de historia, cosas sorprendentes, que los autores del libro referido analizan a cuento del Catastro del Marqués de la Ensenada. Nos dicen como en la segunda mitad del siglo XVIII, la industria de los curtidos en Budia era muy fuerte, dando ocupación a cientos, a miles de personas, y vendiendo sus productos en la Corte, donde apreciaban esas pieles tratadas y curtidas en Budia como de altísima calidad para hacer muebles, encuadernar libros, forrar altares y reforzar cualquier elemento sujeto a golpes.

De arte, las dos tallas de madera policromada que aparecen hoy en el presbiterio de la iglesia parroquial, a ambos lados del altar mayor. Son el Ecce Homo y la Dolorosa tallados personalmente por Pedro de Mena, el artista que a mediados del siglo XVII talló estas preciosas y emotivas figuras por encargo del coronel de los reales ejércitos don Ambrosio Sáez Bustamante. Allí están concitando todas las miradas, y abriendo l as bocas más recalcitrantes: en un ¡oh! De admiración sana.

De arquitectura, el templo de los frailes carmelitas, que hace poco comentaba en estas mismas páginas, y que es un prodigio de elegancia de formas y volúmenes. Hoy, tras muchos años de abandonos y aún destrucciones premeditadas, estás queriendo salir adelante, ser recuperado de algún modo, mediante reconstrucción primero y uso después.

De costumbres, la Sampedrá olorosa y sonora, la fiesta más “rara” de la provincia en la que participa, según dice la leyenda, el mismísimo diablo, pues Pedro Botero, que es uno de los nombres por el que se le conoce, debió trabajar en las tenerías y talleres de curtición de Budia, y en esa fiesta dedicada a San Pedro que se hace quemando los restos de pieles, los fragmentos de botas rotas, y la mezcla de insufrible olor de lo que sobró a lo largo del año,  entre los enmascarados danzarines, sudorosos y “asfixiaos” de calor y humo, está siempre el diablo. Se dice, incluso, que si alguien en esa fiesta, un día consiguiera identificarle y desenmascararle, sería un día grande, porque se cerraría el Infierno para siempre.

Más los mayos, que empiezan mañana también, con sus ritos amatorios, sus cánticos a la Virgen….. más los soldados de Cristo, cofradía militante en toda la Semana Santa…. más los encierros de toros, que junto a los de Brihuega son aquí los más antiguos y famosos de la Alcarria…. cuantas cosas por ver y sentir en esta Budia que se merece un viaje, una estancia larga, y un amor de por vida.

Fernando Poyatos

Entre los elementos curiosos que forman la historia, la nostalgia, y la bibliografía de Budia, surge el nombre de Poyatos, todo un personaje que afortunadamente sigue vivo, aunque residiendo ahora en la costa andaluza. No nació aquí, sino en Calahorra, pero entre los budieros pasó buena parte de su vida, haciéndolos fotografías cuando aún era esa una actividad rara, de ricos y chiflados.

Fernando Poyatos charlaba al caer la tarde con los vecinos. Él vivía en un buen palacio que aún lleva su nombre, y según charlaba y vivía disparaba la máquina. Revelaba luego sus negativos, positivaba  en papel sus instantes, y surgían las fotos que hoy se han erigido en un monumento auténtico del pasado vital de la Alcarria. Donadas a la Diputación Provincial, forman parte del Centro de la Fotografía y la Imagen Histórica de la Provincia de Guadalajara, y en varios catálogos, exposiciones monográficas, fondo permanente en el Centro Social de Budia, etc, siguen dándonos el recuerdo palpitante de las charlas en los soportales, de los antiguos oficios, de los trajes de domingo y las bodas alegres, de la chiquillería militante y la matanza del cerdo entre humaredas.

De Poyatos aparece una representación breve de imágenes en este libro. Las suficientes para captar su mensaje, la identidad de instantes únicos, felices seguro, de tiempos irrecuperables.

Platos con encanto

La gastronomía es una de esas joyas escondidas que tiene Budia, y que mantienen viva las manos hacendosas de sus mujeres. ¿Quién no ha probado, hace años, los dulces “bizcochos crespines” de Budia, que venía reflejados en todos los tratados gastronómicos de la provincia? Ya no se venden al público, pero sí quedan muchas personas que los hacen, y en algunas pastelerías de la Alcarria aún se encuentran. La fórmula era nacida aquí, en la villa de Budia.

La suculencia alcarreña se extiende a otros elementos, que van desde los cocidos con sustancia al agua miel que se obtiene “tras escurrir la miel de los panales, lavados con agua fría, y mezclada con trozos de calabaza que tras múltiples lavados se cuecen añadidos de granos de anís. Una exquisitez de Budia que muy pocos han probado.

De la tradicional matanza salen enjundiosas comidas: la sangrecilla entomatá, las cachazas y alientos, el morteruelo incluso, que procede de las aves y la caza también… pero como siempre ocurre, y si Budia es “el corazón de la Alcarria”, lo mejor de la gastronomía está en sus dulces, que a base de miel, azucar y leches consiguen unos puches y unas gachas, unas magdalenas y unas rosquillas que resucitan muertos y sanan desahuciados. El alajú, las fritillas, las rosquillas de anís…. todo es especial y nuevo, con sabor a la tierra, con el misterio de la elaboración ancestral y callada. Solo por comer, por tener un encuentro de pecados palatales merece la pena llegarse a Budia.

Un libro que ofrece Budia entera

La obra que acaba de aparecer, y será presentada mañana, se titula “Budia, corazón de la Alcarria” y tiene por autores de los textos a Juan José Bermejo Millano y Antonio Herrera Casado. Y de las fotografías a ellos mismos y a Antonio Martínez Ledesma. Consta de 232 páginas en gran tamaño, y se ilustra de cientos de fotografías, la mayoría en composiciones a todo color. Ofrece mapas del término, referencias a todos los temas importantes de su historia, arte y costumbrismo, y aún estudia con detenimiento esos mismos elementos de Valdelagua, un antiguo despoblado que, anejo al Ayuntamiento budiero, hoy es lugar revitalizado y en marcha. Personajes de tono eclesiástico (Budia fue conocida en tiempos antiguos como “el pueblo de los Obispos”), artístico, literario y teatral, cinematográfico y político, a pesar de su tradicional aislamiento ha sido capaz de generar gentes que han llevado su nombre con honra por todo el mundo. Entre ellos, el Nóbel Camilo José Cela, que aquí escribió algunas de sus mejores páginas; el dramaturgo Manuel Catalina, y el filántropo e historiador Andrés Falcón y Pardo, al que mañana también se le rendirá, con la inauguración de una calle en su memoria, el merecido homenaje que Budia le debía.

Un centenario de postín: El Quijote en latín macarrónico

Historia Domini Quijoti Manchegui

¿El Quijote Calvo? Aunque se han hecho muchas elucubraciones (teóricamente, pueden ser infinitas) del aspecto del héroe manchego, nadie se ha preocupado por la cantidad de pelos que tuviera en su cabeza. Hoy vamos a recordar al Quijote-Calvo, pero no porque fuera imposible peinarle a causa de su alopecia, sino porque vamos a rememorar la versión del Quijote escrita por uno de Horche, concretamente don Ignacio Calvo…

 En este año del Centenario del Quijote, la provincia de Guadalajara puede ofrecer un nuevo giro en esta danza de las efemérides, porque ahora se cumple también, con exactitud precisa, el centenario de la publicación de una de las más famosas y universales réplicas de la obra de Cervantes. Se trata, en concreto, de la “Historia Domini Quijoti Manchegui”, que escribió un alcarreño, don Ignacio Calvo Sánchez, y la publicó por primera vez en 1905, precisamente en la ocasión de conmemorarse el tercer Centenario del Quijote.

En este fin de semana en el que ya entramos, el que contiene el 23 de abril que por ser la fecha del fallecimiento de Miguel Cervantes, ha sido universalmente declarado “Día del Libro”, la obra novelesca más leída y traducida de todos los tiempos tiene su obligada memoria por parte de quienes amamos los libros, y los leemos.

La aventura de Don Quijote y Sancho que escribiera en el siglo XVI don Miguel de Cervantes Saavedra ha dado para mucho. Para tanto, que quizás sea este, El Quijote, el libro más veces editado, y a más idiomas traducido, después de la Biblia. Aplaudido, releído, interpretado, el arquetipo que en don Quijote y Sancho se pinta vale en cualquier parte del mundo. Y así ha ocurrido que personas de todas las naciones, razas y épocas le han leído con admiración, y se han reído con sus aventuras.

El Quijote en clave alcarreña

Algunos analistas han dicho que el Don Quijote hubiera sido en principio llamado «de la Alcarria» por Cervantes, por ser esta la comarca castellana en la que el autor nació, y mejor conocía. No es de extrañar que tenga la Alcarria un cierto marchamo sobre el libro máximo de las letras españolas, y así es incluso explicable que fuera un autor alcarreño, don Ignacio Calvo Sánchez, natural de Horche, quien acometiera la tarea humorística y erudita a un mismo tiempo, de traducir el Quijote al latín macarrónico, una verdadera joya de la interpretación cervantista, que durante el último siglo ha levantado carcajadas y entusiasmos, y sus variadas ediciones han sido pasto de los coleccionistas.

Tiene esta obra, firmada por el cura alcarreño, por título esta inicial humorada: “Historia Domini Quijoti Manchegui, traducta in latinem macarronicum per Ignatium Calvum, curam misae et ollae”. La idea de escribirla nació de la forma más sencilla: tal como nos cuenta el propio autor, siendo estudiante en el Seminario de Toledo, allá por los últimos años del siglo XIX, el exceso de socarronería del alcarreño le acarreó algunos castigos. Uno de ellos, especialmente severo aunque común entre la tropa aspirante a cura, era la traducir al latín algún capítulo de una obra clásica famosa. A Calvo Sánchez le fue asignado traducir, de un día para otro, el primer capítulo del Quijote, en latín. Ni él era ducho en el idioma del Lacio, ni su juventud estaba para muchas erudiciones. Así es que lo tradujo en un latín que se parecía poco, si acaso por el forro, al de Ovidio. Y salió algo que hizo exclamar al rector del Seminario: “Sufficit, Calve, jam habes garbanzus aseguratum”.

Ello le animó a poner todo el Quijote en esa mezcla ridícula y graciosa de latín a medias, el “latín macarrónico” que se dice. Y con ocasión del tercer Centenario del Quijote, en 1905, se editó, agotándose en poco tiempo, lo mismo que pasó con una segunda y aún una tercera edición. La cuarta edición llegó hace pocos años de la mano de la Asociación Cultural “Fray Juan Talamanco” de Horche, y de la editorial AACHE de Guadalajara. Un libro que era carne de librero anticuario, y muchos suspiraban por tener un ejemplar entre sus manos, cuajó de nuevo en una edición pulcra, en todo fiel a las anteriores ediciones, incluso con sus dibujos y prólogos, siendo aplaudida por muchos que, en su juventud, se rieron con ganas de las salidas espléndidas y humorísticas de don Ignacio Calvo.

El autor: Don Ignacio Calvo y Sánchez

En una biografía amplia y documentada, Juan Luís Francos Brea nos presenta la figura de este horchano que fue sabio arqueólogo, y divertido humanista. En 1997 publicó, a costa de la ya mencionada Asociación Cultural “Fray Juan Talamanco”, una biografía comentada, aumentada, enriquecida de grabados, datos dispersos, anécdotas y textos, en la que se presenta, redivivo, a uno de esos personajes alcarreños que parecieron perder su huella, tras haberla tenido espléndida, en el silencio de los tiempos idos. Acomete la obra el estudio de una vida, la del horchano Ignacio Calvo y Sánchez, un polifacético y curioso individuo que, como uno de esos humanistas del Renacimiento, todo lo querían saber, todo lo buscaban y todo lo tenían, siempre, guardado en su corazón.

De la vida de Calvo, joven inteligente, estudioso acelerado, viajero por el mundo, cura párroco de Alhóndiga a comienzos del siglo XX, y un sin fin más de calificativos, está dicho todo en ese libro. No es cuestión de resumirlo. Sí quiero aquí recordar su paso por la cátedra (Física y Arqueología Sagrada en el Seminario de Toledo) por la Biblioteca (bibliotecario en la Universitaria de Salamanca) por el Museo (conservador de la sección de Numismática del Museo Arqueológico Nacional) y por la Academia (fue nombrado Académico Correspondiente de la Real de Historia).

De su actividad investigadora, su cultura bibliográfica, su entusiasmo arqueológico, sus ansias de hacer partícipes a los demás de cuanto sabía y encontraba, también se da cumplida cuenta en las páginas de esta biografía de Francos, quien ha realizado un meritorio esfuerzo recopilativo, dándonos completa la vida y la obra de este personaje que merecía (merecerá siempre) ser recordado.

Además de su conocida versión del Quijote, hay que reseñar sus profundas investigaciones sobre arqueología, la gran colección que llegó a reunir de piezas antiguas, estatuas, cerámicas, y sobre todo monedas, tema en el que era un experto considerado internacionalmente.

Algunas frases

Para quien aún no sepa exactamente a qué nos referimos cuando hablamos de la existencia de este libro, el Quijote traducido al latín macarrónico, del que con estas líneas celebramos su centenario, puesto que nadie más se va a gastar un euro en esta otra efemérides, pueden valer algunas de las frases que aquí y allí van salpicando la obra. Veamos la primera, la que inicia y encabeza el mismo libro, el Capítulo Primero, cuyo rumor en castellano hoy lo cantan hasta los niños pequeños: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…” lo traduce así Calvo Sánchez:

In uno lugare manchego, pro cujus nómine non volo calentare cascos, vivebat facit paucum tempus, quidam fidalgus de his qui habent lanzam in astillerum, adargam antiquam, rocinum flacum et perrum galgum, qui currebat sicut ánima quae llevatur a diábolo. Manducatoria sua consistebat in unam ollam cum pizca más ex vaca quam ex carnero, et in unum ágilis-mógilis qui llamabatur salpiconem, qui erat cena ordinaria, exceptis diebus de viernes quae cambiabatur in lentéjibus et diebus dominguis in quibus talis homo chupabatur unum palominum. In isto consumebat tertiam partem suae haciendae, et restum consumebatur in trajis decorosis sicut sayus de velarte, calzae de velludo, pantufli et alia vestimenta que non veniut ad cassum.

Es, en definitiva, un lenguaje que recuerda al latín, a los poco entendidos, pero que cualquiera que lo haya estudiado, aunque no pasara del tercero de bachillerato, y con el suficiente sentido del humor como para reírse de uno mismo, puede obtener su significado sazonado de alegrías. Ahora leemos el final que Calvo nos entrega del capítulo sexto, aquel en que, de regreso de su primera salida, el ama con la sobrina, y el cura con el barbero, hacen en la biblioteca del hidalgo el famoso “escrutinio”:

Qui traducit hoc capítulum etiam opinat omnes libros istos de quibus lóquimur, debent quemari et per sua parte quemantur; et ita ahorratur engorrosam latam bibliográficam, quae solùm importaret paucis bibliotecariis et archiveris, qui, in sentire de mea portera, sunt tan chiflati quantùm dóminus Quijotus.

Otro momento supremo de la novela cervantina es el del encuentro de Don Quijote con unos molinos manchegos a los que él cree ver como gigantes, y lucha contra ellos, cayendo finalmente derribado y destrozado por el fuerte empuje, sin alma, de sus aspas. Así nos lo cuenta don Ignacio:

Et dicendo hoc et se comendando suae dóminae Dulcineae, arremetivit cum lanza in ristre, et ad totum galopem Rocinantis, embestivit cum primo molino, dando lanzazum in una aspa quae volvit se, et rumpendo lanza, envolvit caballum et caballerum, et fecit eos rodare bonum trechum, sicut ruedat trapajum empujatum a remolino.

Y para terminar, qué menos que leer la traducción del alcarreño a la carta que Don Quijote escribió en Sierra Morena a su inexistente amada Dulcinea del Toboso, que figura en el capítulo veinticinco de la obra al que Calvo así titula: “Dóminus Quijotes escuchat sicut tontus, scribit sicut locus et poenitet sicut cabra loca”. Esta es la pieza fundamental del arte amatoria cogida al vuelo:

Soberana et alta dómina mea: Iste feritus cum punta ausenciae et laceratus in entretelis cordis, oh dulcíssima Dulcinea del Toboso!, mandat tibi salutem, quam ille non habet. Si fermosura tua despreciat mihi, si pechus tuus non latet pro me, si desdenes tui aflojant fibram meam, moriar de certo in ista cuita. Meus bonus escuderus Sanchus relatavit te, oh pulcra ingrata! quod ego facio et patior pro tua causa. Si sucurres mihi, tuyus sum, et si non sucurres, fac quod veniat tibi in gana, quia si vita mea terminatur satisfecta quedavit crudelitas tua et meum desiderium.

Tuus usque ad mortem, caballerus tristis figuarae.

En cualquier caso, una humorada que no se resiste a ser leida, releida y admirada. Un homenaje más al Quijote, que a su vez cumple ahora su centenario propio. Al menos, en Guadalajara podemos presumir de ser protagonistas en esto del Quijote, al que le faltó muy poco para ser apodado “de la Alcarria”.

Alaminos, una picota con garra

 

Sorprende en Alaminos, en su plaza mayor, la existencia de tres monumentos que conjuntados ofrecen un ámbito de serenidad y clasicismo. Poco más tiene esta villa que ver, pero lo suficiente para merecer una visita tranquila. Porque esos tres elementos monumentales, cual son la picota, la iglesia y el Ayuntamiento, que se abarcan de un vistazo, son la quintaesencia de una cultura y de una sociedad, que ha funcionado y ha hecho que España sea uno de los países más sabios y consistentes del planeta. O al menos hasta ahora lo era.

Llegada a Alaminos

Imaginad la meseta alcarreña, la que corre de Torija a Alcolea del Pinar, esa por la que cruza ahora, incesante, la carretera nacional a Barcelona, o A-2.- Sobre esa meseta, y muy cerca de la línea del AVE que también la surca recta y divisora en dos de la provincia, se alza un otero suave. Y sobre el otero, Alaminos, ofreciendo vistas por levante y sur a los pequeños valles que van cayendo y ahondándose para llegar hasta el Tajuña. Su situación en lugar alto, desierto de vegetación y expuesto a todos los vientos le hacen muy frío. Al menos hace cinco días, en plena primavera ya, soplaba por sus calles un cierzo más que moderado, helador y severo, que dejaba las manos y la cara como témpanos. Su caserío presenta ejemplos de la casa tradicional de la zona, con fábrica de sillarejo calizo y algunos entramados en pisos altos. De vez en cuando aparecen portones adovelados, y en alguna casa que tuvo su dintel tallado y prolijo, aunque se ha renovado le han salvado de la quema, y luce en el muro, pregonando su rancia historia.

El rollo de Alaminos

En la plaza, presidiéndola, junto a un pino que hace lo que puede por ponerle vegetal contrapunto, se alza en piedra caliza, agrisada de las lluvias y los soles, el rollo o picota, el símbolo de la jurisdicción propia. Era este un elemento que servía para varias cosas. La primera, sin duda, la de señalar la capacidad de la villa y del concejo para impartir justicia de primera instancia. La segunda, aneja a ella, la posibilidad de que a algún condenado se le colgara de los salientes del remate. Nunca un rollo ejerció esa capacidad, porque la función de poner a un delincuente condenado y ejecutado en posición de echar bendiciones con los pies, se delegaba en la picota, que era elemento más humilde, al tiempo que más macabro, y solía ser de madera, con ganchos de hierro en lo alto, y puesta en las afueras del pueblo, nunca en su plaza.

Así pues, este rollo de Alaminos está proclamando su capacidad de “villa por sí” y memorando aquella función de poder juzgar los casos leves judiciales surgidos entre los vecinos, por sus propias autoridades, aquellos otros miembros de la comunidad que habían sido elegidos, democráticamente, sus representantes.

El monumento es un rollo cilíndrico de piedra caliza, con remate en pináculo agudo, y con cuatro medios cuerpos de leones, bien tallados, en las cuatro direcciones. Apoya en tres niveles de circulares gradas de piedra, que han sido puestas, -con todo acierto- recientemente, porque durante unos años le construyeron una fuente de pilón en torno, que le rompía toda su idiosincrasia. Ahora es este de Alaminos un rollo serio, un rollo como Dios manda. Sin duda que fue tallado y ahí puesto en la segunda mitad del siglo XVI.

Lo más curioso de este rollo es su remate. En el capitel que remata el hito, se tallan beligerantes, fieros, los medios cuerpos de cuatro leones, con sus melenas onduladas, grandes orejas y los hocicos prominentes. Era costumbre, en los remates de las picotas, centrar todo el arte del elemento, y poner en las cuatro direcciones del viento, que era como decir en los cuatro puntos cardinales, en el planeta entero, un signo de fuerza, que en ocasiones son caras humanas, en otras aves o seres mitológicos, mezcla de águila y león (los grifos) y en otras estos leones, que es el elemento elegido en Alaminos, como los fue en otros como El Pozo de Guadalajara y Lupiana. En el caso que ahora contemplamos, estos leones están muy bien dibujados, tienen hasta expresión, y todo ello gracias a una perfecta conservación desde hace más de cuatro siglos.

Algo de historia

Perteneció Alaminos, desde la remota Edad Media, al Común de la Tierra de Atienza, estando bajo su jurisdicción y usando su Fuero. En 1434, el rey don Juan II hizo donación de este lugar, junto con otros muchos de tierra de Jadraque y Atienza, a su fiel cortesano don Gómez Carrillo y su esposa doña María, que están enterrados en el presbiterio de la catedral de Sigüenza, bajo sendas estatuas de alabastro. Su hijo don Alfonso Carrillo de Acuña lo vendió a don García de Torres, caballero soriano, de quien pasó a su hijo, don Ruy Sánchez de Torres. Y aún en el siglo XVI sufrió otro traspaso de poder, yendo a las manos de los Silva, los nuevos condes de Cifuentes, que lo incluyeron en sus amplios estados, formando un mayorazgo desde 1523 junto a los lugares de Renales y Torrecuadrada. Poco después de esa fecha es cuando Alaminos obtuvo el privilegio de Villa.

La casa de Silva procedía de nobles individuos portugueses que arraigaron en Castilla en el siglo XIV, estableciéndose en Toledo al amparo y bajo el favor de su pariente el también portugués arzobispo Tenorio, en atención al cual el primero de los Silva, al que la historia denomina como Alonso Tenorio de Silva, recibió cargos tan importantes como el de adelantado mayor de Cazorla, que era título equivalente a Capitán General del ejército episcopal toledano, uno de los más fuertes, en la Edad Media, de los que colaboraban con la monarquía castellana. Los Silva obtuvieron el señorío de Cifuentes en 1431. El alcance de la posesión de Juan de Silva no ofrece dudas a este respecto, pues se refiere “a donación mera y pura y no revocable para vos y para vuestros herederos y sucesores por juro de heredad para siempre jamás, de la mi villa de Cifuentes y su tierra, con su castillo y fortaleza y con su termino y distrito y justicia y jurisdicción civil y criminal y mero mixto imperio…”. Poco después, en 1445, los Silva recibieron, añadido al señorío de la importante población alcarreña, el título de condes de Cifuentes.

Alaminos entró a formar parte del señorío cifontino a comienzos del siglo XVI, en vida del tercer conde de ese título. Tenían, además de muchos pueblos en el área de la Alcarria, el señorío de la villa y aldeas de Barcience, cerca de Torrijos, en Toledo. Hasta las Cortes de Cádiz mantuvieron esta posesión, que quedó luego diluida pasando Alaminos a conformarse como un municipio más, con sus prerrogativas propias, en el contexto de la España liberal y constitucional.

Otras sorpresas

Poco más queda por ver en Alaminos. Si el rollo es el elemento principal, y el que merece por sí mismo un viaje, la iglesia parroquial no se le queda atrás. Es elemento humilde, pero con garra. Fue construida en el siglo XVI, en esos años de entrada en el señorío de los Silva, y presenta algunos detalles de interés: aunque su fábrica, de sillar y sillarejo, es amazacotada y sin relieves, en cambio destaca su portada, orientada al sur, en la que se mezclan elementos góticos (un alfiz enmarcando el arco de entrada, de traza conopial con remate de florón central) y renacentistas (molduras que rodean el arco semicircular de ingreso). Es también esbelta y llamativa la espadaña que remata el liso muro de poniente. Su interior, de una sola nave, presenta un gran arco triunfal entre la nave y el presbiterio. Se trata de un gran arco de sillares con molduras, rosetones y bolas talladas, de fuerte tradición gótica.

En la misma plaza, de amplios perfiles, y frente al rollo, se alza el Ayuntamiento, que es edificio clásico donde los haya en el orden concejil, con su gran balconada central, y rematando el alero un reloj incluido en esa especie de frontón que le da carácter y severidad. En todo caso, un conjunto muy elocuente de las formas del vivir tradicional, que hoy han pasado a mejor vida, porque a decir verdad, en todo el tiempo que los viajeros se pasearon por Alaminos, el pasado fin de semana, no vieron alma humana, inserta en un cuerpo de ídem, por todo el caserío. La verdad es que el día no estaba para muchos paseos, pero el aire de estos pueblos mesetarios, en tiempos de poca fiesta y trajín, es patético, silencioso, casi muerto.

Otros rollos de la Alcarria

Quizás sea ocasión esta para recordar otros magníficos rollos que hay por la Alcarria. Nos los recordó Felipe Olivier en un libro, publicado hace años y ahora ya agotado, que titulaba “Rollos y Picotas de Guadalajara”. Allí destacaban los de Fuentenovilla, que sin duda es el más hermoso ejemplar de rollo no solo de la provincia, sino de toda la región y aún me atrevería a decir que de España entera. Están también los mencionados más arriba de Lupiana y El Pozo de Guadalajara. Y algunos como los de Valdeavellano, Moratilla de los Meleros, Cifuentes y Peñalver, todos con la misma estructura, su columna pétrea, su remate picudo, sus fieros elementos tallados en el remate, tienen también características de fuerza y belleza, que invitan a visitarlos.

Rescate de Carmelitas

El convento de los Carmelitas en Budia

 En recientes declaraciones, la alcaldesa de Budia, Ana Sánchez, ha pedido ayudas, -de cualquier parte que vengan son buenas-, para salvar del hundimiento y recatar para usos civilizados unas ruinas magníficas con que cuenta esta villa alcarreña. En definitiva, está pidiendo el rescate de una memoria, la de los carmelitas (de los que tan poca memoria queda en este mundo de prisas y despechos) y de una obra de arquitectura ejemplar y realmente hermosa, el convento barroco de Budia.

Algo de memoria histórica

Uno de los monumentos más señalados, y, por desgracia, abandonados y en trance de ruina progresiva, que posee la villa de Budia, es el antiguo convento de la Orden de Carmelitas, situado en la parte alta del pueblo, en las eras de Santa Lucía, desde donde se divisa un bello panorama de la localidad y de los montes del entorno.

En el siglo XVI existía una casa donde vivían en comunidad cuatro beatas, según dice la Relación de la Villa enviada a Felipe II en 1580. El convento de altura que se fundó en esta villa es el de la Orden del Carmelo Reformado, en el siglo XVIII. Corta vida tuvo la fundación carmelitana en este pueblo alcarreño, pero siempre muy querida de sus vecinos, quienes procuraron hacer la vida amable a sus religiosos huéspedes. Tuvo su origen en la piedad netamente popular: varios vecinos de Budia habían entregado, en el primer cuarto del siglo XVIII, algunas cantidades para fundar con ellas un convento de la Orden Carmelitana reformada. Así nos lo cuenta don Juan Catalina García López, el que fuera Cronista Provincial a principios del siglo XX, en sus Aumentos a las Relaciones Topográficas de Budia, y fray Silverio de Santa Teresa en su Historia del Carmen Descalzo en España, Portugal y América. Puestas en renta dichas cantidades, producían al año 13.956 reales de vellón. A ello se añadió el voluminoso donativo que dio el Duque de Beragua, que alcanzó los 12.000 ducados, y que entro todo llevó al provincial de la Orden, fray Bernardo de San José, a presentar en 1732 la formal solicitud de levantar en Budia una nueva casa del Carmelo, en la que podrían vivir cómodamente más de 15 religiosos, sin necesidad de acudir a la limosna pública.

Accedió el obispo seguntino, el franciscano fray José García, unos días después, como el año anterior lo había hecho el duque del Infantado, señor del pueblo, y en agosto de 1732 lo hacía el Consejo Real. El 22 de octubre de ese mismo año, ya estaba levantado el cenobio: casa conventual y hospicio anejo, se congregaban en torno a una grandiosa iglesia a la que se trasladó el Santísimo desde la parroquia con mucho boato y popular festejo. Quedaba así instituido el Convento de la Concepción de Nuestra Señora, siendo general de la Orden el padre Antonio de la Asunción. Era la última fundación carmelitana en la provincia de Guadalajara, de siempre elegida por los carmelitas para poner en ella conventos señalados.

Tranquila fue la existencia de este convento a todo lo largo del siglo XVIII. A mediados de él, concretamente en 1747, se trasladó desde Madrid la casa de profesos, siendo un prior, nueve religiosos y seis legos conventuales los que la habitaban. Ya finalizando la centuria, en 1796, quiso la Orden carmelitana probar fortuna nuevamente poniendo en este convento de Budia una modesta fábrica para hacer en ella sayales de las religiosas y religiosos. En otras casas y ocasiones se había intentado ya, pero con muy escaso éxito. Se contaba ahora con la tradición probada de las industrias laneras y de buenos paños que habían existido en la alcarreña localidad, y así, en el Capítulo de 1796, se acordó *que para su establecimiento se tomen a censo 50.000 reales, hipotecando todos los bienes de la Provincia, dando plena autoridad al definitorio provincial sobre la disposición y giro de esta fábrica+. El experimento comenzó a funcionar, y mal que bien, y renovando frecuentemente de religioso organizador, se llegó como pudo a 1814, en que, después de mucho sufrir en la guerra de la Independencia, el obispo de Sigüenza se propuso comprar la fábrica de tejidos de estos religiosos, poniendo por condición que continuase el hermano Pedro de San Antonio al frente de ella. El Capítulo Provincial accedió a este deseo, pero el obispo no llegó a comprarla finalmente. En 1820 se nombró al padre Julián de San Jerónimo administrador de la fábrica, a quien debían rendir cuentas los dos religiosos que en ella trabajaban. En 1824 se decidió se fabricase solamente sayal pardo o blanco, nunca paño.

Los franceses llegaron a Budia en enero de 1809. Ante las noticias de su inmediata llegada, y los desmanes de brutal salvajismo a que sometían a ciertos sectores de la población, en especial del estado religioso, decidieron los carmelitas de la Concepción de Budia abandonar su convento, dejando únicamente a dos miembros de la comunidad entre sus muros. Llevaban los frailes cálices y custodia, resignándose a perder algunas cosas, como altares, sagrario, copones, etc., que destrozaron los invasores nada más llegar. De vez en cuando aparecía una columna francesa por Budia, y aprovechaban la fábrica del Convento como cuartel. Finalmente, en 1814 volvieron los religiosos. Ignorando seguramente lo poco que le quedaba de vida al convento. Fue su último prior fray Cristóbal del Niño Jesús, pues la Desamortización de Mendizábal dictaminó su venta pública.

El edificio entero, con su huerta, pasó a poder de particulares. Fue concretamente en 1842, poniendo en práctica la Desamortización de Mendizábal, que el Gobierno había decidido dedicar el convento a hospital y escuela de la villa, y la iglesia dejarla para el culto. La Diputación Provincial se opuso, y exigió que todo saliera a subasta. Así fue que en 1847 lo adquirió doña María Isidra Pastor, vecina de Madrid, en la cantidad de 140.000 reales, quedando de todos modos la iglesia para culto y uso de cementerio, como hasta hoy ha permanecido.

Algo de arquitectura

El edificio de este convento, especialmente la iglesia, es una obra magnífica de la arquitectura carmelitana española, que tuvo unas características muy propias desde que en el siglo XVII el arquitecto y religioso de la Orden fray Alberto de la Madre de Dios levantara diversos templos con una estructura similar y muy hermosa. Esta iglesia de Budia está construida a imagen y semejanza de las que diseñara el fraile santanderino (que por cierto murió en Pastrana) en San José de Guadalajara, la Encarnación de Lerma, los Reyes de Guadalajara y San Pedro de Pastrana.

Según el estudioso del arte carmelitano José Miguel Muñoz Jiménez, este edificio de Budia debe ser obra de fray Pedro de la Visitación (activo en Castilla la Vieja entre 1710 y 1715), de fray Juan de Santa Teresa, natural de Pozal­dez (Valladolid) y autor del magnífico convento de los carmelitas de Padrón (La Coruña) en 1729, o del navarro fray José de los Santos quien en 1753 trazó y dirigió la fábrica de convento e iglesia de las carmelitas de Santiago de Compostela. En todo caso, no puede descartarse que fuera trazado por algún artífice no identificado que ocupara el cargo oficial de tracista de la provin­cia de Castilla la Nueva, que si bien fue la región pionera en la expansión carmelitana, a mediados del siglo XVIII apenas conoció la construcción o reno­vación de conventos e iglesias.

El cuerpo central de su fachada presenta tres arcos bajos de acceso, hoy cerrados de una verja. El central se escolta de planas pilastras, y se remata con vacía hornacina. Sobre ella aparece un enorme ventanal escoltado de almohadillado, que tenía por misión dar luz al coro, y sobre ella todavía gran remate triangular con bolones. Esta fachada ofrece la habitual com­posición de un rectángulo central y sendos cuerpos laterales unidos al primero por aletones curvos. Si bien las líneas generales pertenecen al Manierismo clasicista, a la sazón anacrónico, la planitud del hastial se adorna de los elementos acostumbrados, pero de magnífico efecto en la bicromía de su elegante caliza sobre los muros de blanco enfoscado. El tripórtico, la ventana del coro, la hornacina superior, así como los óculos en elipse, todo responde a un diseño preciosista y depurado, propio del último Barroco hispano. El interior, del que solo quedan los muros, y muy deteriorados, es de una sola nave con capillas laterales. Era esta la planta canónica de los templos carmelitanos, con una cruz latina muy precisa, nave única, capillas laterales, brazos del crucero muy cortos, y gran desarrollo de la cabecera, de planta cuadrilátera. Tenía una gran linterna sobre el crucero, hoy ya hundida. En 1968 se desmontaron las cubiertas de este templo, lo que supuso un verdadero atentado al arte y la monumentalidad de Budia, pues ello ha propiciado la aceleración del hundimiento de esta joya de la arquitectura barroca castellana.

Y aquí es donde pido la atención que este gran edificio requiere: no debemos dejar que siga hundiéndose. Al esfuerzo hecho por el Ayuntamiento de Budia este año pasado, de limpiar el interior de los hierbajos que le habían crecido, de consolidar muros en los que habían aparecido grietas, debe añadirse una acción contundente desde la Consejería de Cultura. Sabemos que la actual Consejera, María Paz López, tiene una especial “sensibilidad alcarreña” y hasta budiera. No en vano fue unos años alcaldesa de El Olivar, allí al lado. Pero sin llegar a esos niveles de sentimentalismo, por los que la cosa pública no puede dejarse llevar, sino más bien por los estrictos de la justicia distributiva, a este precioso templo carmelitano de Budia le tienen que estar reservados mejores días. El pueblo está decidido a seguir pidiéndolo, y nosotros a apoyarles en esas peticiones y justas reivindicaciones. El arte, la historia de la Alcarria, tienen que tener su día, su acogida, su brillo.

Otros lugares carmelitanos en la Alcarria

No puede dejar de admirar, el viajero de Alcarrias, los conventos que la Orden del Carmelo dejó entre nosotros. Sus fachadas, de arcos y ventanales, de solemnes espadañas y sones josefinos, aparecen en Pastrana (San Pedro, allá abajo junto al Arlés) y en Guadalajara (los Reyes, lo que hoy es el Carmen, fachada y templo en perfectas condiciones y maravillas de la estética, más San José, en la antigua carretera, hoy calle de Ingeniero Mariño, con su pletórico barroco en el interior y su ladrillo barnizando la fachada) o en Cogolludo, donde Fray Juan de la Fuente erigió el templo de suaves perfiles, también clásicos, en 1596. Todos son lugares que recuerdan a Santa Teresa y sus normas santas basadas en la cotidianeidad y el éxtasis.

Retratos fuendamentales

 

Pedro Aguilar

El pasado 10 de marzo, en un salón de actos (el de la Biblioteca Pública del Palacio de Dávalos) abarrotado de público y amigos, la Casa de Guadalajara en Madrid tuvo su acto punta anual, el de la presentación del libro de su Colección “Guadamadrid”, y el del nombramiento de Socio de Honor a quien lo hace posible. En este caso, fue a quien pagó la edición, el empresario Jesús Saboya de la Fuente, aunque el libro presentado, que se titula “La Edad Sabia (Retratos de Guadalajara)” también se debe a su autor, que es Pedro Aguilar Serrano, y a la fotógrafa que le ha dado imagen, Paula Montávez. Y a los nueve personajes que, entrevistados por el autor, ponen su vida en plaza, y enseñan a vivir, a morir y, sobre todo, a conformarse.

 Desde hace días quería ponerme a comentar el libro que ha escrito Pedro Aguilar y le ha editado la Casa de Guadalajara en Madrid. Por una razón u otra, la actualidad se nos va metiendo entre los dedos, y sale a la pantalla sin pedir permiso: la Semana Santa, cualquier cosa se cuela. Y ahora que ya me estaba sentando delante del ordenador, leído el libro y asombrado aún de tanta sabiduría como destila, va y se nos muere uno de sus protagonistas, que hasta ese momento estaba más entero que ninguno. De los nueve personajes que dan vida al libro, que disfrutan de esa “edad sabia” en la que nadie quiere dinero, ni honores, porque saben que eso no sirve para nada, sino para dar preocupaciones y crear compromisos, todos estaban vivos el jueves 10 de marzo. Algunos de ellos (Torrent, Romanillos, doña Dorotea…) se acercaron por la Biblioteca del Palacio de Dávalos, y se lo pasaron estupendamente, les parecía que hasta eran famosos. En Guadalajara es realmente difícil ser famoso, porque solo lo es quien sale en la televisión, y en nuestra provincia solo salen por la televisión los políticos, a los que todo el mundo conoce, y no digo más.

El primer muerto de La Edad Sabia

Pero diez días después, justo el 20 de marzo, se moría Antonio Fernández Molina. Y con él se morían muchas cosas. Incluso un algo bastante de este periódico, al que había mandado muchas colaboraciones, ahora en su momento de consagración, y antes, mucho antes, cuando empezaba.

En la entrevista que le hace Aguilar, entre otras cosas, y porque es tema recurrente en el libro, le pregunta si tiene miedo a la muerte. Y Fernández Molina contesta que le preocupa, que no le obsesiona, pero que le preocupa. Una contestación de enfermo, porque a los sanos no les preocupa en absoluto, y a los que tienen por dentro el come come de la enfermedad, saben que hay que tomársela en serio. Que eso que dicen de que “la muerte es algo que le ocurre a los demás” no es buena filosofía cuando uno mismo se mantiene con pastillas y consultas a los médicos.

En la presentación de este libro fabuloso, entretenido y vivo, por unos y otras se dijo que Fernández Molina merecía un homenaje de esta tierra, en la que vivió muchos años, se formó, dio clases en colegios, y casó. Ya los había recibido en su tierra natal, Alcázar de San Juan; en Zaragoza, donde se retiró a vivir; en Madrid, en sitios importantes, pero en Guadalajara no. Allí se lo prometieron, y hemos llegado tarde. Lástima, porque Fernández Molina, considerado uno de los líderes españoles del surrealismo y el postismo, se quejaba de que en privado todos le reconocían su enorme aportación al arte, especialmente en la literatura y la pintura, pero en público casi nadie le tenía en cuenta. Ni las antologías de la literatura española recogían su obra, ni los editores apostaban por sus libros.

El libro de los sabios

El caso es que ya falta uno. Ojalá los demás tarden mucho en apuntarse en la lista de Fernández Molina. Son otros ocho, ya mayores, simpáticos y truculentos, trabajadores y generosos, que desgranan su vida, sus anécdotas, sus sentimientos, sus temores. Y lo hacen llevados de la mano sabia, esa sí que lo es, de Pedro Aguilar, que saca en diez hojas, a cada uno, el retrato íntimo y completo. Adornadas las páginas, ilustradas con las fotografías latientes que les hace Paula Montávez, surgen las palabras de Antonio Pérez, un coleccionista de cuadros, editor, escritor, que además en un determinado momento de su vida se afilió al Partido Comunista, pero que aunque el entrevistador le quiere llevar por ahí, él como si nada. Es un político al que le importa más la vida, el arte y el pensamiento. Un tipo raro.

Antonio Rico sí es sindicalista y profesa de ello. Romanillos hace guitarras, todos los que las conocen dicen que son las mejores del mundo. Vive en Guijosa y lleva la enorme filosofía que da una vida pasada por la guerra. Quizás el mérito mayor de todos estos entrevistados es que les pasó la Guerra Civil por encima, y eso deja un poso de sabiduría que no te lo quita esta sociedad de “balnearios urbanos” ni aunque te restrieguen a diario que lo importante son las “escapadas del fin de semana”.

Dorotea Rodrigo es una anciana de pueblo, de Gárgoles, que ha escrito un libro pasados los noventa años. O Jesús Rodrigo, otro filósofo que menudea por los rincones de Brihuega. Más Francisco Checa, un ermitaño en el siglo XXI, aislado entre las fragosidades de Sierra Molina, cuidando del Santuario de Nuestra Señora de Montesinos, cerca de Cobeta. Otro entrevistado es José Andrés Torrent, ilustrado y científico, pionero de las truchas y los champiñones, artista de la jardinería y la doma de bosques, que está empeñado, a sus años, en encontrar la causa de por qué el corazón late, día y noche, durante años, sin parar…

Quizás el más atrayente, al menos para mí, de los entrevistados por Aguilar, es el seguntino Pepe Esteban. Un escritor de raza, un literato de los pies a la cabeza, un editor de fama. Un hombre que ha puesto en las letras, en el hablar, en el saborear la belleza de las palabras su esfuerzo mayor. Un libro en el que todos estos seres hablan, conducidos por Aguilar, y nos dejan en sus anécdotas, recuerdos y deseos, la pulpa agridulce de haber peleado y esforzado, para mirar como se suceden las estaciones, sin más. El entrevistador, y autor del libro, les apura con sus preguntas el último giro de agudeza. Y ellos se entregan, hablan de la guerra, de la muerte, de sus amores, de sus viajes, de su eterno subir y bajar las calles del pueblo, o escuchar los truenos entre las areniscas rojas del Arandilla.

Todo el mérito para este libro, que añade un encantador Prólogo de Manu Leguineche, más una introducción del autor que se apunta a las meditabundas frases de Bobbio en su “De Senectute”. Todas traídas con razón y conveniencia. Si lo ha dedicado a gentes mayores, Aguilar ha sabido muy bien por qué: porque las palabras sacadas a los viejos, y más si son españoles, y más si se les menta la guerra, son siempre sabias y humanas, cargadas de honradez, de sufrimiento sobrellevado, de emoción planchada. A los jóvenes sería difícil hacerles hoy una entrevista, porque los jóvenes se han educado en la muelle sociedad de la exigencia, del derecho consumado y la generosa dotación presupuestaria. Y eso no da para muchas filosofías. Pero en fin, alejémosnos de ellas, que no nos pueden llevar sino a precipicios sin fondo. Un aplauso para un libro bien hecho. Y para el autor que ha conseguido emocionarnos.

Antonio Fernández Molina

Nacido en Alcázar de San Juan, en 1927, ha muerto en Zaragoza el 20 de marzo de 2005. En Guadalajara vivió, según le cuenta a Aguilar, porque su abuelo era médico de Casa de Uceda, y desde allí se trasladó a nuestra ciudad a estudiar, el bachillerato, y luego magisterio. Dio clases por los pueblos, y aquí se inició en la literatura, sacando adelante una Revista, “Doña Endrina” y unas tertulias literarias en las que apuntaban algunos más jóvenes que él, como Jesús García Perdices, y José Antonio Suárez de Puga. Conoció a Cela un día que vino a Guadalajara a dar una conferencia, y él tuvo la suerte de poder leer delante del autor de “Viaje a la Alcarria” un poema dedicado a Debussy, que tanto le gustó al escritor gallego, que le dedicó un breve piropo literario en “Cajón de sastre”, y luego le contrató como secretario de la Revista “Papeles de Son Armadans”.

Fernández Molina fue un escritor, y un pintor, (y un ensayista, y un editor, y un traductor…) que cabalgó en las vanguardias del siglo XX, que lo hizo muy bien, y que desde su posición de esteticista de las letras no ha llegado a ser reconocido por la cultura oficial, que pide otras cosas, quizás más trascendentes, con mayor calado, o quizás más relumbrantes, más de momento, más de centenario, no sé muy bien. El caso es que ahora en los obligados obituarios de quienes le conocieron, iremos sacando conclusiones. De momento, el que he leído en ABC firmado por Raúl Herrero, sirve para saber cuánto quería el alcazareño al conquense, y viceversa. En todo caso, habrá que ir apuntando a Fernández Molina entre los castellano-manchegos de la diáspora: no política, no, sino del aburrimiento.