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Lupiana en la cercanía

Monasterio de San Bartolomé

 

La semana pasada anduvimos mirando pueblos del entorno de la capital, todos ellos situados a menos de 25 kilómetros de la plaza mayor, y admirando en ellos sus templos, sus castillos, sus palacios y sus fuentes. El turista en Guadalajara, que estos días acude aún más por el reclamo de la Exposición montada en el Palacio del Infantado bajo el título de “Don Quijote de la Mancha, la sombra del caballero”, tiene para después de su visita algunas opciones en la capital y unas cuantas por los alrededores, donde se come bien, se respira aire puro, y se encuentran elementos patrimoniales que siempre ha oído y nunca ha visitado.

Uno de ellos es el gran conjunto monasterial de San Jerónimo de Lupiana, el cenobio que fundaran los alcarreños de la familia Pecha en el siglo XIV y que durante muchos años fue sede del General de la misma, emporio de sabidurías, arte y música. Una lástima que hoy solo pueda ser visitado los lunes por la mañana (dato este muy a tener en cuenta por quienes quieran ir a verlo) aunque a quien lo consiga no le dejará mal recuerdo: será todo un gozo que justificará el viaje, corto en todo caso.

Un entorno romántico

Se acerca el viajero, desde la meseta de la Alcarria, poco después de pasar junto a la Estación del AVE y las obras de Ciudad Valdeluz, hacia este monasterio, que tras unas recurvas de la carretera, aparece rodeado de una densa vegetación, ahora en invierno un tanto demacrada. Sobresale del conjunto la torre de piedra gris, que levantó el arquitecto madrileño Francisco del Valle a comienzos del siglo XVII. Es ese el lugar donde el viajero podrá extasiarse y pasar unas horas inolvidables: el lugar donde nació y tomó asiento como cenobio central, durante muchos siglos, la hispánica orden de San Jerónimo.

El monasterio de San Bartolomé de Lupiana está declarado Monumento Nacional desde hace mucho tiempo. Es posible cualquier día contemplar su aspecto exterior, el entorno en que está situado, la silueta noble de su torre o sus espadañas. Pero al interior sólo puede accederse los lunes, de 10 a 14 horas. Todo en San Bartolomé de Lupiana derrocha historia y arte. Cada rincón del viejo monasterio. Lo más interesante es el gran claustro renacentista, hermosísima muestra de la arquitectura clásica española. Fue diseñado, en su disposición y detalles ornamentales, por el arquitecto Alonso de Covarrubias, en 1535. Y construido por el maestro cantero Hernando de la Sierra. Presenta un cuerpo inferior de arquerías semicirculares, con capiteles de exuberante decoración a base de animales, carátulas, ángeles y trofeos, y en las enjutas algunos medallones con el escudo (un león) de la Orden de San Jerónimo, y grandes rosetas talladas. Un nivel de incisuras y cintas de ovas recorre los arcos. La parte inferior de este cuerpo tiene un pasamanos de balaustres. El cuerpo superior ofrece arcos mixtilíneos y aún en uno de sus costados álzase un tercer cuerpo.

Los techos de los corredores se cubren de senci­llos artesonados, y en las enjutas del interior de la galería baja aparecen grandes medallones con figuras de la orden: santos y santas, monjes diversos… En frases de Camón Aznar, máximo conocedor de la arquitectura plateresca española, refiriéndose al claustro de Lupiana, dice que «el conjunto produce la más aérea y opulenta impresión, con rica plástica y alegres y enjoya­dos adornos emergiendo de la arquitectura», es «obra excelsa de nues­tro plateresco».

Quedan algunos restos del antiguo claustro mudéjar, y otras dependencias curiosas, que no son tan espectaculares como este claustro mayor, obra exquisita y paradigmática del Renacimiento español.

Además del claustro, la iglesia

De lo que fue gran iglesia monasterial solo quedan los muros y la portada. Fue construido el conjunto a partir de que en 1569 se hiciera cargo del patronato de la capilla mayor el Rey Felipe II, mandando a sus arquitectos y artistas mejores, que entonces tenia empleados en las obras de El Escorial, a que dieran trazas y pusieran adornos en este templo. La traza del templo se debe al vallisoletano Francisco de Praves.

En la fachada se advierte una portada dórica, de seve­ras líneas, rematada con hornacina que contiene estatua de San Barto­lomé. En lo alto, gran frontón triangular con las armas ricamente talladas de Felipe II. El interior, de una sola nave, culmina en elevado y estrecho presbiterio. La bóveda, que era de medio cañón con lunetos, se hundió hacia 1928, lo mismo que el coro alto, a los pies del templo, enorme y amplio. El templo se decoraba, en bóvedas del coro, del templo y del presbiterio, con profusa cantidad de pinturas al fresco, obra de los italianos que decoraron El Escorial. Nada ha quedado, ni siquiera una sucinta descripción, de ellas.

Anécdotas del monasterio

Tenían los jerónimos de Lupiana grandes posesiones en las cercanías. Por ejemplo, el coto de Alcohete era suyo, y allí pusieron un pequeño recinto, también monasterial, para que los ancianos o los enfermos se retiraran a descansar. De hecho, en el otero donde hoy asientan los edificios de “piso piloto” de la Urbanización Valdeluz, estuvo la iglesia de los jerónimos de Alcohete. Luego se transformó todo ello en caserón que compró el conde de Romanones y dejó algunos terrenos para otras familias de Guadalajara. En ese lugar se puso tras la Guerra Civil Sanatorio antituberculoso, y finalmente Centro Psiquiátrico que hoy permanece.

Los monjes jerónimos eran unos magníficos músicos, formando una orquesta sinfónica que interpretaba, según llegaban de Europa, las más grandes piezas de la música alemana y austriaca. En San Jerónimo de Lupiana se estrenaban las obras de Beethoven y Haydn. Aunque esa música solo la disfrutaban ellos, pues apenas algún seglar era invitado a asistir. Cuando en 1836 la Desamortización de Mendizábal disolvió la orden y vació el convento, que fue vendido a la familia de los Páez Xaramillo, los monjes se dispersaron, se secularizaron y la mayoría se dedicaron como músicos en orquestas, como profesores, etc. De Luliana salió el que allí fue monje y luego admiración de los medios musicales madrileños a mediados del siglo XIX, el padre Félix Flores.   

 La villa de Lupiana

A tan solo 15 Km. de Guadalajara, y bajando al hondo foso del valle que forma el río Matayeguas en un espectacular paisaje netamente alcarreño, el viajero admirará esta pequeña villa, en la que con justicia se alaba, entre otras cosas, el riquísimo pan que cada día se produce en su tahona.

Aparca el viajero en la plaza mayor, plaza castellana de recio sabor ambientado en adobes, piedras calizas y densas arboledas, presidida del Ayuntamiento que es modelo de concejos castellanos, y centrada por la picota de justicia; con su templo parroquial de portada y arquitectura platerescas, preciosas de tallas, de grutescos, de mil figuras cuajadas; con su arquitectura popular bien conservada. La picota alzada sobre las gradas de piedra, ofrece su columna y el remate con cuatro cabezas de leones al viento. Es el símbolo de la capacidad de autonomía villana, un emocionante recuerdo de la historia de Castilla.

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