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Viaje a las ollas de Zarzuela

 

Empezaremos por decir que es Zarzuela de Jadraque (su nombre oficial) un pueblecito de la serranía guadalajareña, alzado en un recuesto que por sus lados se acompaña de sendos profundos barrancos, que darán a la larga en el río Bornova, el que trae las gélidas aguas de los altos picos del Alto Rey. Pero que de siempre, desde hace siglos, a Zarzuela le conocen con otro apellido, con el “de las Ollas” que obtuvo por ser lugar de enorme producción alfarera, algo así como un polígono industrial escondido entre los repliegues de los montuosos espacios serranos.

Hoy es actualidad Zarzuela de las Ollas porque acaba de aparecer un libro que trata de esos elementos que allí se produjeron durante siglos. Y que ese libro, que han escrito dos personas del pueblo, lo van a presentar el sociedad el martes próximo, el 1 de febrero por la tarde, en la Biblioteca de Investigadores de Guadalajara. Habrá que ir a ver qué nos cuentan María Ángeles Perucha y Miguel Angel Rodríguez, sus autores.

Historia de una artesanía

La fabricación de ollas en Zarzuela ha sido, (hoy ya no existe) más un actividad industrial que artesana. Se tiende a llamar artesanía a todo aquello que hace siglos, o decenios, servía para la vida diaria, y hoy ha quedado obsoleto con los avances de la electrónica. Los cacharros de Zarzuela, que hoy buscan los coleccionistas de la artesanía alfarera como verdaderas joyas, fueron durante siglos elementos fundamentales para la vida. Sus múltiples formas se destinaban al almacenamiento del agua, de los alimentos, a su preparación y guarda, a proteger casas, animales y personas, etc. Y aquello que era más que elementos artesanales, se producían en forma masiva (dentro de lo que cabe, para un pueblo de medio centenar de vecinos) y se distribuía por toda la sierra, y aún más allá de los lejanos y anchos valles del Jarama, el Henares y el Tajo.

Se sabe que la alfarería de Zarzuela era industria en el siglo XVI. Lo más probable es que lo fuera de mucho antes. Pero la fecha cierta que lo ancla a la historia es la de 1581, cuando los ancianos del lugar escriben las Relaciones Topográficas que mandan a Felipe II, y en la que dicen que todos ellos viven de la agricultura, “e de hacer algunas ollas”.

En el siglo XVIII, cuando se escribe el Catastro del Marqués de la Ensenada, se sigue viendo la pujanza del invento, y cómo en 1752 la cuarta parte de sus habitantes actuaban de alfareros. En sus propias casas hacían los cacharros, y en tres hornos repartidos por el municipio los cocían y daban fin. Esos hornos, a mediados del siglo XVIII, eran propiedad de Francisco Llorente, Juan Moreno y Juan Atienza.

Se siguió haciendo alfarería en Zarzuela hasta los años 70 del siglo pasado. Personalmente llegué a verlos trabajar, a sus vecinos, en directo, y a admirar los cántaros y cántaras (son distintos géneros aunque similar especie…) que se hacían y usaban. En 1982 se hizo la última sesión de producción. En jornadas promovidas por el Museo de Etnografía de Guadalajara (ese que existe, cerrado desde hace años, desde el siglo pasado exactamente, en los bajos del palacio del Infantado) se llegó a realizar piezas con los tornos que aún existían, hornadas y secadas, hasta conseguir una colección estupenda de cacharros que, documentados en todo su proceso, cuajaron las salas de dicho Museo, y sus fondos gráficos y documentales. Muchas de esas fotografías y datos se usan ahora en este libro que aparece, y que rescata aquella actividad que quedó sumida en el silencio, por no decir que en el olvido.

Los alfareros de Zarzuela tenían toda su industria en su propia casa. En el portal estaba la sobadera, un poyo de piedra con una losa encima, en la que amasaban la arcilla húmeda que habían traído desde los filones en que se extraía: los había en los Terreros, en la Casa de San Roque y sobre todo en la Majillano.

En la cocina ponían el torno. Su estructura, lo más primitivo que se conoce. En Asturias (Faro) se conservan otros similares. Era absolutamente manual, queriendo expresar con ello que todo se hacía a mano, incluso el darle vueltas a la rueda. En esa, de forma redonda y gruesa madera de encina, se colocaba la masa arcillosa y húmeda, a la que con un par de golpes se le iniciaba la forma del cacharro, y luego, haciendo que la rueda se moviera rápido, el alfarero, por etapas, le daba la forma deseada. Esta rueda apoyaba en una corredera, y esta a su vez sobre la estaba, que constituía el torno entero.

Las piezas terminadas (algunas requerían hacerse en varios fragmentos que luego se unían) se dejaban a secar, y luego se llevaban a los hornos, en los que se hacía cocción comunitaria, pues cada familia realizaba pocas piezas. Estas cocciones se hacían cada 15 días más o menos, y en cada una de ellas cabían unas 200 piezas o poco más. Lo cual nos indica que al año Zarzuela vendría a producir unas 4.500 piezas de su famosa alfarería, no más. Y que la mayoría se llevaban luego a vender.

Los hornos eran tres, desde el siglo XVI, y los mismos existieron hasta mediados del siglo pasado. El principal estaba en el casco urbano, y hoy restaurado se puede contemplar como un verdadero monumento, el más importante de la villa, una expresión de arqueotecnología. Los otros dos estaban en El Realejo y en El estrecho.

El actual horno que podemos ver, estaba aislado en un extremo del pueblo, y es de forma semicircular, con un interior profundo, separado en dos niveles por un suelo de adobes agujereado (a esos agujeros que permitían el paso del fuego se le llamaba cabos). Por una hendidura baja se metía la leña que se prendía, y por arriba, o desde otra abertura a nivel del cuerpo humano, se iban introduciendo los cacharros ordenadamente, para recibir la cocción que los endurecería definitivamente.

Al objeto de que en estas cocciones comunales, cada alfarero identificara sus piezas, se adoptó desde la Edad Media la costumbre de la “firma”, que era una especie de código cifrado, realizado con puntos grabados en las asas de los cántaros o en los bordes, que expresaba la propiedad de la pieza.

Una tarea, desde que se recogía la tierra en el campo, hasta que se levantaba sobre la cabeza el cántaro reluciente y fresco, terminado, que suponía largas horas de dedicación, de un trabajo lento, meticuloso  y laborioso. Siempre igual, desde hace muchos siglos, siempre perfecto.

Las piezas

Muchos tipos de piezas salieron de los talleres alfareros de Zarzuela “de las Ollas”. Solo con enumerar sus nombres, ya puede el lector hacerse idea de la variedad de elementos que de allí salieron. Botijos y botijas, cántaros y cántaras, ollas y tinajas, vasos, copas, cuencos y encellas, pucheros, tubos y tejas. Todos de barro, limpios y rojos al nacer, oscuros y renegridos de los humos y los caldeamientos al pasar de los siglos. Pero duros y firmes, tenaces y resueltos. Así han llegado las piezas de la alfarería de Zarzuela de Jadraque hasta nuestros días, y así nos las han ofrecido María Ángeles Perucha y Miguel Ángel Rodríguez, en su estudio completo y ambicioso, un estudio que, como dice José Ramón López de los Mozos, prologuista del libro, nada más nacer ya se ha convertido en un clásico de este tipo de estudios, sobre lo que hoy se considera artesanía y no fue, durante siglos, más que una industria vital y hondamente humana. 

Bibliografía

El libro que se presentará el próximo martes día 1 de febrero, en el salón de presentaciones del Centro Cultural San José, en la Biblioteca de Investigadores de Guadalajara, lleva por título “La Alfarería de Zarzuela de Jadraque” y son sus autores María Ángeles Perucha Atienza y Miguel Ángel Rodríguez Pascua. Editado por AACHE de Guadalajara, tiene 200 páginas y cientos de fotografías, pues aparte del estudio del proceso creativo de la alfarería serrana, ofrece un catálogo tan completo de piezas, que los autores piensan están reflejadas gráficamente todas las que se han encontrado o existen actualmente. El libro se acompaña de un CD-Rom con la presentación multimedia del catálogo de piezas. Una obra que puede calificarse de definitiva para conocer y estudiar el fenómeno de la alfarería, hoy perdido, irremediablemente.

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