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octubre 29th, 2004:

La iglesia mendocina de Torija

Este es, más o menos, el título del libro que hoy presenta en Torija su autor, don Jesús Sánchez López, y en el que se trata con todo detalle de la historia de este templo, y, sobre todo, de los elementos artísticos que en él se contienen, y que son tantos, y tan increíbles, que para más de uno será revelación su contenido.

Torija en el cruce de los caminos

El viaje a Torija es fácil, porque está en medio de todos los caminos: tras subir la primera cuesta que aparece en la senda de Zaragoza, y viendo siempre a manderecha su almenado castillo, entramos en Torija por una desviación bien señalizada.

Tiene esta villa todos los valores de la Alcarria cumplida: la gran plaza porticada, fuentes aquí y allá, un alto castillo en un extremo y una solemne iglesia en el otro. Fiestas a menudo, buen yantar en sus mesones, y amenidad en el paisaje que la rodea. No se puede pedir más.

Sobre el castillo se ha escrito mucho: libros enteros, como el que su párroco, don Jesús [Sánchez López] ofreció no hace mucho, y se está preparando aún más, porque la Diputación tiene prevista la construcción, en su interior, de un gran Centro de Interpretación de la Provincia, que dará información a cuantos lo visiten, de lo que nuestra tierra tiene en oferta.

La iglesia de Torija

Pero es la iglesia la que hoy centra nuestro viaje. Puede visitarse en días de fiesta, o llamando al teléfono de la parroquia, que es el 949 320 001, en el que se ofrecerán las posibilidades de visita. La mole pétrea y gris de este templo rememora tiempos medievales, porque en su origen fue de estilo románico, aunque luego con el crecimiento económico de la comarca, y el apoyo sin reservas de sus señores, los Mendoza de la rama de los Condes de Coruña (sangre de Mendoza y Figueroa) fue creciendo y aunando arquitecturas, perfiles y contenidos. De hecho, tras su mole poco elaborada, se concentran exquisiteces del arte, que merece mirar en detalle.

Lo primero, su torre, castillera también, de piedra caliza densa y medida. Lo segundo, su portada de líneas manieristas, serlianas, con escudos tallados en la madera de sus hojas. Lo tercero, el interior, de tres naves, hoy arreglada y con detalles posteriores, barrocos. Pero dando con su dimensión la idea de espacio sagrado marcado en todos sus ámbitos.

Hay un buen puñado de otras de arte que admirar en ese interior. De una parte, el gran retablo. Que no es el primitivo del templo, pues ese fue destruido en guerra, como la gran reja forjada que cerraba el presbiterio. El actual retablo procede de Atienza, de su vacía iglesia de Santa María del Rey, de la que se sacaron cuadros y esculturas para poner en el Museo de San Gil, pero de la que se rescató la armazón, para una vez en el templo torijano, añadirle unas modernas pinturas que no le sientan nada mal.

Otra cosa que asombra: el arco triunfal que da paso desde la nave central al crucero. Ese arco es una suprema galanura del estilo plateresco, y en él se mezclan detalles gotizante, cardinas, pilares y bichas, con los típicos grutescos de imposible zoomorfismo, conformando una verdadera joya de la arquitectura del Renacimiento. Solo por ese arco ya merece ser visitada la iglesia de Torija.

Pero seguimos con los asombros: los enterramientos de los primeros señores de la villa, de los mendocinos vizcondes don Alonso Suárez de Mendoza, su esposa doña Juana Jiménez de Cisneros, y descendientes. Son elementos de gracia genovesa, tallados en su frente con escudos y angelotes que los sostienen, en una línea de arte italiano muy nítida.

Esos señores, y sus descendientes, fueron colocando en las partes que coronan los pilares que escoltan el crucero grandes escudos de escayola, sucesivamente repintados, en los que leemos las armas y símbolos heráldicos de las familias que entroncaron con la primitiva Mendoza: Figueroa, Cisneros, Bazán, La Cerda y Borbón. Aunque nada pone en ellos de a quien representan, para cualquiera que sepa algo, poco, de heráldica su lectura será cosa de momento. Por si acaso, en el libro de don Jesús Sánchez López se ofrecen sus imágenes y explicaciones detalladas.

Otros elementos sueltos: pues capiteles y águilas talladas, más escudos, lápidas, y una impresionante pila bautismal, de las pocas que en la provincia tenemos totalmente tallada y revestida de símbolos, concretamente los que marcaron la Pasión de Cristo. Está en el bajo coro, que fue lugar de alta memoria debido a que allí tuvo su sede la numerosa asamblea de clérigos que formaban el Cabildo o Congregación de Legos, que don Bernardino de Mendoza fundó en este templo, a imitación del que daba culto a San Gúdula en su catedral de Bruselas. De sus sillas talladas, de sus antifonarios, púlpitos y atriles, nada queda, pero sí la memoria, detallada en el libro que hoy se presenta, de lo que supuso para Torija esta fundación, porque uno de los clérigos debía dar clases de Gramática en la villa, y otro elementos de Canto, para que los clerizones, todos muchachos del lugar, se formaran en el saber hablar y cantar. Quizás la galanura de los habitantes actuales de Torija provenga de aquella suma de voluntades. Quién sabe.

Don Bernardino de Mendoza

El libro de Sánchez López dedicado a la iglesia de Torija no ha surgido, precisamente ahora, de casualidad. Es idea largamente meditada y trabajada, y es con la intención de conmemorar el cuarto centenario de la muerte de don Bernardino de Mendoza por lo que ahora sale.

Este individuo, ejemplo de varón listo, presto y hábil, que pobló en la España del siglo XVI, cuando Felipe II, nació en Guadalajara y murió en Madrid, en agosto de 1604, pero tuvo un amor claro: la villa de Torija. Después de andar media vida de capitán de los Tercios en Flandes, de embajador del rey en Europa, y de embajador/jefe de los servicios de inteligencia (o sea, de espía puro y duro) en la corte británica de Isabel I, quiso que la villa de sus padres y abuelos tuviera recuerdo de su fama, y fuera sepulcro de su roto cuerpo. Se enterró a los pies de la grada que asciende al altar, y allí aún vemos hoy su lápida, rota por los siglos, pero restaurada por los torijanos atentos, y en la que se ve, por dibujo tallado, una calavera y dos tibias cruzadas, y por leyenda estas palabras, que más o menos recuerdan su nombre, la fecha de su muerte, la frase que le guió y algunas consideraciones pías. Obiit D. Bernardinus a Mendoza, año M 604 a 3 de agosto. En torno a la calavera, y en latín, pone esto:  “Si no tienes poder, nada tienes que temer”. Y por la bordura, cosas de cahíz: “Heme aquí, como el heno me sequé y ahora duermo esperando alcanzar la resurrección de los muertos y la vida en el siglo venidero”. Todo un símbolo de un pensamiento tradicional y religioso, de ese que, como nos decía tan acertadamente García Marquina en su magistral “Tribuna abierta” de la pasada semana, estará pasado de moda, pero no puede olvidarse porque en él se sustentan la mayoría de los valores de la sociedad occidental.

Quizás sea aburrido seguir hablando de iglesias, de latines y ceremonias, de portadas platerescas, de españoles en Flandes y de escudos heráldicos. Pero cambiar todo eso por concursos de graffitis, ceremonias del escándalo a la Salsa Rosa, o la filosofía de Mojinos Escozíos, mucho me temo que es ir hacia atrás. No me creo, de verdad, que el nuevo siglo tenga estas cosas por sus líneas maestras.

La iglesia de los Mendoza de Torija

Nada menos que 232 páginas, muchas de ellas cuajadas de imágenes en color, ha necesitado Jesús Sánchez López para resumir todo lo relativo a la historia, el arte y las tradiciones de la iglesia parroquial de Torija. Es este un libro en el que se aúna la investigación histórica y documental, con el análisis detallado de los elementos patrimoniales. Se suma de amplias descripciones de escudos heráldicos (pues tantos de ellos pueblan las paredes del templo, que viene a ser casi un museo de la heráldica mendocina) y se completa con recuerdos anecdóticos del pueblo, de sus sacristanes, escaladores de torres y niños atrevidos que se descolgaban por las bóvedas. La memoria cumplida de don Bernardino de Mendoza, escritor y militar, se salda con un amplio capítulo dedicado al cuarto centenario de su muerte.