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Viaje al Alto Jarama: por la Puebla de Valles y Valdesotos

El otoño ha llegado moviendo las altas ramas, que ya amarillean, y dejan caer por los caminos estrechos de la sierra su amable carga de hojas secas. Los viajeros han subido hasta el alto Jarama, y han visto cómo la Naturaleza de este rincón noroeste de Guadalajara se prepara a darnos el otoño colorido y melancólico con que habitualmente cierra su temporada de ardiente verano.

Primero en La Puebla de Valles

Desde Guadalajara se asciende el Henares, y se llega a Humanes, para alcanzar, a mitad del camino de Tamajón, la desviación que sale a la izquierda para bajar hasta la Puebla de Valles, un rincón idílico que aparece al doblar la última curva hundido entre cárcavas rojizas formando una rambla que irá a dar en el Jarama.

La Puebla de Valles tiene de interés, sobre todo, su situación y aspecto. Un pueblo cuidado y con pinta de “belén”, en el que sobresale la iglesia  del siglo XVI, que no tiene especiales elementos artísticos, y un olivo milenario que le ha ganado la partida al templo, y es ahora la principal atracción de la villa. El paisaje, ideal para el verano, está cuajado de alamedas y espacios de ocio.

Se ha terminado recientemente una carretera que, alzándose sobre las copas de los árboles y los últimos tejados, pasa la loma norteña de La Liendre y cae enseguida sobre el hondo y estrecho valle del Jarama. Aquí es donde los viajeros se entretienen a mirar, a sentir cómo la Naturaleza de Guadalajara se ofrece, siempre tímida pero vibrante, a los ojos de quienes quieren ver cosas nuevas.

El Alto Jarama

Aunque el Jarama nace en la provincia de Madrid, en la falda sur de la Peña Cebollera, a 1.860 metros de altitud, y enseguida excava hondos barrancos pedregosos, pasa a Guadalajara y forma en nuestra tierra sus más espléndidos y atrevidos paisajes. Este largo río tiene 194 Kms. de longitud total, y desciende hasta los 480 metros de altitud cuando en tierras de Aranjuez desemboca en el Tajo. Su pendiente media es, pues, de un 7%. Caudaloso siempre, por su régimen de lluvias y nieves alimentándole, hoy ha cambiado bastante porque en la cabecera le han surgido embalses que le retienen el agua: El Vado es el principal, pero también el Atazar, y otros.

Empinadas orillas le hacen ir encajonado, tapizado en sus límites por una densa masa forestal en la que se ven sauces negros, temblonares y abedules, fresnos y alisos en grandes cantidades, ahora ya enrojeciendo y amarilleando, creando un mosaicos hermosísimo. Hay también algunos tejos y (escasísimas) hayas.En las alturas, más peladas, surge la jara y el brezo tapizando las lomas, en las que también rebollos y encinas se esparcen, como luego lo hacen en el cauce medio del río, cuando se ensancha el valle llegando, por Uceda, hacia Torrelaguna.

Se han visto en sus aguas nutrias, mirlos acuáticos y hasta el desmán de los Pirineos. Y lo que los viajeros han visto, y esto no es una entelequia, es el precioso puente medieval que cerca del actual poblado de Valdesotos permitía el paso del viejo camino serpenteante. Un puente de tres ojos, perfectamente conservado, con sus barandas de vieja piedra musgosa, y su giba central. Desde la altura, mirando abajo, se oyen las aguas del río fluir, cuajadas ahora de hojas secas, mezclando los colores del otoño en su marco inigualable. Es un espectáculo que muy pocos conocen, y que desde aquí animo a que descubran cuantos quieren tener de Guadalajara la idea justa de lo que es: algo más, mucho más, que el lío diario del tráfico en la capital. Una tierra de silencios y alturas, de aguas claras y puentes antiguos.

Valdesotos

Valdesotos , más arriba, vive de su fábrica. Antes era imposible acceder al lugar si no se era empleado del Canal de Isabel II, que es la empresa feudal de estos contornos. Valdesotos tiene una fábrica de señales de tráfico, y una animación jovial en sus gentes, que han arreglado las viejas casas, han levantado un nuevo Ayuntamiento, y han sembrado el lugar de merenderos, espacios de descanso y alamedas risueñas. Lamenta la señora Petra, a la que saludamos, que el único bar que había, ha tenido que cerrar. Bueno, le decimos, para los que venimos un rato tampoco supone gran problema, y a ella, casta y pulcra en su ancianidad de canas, suponemos que aún menos.

La bajada hacia la civilización se hace por una enrevesada carretera que asciende por lomas y permite ver, de vez en cuando, allá abajo, en una vertiginosa distancia, el hundimiento de las aguas y las alamedas del Jarama.

Muchos de los turistas que hasta aquí vienen (“todos madrileños” dice la anciana) se acercan andando hasta el Chorro de Valdesotos, en el barranco de la Moraleja, que está a quince minutos andando desde la plaza del pueblo, y que supone una visión inolvidable de un pequeño arroyo cayendo alborotado entre verticales paredes pizarrosas. Es otro de los muchos atractivos, todos paisajísticos, de Valdesotos.

El Olivo Milenario

En la plaza alta de Puebla de Valles, entre la mole de la iglesia y el caserón del señor Manuel, se yergue el olivo milenario, que hoy es toda una atracción del pueblo. Sobre su corpulento y múltiple corpachón, se lee en una cartela de madera, como grabado a fuego, un largo poema que no tiene desperdicio.

“Dedicado al señor alcalde Manuel, a toda la justicia entera, a todos los de Puebla de Valles, y a transeúntes de fuera”. Los viajeros se han sentido especialmente felices al comprobar que alguien tuvo en su día la ocurrencia y la amabilidad sin límites de dedicarles un verso. Y sigue diciendo que “Si vas por Puebla de Valles, verás pinares, robles y olivos, pero el que hay junto a la iglesia, plantado por el Municipio…” y sigue narrando la historia de su traída desde los Salvillares, desde un terreno propiedad de Angel Sanz, habiendo tenido que podarle muchas de sus grandes ramas para poderlo transportar. La verdad es que el olivo es gigantesco, desmesurado, amable, acogedor….. podría dedicarle al tal olivo una panoplia de adjetivos, y todos le valdrían, porque un ser vivo, tan antiguo (le llaman “el milenario” y no les falta razón) tan palpitante y suave, que deja a la vista rodar por sus miles de hojas, es para entusiasmar a quien lo ve. Los versos absolutamente libres y rurales de Ceferino Iruela canturrean en la boca de los viajeros: “Lo limpió Ventura Gamo, con mucho riesgo por cierto, para poder transportarlo, si no, no se ve en el pueblo”.  Y acaba el verso con el habitual panegírico a las “tres cosas tiene mi pueblo…” En este caso, el señor Ceferino dice de su pueblo: “Si vienes por Puebla de Valles, tres cosas podrías ver: iglesia, olivo milenario y Molino de Ofelia y Manuel…” Ahí queda esa aleluya, y ese olivo que, a pesar de que llueve, no mueve sus ramas. Espera quieto a que pasen otros mil años. A él no le pesan.

La Vereda de Puebla

Entre las casas rurales que están surgiendo por toda la Sierra Norte de Guadalajara, una de las más bonitas y mejor presentadas es “La Vereda de Puebla” que se alza en el número 4 de la Palomera Alta, en Puebla de Valles. Es fácil encontrarla, tanto en la villa como antes por Internet, pues con entrar en esta página, www.laveredadepuebla.com, uno la ve por fuera y por dentro, sabe de sus horarios, de sus ofertas, de sus precios y de cuanto en los alrededores se puede hacer durante un fin de semana, o un puente. Y es realmente bonita: un referente de lo que las casas rurales están haciendo por fomentar el turismo, y un espacio acogedor y siempre ocupado, de gentes que vienen de lejos, que saben a lo que vienen.

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