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Centenera la Vieja, ya un suspiro

Los viajeros se han echado, en la mañana fresca del verano, a recorrer sobre suculentos caminos de hierbas altas y pedegrosas certezas la Alcarria que media entre el arroyo Matayeguas y el río Ungría. Un espacio de terreno en el que apenas hay otra cosa que anchos campos de cereal, ahora mismo granados, alcores pedregosos, y la seguridad de que a poco que se ande uno se encuentra ante la suave y oronda hondonada de algún valle. Los valles de la Alcarria, todos olivos y bosquedas, urracas en pelea, alguna serpiente que huye…

En búsqueda de un despoblado

Las Relaciones Topográficas de Felipe II nos ofrecen, al hablar de los pueblos de la Alcarria, noticias de pueblos que hoy ya no existen, que hoy son solamente un pequeño montón de piedras, cubiertas de hierba y sembrados, pero que entonces, -finales del siglo XVI- tampoco eran mucho más. Apenas un montón de casas arruinadas, la vieja iglesia desmochada, las fuentes rotas… y el recuerdo aún vivo de cuando se vaciaron, de aquellas epidemias (la terrible de la Peste Negra a mediados del siglo XIV fue la principal causa de tanto deshabitamiento) de aquellas plagas, de aquellas peleas. Las leyendas cuentan y no paran en los pueblos. Dicen que muchas aldeas se quedaron vacías de gente, y luego se hundieron olvidadas, porque en una boda alguien echó, por envidia, un veneno en el vino. O que una terrible avalancha de hormigas devoradoras se empinó por las calles y acabó con todo. O un aire raro, un cierzo violento… nada de eso. Los pueblos, muchísimos pueblos que existieron en la Edad Media en la actual provincia de Guadalajara, quedaron abandonados tras la epidemia de peste bubónica del siglo XIV, en la que se calcula que murió más de la mitad de la población de ese momento. Quienes sobrevivieron, se fueron a otros pueblos cercanos a vivir, fundieron concejos y términos, quedaron simples ermitas, torreones, ruinas, que han llegado hasta hoy en la memoria, o en signos ciertos, como ocurrió en Centenera la Vieja.

La Relación de Centenera

En la Relación Topográfica de Centenera, a la pregunta número 50 se dice  “Que cerca del dicho lugar hay dos despoblados, que el uno se llama Centenera de Yuso, y el otro el Villar, y que en el despoblado del Villar hemos oido á nuestros mayores que hubo una moza que tenia dos cabezas y dos caras en un solo cuerpo, y que la una cantaba y la otra respondía lo que cantaba la otra”. Del despoblado de El Villar, ha quedado memoria en Atanzón, porque está en ese término, y sobre la leyenda referida, existe un relato muy bonito escrito por Felipe Olivier en su libro “Historias y Leyendas de Guadalajara”.

Y en la misma relación de Centenera aparece la memoria de la peste, cuando refieren el origen de sus fiestas y votos: “Que en el dicho lugar hay voto de guardar cuatro días de fiestas, además de las que manda Nuestra Santa Madre Iglesia Catedral de Toledo, que son S. Roque, é S. Gregorio Nacianceno, Santa Agueda y Santa Ursola, y la causa y principio de guardar dicho dia á S. Roque, hemos oido decir a nuestros antepasados, que fué por peste que vino, y la fiesta del dicho S. Gregorio por gusano que se come las viñas, é lo demás no sabemos”.

Don Juan Catalina García López, en los Aumentos que a las referidas Relaciones Topográficas incluyó en su edición, nos dice que “me consta ciertamente que Centenera de Yuso estuvo en una altura, como he dicho, casi enfrente de Aldeanueva de Guadalajara, donde quedan los vestigios de una iglesia que llaman de San Marcos, nombre que no se refiere, sin duda, al pueblo, sino á la misma iglesia, cuyo titular sería aquel evangelista”. Efectivamente, después de enconado pleito, en el siglo XVIII, hoy ese lugar pertenece al término de Atanzón, y se ve separado de Aldeanuela, que casi está enfrente, por el hondo barranco por donde discurre el arroyo Matayeguas.

Los restos de la vieja Centenera de Yuso

Casi al amanecer, para evitar el calor del día, los viajeros han surcado caminos, han bordeado trigales, y se han plantado frente al cerro empinado en que estuvo este viejo pueblo al que la peste bubónica dejó vacío. En lo alto del cerrete se ven unas ciclópeas ruinas, que desde lejos semejan castillo guerrero. Desde lejos y desde cerca, porque aunque García López dijera que allí estaba, en el lugar de la Centenera Vieja, la ruina de su iglesia de San Marcos, es evidente que él no llegó hasta ese remoto lugar. Lo que allí existe es una construcción ruinosa, pero con tres de sus altas paredes en pie. Son verticales, totalmente cerradas, no tiene contrafuertes, y en la altura no hay restos de aleros, sino unas hiladas de ladrillos entre la argamasa, de tal modo que todo hace pensar en que aquello fue una fortaleza, una gran torre de vigilancia y defensa. Así han opinado otros que la han visto. Y aún dejando abierta la posibilidad de que pudieran ser restos de iglesia, porque la tradición así lo dice, pero la realidad vista me hace inclinar hacia la salida de torreón defensivo, de castillo auténtico, porque está en una eminencia muy sobresaliente del terreno, y desde su altura se divisaban grandes espacios de la llanada alcarreña y del valle del Matayeguas.

En todo caso, las fotos que acompañan estas líneas pueden dar razón para la opinión de mis lectores. Finalmente, una sugerencia: vale la pena atravesar la Alcarria de Atanzón (mejor si es en un vehículo todo-terreno, por seguridad, porque las hierbas están muy altas, y los caminos que recibieron mucho agua esta primavera tienen en algunos trozos rodadas muy profundas) y plantarse ante el cerro fortificado de Centenera la Vieja. Es una excursión inédita, y, se lo aseguro, emocionante.

La Golosa, otro despoblado en la Alcarria

Hay muchos otros despoblados alcarreños en los que quedan restos interesantes de su pasado patrimonio. Uno de ellos es “La Golosa”, en término de Berninches, en una eminencia sobre el valle de su mismo nombre, que desde la meseta de Peñalver, Fuentelencina y el Cruce del Berral, se asoma hacia el valle del río Arlés. El nuevo trazado de la N-320 hacia Sacedón, pasa muy cerca de este lugar, al que hay que llegar a pie. En la eminencia del otero, se alza casi entera una iglesia románica.

La historia nos cuenta la misma historia que en Centenera, pero aquí sin fábulas: la peste diezmó a La Golosa de tal manera que quedaron tan solo tres vecinos, los cuales decidieron unirse a Berrinches, redactando y firmando un documento que aún hoy se conserva en el Archivo Municipal. La iglesia de La Golosa, de la que en su día dimos noticia en estas páginas, es románica y ofrece aún su traza, sus capiteles y arcos medievales, en medio del campo.

Un libro de despoblados

Acaba de aparecer un magnífico libro, que firman Ranz Yubero, López de los Mozos y Remartínez Maestro, titulado “Estudio toponímico de los despoblados de la comarca de Molina de Aragón”. Un estudio denso, y apasionante al mismo tiempo, en que al compás del análisis toponímico de espacios yertos, se da noticia de más de 5 docenas de despoblados, antiguos pueblos que hubieron vida, en la comarca de Molina.

Libros como este (ha sido editado por el Excmº Ayuntamiento de Molina de Aragón) nos devuelven la memoria cierta de esa parcela arcana, perdida en todas las crónicas, huida y silenciada, de los pueblos que fueron y se los llevó la peste. Andar Molina en su búsqueda es otro recomendable ejercicio que podrá hacerse cómodamente de la mano de este libro modélico, que aquí recomiendo.

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