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Gabino Domingo, un escritor con mucho fuelle

Las gallinejas son tripas de cordero lechal, fritas en sebo (no en aceite). Así lo decía el gran pintor Solana, puesto a escribir y escrito en “El Rastro”. Camilo José Cela las llamaba “parientes del zarajo conquense y del chinchulín criollo”, también las llamaba “tripicallos”. Tras muchos avatares de hacer, comer y mantener las gallinejas, estas son hoy un bocado escaso y exclusivamente madrileño, pues no se san en los alrededores, ni en provincias. Solo en Madrid, y en sus barrios castizos: Embajadores, Lavapiés, Tetuán, Vallecas o Ventas. En 1920 había más de cien establecimientos en Madrid que se dedicaban a esto,´los llamaban las “fondas del sebo”, y hoy ya solo queda, realmente, de verdad, uno solo, la Freiduría de Gallinejas de Embajadores, que regenta uno de Membrillera, un tal Gabino Domingo Andrés, que se está haciendo más famoso que Cascorro (quien, por cierto, también era alcarreño, pero murió pronto). Y se está haciendo famoso por eso, porque cada día tiene más lleno el local, que heredó de una tía suya, que cuando él estaba en la adolescencia, allí en su pueblo, apedreando gatos, le llamó y le dijo: -¡Venga, Gabino, tú a Madrid, que tienes que llevar este local, que si no se acaba! Y allá se fue y allá sigue. Pero ha vuelto. Vaya si ha vuelto. Por la puerta grande. Porque ahora Gabino Andrés es en Membrillera el alma del pueblo, el presidente de la Asociación de Amigos, el típico “factotum” que se mueve con las fiestas, con los papeles, con el PRODER, con las imprentas, y que ha creado una Casa-Museo típica… en fin, no voy a seguir. Porque ya se sabe (y sobre todo en la Alcarria) que cuando a uno se le pone muy bien en los periódicos, sus paisanos piensan que realmente lo que el escritor quiere es mortificar a otro, meterse con alguien. Y porque si de alguien hablas muy bien, o simplemente bien, la envidia crece como un campo de cardos, se pone densa, ahoga el paisaje y hasta las almas. Mejor dejarlo.

Membrillera, peripecias de otro siglo

Estas líneas van a propósito de un libro que ha escrito, o más bien ha reescrito, y publicado en segunda edición, Gabino Domingo. Lo va a presentar el próximo viernes, día 25, en Jadraque, en la Feria FAGRI dedicada a las cosas del campo. En un caseta que pone el librero Germán Medina y en la que piensa vender estos libros y otros muchos sobre Jadraque, sobre su castillo, sobre Ochaita y sobre mil cosas relativas a la tierra de la Alcarria y del Henares.

Este libro de Gabino Domingo se titula “Membrillera, peripecias de otro siglo”, y es una recopilación de las mejores anécdotas ocurridas en ese lugar, en todo el siglo veinte. Son más de cien esas anécdotas, breves todas, simpáticas y sorprendentes todas. El autor las vivió, algunas, o se las contaron. Y fue anotando con paciencia, dándoles forma con el tiempo, afilando sus empieces, sus nudos, sus desenlaces. Dejándolos dorados, brillantes, nítidos en suma.

Yo le he puesto el prólogo, a la segunda edición del libro, y la verdad es que no he dicho en él todo lo que pienso del libro. El prólogo a la primera edición se lo puso quien también en estas páginas escribe a menudo, Javier Bravo. El le conoce mejor, y añade datos de su vida, esencias de su carácter. Yo me quedo con el resultado, con la faena que ve el espectador desde la barrera. Pero es que es una faena redonda, pulcra, de salir a hombros. A mí de este libro me ha asombrado una cosa especialmente, y es lo bien escrito que está (mérito, por otra parte, que deberían tener todos los libros que salen al mundo, pero que, por desgracia, no consiguen alcanzar ni la mitad de ellos, ni una cuarta parte de ellos).

Y aún me maravilla más esa pulcritud de escritura, esa sencillez y elegancia que tiene tanto de Azorín, algo de Sánchez Ferlosio, y unas migas de la ruralía sabia y honda de Andrés Berlanga. Pero aquellos fueron todos al Instituto, y ya se sabe: algo se les pegó de lo que aprendieron en las clases de literatura. Este no, Gabino no fue al Instituto. Y a escribir ha aprendido no leyendo, sino hablando pausado, pensando por orden, mirando y fijándose. Que es lo que les digo yo ahora a mis hijos, y a mis alumnos, que miren, que analicen, que piensen…. eso que parece tan sencillo, pero que a todos se les hace tan pesado, porque… ¡es tan cómodo que todo te lo den mirado, analizado y pensado!

Charlando con Cela

Gabino Domingo me contó hace poco sus relaciones con Camilo José Cela. Un buen día le llamaron por teléfono, se puso, y el que llamaba le dijo que era Camilo José Cela, y que le quería preguntar unas cosas sobre su oficio de ventero y freidor de gallinejas. ¡Yo pensé –dice Gabino- que era un bromista que me quería tomar el pelo. Pero bueno…. le seguí la corriente. Y por no quedar mal, por esperar a ver qué pasa, atento, etc…. (muy alcarreño todo). Cela le preguntó hasta el más mínimo detalle todo lo relativo a su oficio, la de freidor de gallinejas. Y Gabino le contó lo que sabía. Luego Camilo volvió a  llamarle, le pidió más información, le dio las gracias, le animó a que recuperaran en Membrillera la fiesta de la Carrera del Cabro, y quedó muy amigo suyo. Tanto, que, impresionado, el escritor de Padrón le dedicó estas frases en un artículo que publicó en ABC el domingo 21 de diciembre de 1997: “ Gabino es hombre de buen hacer y acontecer, sabe de gallinejas y de freir gallinejas más que nadie, ama su oficio, discurre con fundamento y habla un español sonoro, preciso y señalador”. Caray, con esa frase, y en el mundo de las letras, uno puede hacer ya lo que quiera.

Parece como si aquellas charlas con Cela, que no fueron más de dos o tres, le hubieran imbuído a Gabino Domingo las capacidades de la locuacidad y la escribanía. O sea, como si una paloma mensajera en oficio de “espíritu de las letras” se le hubiera colado por el cable del teléfono…. porque a partir de entonces se puso a poner en papel lo que sabía de su pueblo: las anécdotas de cazadores, de guardias civiles, de curas y señoritos. Las bromas de los chavales a los arrieros. Los trabajos de segadores y alguaciles. Las ansias de señoritas y molineros. Las secuencias de fiestas, toros, cabros, rosquillas y pollinos. En fin: un mundo. Un mundo que ha quedado modelado, tallado en mármol, puesto a secar y presto a la admiración. El mundo de Membrillera a lo largo de un siglo, del veinte, de ese siglo en el que, allí, como en tantos otros pueblos de la Alcarria y de Castilla, se pasó sin medias tintas de la Edad Media al mundo digital, de las alpargatas a las Nike y de las chaquetas de pana a los chandals grises con tiritas azules. El ha sido un testigo serio y digno, un testigo que lo ha puesto en este libro magnífico, recio, digno de aplauso: Membrillera, peripecias de otro siglo.

Membrillera, punto y aparte

En la vega del Henares, frente a Jadraque, está Membrillera. Y en lo más alto de la loma donde asienta el pueblo, está su iglesia, dedicada a Nuestra Señora la Blanca, que es obra construida con mampuesto de sillarejo, excepto la torre, que es de buena piedra sillar. Se construyó este templo no hace mucho, pues fue el arquitecto Manuel Machuca y Vargas quien lo diseñó y dirigió su construcción entre 1793, siendo costeada por todo el pueblo, pues la antigua se hundió en 1787. La sencillez externa se reproduce en el interior, que es de una sola nave, y hoy no podemos enumerar objetos dignos de estudio, pues su gran tesoro parroquial, en el que destacaban varias esculturas románicas, obras de orfebrería y bordados renacentistas, un cuadro de Claudio Coello y otras muchas piezas, desapareció en la Guerra Civil de 1936‑39.

A Membrillera puede irse por contemplar algunos elementos de su patrimonio humano y artístico: por sus calles pueden admirarse algunos hermosos ejemplares de arquitectura popular, que por ser de transición entre la Campiña y la Sierra, muestra detalles que van desde edificaciones de sillarejo calizo a muros de adobe, con entramados preñados de fuerza plástica. En el término se encuentran las clásicas tinadas, en especial las de las Mesas y el Cuento Carrasco, que son edificios destinados a recoger el ganado. En un altozano sobre el valle del río Bornoba, se pueden ver los restos de un torreón medieval que llaman la «Casilla de los moros«, un ejemplar más de los que formaban la línea defensiva del Común de Atienza en los primeros años de su formación. Es de planta circular y está construida con fuerte mampuesto, rememorando tiempos en que la altura y la fortaleza eran la clave de la defensa.

En Membrillera hay fiestas variadas y frecuentes. La fiesta mayor es en honor de San Agustín, patrono del pueblo, el 28 de agosto. Se hacen lidiar algún toro y varias vaquillas, con participación de los jóvenes del lugar. Tras matar al animal, éste es comido, en la noche del día 30, por todos los mozos del pueblo, e invitados, al son de canciones de su rondalla. Otras fiestas antiguas, ya en desuso, eran las de San Antón, en las que se hacían grandes hogueras sobre las que saltaban los mozos en difíciles cabriolas, y se hacían carreras o corridas de las mulas, elegantemente enjaezadas alrededor de la iglesia, siendo finalmente ungidas con agua bendita. El Domingo de Carnaval, o «de Gallos» se celebraba la fiesta, entre los jóvenes, consistente en enterrar un gallo hasta el cuello en el centro de la plaza, y con los ojos vendados, uno tras otro intentaba cortarle con una espada la cabeza. En Membrillera existió la costumbre de salir, en enero y febrero, la vaquilla, que es personaje revestido por dos sayas, una de ellas sujeta al cuello, cubriendo la cabeza con un saco deforme, y la cara con una máscara, añadiendo un par de cuernos atados a la cintura, para arremeter contra los vecinos. Se ha recuperado hoy, en buena parte gracias a Gabino Domingo, la antiquísima carrera del cabro, en Navidad, que aparte de otras muchas connotaciones naturalísticas, se alza como una divertida fiesta gastronómica y paradigmática del carácter bullicioso, humorista y sanamente rompedor de sus gentes. Las fiestas del comienzo de mayo, de San Juan, y del Corpus Christi, eran también ritualmente celebradas, recordando aún como juegos populares las fabulosas partidas de «bolos», «barra», «pelota» y «tejo» que se montaban por un quítame allá esas pajas.

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