Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

mayo, 2004:

La Cueva del Moro de Pastrana

Un viaje rápido y apasionante a uno de los lugares con más fuerza (magnética y vital) de la Alcarria. De este lugar, situado a pocos kilómetros de Pastrana, solo existen teorías que tratan de explicarlo, breves líneas en un par de artículos periodísticos, y el asombro sin límites de quienes ha conseguido entrar y pasear por sus enormes galerías. La realidad va mucho más allá.

Entrada a la Cueva del Moro en los alrededores de Pastrana

Un capítulo del libro “Lugares de Poder” escrito por Juan Ignacio Cuesta Millán, y un artículo de Pedro Aguilar hace un par de años, es lo único que hasta ahora consta como testigo escrito de una de las maravillas de la Alcarria. El historiador Muñoz Jiménez, especialista en eremitas y conventos marginales, en todos sus escritos sobre el eremitismo alcarreño y castellano, que ha venido haciendo con intenciones de totalidad, ha ignorado también este lugar. Que es, sin duda, uno más, el más grande, de todos los núcleos de eremitismo de la provincia de Guadalajara.

El autor de estas líneas, en una fresca mañana de primavera, y tras preguntar aquí y allí a las gentes de Pastrana, ha conseguido llegar hasta la entraña de la tierra donde se alberga uno de los espacios más espectaculares de nuestra región. Es la llamada “Cueva del Moro”, en término de Pastrana. No quiero entretenerme en acumular frases admirativas y descripciones huecas para poder pasar a señalar su existencia, decir cómo son, resumir lo que otros han opinado de ellas, y expresar mi propia opinión al respecto.

En cualquier caso, decir de entrada que esta Cueva es sin duda el más grande y espectacular de los espacios subterráneos que encontramos en nuestra provincia, hecho por el hombre, y con unos significados que, aunque arcanos, se antojan de la mayor importancia.

La Cueva de los Hermanicos en Peñalver (véase mi artículo en Nueva Alcarria de 5 octubre 2001), la cueva de los judíos en Mondéjar, la cueva del Beato en Cifuentes, o las cuevas y eremitorios de los franciscanos en la Salceda de Tendilla o de Bolarque no son sino mínimos espacios sin importancia al lado de esta cueva pastranera. El único conjunto que puede parangonarse a él, y sin duda mayor y más suculento en historia y trascendencias, es el cavernamen de Sopetrán. Otro día hablaremos de él.

Una catedral tallada en la roca

Es curioso que la distancia entre el gran roquedal bañado por el Arlés donde se levanta el Convento (hoy hotel hospedería) de San Pedro, y esta Cueva del Moro, es escasamente de 500 metros. En San Pedro fundó Santa Teresa convento de carmelitas, y allí, en sus cuevas talladas en la roca, oraron y vivieron hombres de alma recia como San Juan de la Cruz o fray José de la Virgen (el Santo Sordo). Libros y apologías de tono carmelitano han escrito largo y tendido de estas cuevas, y hoy se enseñan a los turistas bien cuidadas y con sus respectivos carteles puestos a la entrada, explicando qué fueron y lo que significaron.

Separadas por el río Arlés, en la otra orilla, está el conjunto de cuevas misteriosas que acabamos de visitar. Junto a la carretera de Valdeconcha, a pocos metros de distancia, se alza un roquedal aislado, rodeado de olivares. Es un bloque amplio de roca arenisca, abierto por numerosas bocas de perfecta talla. No son espacios subterráneos formados por el discurrir de las aguas, por hendiduras kársticas ni movimientos telúricos: es una compacta masa rocosa, emergente unos 15 metros sobre el contexto del valle, que ha sido tallada con perfección y mucho ánimo, a lo largo de mucho tiempo, por la mano del hombre. Sus entradas (hay, al menos que yo haya visto, cuatro grandes, y alguna otra tapiada en años no muy lejanos) están hechas a pico, son regulares. Todo el interior es un espacio complejo en el que encontramos dos bloques de galerías. La más al Poniente, a la que se entra a través de un gran orificio tallado en la roca, nos lleva la galería más grande, de 25 metros de longitud, de la que en su parte media emergen dos hondas galerías sin salida. ¿Podría tratarse de un templo subterráneo con crucero?

El segundo bloque de galerías, el de más a Levante, es mucho más complejo. En él están, frente a la entrada principal, las dos galerías trapezoidales que son, con mucho, lo más espectacular de este monumento. Su altura, de 5 metros. Su anchura, dos metros y medio a nivel de suelo, y un metro en la altura. Su profundidad, 12 metros. Un complicado laberinto de galerías, en la más absoluta oscuridad sumidas, permiten descubrir un fascinante mundo hoy silencioso y espectral.

Esas galerías tiene a su vez pasillos que acaban en paredes cerradas. Y otras que salen de nuevo al exterior. En las paredes hay excavados huecos para colocar antorchas y velones.

Dos grandes naves son especialmente llamativas, y han captado la atención y admiración de quienes las han visitado y escrito sobre ellas. Son las naves a las que se accede desde el exterior por la primera y segunda entradas del bloque de Levante. Estas naves tienen una altura de 5 metros la primera, y 4 metros la segunda. Están talladas su paredes de tal modo que el suelo es más ancho que el techo, lo cual les da una forma trapezoidal muy apreciable. Otras galerías que comunican transversalmente a estas, y otros corredores menores, son de paredes verticales y algo más estrechas. El suelo está limpio (gracias al Ayuntamiento de Pastrana, que se ha preocupado de retirar suciedades), y las paredes secas. La roca no tiene apenas filtraciones, por lo que no se han deteriorado en los muchos siglos que tienen de existencia. Se ve la roca tapizada del humo de las velas durante décadas, siglos quizás. Y en algunas zonas inscripciones de difícil lectura. Sobre las que no quiero hacer ninguna conjetura.

Añade de interés este conjunto de cuevas los petroglifos esculpidos en el exterior de la masa rocosa. Aunque están desgastados por el tiempo, y las inclemencias atmosféricas, aún se ven signos extraños que recuerdan a los clásicos petroglifos de los espacios cavernosos de época neolítica. Cuesta Millán quiso ver frases completas, en idioma extraño, quizás signos de época celtibérica, y el clásico signo del planeta Ummo, las tres líneas horizontales cubiertas en un extremo por otra vertical, imitando una letra E de diseño. Este mismo escritor y gran investigador de temas esotéricos y ufológicos, decía que las pilas de las linternas se descargan rápidamente en este lugar (cosa que tiene cierta lógica, pues el lugar por ser el corazón de una roca posee un fuerte magnetismo) y que desde sus dos naves trapezoidales se observan espacios de cielo muy concretos, que permiten hacer observaciones exactas, por lo que los considera observatorios astronómicos primitivos.

Un eremitorio medieval

Dentro de la Cueva del Moro se siente una fuerza especial, una trascendencia, una innegable vibración de grandiosidad al saberse dentro del vientre de la Tierra. En los antiguos esto debía tener una carga emocional que podía trasponerlos y facilitar estados místicos diversos, no hay duda. En el interior de toda montaña hueca, más aún tallada artificialmente, el magnetismo es mucho más intenso que en campo abierto. Quien sepa cómo medir eso, puede ir allí y comprobarlo.

Pero yo he sacado otras conclusiones, desviándome de las meramente esotéricas que son las que primero vienen a la mente y al corazón de quien allí aterriza. En el exterior de la montaña, se ven adosados muros de fábrica burda, de mampuesto sencillo, y en la roca exterior hay tallados numerosos agujeros que sirvieron, hace mucho tiempo, para enclavar vigas que apoyadas sobre lo muros, conformaron sin duda una serie de edificaciones que dieron a aquel lugar el carácter de agrupamiento humano y comunidad quizás densa. Hay escalerillas talladas en el exterior de la roca, como para subir de un nivel a otro con facilidad. Hoy está todo, y más en esta primavera rotunda, cubierto de hierba. Lo que no se ven son restos de edificios aislados en el contorno. Entre otras cosas, porque los bordes de la gran roca son empinados, abruptos. Sin duda ahí hubo, en tiempos, un poblado o agrupación de casas, o celdas, o eremitorios, pero en todo caso adosados a la roca. Y en el interior de esta, la razón de esa sacralizad del espacio: sus grandes y espectaculares galerías trapezoidales, como la que se muestra en foto adjunta.

¿Cuándo fueron talladas estas cuevas? ¿En época de moros? Es difícil saberlo. Ni existen documentos, ni forma científica de calcular edades. Lo que sí está claro es que el contexto, el roquedal horadado, las celdas mínimas adosadas, la cercanía de otra roca con cuevas ocupadas por eremitas, y el contexto geográfico, el valle del Arlés en su comedio, donde está enclavada, que confieren al lugar un sentido de “Desierto Eremita” indudable.

En la comarca, y muy cerca, están otros espacios similares: el valle de la cueva de los Hermanicos en Peñalver; el barranco del Infierno en Tendilla; Bolarque al otro lado de la serrezuela de la que surge esta roca. Y el sentido de buscar la pureza espiritual en la retirada del mundo al estilo de los eremitas orientales. El mejor ejemplo, lo que hacen los hermanos Pecha y sus amigos en Lupiana, de donde luego surgió la Orden de San Jerónimo. La imitación a ese santo padre de la Iglesia supone la aparición de otro movimiento renovador en los franciscanos de La Salceda. Y finalmente, el mismo impulso de los carmelitas, que tras la renovación de la Orden por Santa Teresa y San Juan de la Cruz, ponen el primer “Desierto” en Bolarque.

La Cueva del Moro de Pastrana está, justo, en el centro de toda esa “movida”. Fue este, sin duda, un eremitorio que debemos fechar en el siglo XIV como época de su más densa población y uso. El interior de la roca, que podría tener un origen mucho más remoto, prehistórico incluso, se utilizaría como espacio sacro, como iglesia (sin duda dedicada a María, humanización y sacralización de la fuerza genésica de la entraña de la Tierra) y en su torno, adheridas a la roca, las múltiples chozas o eremitorios de los que todavía quedan restos.

En cualquier caso, un espacio magnífico, curioso, evocador como pocos. Un espacio de esta Alcarria a la que, por muchas vueltas que demos, siempre nos depara sorpresas. Que ojalá sean conocidas por todos, respetadas por todos, cuidadas por quienes pueden y deben cuidarlas.

Bodas Reales en Guadalajara

Como hoy no existe otro motivo de conversación, en nuestro país, que la boda del príncipe heredero que tendrá lugar mañana en Madrid, es este un buen momento para traer a la memoria de mis lectores otras bodas reales (en estas sí fue protagonista el rey de España) celebradas en Guadalajara. Nuestra ciudad tuvo, durante siglos, una importancia estratégica y política que la hizo merecedora de esas atenciones y protagonismos.

La boda de Felipe II

Viudo de María Tudor, su segunda esposa, Felipe II determinó volver a casarse. Y lo concertó, en el propio Tratado de Chateau-Cambresis, suscrito entre Francia y España en 1558 tras la victoria española en la batalla de Gravelinas, para sellar la paz entre los dos países fronterizos. La elegida fue la joven Isabel de Valois, hija del rey Enrique II y de Catalina de Médicis. Era una boda política, un movimiento de ajedrez. Ella era una jovencita recién salida de la adolescencia. El un hombre y gobernante ya maduro, con 33 años, el monarca más poderoso del mundo en esos momentos.

A la princesa la llevaron sus familiares, desde París a Roncesvalles, atravesando Francia, y dejándola en manos de los españoles el 3 de enero de 1560, en lo alto de Roncesvalles. En medio de una ventisca fue recibida por el duque del Infantado y toda su familia, en el monasterio pirenaico. Tras casi un mes de viaje por Navarra y Aragón, llegaron a Guadalajara el 28 de enero, siendo recibida por la ciudad con un boato nunca visto. Desde la puerta de Bejanque, hasta la puerta del Mercado (hoy Santo Domingo) todos los caballeros de la ciudad hicieron guardia al cortejo. Allí, comenzó la bajada de la calle mayor, formándose una lucida procesión cívica, cabalgando la princesa bajo un palio de 18 varas, cada una de ellas portada por los concejales de la ciudad. Un festival de colores y músicas la rodeó. Tres grandes arcos triunfales se hicieron para la ocasión, pintados por el seguntino Diego de Madrid. Uno se puso en la puerta del Mercado, otro en la plaza mayor, y otro junto al palacio del Infantado, donde finalmente se alojó.

Esa noche, el rey vino de incógnito, desde Madrid, y atisbó por las rendijas de la puerta para conocer a la joven con la que se casaría al día siguiente. Ella cenó homenajeada por los duques, y a las 11 todos se acostaron. Dicen las crónicas, que son muy meticulosas en la descripción de esta boda, que el día 29 de enero el rey se levantó como siempre, a las 8, y dedicó una hora a sus habituales rezos, y hora y media a despachar con sus secretarios asuntos de Estado. Se vistió luego, y a las once dio comienzo la ceremonia, que primero fue de desposorios (boda civil) en el Salón de Cazadores, y luego de matrimonio religioso, en ceremonia oficiada por el Arzobispo de Burgos, en el Salón de Linajes, que el tercer duque había transformado en capilla.

No me resisto a copiar los atuendos que llevaban los reyes, espléndidos de verdad. Ella iba “vestida a la francesa, con saya de tela de plata muy ancha y ropa de lo mismo aforrada en lobos cervales y su chapirón de terciopelo negro, con muchas piedras y perlas, y por joyel una cruz de diamantes muy rica”. Felipe II llevaba “jubón y calzas blancas cuajadas de oro de cañutillo y piezas de martillo, ropa francesa de terciopelo morado, toda llena del dicho oro y muchas piedras por toda ella, gorra negra y plumas blancas”.

Tras la ceremonia se pasó a la comida, que tuvo lugar en el mismo salón en que se hizo el rito religioso. Sentados a comer, solamente los novios, la hermana del rey, el duque del Infantado, su hijo, el duque de Alba, y dos o tres grandes de España, y por ella el príncipe de La Roche y el embajador de Francia. Nadie más. La comida y bebida la sirvieron caballeros y damas de la corte filipina. Las mujeres de los Infantado se tuvieron que conformar (aun siendo las anfitrionas) con mirarlo todo desde detrás de las cortinas.

Tras la comida, el rey y la joven reina se retiraron a una habitación… y a las dos horas salieron, yéndose cada uno a un lugar diferente del palacio. El rey a seguir sus despachos, y la reina, a entretenerse con las gracias de unas madamas y enanos. Ya a las 7, y como colofón del gran día, en el mismo salón de linajes se celebró un gran baile en el que se hicieron danzas “a la alemana”. Al final del día, los reyes se acostaron juntos, previa bendición de la cama por el arzobispo de Burgos.

Durante varios días Guadalajara celebró estas bodas con grandes fiestas. Hubo una corrida de 10 toros, y torneos y justas entre 36 caballeros, 18 por cada bando, vestidos unos de amarillo y blanco, y otros de terciopelo verde y damasco carmesí. Se abrieron todas las tabernas en las que se sirvió “buen vino, pana y queso”, y hasta en la plaza del Ayuntamiento se habilitó una “fuente que manaba vino”, con comidas gratis para todos. Una multitud, venida de toda la comarca, participó en los festejos.

Los reyes, al día siguiente de la boda, montados en sus hacaneas, marcharon valle de Henares abajo, en dirección a Madrid. Felipe andaba muy preocupado con sus asuntos de Estado, que no podía dejar ni un solo día. Su lucha eterna contra la Reforma protestante y el Islam no le dejaban descansar un minuto.

La boda de Felipe V

Casó Felipe V, el primer Borbón español, en Guadalajara, con la italiana Isabel de Farnesio, hija del gran duque de Parma. En los primeros días de febrero de 1715 llegó a Guadalajara la corte borbónica. Con ella venía la Princesa de los Ursinos, quien junto con el Cardenal Alberoni eran quienes manejaban los hilos del gobierno español. Les había parecido muy bien la elección de la princesa italiana, la Farnesio, pues tenían referencias de que era muchacha apocada y manejable, para así poder ellos seguir, bajo el dictado de Francia, manejando la política española.

Se equivocaron de plano. Unas jornadas antes de la boda, la Princesa de los Ursinos caminó Henares arriba hasta Jadraque, donde recibió, en la casona de los Verdugo, a la princesa italiana. La cual no era tan mansa. Se enfrentó a la princesa de los Ursinos, y, como futura reina de España, la exigió que se fuera del país. Es más, la puso mula, acompañantes y le señaló el camino del norte. A los criados les dijo que no pararan hasta que llegaran a Francia.

Con ese carácter, bajó a Guadalajara y el 11 de febrero de 1715 se ratificó la boda y se hicieron los esponsales. La ceremonia tuvo lugar también en el ya algo maltrecho palacio del Infantado, y la ciudad lo celebró con fiestas durante varios días. El rey, en homenaje a sus súbditos arriacenses, dio un edicto perdonándolos los impuestos de servicio ordinario, extraordinario y de milicias de los siguientes cuatro años. Eso es un regalo y lo demás son tonterías.

Muchos otros cortesanos, linajudos caballeros y poderosos ministros celebraron en nuestra ciudad sus bodas. Siempre hubo fiesta en la calle, lució el sol como corresponde, y la gente fue a los toros gratis.

Una boda principesca

De casi real, o principesca, puede calificarse la que se celebró en Guadalajara en 1462, entre el Condestable y valido real, don Beltrán de la Cueva, y la hija menor del segundo marqués de Santillana, doña Mencía de Mendoza. Él era el primer ministro o valido del Rey, teniendo en la práctica el gobierno de Castilla en sus manos. Acababa de tener heredero el rey Enrique IV, pues su mujer doña Juana había dado a luz a una niña, a la que de inmediato el país entero la nombró como “la Beltraneja”. Por algo sería.

Fue una boda apoteósica. Enrique IV obsequió a Guadalajara dándole el título de ciudad, dejando entonces de ser simple villa. Acudió el Rey, la Reina y toda la Corte castellana al completo. Ofició la ceremonia religiosa el obispo de Calahorra, entonces joven Pedro González de Mendoza, tío de la novia.

Los reyes se alojaron en el palacio que había sido de Pero Lasso y luego fue reconstruido por los Dávalos (hoy todavía en trance de restauración para Biblioteca Provincial). Actuaron de padrinos el rey y la reina y durante varios días se sucedieron los festejos en la ciudad, consistentes en corridas de toros, torneos de a pie y de a caballo, juegos de cañas y mascaradas.

La iglesia de El Cubillo de Uceda

La iglesia parroquial de El Cubillo de Uceda es un edificio que merece la pena admirar, escrutar y fotografiar. Es un conjunto polimorfo en el que se encuentran varios estilos artísticos. Todos ellos con singularidad y fuerza.

Cualquier día de esta primavera, cualquier mañana, será un buen momento para acercarse hasta El Cubillo y admirar su iglesia. Es un edificio bien plantado en la plaza, aislado de cualquier otra edificación, rodeado de jardines, fuentes y caserones. Un resumen de la historia de esta villa campiñera, que ya en sí misma explica el porqué de algunos de los elementos que forman esta belleza patrimonial.

El Cubillo estuvo incluido en el alfoz o Común de Villa y Tierra de Uceda, perteneciendo en señorío a los arzobispos primados de Toledo. En el último cuarto de siglo XVI, el rey Felipe II enajenó todo el Común de Uceda, dando privilegio de villazgo a las aldeas, y vendiendo a don Diego Mexía de Ovando la cabeza del territorio.

El Cubillo de Uceda fue declarado Villa con jurisdicción propia en 1583, y a partir de esa fecha no conoció otro señorío que el del Rey de España. Vivieron sus vecinos de la agricultura fundamentalmente de secano, y también existió una gran tradición de fabricación de tejas y ladrillos en este lugar.

Ese hecho, el de pertenecer en Señorío, desde la Edad Media, al arzobispado de Toledo, condicionó en gran modo el estilo, los estilos, de este templo que hoy vamos a visitar. Porque de lo originario medieval, de lo que queda ábside y memoria en las techumbres, surge la forma mudéjar. Y de la época renacentista, cuando a mediados del siglo XVI es Alonso de Covarrubias el arquitecto más señalado de la archidiócesis, el protegido y preferido de sus magnates y eclesiásticos, proviene la fachada y los capiteles, la estructura interior, en suma, que es algo toledano y covarrubiesco por los cuatro costados.

La iglesia en rápida visita

La iglesia parroquial dedicada a Nuestra Señora de la Asunción es un edificio muy interesante, artísticamente. En su aspecto exterior destaca, en primer lugar, el ábside o cabecera, orientado a levante. Es de planta semicircular, y su fábrica es de ladrillo visto, dispuesto en forma de arquerías ciegas en tres cuerpos, conformando un ejemplar magnífico de románico mudéjar. Debe ser lo único conservado de la primitiva iglesia del lugar, construida hacia el siglo XIII. El resto del templo fue erigido de nuevo en el siglo XVI. Destaca sobre el muro de mediodía un atrio muy amplio, compuesto de esbeltas columnas de capiteles renacentistas, sobre pedestales muy altos, lo que le proporciona una gran airosidad y elegancia. La portada de este muro es obra de severas líneas clasicistas. En el hastial de poniente, a los pies del templo, y centrando un muro de aparejo a base de hiladas de sillar y mampuesto de cantos rodados, muy bello, destaca la portada principal, obra magnífica de la primera mitad del siglo XVI, buen ejemplar del estilo plateresco de la escuela toledana. El ingreso se escolta de dos jambas molduradas y se adintela por un arquitrabe de rica decoración tallada con medallón central y abundantes grutescos, amparándose en los extremos por semicolumnas adosadas sobre pedestales decorados y rematados en capiteles con decoración de grutescos. Lo cubre todo un gran friso que sostienen a los lados sendos angelillos en oficio de cariátides; dicho friso presenta una decoración a base de movidos y valientes grutescos, rematando en dentellones. En la cumbre de la portada, gran tímpano semicircular cerrado de cenefa con bolas y dentellones, albergando una hornacina avenerada conteniendo talla de San Miguel, y escoltada por sendos flameros. Sobre el todo, ventanal circular de moldurados límites.

El interior es obra adecuada de la misma época, yo diría que en el comedio del siglo XVI, y nos ofrece un equilibrado ámbito de tres naves, más alta la central, separadas por gruesos pilares cilíndricos rematados en capiteles cubiertos de decoración de grutescos muy bien tallada. Sobre el muro norte aparece un gran medallón de talla en que figura la Virgen y el Niño. La capilla mayor se abre a la nave central, y se cubre con bóveda de cuarto de esfera, mientras que el resto del templo tiene por cubierta un magnífico artesonado de madera, de tradición ornamental mudéjar, aunque con detalles platerescos, todo muy bello y bien conservado, obra de la primera mitad del siglo XVI.

El suelo de las naves está cubierto de numerosas lápidas sepulcrales, con leyendas y escudos tallados, correspondientes a diversos vecinos del pueblo, seglares y eclesiásticos, de los siglos XVI y XVII. El conjunto del templo, en su aspecto arquitectónico y ornamental, está claramente dentro del ámbito artístico del plateresco toledano, muy en la línea de lo que hace por estas tierras Alonso de Covarrubias y los de su escuela.

La mano de Covarrubias en El Cubillo

Todo en la iglesia de El Cubillo nos hace pensar en Alonso de Covarrubias. No se han encontrado documentos que certifiquen con exactitud el autor o autores de este templo, pero tanto en el arquitrabe de la portada de poniente, como en los capiteles del interior, se nota la mano, la firma segura del arquitecto y escultor toledano.

No hace falta más que ver y comparar estos dos capiteles que acompañan estas líneas. El primero es de El Cubillo. El segundo, del claustro de Luliana. En ambos se muestran angelillos en el borde superior, y bichas en la esquinas. En el cuerpo del capitel, un detalle renacentista singular y único, que usa el arquitecto con profusión: un cofre atado de una cinta que a su vez cuelga de una argolla.

Otras cosas que admirar en El Cubillo

En el pueblo se ven varios ejemplos notables de arquitectura popular campiñera, utilizando en fachadas el «aparejo toledano» a base de hiladas de ladrillo y mampuesto de piedra rodada, con diferentes y bellas soluciones; vanos arquitrabados con maderas talladas, decoración de ladrillo en jambajes de ventanas y en aleros; buenos ejemplos de hierros forjados en rejas y otros elementos. En el Extremo occidental de pueblo destaca el edificio o caserón que la tradición dice fue el primero edificado en el Cubillo, por Hernando García, cuando se fundó el pueblo. Se trata en realidad de un caserón de planta baja y principal, con fábrica de ladrillo, mampuesto y sillar. Su puerta presenta gran dintel de piedra en el que se ve tallado un sencillo escudo de armas. Posee también rejas interesantes. Es indudablemente obra de final del XV o principios del XVI.

Cerca del pueblo, por su extremo meridional, asienta la ermita de la Soledad, hoy dedicada a Camposanto. Presenta una puerta de doble arco y en ella grabada la fecha de 1565. También es interesante, a la salida del lugar y en el camino hacia Uceda, la fuente de abajo, construida en buen sillar en la época de Carlos IV.

El abside gótico inglés de Atienza

Fuera de las murallas de Atienza, a la derecha de la cuesta que asciende hacia el centro de la medieval villa, se encuentra el solar y las ruinas del templo de un convento franciscano de origen medieval. En el solar se construyó hace tiempo un bloque de viviendas. Y de la iglesia, que se hundió casi completamente hace muchos años, solamente quedan los muros del ábside, que pueden contemplarse desde fuera. En su solar se construyó un almacén de granos.

El estado actual de este ábside es de inminente ruina. Si no se hace algo pronto, este ábside de estilo gótico inglés vendrá al suelo. El propietario del monumento, un vecino de Atienza, ante la imposibilidad de cuidarlo como merece, se lo ha ofrecido, gratis, a la Administración Regional. No deja de ser un regalo comprometido, porque ser propietario del bien cultural que tratamos, supone gastarse algún dinero en cuidarlo y conservarlo. Pero teniendo en cuenta que el elemento forma parte del acervo artístico de nuestra provincia, de nuestra comunidad autónoma, parece lo más lógico que ese gasto recaiga en las arcas públicas: no puede pedírsele a un contribuyente que, además de los impuestos que paga, tenga que encargarse él de cuidar el patrimonio.

En un reciente libro que ha sido muy comentado, titulado Patrimonio Desaparecido de Guadalajara, el profesor García de Paz analizaba este monasterio con atención. Y decía cómo poco a poco, a lo largo de los siglos XIX y XX, había ido perdiendo elementos, salas, iglesia, enterramientos y todo lo que le hizo floreciente y visitado en la Edad Media y el Renacimiento. Solo conserva en el momento actual su ábside, verdaderamente hermoso, airoso, espectacular: uno de los pocos ejemplos de arquitectura gótica pura en la provincia de Guadalajara, y el único que puede calificarse de “gótico inglés” en ella. Todos cuantos han leído el libro, y le han comentado, han pedido que nuna se le pueda añadir ni una sola página más… ¿será posible que a estas alturas, y el día menos pensado, el ábside gótico de San Francisco de Atienza le sume una página nueva al “Patrimonio Desaparecido” de nuestra provincia?

La historia del monasterio

Hasta nosotros solo han llegado recuerdos documentales de este monasterio, y en todo caso escasos, muy fragmentarios. Aunque no existe un documento fehaciente que lo confirme, es seguro que ya en 1264 estaban asentados los franciscanos en esta importante villa castellana. Bien recibidos por la población, pues conocían la trayectoria ejemplar de la orden fundada por el santo fraile itainao, vieron nada más llegar las uñas puestas de frente de los curas del Cabildo atencino, que veían en ellos competidores y un peligroso punto de comparación respecto a sus propias costumbres. Los frailes, sin embargo, trataron desde un comienzo de llevarse bien con los curas, decidiendo hacer un sufragio y oficio de difuntos por cada elemento del Cabildo que falleciera.

Enseguida de su llegada, mediado el siglo XIII, se construyó un pequeño y pobre convento del que nada queda. A finales del siglo XIV, siendo señora de la villa doña Catalina de Lancaster, esposa de Enrique III, se iniciaron las obras, por ella sufragadas, de un nuevo templo, en arquitectónico estilo gótico. El asentamiento del convento estaba en la cuesta meridional del cerro atencino. Pero la enfermedad de la reina (una hemiplejia por hemorragia cerebral que la dejó inútil y desvariada) dejó al convento franciscano sin apoyo y con las obras paralizadas.

A fines del siglo XV la comunidad se sometió a la reforma propiciada por el Cardenal Cisneros, y se cambió a la Observancia. Una Bula de Alejandro VI, de mayo de 1493, llegó a Atienza con carta de los Reyes Católicos, haciendo observante al guardián del Convento, y dándole autorización para expulsar a los que no quisieran cambiar de estado a la renovada regla de la Observancia. A partir de ese momento, se renuevan las ayudas de los Reyes, y en 1495 Isabel y Fernando conceden un donativo de 100 fanegas de sal cada 4 años, tomadas de las cercanas salinas de Imón. En 1504 recibieron del ya viudo Fernando el encargo de catequizar a los muchos judíos conversos que al parecer habían quedado a vivir en Atienza. Y fue finalmente en 1507, con el Cardenal Cisneros de regente de Castilla, que recibió el de Atienza el título de Real Convento, haciendo al padre guardián del mismo Regidor Decano de la villa, con dos votos en el Ayuntamiento, y numerosas potestades concejiles que le hacían en la práctica alcalde mayor de la villa. Era así el guardián de los franciscanos la máxima figura, después del Rey, en la villa.

Ya en los años de inicios del siglo XVI el convento de San Francisco se desarrolló notablemente. Las obras de la iglesia se reanudaron y quedaron concluidas en forma de gran templo en el que los estilos gótico y renacentista se mezclaban curiosamente. Tres nobles señores, muy hacendados en Atienza, patrocinaron las obras y se reservaron los mejores espacios para su patronazgo y enterramiento: fueron concretamente don Hernando de Rojas Sandoval y su esposa doña Catalina Medrano Bravo de Lagunas, que decidieron tallar en las capillas del crucero sendos enterramientos de alabastro con sus estatuas yacentes, hoy perdidos, y el hermano de la señora, don García Medrano Bravo de Lagunas, que se quedó con el patronato de la capilla mayor. Añadieron rejas, altares, piezas muebles de orfebrería, la portada exterior del templo y un largo etcétera de mejoras, que le dieron estampa de gran edificio religioso.

Algunos reyes de España visitaron luego este lugar y convento: así Felipe II, en 1592, a su regreso de un viaje a Tarragona, se alojó con los franciscanos atencinos, y adoró la reliquia de las Santas Espinas que guardaban con veneración. Lo mismo hizo su hijo Felipe III pocos años después, y su nieto Felipe IV en 1660, que también visitó convento y reliquias. Finalmente, en los días de la Guerra de Sucesión, en 1706 más concretamente, Felipe V de Borbón volvió a visitarlo. Por entonces lo poblaban 20 frailes que enseñaban Filosofía a los vecinos de Atienza.

La Guerra de la Independencia acabó con esta institución. En 1811 huyeron los frailes, tras el ataque que el General Duvernet hizo a 7 de enero devastando la villa y sus defensas, y ensañándose especialmente con los edificios religiosos. Desde entonces todo quedó en ruina y destrozado, y los años que han pasado no han hecho sino remachar ese abandono y destrucción, hasta el punto de que sobre el solar que ocupó la iglesia se edificó un almacén de granos, y sobre el que albergó al monasterio se han construido después unos edificios de viviendas. Finalmente, el ábside empieza ahora a tambalearse, socavado de siglos y de humedades.

Lo que queda del edificio

Hoy solamente queda en pie el ábside del templo conventual. Construido, como hemos visto, a finales del siglo XIV, en un estilo gótico inglés muy puro, ofrece planta semicircular, y muros de sillar oscuro separados por contrafuertes. En cada uno de los cinco paramentos que constituyen ese ábside se abre un alto y estrecho ventanal, de arco muy apuntado, con arquivoltas que en dos niveles apoyan al interior sobre ménsulas de ornamentación vegetal, y al exterior lo mismo. En uno de ellos quedan todavía los festones que le hacían agrelado, pero tanto ese como los demás, están actualmente tabicados. El interior, solo visible penetrando al almacén de granos mencionado, ofrece desolación, y los arranques del arco mayor que daba paso al presbiterio, con restos de arquivoltas apoyadas sobre capiteles y pilares de planta circular adosada.

Según podemos ver en una de las fotos aportadas, actualmente está sufriendo un peligroso proceso de separación las piedras altas de los arcos, de tal modo que pronto empezarán a desprenderse las que queden holgadas, arrastrando enseguida a las contiguas. Un hundimiento anunciado, si no se toman pronto las medidas necesarias para su contención.

Atienza, una villa románica

Uno de los mayores goces estéticos que el viajero por Castilla puede obtener es el de contemplar, por vez primera, la silueta de la villa de Atienza en la distancia. Desde cualquiera de los cuatro puntos cardinales por los que aborde su aproximación, la imagen medieval y evocadora del conjunto fortificado de Atienza quedará grabada permanentemente en la retina de quien así la admire.

El aspecto de Atienza es el de un castillo rodeado de una puebla densa y empinada. Sobre la eminencia rocosa surge la fortaleza medieval, con un torreón mayor en la punta meridional, y restos de murallas, algibes y puertas. Del castillo surgían diversas líneas de murallas, progresivamente más fuertes, y surcadas de portones de acceso al pueblo. Hoy se ven restos de todos estos «cintos» amurallados, y entre las dos plazas más importantes del lugar aún se conserva el llamado arco de arrebatacapas, de remate apuntado sujeto por columnas cilíndricas y capiteles de decoración vegetal.

Los templos parroquiales de Atienza son todos, a excepción de la iglesia de San Juan, de estilo románico puro. Son estos:

  • la iglesia de la Santísima Trinidad, con ábside semicircular de influencia segoviana, y gran profusión de ornamentación vegetal.
  • la iglesia de Santa María del Rey, cabeza de un antiguo barrio desparecido en las guerras entre Castilla y Aragón del siglo XV, que ofrece su gran portada meridional, semicircular y cargada de figuras antropomórficas
  • la iglesia de San Gil, con ábside semicircular, y delgados ventanales que le iluminan, añadida más modernamente de una portada renacentista
  • la iglesia de San Bartolomé, con su atrio porticado y su gran puerta multidecorada, más el interior, intacto desde el siglo XIII
  • la iglesia de Santa María del Val, fuera de la actual población, con decoración de atletas medievales en las arquivoltas de su portada, etc.
  • La iglesia de San Juan, su actual parroquia, fue primitivamente románica, pegada a la muralla interna. Reformada en el siglo XVI, hoy luce como un elegante ejemplo de templo columnario, renacentista, adornado de múltiples retablos de esculturas y pinturas.

Espacios tradicionales de Atienza

En la Plaza del Trigo, que es uno de los ejemplos más hermosos y típicos de los plazales castellanos, y en la del Ayuntamiento, se concreta el aire más nítidamente tradicional de esta población.

La primera de estas plazas contiene edificios soportalados con algunos ejemplos de palacios (el del Cabildo eclesiástico de Atienza entre éllos), y la segunda muestra el edificio concejil con gran escudo real sobre el balcón principal, otros palacios de hidalgos, y una fuente central llamada «de los delfines» por ofrecer tallados estos animales. A partir de estas plazas se abren cuestudas y estrechas calles en las que son inacabables los ejemplos de casonas nobles, mezclas espléndidas de la arquitectura rural de la zona con portaladas adoveladas rematadas de escudos señoriales.

Otros edificios singulares que ofrece Atienza son el Hospital de Santa Ana, construcción barroca con portada en la que surge un tallado medallón de la titular, y un patio sencillo y elegante; la fuente de la Villa en el cruce de los caminos que traen los viajeros a élla; la posada del Cordón, medieval albergue con tallada cenefa franciscana en torno a la puerta de entrada; el ábside gótico del Convento de San Francisco, motivo de esta crónica, y decenas más de singulares arquitecturas.