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Un viaje hasta Valdeavellano

Entre las curiosidades que ofrece la Alcarria en sus pueblos, la villa de Valdeavellano nos da algunos elementos únicos, entre ellos su gran fuente caminera, sus pinturas románicas, una picota excepcional, y un aire a museo vivo y palpitante que se recoje en el discurrir por sus calles y caminos.

Desde Guadalajara, el viaje es fácil. Para hacer en una mañana de domingo, sin demasiadas prisas. Desde la capital se sale por la carretera de Cuenca, y a poco de pasar la desviación de la estación del AVE, surge otra desviación a la izquierda, cómoda de tomar porque tiene raqueta. Es el camino de Luliana. Pues bien: se baja al valle del Matayeguas, se deja Luliana a un lado, mientras se ven en lo alto, a la derecha, las ruinas del monasterio jerónimo de San Bartolomé.

Ya en el valle, se continúa, y tras pasar un puente que cubre al río Ungría, se empieza la subida de las Majadillas, que nos pone en lo alto del puertecillo desde el que se divisa el ancho valle del Tajuña. Seguimos la carretera a la izquierda, y entre subidas y bajadas suaves, siempre entre un rebollar que ya bulle, se llega a Valdeavellano.

La situación del pueblo

En una leve depresión que hace la meseta alcarreña, en un declive de lo que será una barrancada que baja hasta el cercano y profundo valle del río Ungría, se halla situado Valdeavellano, de caserío irregular, y con escasos ejemplos de arquitectura autóctona, polarizado entre los dos núcleos de la vida ciudadana: la plaza mayor, donde asienta el Ayuntamiento, y la iglesia parroquial.

Es fácil entender el significado de su nombre: desde la reconquista fue aldea perteneciente a la Tierra y Común de Guadalajara, viviendo de la agricultura de sus amplias extensiones. En el siglo XVI, a 3 de febrero de 1554, el Emperador Carlos le concedió el título y prerrogativas de Villa con jurisdicción propia. En el siglo XVII figuran como grandes señores y potentados en Valdeavellano los de la familia La Bastida, que poseían en su término enormes viñedos y nutridas ganaderías de reses bravas. Aunque no ejercían señorío judicial, ellos se encargaban del cobro de todos los impuestos de la villa, lo mismo que en el siglo XVIII hacía el duque del Parque y marqués de Vallecerrato.

Mirando el patrimonio de Valdeavellano

Quietud y limpieza, eso es lo que primero destaca ante el viajero al llegar a este pueblo. No se ha tardado más de media hora desde la capital. Y aquí, en sus calles cuestudas, en su anchurosa plaza, empezamos a ver las huellas de un pasado tenaz que se ha ido pintando en las piedras de sus edificios, en los perfiles de sus templos, en la gallardía de su rollo jurisdiccional.

Es de admirar en el centro de su plaza mayor, y sobre un gran pedestal pétreo, el rollo o picota, símbolo de villazgo, hermoso ejemplar del siglo XVI, constituido por columna de fuste estriado, sin acabar, y remate en desgatado florón, apareciendo sobre el capitel cuatro bellas cabezas de leones. Los rollos o picotas son elementos patrimoniales muy frecuentes en la Alcarria: simbolizaban la capacidad del pueblo que lo erigía de administrarse justicia por parte de sus propios habitantes.

La iglesia parroquial, dedicada a Santa María Magdalena, es un interesante obra de arte románico, construida a fines del siglo XII, y con algunas reformas y añadidos posteriores. De su primitiva estructura conserva los muros de poniente, sur (dentro del atrio y cubierto por la sacristía) y el ábside orientado a levante. Sobre el primero de ellos, se alza una bella espadaña. En el segundo, se abre grandiosa la puerta de acceso, formada por seis arquivoltas de grueso baquetón, uno de ellos trazado en zig‑ zag, y el más interior, que sirve de cancel y lleva varios profundos dentellones, muestra una magnífica decoración de entrelazo en ocho inacabable.

Apoyan estos arcos en sendos capiteles del mismo estilo y época, en los que se ven motivos vegetales, con complicadas lacerías de gusto oriental. En dos de estos capiteles, el artista se entretuvo en tallar, toscamente, sendas escenas de animales: en uno aparece un perro atado por el cuello, junto a otro perro royendo un hueso, y en el otro se aprecia un viejo pastor con su cayado, y a cada lado dos animales con cuernos que parecen cabras. El exterior del ábside muestra una pequeña ventana en su centro, formada por arco de medio punto resaltado. El atrio exterior que precede a la iglesia en su lado sur, es obra posterior, constituida por cuatro arcos ojivales, sin adorno ni decoración alguna. La nave interior se cubre de artesonado de madera muy sencillo. Sobre el presbiterio y entrada a la capilla mayor, hay sendos arcos triunfales, semicirculares, apoyados en sencillos capiteles. Al norte se añadió en el siglo XVI, breve nave separada de la primitiva por tres pilares cilíndricos. A los pies del templo hay un coro alto, y bajo él, en la capilla del bautismo, una magnífica pila bautismal románica, contemporánea de la puerta, que tiene en su franja superior tallada admirablemente una cenefa en madeja de ochos inacabable, similar a la del arco interno de la portada. La copa de la pila, que apoya sobre estrecho pie, está simplemente ranurada.

La madera que sostiene el coro alto, es un espacio museístico por sí mismo: presenta pinturas de época románica, en las que aparecen con suaves colores y resueltos contornos personajes del siglo XIV en actitudes de danza y contorsionismo. Además, un gran dragón con colas múltiples enredadas, da una imagen muy espectacular de las creencias medievales: es este conjunto de Valdeavellano uno de los poquísimos ejemplos de pinturas románicas en Guadalajara.

En la capilla de la cabecera de la nave del evangelio, que fundó el eclesiástico don Luis Lozano, se ve lápida funeraria a él perteneciente. En el suelo de la nave aparece otra lápida, con gran escudo tallado de caballero calatravo, timbrado de yelmo y lambrequines de plumas, en la cual se lee con dificultad: «…iglesia y de sus deudos y señores del Maiorazgo… los Bastidas púsose en el…de D1 de La Bastida, sobrino C1 de la Orden de Calatrava. Año de 1651» perteneciente al enterramiento de un miembro de la poderosa familia La Bastida, a quien perteneció el gran caserón con patio anterior que todavía existe detrás de la iglesia, y en cuyo arco de entrada se ve el mismo escudo, sostenido por dos niños con inscripción que dice: «…ndo…honre gloria». Este escudo era el mismo que coronaba la puerta y el arranque de la escalera del palacio de los La Bastida en Guadalajara, derribado hace años para construir el actual edificio de los Juzgados en la plaza de Beladíez.

Para los andarines, aún quedan algunas sorpresas que mirar. Así, por ejemplo, les recomiendo que sigan el camino abajo que surge y se ve desde la fachada occidental del templo parroquial, desde la espadaña. Bajando por ese camino, muy cerca aún del pueblo, se encuentran las ruinas de la almazara, en las que se puede deletrear el ritmo de los trabajos que hacían, en tiempos pasados, que la oscura oliva se transformara en brillante aceite. En ese mismo camino, en su lado derecho, encontramos la gran fuente pública, que se levanta firme y señorial con muro de sillar sobre el que destaca tallado el escudo del reino, de Castilla y León, obra del siglo XVI en su primera mitad. Esta fuente la mencionaban ya los redactores de las Relaciones Topográficas como un elemento moderno, y de mucho mérito. La verdad es que aún hoy merece un vistazo y hasta alguna fotografía de recuerdo.

En cualquier caso, todo en Valdeavellano es interesante, y quien se acerque hasta allí en la mañana de un domingo luminoso, seguro que no sentirá haber perdido el tiempo: porque se habrá encontrado con la historia y las maneras ciertas de una comarca que tiene aún su voz propia, ¿por cuánto tiempo?

El rollo de Valdeavellano

No servía este rollo para ejecutar bandidos, sino para decir a todos que Valdeavellano era villa de por sí, y que sus regidores, alcaldes y juez tenían capacidad para servir, en primera instancia, de veedores y sentenciadores de los problemas que los vecinos tuvieran y desarrollaran entre sí. Era por eso un “rollo”, un alto pilote o columna griega rematada en cuatro cabezas de animales, que demostraba esa capacidad: era un farde tallado, una limpia silueta de prestigio y honor colectivo.

La picota solía hacerse de madera, o de piedra pero más basta, con sillarejo y ladrillos, llevando en lo alto algunos fuertes ganchos que servirían, en contadísimas ocasiones, para mostrar el cuerpo de algún sentenciado y ejecutado. Las picotas se ponían a las afueras de las poblaciones, en algún cerro, para que de lejos se viera el balanceante cadáver “bendiciendo con los pies” a quienes se acercaran.

En la provincia de Guadalajara quedan más de 40 picotas, algunas de ellas muy hermosas, en las plazas mayores de sus pueblos. Solo por conocerlas, y fotografiarlas, o gozar con su prestancia leve y gris, ya merece andarse la Alcarria, de pueblo en pueblo, y ver tanta luz en ellas resaltada.

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