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La Fuente de Abajo, de Fuentelencina

Viajar por la Alcarria reserva sorpresas a todos, a los que se la conocen de punta a cabo, y más aún a los que la visitan por primera vez. Por eso es tan recomendable echarse a andar por las trochas de la Alcarria, a descubrir maravillas, porque las hay en cada rincón.

La mañana de invierno , soleada y tibia, invitaba al viaje por los valles de Alcarria. El rumor del agua es el que atrae a los viajeros, que al llegar a Fuentelencina, camino de Pastrana, deciden seguir las indicaciones que el Ayuntamiento ha puesto en la carretera,  y que dicen “A la Fuente de Abajo”. Con facilidad, y en coche, se llega al primer vallejo que por levante rodea a esta importante villa que en la Edad Media, y aún después, tuvo enorme importancia en los anales alcarreños.

El lugar es indiscutiblemente hermoso. Un recóndito y suave valle en el que los árboles, infinitos, están ahora con sus ramas secas: las acacias copudas, el enorme juego de las ramas de la noguera, los chopos estilizados. Todo seco y gris, pero latiente, prometiendo. La tibieza del aire y el celado azul sobre los bordes de la costanilla cuajada de olivos, prometen la primavera más bien pronto. Se oye el agua, cayendo de caños, rodando por piedras, borboteando en sumideros. Encima, muy cerca, las últimas casas del pueblo. Nadie canta ni grita, la naturaleza es solamente rumor de agua, y los viajeros la escuchan.

Una fuente monumental

En la Alcarria, y en un radio relativamente pequeño, en torno a la que hoy describimos, hay enormes y fantásticas fuentes, elementos que fueron trascendentales en la vida de los pueblos, porque solo de ellas se podía abastecer cómodamente la gente para su bebida, sus guisos y sus necesidades de riegos y limpiezas. En Tendilla hemos visto la que llaman fuente de los condes, porque lleva estampados en la frente las armas heráldicas de los Mendoza. En Pastrana, la fuente de los Cuatro Caños, la más conocida de la media docena de fuentes que tiene la villa de la Eboli. En Albalate, la gran fuente del perro, modelo de ingenios acuíferos. Y en Almonacid, la Fuente Vieja, otro elegante ejemplo de utlidad acuosa.

Pero en Fuentelencina parece que la naturaleza se esfuerza, y el hombre puso todo cuanto pudo para domeñarla. Sale el agua de una veta del nivel freático que hay junto al pueblo, en una cuesta que le cerca por levante. Nunca se seca, y su caudal es muy abundante. Tanto, que necesita seis grandes caños para salir entera. Se construyó con un muro de piedra sillar en el que a trechos de casi dos metros se espacían las cabezas de león talladas de cuya boca sale el chorro de agua. Cae el líquido mineral sobre unas oquedades talladas que permitirían en su día asentar los cántaros. Y del gran pilón delantero donde se recoge el agua de los “seis leones” se va por un gran caño y canalillo hasta un estanque enorme, un lavadero que finalmente desagua para seguir su camino de arroyo que bajará hasta el río Arlés, que está como a media legua de este lugar, valle abajo.

Sería un gozo ver el movimiento de aquel espacio, hace siglos, o no tanto: hace solamente cincuenta años, en que el agua todavía no había llegado a las casas. Allí las jovencitas bajarían con sus cántaros a recoger el agua de los leones. Y allí las mujeres con sus tablas, jabones y enormes cestos lavarían las ropas y las pondrían a secar luego. Un bullicio de féminas cada día, y un mirar de varones por las cuestas, entre los árboles, allí sentados en las grandes piedras grises que escoltan el rumor y la sombra.

La fuente es muy antigua, está allí, y es aprovechada, desde que Fuentelencina es lugar de común habitación de gentes. Las Relaciones Topográficas que los del pueblo mandaron a Felipe II en el siglo XVI, ya nos dan constancia de su existencia y uso. Decía así el punto 23 de la Relación: Como dicho es, en esta Villa no hay rios, ni en el asiento de ella fuentes, ni pozos, ni género de agua; pero en lo bajo de la Vega hay dos fuentes, la una la fuente suso, ques á tiro de arcabud; la otra la fuente la Canal, ques á tiro de piedra, de donde copiosamente se proveen de agua los ganados é Vecinos; y del agua dellas se riega la vega hasta el fin de la alameda, ques casi á media legua, y se sirven los lagares del aceite que están allí cerca, é se hace el servicio de las tenerias como se dirá adelante. A la fuente de suso es a la que nos estamos refiriendo, la Fuente de Abajo como hoy la llaman.

El valle minúsculo en que se enclava, la vega abundante y generosa, también es motivo de descripción, cariñosa, vital, en esta Relación antigua. Así decían poco antes, en el punto 21 de la misma:  En esta Villa, á un tiro de piedra, hay una Vega donde se cogen algunas frutas y hortaliza en abundancia, y empieza una alameda por la Vega muy hermosa, y de las cosas más notables que hay en Castilla, porque hay dos caminos en cada orilla de la Vega y ambos van cubiertos de álamos negros, ú olmos que duran media legua pequeña, y por el uno puede ir un carro hasta salir de la alameda, y por el otro hasta la tercia parte del camino, y lo restante es angosto el camino; y en lo hueco de la Vega hay huertos, cañamares, é árboles frutales, y otras alamedas de salces é olmos, cosa muy fresca é de mucha delectacion; no hay ningunas pesquerias.

Después de siglos, el Cronista Provincial don Juan Catalina García, analizando la historia de nuestros pueblos, se fijó en este de Fuentelencina, y escribió, poco, pero algo dijo, en esta fuente, de la que escribe en los Aumentos de las referidas Relaciones: Notable por su aspecto de grandeza y por la abundancia de sus agua es es la fuente principal, pasando luego a describir el también solemne y hermoso edificio del Ayuntamiento de esta villa. En su Catálogo monumental de la Provincia, sin embargo, se detiene con gusto en la iglesia y su retablo, pero nada dice de la fuente. Y es indudable que, al hablar de patrimonio, de monumentos, de heredada riqueza arquitectónica, la Fuente de Debajo de Fuentelencina es un elemento del que nadie puede olvidarse.

No lo ha hecho, por supuesto, Juan José Bermejo, quien en la página 120 de su obra recientemente publicada “Fuentes de Guadalajara” dedica una página entera, y una bonita fotografía, a esta fuente alcarreña que no deja indiferente a nadie que la visite.

Como este es un año de abundantes lluvias en el otoño, bajan las fuentes ahora cargadas y rientes. Merece la pena echarse a viajar por la Alcarria y buscar estos rincones, como olvidados de todos, pero latientes de espíritu, de cargada historia, de belleza ambiental. En el silencio de la mañana, el agua que rompe la piedra en Fuentelencina ha despertado a los viajeros de un largo sueño. Se han dado cuenta que, otra vez, como siempre, el mundo que les rodea sonríe sin recurrir al chiste. Solo porque amanece, y el aire se mueve y le llaman brisa.

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