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enero, 2004:

La Fuente de Abajo, de Fuentelencina

Viajar por la Alcarria reserva sorpresas a todos, a los que se la conocen de punta a cabo, y más aún a los que la visitan por primera vez. Por eso es tan recomendable echarse a andar por las trochas de la Alcarria, a descubrir maravillas, porque las hay en cada rincón.

La mañana de invierno , soleada y tibia, invitaba al viaje por los valles de Alcarria. El rumor del agua es el que atrae a los viajeros, que al llegar a Fuentelencina, camino de Pastrana, deciden seguir las indicaciones que el Ayuntamiento ha puesto en la carretera,  y que dicen “A la Fuente de Abajo”. Con facilidad, y en coche, se llega al primer vallejo que por levante rodea a esta importante villa que en la Edad Media, y aún después, tuvo enorme importancia en los anales alcarreños.

El lugar es indiscutiblemente hermoso. Un recóndito y suave valle en el que los árboles, infinitos, están ahora con sus ramas secas: las acacias copudas, el enorme juego de las ramas de la noguera, los chopos estilizados. Todo seco y gris, pero latiente, prometiendo. La tibieza del aire y el celado azul sobre los bordes de la costanilla cuajada de olivos, prometen la primavera más bien pronto. Se oye el agua, cayendo de caños, rodando por piedras, borboteando en sumideros. Encima, muy cerca, las últimas casas del pueblo. Nadie canta ni grita, la naturaleza es solamente rumor de agua, y los viajeros la escuchan.

Una fuente monumental

En la Alcarria, y en un radio relativamente pequeño, en torno a la que hoy describimos, hay enormes y fantásticas fuentes, elementos que fueron trascendentales en la vida de los pueblos, porque solo de ellas se podía abastecer cómodamente la gente para su bebida, sus guisos y sus necesidades de riegos y limpiezas. En Tendilla hemos visto la que llaman fuente de los condes, porque lleva estampados en la frente las armas heráldicas de los Mendoza. En Pastrana, la fuente de los Cuatro Caños, la más conocida de la media docena de fuentes que tiene la villa de la Eboli. En Albalate, la gran fuente del perro, modelo de ingenios acuíferos. Y en Almonacid, la Fuente Vieja, otro elegante ejemplo de utlidad acuosa.

Pero en Fuentelencina parece que la naturaleza se esfuerza, y el hombre puso todo cuanto pudo para domeñarla. Sale el agua de una veta del nivel freático que hay junto al pueblo, en una cuesta que le cerca por levante. Nunca se seca, y su caudal es muy abundante. Tanto, que necesita seis grandes caños para salir entera. Se construyó con un muro de piedra sillar en el que a trechos de casi dos metros se espacían las cabezas de león talladas de cuya boca sale el chorro de agua. Cae el líquido mineral sobre unas oquedades talladas que permitirían en su día asentar los cántaros. Y del gran pilón delantero donde se recoge el agua de los “seis leones” se va por un gran caño y canalillo hasta un estanque enorme, un lavadero que finalmente desagua para seguir su camino de arroyo que bajará hasta el río Arlés, que está como a media legua de este lugar, valle abajo.

Sería un gozo ver el movimiento de aquel espacio, hace siglos, o no tanto: hace solamente cincuenta años, en que el agua todavía no había llegado a las casas. Allí las jovencitas bajarían con sus cántaros a recoger el agua de los leones. Y allí las mujeres con sus tablas, jabones y enormes cestos lavarían las ropas y las pondrían a secar luego. Un bullicio de féminas cada día, y un mirar de varones por las cuestas, entre los árboles, allí sentados en las grandes piedras grises que escoltan el rumor y la sombra.

La fuente es muy antigua, está allí, y es aprovechada, desde que Fuentelencina es lugar de común habitación de gentes. Las Relaciones Topográficas que los del pueblo mandaron a Felipe II en el siglo XVI, ya nos dan constancia de su existencia y uso. Decía así el punto 23 de la Relación: Como dicho es, en esta Villa no hay rios, ni en el asiento de ella fuentes, ni pozos, ni género de agua; pero en lo bajo de la Vega hay dos fuentes, la una la fuente suso, ques á tiro de arcabud; la otra la fuente la Canal, ques á tiro de piedra, de donde copiosamente se proveen de agua los ganados é Vecinos; y del agua dellas se riega la vega hasta el fin de la alameda, ques casi á media legua, y se sirven los lagares del aceite que están allí cerca, é se hace el servicio de las tenerias como se dirá adelante. A la fuente de suso es a la que nos estamos refiriendo, la Fuente de Abajo como hoy la llaman.

El valle minúsculo en que se enclava, la vega abundante y generosa, también es motivo de descripción, cariñosa, vital, en esta Relación antigua. Así decían poco antes, en el punto 21 de la misma:  En esta Villa, á un tiro de piedra, hay una Vega donde se cogen algunas frutas y hortaliza en abundancia, y empieza una alameda por la Vega muy hermosa, y de las cosas más notables que hay en Castilla, porque hay dos caminos en cada orilla de la Vega y ambos van cubiertos de álamos negros, ú olmos que duran media legua pequeña, y por el uno puede ir un carro hasta salir de la alameda, y por el otro hasta la tercia parte del camino, y lo restante es angosto el camino; y en lo hueco de la Vega hay huertos, cañamares, é árboles frutales, y otras alamedas de salces é olmos, cosa muy fresca é de mucha delectacion; no hay ningunas pesquerias.

Después de siglos, el Cronista Provincial don Juan Catalina García, analizando la historia de nuestros pueblos, se fijó en este de Fuentelencina, y escribió, poco, pero algo dijo, en esta fuente, de la que escribe en los Aumentos de las referidas Relaciones: Notable por su aspecto de grandeza y por la abundancia de sus agua es es la fuente principal, pasando luego a describir el también solemne y hermoso edificio del Ayuntamiento de esta villa. En su Catálogo monumental de la Provincia, sin embargo, se detiene con gusto en la iglesia y su retablo, pero nada dice de la fuente. Y es indudable que, al hablar de patrimonio, de monumentos, de heredada riqueza arquitectónica, la Fuente de Debajo de Fuentelencina es un elemento del que nadie puede olvidarse.

No lo ha hecho, por supuesto, Juan José Bermejo, quien en la página 120 de su obra recientemente publicada “Fuentes de Guadalajara” dedica una página entera, y una bonita fotografía, a esta fuente alcarreña que no deja indiferente a nadie que la visite.

Como este es un año de abundantes lluvias en el otoño, bajan las fuentes ahora cargadas y rientes. Merece la pena echarse a viajar por la Alcarria y buscar estos rincones, como olvidados de todos, pero latientes de espíritu, de cargada historia, de belleza ambiental. En el silencio de la mañana, el agua que rompe la piedra en Fuentelencina ha despertado a los viajeros de un largo sueño. Se han dado cuenta que, otra vez, como siempre, el mundo que les rodea sonríe sin recurrir al chiste. Solo porque amanece, y el aire se mueve y le llaman brisa.

Plazas limpias de Ciudad Real

De vez en cuando conviene salir de Guadalajara, y orear la vista por espacios menos contaminados. Existen por ahí, incluso en nuestra misma Región autónoma, ciudades y aún pueblos en los que no existen pintadas por todas las paredes, y que el único arte que se contempla es el que han dejado los hombres laboriosos a lo largo de los siglos. Aquí vamos a terminar creyéndonos, de tanto leerlo y aún oirlo, que el graffiti es un arte. La indigestión del arte. Vamos a ver plazas limpias y luminosas. Por la provincia de Ciudad Real.

San Carlos del Valle

La plaza de San Carlos del Valle es, sin duda, uno de los espacios urbanos más hermosos e inolvidables con los que pueda encontrarse el viajero que se mueva a lo largo y ancho de Castilla-La Mancha. San Carlos no existía hace tan solo 300 años. Quizás sería un minúsculo lugar, pero su nacimiento como pueblo se produce en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el Plan de Colonización de Carlos III, dirigido por el superintendente del reino, Pablo Olavide, trata de colocar en pueblos nuevos a gentes venidas de otros países europeos, o de otras regiones de España, a poner a producir territorios que hasta entonces habían estado abandonados. Para ello funda pueblos, y los construye de acuerdo a planes racionalistas y muy bien organizados, como ocurre con La Carolina y Santa Elena, en Jaén, o con Almuradiel y San Carlos del Valle en Ciudad Real.

Así nació San Carlos, un pueblo trazado sobre un plano totalmente regular, estructurado en torno a un eje, el camino que lo atravesaba (ahora carretera que va de Valdepeñas a La Solana) poniendo a uno de sus lados la Plaza. Casi no merece la pena describirla, porque lo que hay que hacer es ir a verla, a vivirla, a pasearla. Se accede a esta plaza por medio de tres arcos de ladrillo en tres de sus flancos. Su planta es prácticamente rectangular. En sus lados mayores, surgen al levante la iglesia parroquial, edificio monumental e increíble del que ahora hablaré. Y al occidente un largo cuerpo de edificios soportalados y adintelados sobre columnas de piedra, con dos pisos superiores de balaustradas de madera entre pies derechos y zapatas del mismo material. En los lados menores, los edificios también soportalados tiene un solo piso, pero en la misma estructura que el lado largo, siempre apoyadas las galerías sobre fuertes vigas con las cabezas talladas. Uno de esos edificios era el Ayuntamiento, que actualmente se ha trasladado a un costado, casi fuera de la plaza.

A la plaza se entra a través de tres amplios arcos que son casi zaguanes, y la visión desde ellos, con el marco arqueado de las bóvedas, y el contraste de los oscuros muros con la luz que surge de las galerías de madera, es en cualquiera de las tres perspectivas realmente bonito. En la puerta que da a la carretera, aparece un gran placa de cerámica que dice así: “La Casa Grande de la Hospedería fue construida en 1710 como lugar de reposo de peregrinos y viajeros del Camino Real. La iglesia del Santo Cristo se construyó entre el 18 de septiembre de 1713 y el 13 de septiembre de 1729 durante el reinado de Felipe V de estilo barroco con influjos neoclásicos. La Plaza Mayor se construyó posteriormente a la iglesia y sus dimensiones son 53 m. Por 21 m. El pueblo fue proyectado durante el reinado de Carlos III”. Así da gusto, información clara y concisa para los viajeros de hoy.

Aún siendo un espacio de personalidad muy viva, hermoso y resplandeciente ante los ojos de cualquiera con un mínimo de sensibilidad, parece hecha como atrio de la fabulosa iglesia construida a comienzos del siglo XVIII, que con su volumetría impactante, su decoración barroca, sus tallas de santos y gentes, dejan boquiabierto al más indiferente. De 1713 a 1729 es la construcción de esta iglesia del Cristo de San Carlos del Valle. Su planta es de cruz griega inscrita y cubierta con una gran cúpula. El interior es de una sola nave con capillas laterales, apareciendo tribunas formadas por balconcillos y celosías apoyadas en un voladizo. Se cubre por una bóveda de cañón sostenida por pilastras toscanas y la cúpula, ochavada, ofrece un gran tambor con barandilla de hierro, y sobre él una media naranja dividida en plementos y pilastras decoradas con granadas que convergen en la linterna. Todo el conjunto se remata con una aguja. De todo lo que mira el espectador, lo más llamativo son sus fachadas que casi parecen retablos, y la cúpula flanqueada por cuatro torrecitas de ladrillo. La fachada principal se divide en dos cuerpos: el primero se cimenta en columnas toscanas que avanzan sobre grandes pedestales, y el segundo con columnas salomónicas de tipo churrigueresco que sirven de marco al relieve en que aparece la escena de Cristo crucificado entre los dos ladrones. La otra fachada, que da a la placita aneja a la gran plaza, tiene el mismo esquema de dos cuerpos y decoración de columnas pétreas enmarcando la figura de Santiago Matamoros.

Y nada más que decir, y ponderar: la plaza de San Carlos del Valle deja sin aliento a quien la visita y contempla. Parece imposible que se haya hecho algo tan bello, y, sobre todo, que sea conocido de tan pocos. Porque esto es lo que hay que hacer, promocionar el conocimiento de tales maravillas que tenemos en la Región, y que la gente venga y disfrute en espacios donde la historia y el arte pesan y se adensan. Y donde además, nadie las pintarrajea con graffitis.

La Solana

Sobre una suave eminencia del terreno, asienta este populoso lugar de La Mancha, pletórico de vida,  de juventud por la calle, de actividades culturales, de afán constructivo. Toda la villa se afana al sol, parece que las casas, al cobijo de la altísima torre eclesial, estiran el cuello para tomar la luz que se derrama a raudales sobre el blancor de la loma.

La plaza de La Solana es un conjunto abigarrado de construcciones y estructuras que, por ser muy grande, la hacen una de las más curiosas y animadas de la provincia. Se forma en sus costados de edificios de variadas épocas, muy diferentes entre sí, lo que le confiere un sentido popular y atractivo. Su estructura general es rectangular. En su costado meridional, y dominando con su imponente mole el espacio central, se alza el templo parroquial de Santa Catalina, que aparte su torre grandiosa, y sus buenas portadas, ofrece de cara a la plaza una galería con ventanales abiertos, que sirvió en su tiempo para contemplar en situación preferente las corridas y espectáculos de toros. En el costado frontal, el que mira al mediodía y se ilumina habitualmente por el sol, están las construcciones de regimiento municipal: el Ayuntamiento, en la esquina, y otras dependencias del Concejo. Los costados sur y norte también tienen casas soportaladas, especialmente este último, en el que se comenzó a levantar, con ideas de igualar toda la plaza, unos edificios de grandes arquerías con pilares cuadrados de piedra, y muros en los pisos altos de ladrillo visto. En un estilo que recuerda a la plaza mayor de Ocaña, la idea del Concejo en el siglo XVIII fue la de construir una gran plaza soportalada de proporciones grandiosas, muy homogénea, frente a la iglesia. No se terminó y hoy ha quedado un poco a medias, pero en cualquier caso esta plaza de La Solana es un espléndido ejemplo de gran espacio común y abierto, en el que la vida del pueblo late a cada instante.

En la Plaza de la Solana hay siempre movimiento, coches que llegan, gente que corre, caminantes solitarios y grupos de chicos, siempre muchos chicos y chicas por todas partes. Es monumento histórico, y todos los que la han visto dicen siempre lo mismo: que atrae de tal manera, que siempre se vuelve.

Una imagen viva de Pastrana

Tiene muchos méritos Pastrana, para estar siempre de actualidad. Ahora sube a la palestra por un acontecimiento cultural que la da nueva dimensión, que la pone aún más alto, en el equipo bien formado de villas turísticas y espacios históricos de la provincia, cada vez más convencida de que en este aspecto está buena parte de su futuro aguardando.

Ese acontecimiento fue la presentación pública de un libro, el titulado “La villa ducal de Pastrana”, que tuvo lugar el pasado día 17 de diciembre, en el Hotel Meliá de Guadalajara, y en el que participaron la autora, Esther Alegre Carvajal; los diseñadores, Abel e Irina Rasskin, y yo mismo, por una especial deferencia de la autora y editores. El libro ha sido patrocinado por RAYET S.A. que con esta iniciativa pone también su esfuerzo en alentar empresas culturales en nuestro territorio.

El libro es, de entrada debo decirlo, una verdadera joya: por su aspecto y textura, por su imagen interior, la volumetría de sus páginas y grabados, el equilibrio entre ellos y el texto, los colores falsos y hermosos dados a las fotografías, los fondos mullidos de sus planos… de un libro que trata de arquitectura, hay que valorar también su calidad arquitectónica: no solo el aspecto de su fachada, sino los espacios que crea en su interior. Y esto lo ha conseguido esta nueva y reveladora obra sobre Pastrana.

Lo que dice este libro

Cuenta con una Introducción de Tomás Nieto Taberné, y un Epílogo de Antonio Fernández Alba. No me cabe ninguna duda al calificar de magistral este libro por su contenido. Trata de Pastrana, y aunque de esta villa alcarreña ya se ha escrito mucho, se han publicado muchos libros: de historia, de literatura, de poesía y leyendas… este nos ofrece una nueva visión de Pastrana: es la historia de su imagen, de su silueta y su anatomía. Me atrevería a decir que es este un libro de biología: porque nos ofrece la visión de un ser vivo. Todas las ciudades lo son, todas nacen, se desarrollan y mueren. Desde una Palmira que en el ardiente abrazo de las arenas del desierto sirio nos muestra hoy el esqueleto humano de lo que fue palpitante centro de negocios, a un Tres Cantos o un San Chinarro que en los alrededores de Madrid dan sus primeros pasos de ciudad nueva, recién nacida de la nada.

Pasan los largos siglos, y los hombres casi pierden la memoria de esa evolución. Pero en algunas se ve, y Pastrana es una de ellas.

Esther Alegre, la autora de esta “Villa ducal de Pastrana”, ha tomado por objetivo el estudio de una ciudad desde esa perspectiva de imagen física. Es como un álbum de fotos de una persona a la que solo vemos cómo cambia de estatura, de trajes, de poses… pero que mantiene siempre en su mirada la misma traviesa ironía. Aunque nada más supiéramos de ella, sería bastante para conocerla.

Pero la autora de este libro sobre Pastrana va más allá de ofrecernos las fotos sucesivas de esta villa, del estudio y análisis de cada cambio de imagen. Nos ofrece, sabiamente urdido con lo anterior, la evolución histórica del burgo. Y así, lo que hubiera resultado tremendamente pesado (si solo nos hubiera dicho sus datos históricos) se ensambla con lo que hubiera parecido tremendamente superficial (si solo nos hubiera referido su imagen cambiante). Consigue, por lo tanto, un libro firme y sereno, completo y –debo repetirlo- magistral. Porque aúna su intención primera y fundamental, de estudiar la evolución física de Pastrana, con los hechos y personas que promueven y causan su evolución. Y así nos da su historia. Una historia urbana, un retrato que alcanza el supremo valor de la biografía.

 El palacio ducal

De entre las varias docenas de temas que aborda este libro, yo destacaría algunas de las cosas más elocuentes.  En primer lugar el estudio que hace Esther Alegre del Palacio Ducal de Pastrana. A mí es lo que más me ha gustado, aunque sin duda hay otras cosas en él interesantes y aún novedosas. Pero es que el Palacio Ducal es hoy por hoy el símbolo de la villa, de su pasado, y de su futuro.

En el contexto de su evolución histórica, que de aldea de la encomienda calatrava de Zorita, pasa a villa con jurisdicción propia, feria y edificio concejil, Pastrana da varios saltos, y uno de ellos es el de hacerse capital de un estado señorial, de un ducado nada menos. Con méritos, en el siglo XVI, y muchos votos a favor, para haberse convertido en capital del reino. Ese salto no se hace de cualquier manera: se necesitan gentes con ánimo, circunstancias favorables, y una secuencia de hechos que lo avalen. El eje de ese gran paso histórico está en el palacio. Que tiene, analizándolo fríamente, una historia triste e inacabada. Porque nace de un ideal de grandeza, no crece lo previsto por problemas del día a día, entre ellos la oposición del Concejo y las gentes de Pastrana a que ese palacio (que ellos llamaban fortaleza) se levantara; no llega a triunfar porque alcanza a ser antes cárcel y sepulcro de su dueña que alcázar victorioso. Y porque cuando está a punto de darle un quiebro a la historia, y en su recta final acometer el triunfo definitivo, una mala sombra se le echa encima y una vez más le detiene… Personalmente soy optimista y creo firmemente que en este siglo dará su voz clara, su mujer brillo.

La autora diseca con meticulosidad la evolución del Palacio de Pastrana: de las ideas que sus dueños quieren impregnar en su figura, y de la genial estructura que su arquitecto constructor, Alonso de Covarrubias, le imprime a partir de 1540. Aparte de las corazonadas y deducciones que personalmente adelanté, hace más de dos décadas, ha sido Aurelio García López quien ha descubierto los documentos que prueban la autoría de este edificio. Con estos datos, y el examen pormenorizado de lo que hoy existe, Alegre Carvajal nos relata la vida de este palacio, desde su proyecto inicial, su construcción, sus reformas, sus hundimientos y restauraciones: los jardines que se proyectaron para su entorno, la muralla que lo protegía, la gran plaza que finalmente lo realza visualmente…

Pero hay otros muchos temas: como la evolución detallada de la iglesia Colegiata de Pastrana, de la iglesia de San Francisco, de las murallas, y sus múltiples puertas, del Palacio viejo, la Casa del Concejo, el palacio de los Muelas, la calle Ancha, el Albaicín, el Hospital de San Miguel, los conventos extramuros, los jardines moriscos… y tantas y tantas cosas, que a pesar de su larga historia, aquí saben a nuevas, son las que magistralmente trata Esther Alegre en esta obra excelente y magistral.

Acaba –y da pena que acabe alguna vez el libro- con un capítulo titulado “La villa ducal de Pastrana en el contexto de las villas ducales españolas”. Ese coda final es lo que le da su dimensión más alta: porque desde esa idea partió el libro, y con ella, desarrollada y evidente, acaba. Y con ella dice que Pastrana es lo que es, y ha sido lo que ha sido, porque en un determinado momento de su historia, el siglo XVI exactamente, fue elegida como núcleo de un sistema social basado en el señorío personal y en el proyecto de construcción de una villa ducal, émula y paralela, como sus compañeras españolas, de la Corte imperial.

En definitiva, una lección perfecta de vida urbana, de urbanismo vivo, de historia real y suculenta. Con este nuevo libro sobre Pastrana, al que han puesto letras, imagen y acentos tantas personas, con Esther Alegre de protagonista, la villa ducal de la Alcarria se pone en su puesto y avanza la cabeza. Es toda una artista que sale a escena.

Ochaíta en un rincón

Está en un rincón de la ciudad, pero desde allí la vigila entera. José Antonio Ochaíta fue un escritor, un poeta, un pensador. Cronista de la ciudad, su alma vibrante y pulida, una llama más que un ser humano, como él decía del Cristo de su parroquia natal, la de Jadraque: que no era de madera, sino de fuego, de lo que estaba hecho.

La estatua que hoy visitamos está en un lateral de la plazuela del Carmen. Del rincón del Carmen, mejor diríamos. Se puso en 1974, poco después de morir el poeta. Y la talló Navarro Santafé, en bronce, sobre un pedestal de mármol, con un tapiz de ladrillos de fondo. En ese espacio mínimo y recoleto, parece vibrar aún la voz de Ochaíta, esa voz que plasmó en versos una visión personalísima, con fuerza y dramatismo, de la ciudad y sus cosas. Por eso se le ha denominado también “la voz de la Alcarria”, y por eso vino a ocupar un hueco en la cotidiana secuencia de nuestra vida ciudadana, porque no hubiera sido justo que olvidáramos a un hombre sabio, bueno y bien hablado como lo fue Ochaita. Modelo a seguir en muchas cosas.

Una breve biografía

Nació en Jadraque en 1905, y murió en Pastrana en 1973,  mientras recitaba sus poemas en el atrio de la Colegiata. Fue Cronista de la Ciudad de Guadalajara, y recibió diversos Premios nacionales y locales de poesía.

Decía de él José María Bris, en algún escrito que pregonó los valores de su paisano, que “José Antonio Ochaíta fue en Jadraque el alfa y el omega de su latido durante muchos años, años infinitos en ilusión, pero limitados en el tiempo”. José Antonio Ochaíta era el segundo de tres hermanos, y cuando contaba cinco años murió su padre. Fuese a estudiar a Madrid, en el colegio de San Ildefonso y muy pronto dio pruebas de su afición a las letras. Fue profesor de gramática en el colegio de los Salesianos, pasando a estudiar Filosofía y Letras en Salamanca, donde fue alumno de don Miguel de Unamuno. Siguió sus estudios en Galicia donde conoció a don Ramón María del Valle Inclán, a quien admiró y de quien tomó ciertas influencias. De Santiago de Compostela, con sus tertulias, su ambiente universitario, y sus saudades húmedas pasó a ser redactor del «Faro de Vigo». Allí trató con numerosos escritores que fueron influyéndole y dándole experiencia. Allí pasó una etapa feliz de su vida, y de allí se trajo el nombramiento de miembro de la Real Academia Gallega de las Buenas Letras.

Tras las Guerra Civil, Ochaíta inició una andadura personal muy rica e incansable: fue conferenciante, ensayista, autor teatral, periodista, animador de tertulias, y brillante poeta y rapsoda.

En su villa natal, Jadraque, donde también existe otra escultura de busto, réplica de la de Guadalajara, hecha por Navarro Santafé, Ochaíta fue alma generatriz de proyectos e ilusiones: especialmente la de reconstruir el castillo, al que él llamaba Atalaya del Cardenal, por haber sido morada algunos años del Gran don Pedro González de Mendoza. Decía Bris también que Ochaíta “hizo poesía y jadraqueñismo, a veces desde la Casa Consistorial, a veces desde la Iglesia Parroquial, y las más desde sus escritos en verso y en prosa.

Se convirtió en director teatral de los jóvenes jadraqueños y muchas veces su localismo, el amor a su pueblo, quizás le cortó alas para vuelos más altos”.

Esos vuelos, no obstante, llegaron. Y comenzó a ser autor conocido de teatro, poeta, letrista sobre todo: autor de cientos de canciones que las más famosas cantantes de la música española pasearon por todo el país, y aún fuera de él, durante décadas, hasta hoy mismo. De sus éxitos teatrales cabe recordar obras como «Doña Polisón», «La honrada», «María del Amor», «La macilenta» y «La mala boda». De sus libros de versos, destacaron «Turris Fortissima», «Desorden», «El Pomporé», y «Poetización de Jaén», Hace un par de años, el Ayuntamiento publicó una densa “Antología Poética” de Ochaíta.

Las letras de sus canciones se han paseado por radios, escenarios y películas. Desde las que aparecen en la película “Bienvenido, Mister Marshall”, hasta la que hoy todavía canta Rocío Jurado. Colaboró en ellas con los músicos Solano, Valerio, Rafael de León, Quintero y Quiroga. Descubrió con sus canciones a estrellas de la talla de Manolo Escobar, Lolita Sevilla, Dolores Vargas, El Príncipe Gitano, Marisol Reyes, Marifé de Triana, Gracia Montes o Rocío Jurado… Es el Porompompero que todos ellos hicieron vibrar en sus voces, la canción más universalmente conocida de José Antonio Ochaíta.

La voz de la Alcarria

Pero la verdadera dimensión de hombre de letras, de escritor, de poeta, de verdadero “primera fila” de la literatura hispánica y, por supuesto, alcarreña, en el siglo pasado, nos la da su talento innovador en el campo de la poesía. Los últimos años de su vida los dedicó a componer largas versificaciones sobre la historia de su tierra natal, la Alcarria. Sobre sus personajes, sus castillos, sus pueblos, sus maravillas. Con un torrente de innovaciones formales y una explosión de metáforas y neologismos que le ponen como una verdadera máquina de escribir y asombrar ante los ojos de cualquiera que se enfrente con su obra escrita.

Hace unos años, el Ayuntamiento de Guadalajara (del que Ochaita fue Cronista Oficial) editó una estupenda “Antología Poética”, que consiguió ofrecer la medida justa de su calidad literaria. Y hace solamente unos meses ha sido Tomás Gismera Velasco quien nos ha entregado, en su tarea de biógrafo de los mejores alcarreños, la biografía de Ochaíta. Un recuerdo estupendo que se lee de un tirón, y que se guarda, porque siempre apetecerá releer sus coplas, sus piropos a la princesa de Éboli, su dramático “Manos nuevas para tierra vieja…” con el que murió, puesto en los labios, una noche de verano en Pastrana.