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El Paseo de las Cruces, una joya de la ciudad

Las Cruces, retratadas.

 Cuando en 1948, el arquitecto municipal de Guadalajara don Antonio Batllé y Punyed le entregaba al alcalde de la ciudad, don Cándido Laso Escudero, el proyecto que había redactado para urbanizar definitivamente el paseo de Las Cruces, o de Fernández Iparraguirre como ya oficialmente se llamaba, se lo ofreció como una copia de la Rambla de las Flores de Barcelona. El arquitecto era catalán, de Tarragona, aunque estudió su carrera en Barcelona. Tenía las retinas impregnadas de mar y flores, de áreas abiertas en las que crecieran los árboles frente al horizonte infinito. Y en Guadalajara trazó un bulevar que es, hoy, de los pocos que quedan en España. Un bulevar, el paseo de las Cruces, que es alabado por todos cuantos lo pasean y conocen: por su elegancia sencilla, su corazón de ciudad, su bullicio medido. ¿Se podría perder este bulevar de las Cruces? Sí, se podría perder, a nada que aprieten los intereses de siempre: los especulativos del terreno.

Un espacio ganado paso a paso

En París se perdieron los Bulevares que diseñara el barón Hausman, y solo queda de ellos el recuerdo, porque su espacio está ocupado hoy de automóviles sonoros. Lo mismo ocurrió en Madrid, con los bulevares de Velázquez, de Sagasta, de Alberto Aguilera… desaparecieron comidos por el tráfico. Aquí alguien ha empezado a vender la idea de lo bonito que sería un paseo de Las Cruces ocupado en sus dos carriles centrales por los coches (se necesitarían al menos tres carriles, dado que nuestra ciudad es el paraíso de la “segunda fila”) y amplias aceras laterales, aceras por las que cómodamente podrían acceder los compradores a las tiendas que se coloquen en sus laterales, tanto las existentes como las por construir…

La historia del paseo de las Cruces de Guadalajara viene de largo. Tiene, al menos, un siglo de existencia. A comienzos del XX se abrió un ancho camino que iba desde la plaza de Santo Domingo hasta la cuesta del Matadero. Este camino corría junto a las tapias de la huerta del Convento del Carmen, y por eso enseguida fue conocido como “Paseo de las Tapias”, aunque también, y por haber en esas tapias pintadas varias cruces que constituían, desde siglos antes, un “calvario” penitencial, se le conocía como “Paseo de las Cruces” cuya es la denominación popular que hoy mantiene.

Por entonces solo había cuatro edificios escoltándole: a la izquierda las ruinas del viejo Hospital Militar (luego reconstruido para Escuela de Maestría) y más allá la Plaza de Toros. A la derecha estaban el Colegio Público “Las Cruces” (hoy de Rufino Blanco) y la Fundación Cuesta que ahora es el Colegio Nuestra Señora de la Salud. Poco antes de la guerra, comenzó el cirujano don Pedro Sanz Vázquez a construir su nueva clínica en ese espacio tan destartalado.

En los inicios del conflicto civil, en 1936, la ermita de la Soledad fue incendiada y destruida, quedando libre el inicio de ese paseo.

En los años 20, don Angel Martín Puebla pidió al Ayuntamiento permiso para parcelar, urbanizar y construir en el terreno inmenso de la Huerta del Carmen. Se le concedió el permiso, y abrió una calle (que lleva su nombre) construyendo algunos edificios (los más veteranos hoy) en el costado norte del paseo. Ya por entonces, el Ayuntamiento había dado nombre a este lugar, dedicándolo a la memoria de don Francisco Fernández Iparraguirre, farmacéutico y profesor de idiomas, alentador en España del Volapük, idioma universal.

El Ayuntamiento de Guadalajara, pasada la guerra, puso sus ojos en este lugar para iniciar un ensanche y dar la imagen de una ciudad en progreso, abierta y renovada. El espacio con que se contaba era mucho más ancho que el que hoy existe. Iría desde la fachada de Maestría hasta la Clínica, y desde la Plaza de Toros, hasta el Colegio de la Salud.  Sin pavimento, sin aceras, sin árboles, el primitivo paseo de Las Cruces era un erial insípido que sólo servía para iniciar la senda hasta los Mandambriles o llenarse de luces y olor a churros en las fiestas locales de San Lucas, a mediados de Octubre.

En 1944, el alcalde don Miguel Fluiters adquirió solares con vistas a iniciar la construcción de edificios públicos a ambos lados de este paseo. Así se levantó, a partir de 1947, el Gobierno Civil, la Audiencia Provincial, y la Jefatura de Sanidad. A continuación de esta, en un terreno de su propiedad, el Ayuntamiento levantó un gran edificio de viviendas para sus funcionarios, que por cierto fue vendido hace dos años en pública subasta y una vez derruidas dichas viviendas acaban de iniciarse los trabajos para levantar en su solar otras de lujo.

Aunque con una perspectiva más estrecha de la inicialmente planeada, el paseo empezaba a cobrar vida. Por encargo del Ayuntamiento, su arquitecto Antonio Batllé redactó un primer proyecto de paseo, con la esperanza de que el Gobierno de Franco, que estaba sufragando la construcción de Gobierno Civil y Audiencia Provincial, aportara el dinero necesario para la urbanización del paseo que a ellos daba acceso. Fluiters le pidió al gobernador don Juan Casas que consiguiera esos dineros, y el gobernador pidió a cambio que se pusiera su nombre al paseo.

En 1948, el nuevo alcalde don Cándido Laso le encarga a Batlle un nuevo proyecto: el paseo hay que construirlo, y lo hará el Ayuntamiento con sus propios medios, si nadie más le ayuda. Es entonces cuando el arquitecto municipal planifica una “rambla” a la barcelonesa, y ofrece el plano de un paseo arbolado con circulación rodada a ambos lados. Lo diseña de 9 metros de anchura, y dos filas de árboles, que dejan un paso libre de 7,50 metros. Su longitud total era de 600 metros, dividida en dos tramos, que se separan mediante una glorieta en cuyo centro se situaría la única farola central del conjunto. Adelante ya con la idea, en 1949 se plantaron 20 plátanos (son los más grandes, los que hoy nos acogen en el primer tramo frente al gobierno civil), se inició la red de alcantarillado y en 1953 se colocaron las primeras farolas. En 1955 la urbanización del paseo se concluyó del todo. En principio, el suelo era de simple tierra y piedras, pasando luego a tres sucesivas pavimentaciones de losetas sencillas,  luego las del dibujo blanco y rojo, y finalmente la de hace 3 años, a base de piedra y pizarra. Hoy estrenando iluminación nueva, con puntos que dan luz al paseo y a los viales laterales, la mayoría de los ciudadanos se encuentra tan feliz paseando por Las Cruces, haga calor o frío, llueva o luzca el sol, y se lo enseña (yo, al menos, así lo hago) con auténtico orgullo a quienes vienen a conocer esta ciudad que tan lentamente, y con tantos esfuerzos hemos hecho entre todos.

¿A alguien se le ocurriría desmontar este bulevar, que hoy luce como uno de los pocos que quedan en capitales de provincia, solo para que las aceras sean más anchas, y se puedan poner en ellas terrazas de bares? Eso sí que sería un atentado, el más grave que se recuerda, a la esencia de la ciudad, a su estructura y a su forma de ser.

Como colofón de este recuerdo, terminar con una anécdota que es más leyenda que otra cosa, pero que en la “ciudad de los cuentos” le cumple a esta historia. Ya terminado de construir el paseo, un día acudió a Guadalajara don Juan Casas, ex gobernador civil, a pedirle al alcalde que pusiera su nombre al paseo terminado. No cayó en la cuenta de un par de cosas: que quien se lo prometiera, ya no estaba de alcalde, y que quien ahora lo era, tenía buena memoria. Don Juan Casas no había ayudado a la construcción del paseo, por lo tanto, no había nombre que valiera. El alcalde, en esos momentos, era don Pedro Sanz Vázquez. El motor de los polígonos y del auténtico desarrollo de Guadalajara.

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