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agosto, 2003:

Diega Desmaissières, una mujer rica

 

Hoy tratamos de una estatua del paseo de Las Cruces que ya no está, porque una noche se la llevó por delante un coche sin rumbo, y los nuevos rumbos del Ayuntamiento la han dejado aparcada no sabemos dónde. También es verdad que nadie se ha quejado, a pesar de lo que esta señora supuso para el desarrollo de Guadalajara hace ahora unos cien años. Pero está visto que las gentes de nuestra ciudad son muy olvidadizas, y es por eso que no viene de más recordar a mis lectores quien fue esta señora que por unos días gozó de estatua ante la parroquia de San Juan de la Cruz de Guadalajara.

Fundadora de centros benéficos

María Diega Desmaissières y Sevillano nació en Madrid en 1852 y murió en Burdeos en 1916. Perteneciente a una noble familia, poseedora de numerosos títulos aristocráticos y de una inmensa fortuna material, permaneció siempre soltera, quedando en posesión a lo largo de su vida de una inmensa fortuna, que ella destinó en buena medida a la fundación de centros benéficos en diversos lugares de España.

Su bisabuelo paterno era francés, de la región de Burdeos, y se llamaba don Arnaldo Desmaissières. Su abuelo paterno era Miguel Desmaissières, oriundo de León, y quedó heredero en el Bordelés de inmensas extensiones de territorio de viñedos. Con título de conde de la Vega del Pozo, se dedicó a la política desde los finales del siglo XVIII, sabiendo capear los temporales del primer tercio del siglo XIX con cierto éxito, aunque con una mala fortuna final. Su abuela era Bernarda López de Dicastillo, también de noble ascendencia navarra, con riquezas sin cuento, palacios y tierras. Ambos casaron en 1802, teniendo nueve hijos, de los cuales cuatro murieron en la infancia. Los otros fueron Luis (1805‑1823) que murió en Toulouse, de una caída; Diego (1806‑1855) el padre de nuestra fundadora, que murió en Pau; Engracia (1807‑1855), fallecida en el palacio familiar de Guadalajara; Manuela (1812‑ 1843) muerta también en Toulouse en plena juventud; y María Micaela (1809‑1865), la Santa de la familia, que fue la que recibió el título de vizcondesa de Jorbalán, heredado de su padre, por renuncia de su hermano en 1846.

Su hermano Diego María Desmaissières y López de Dicastillo Flores y Olmeda recibió de su padre los títulos de conde de la Vega del Pozo y marqués de los Llanos de Alguazas, con sus anejos territorios en Murcia. Ejerció la actividad de diplomático, siendo embajador de España por diversos lugares de Europa, entre ellos Bélgica e Italia. Casó en 1846 con María Nieves Sevillano y Sevillano Fraile y Mocete, que heredaba los títulos de marquesa de Fuentes de Duero y duquesa de Sevillano. La boda se realizó en Guadalajara, en el palacio de los Desmaissières, con una fastuosidad principesca. En 1850 nació su primera hija, María de las Nieves, que murió a los 3 años. En 1852 nació María Diega, que heredaría todos los títulos y todas las riquezas de ambas familias. Perdió a su padre muy pronto, pues Diego falleció en Pau en 1855, heredando la influencia de bondad, generosidad y entrega de su tía María Micaela. De ahí que María Diega, que siempre permaneció soltera, se propusiera desde muy joven la realización de una gran fundación que sirviera de acogimiento a pobres y desvalidos, levantando junto a ella un gran mausoleo para enterrar a su padre y a toda su familia con el boato que de su magnificencia cabía esperar.

La señora duquesa

La figura de María Diega Desmaissières y Sevillano, condesa de la Vega del Pozo y duquesa de Sevillano, es una referencia obligada para entender la historia y la monumentalidad de Guadalajara en el último siglo. Heredera única, como hemos visto, de una de las familias más ricas de España en los años de auge de la gran burguesía, esta mujer se ocupó muy pronto de cuantos problemas sociales emergían en la España de fines del siglo XIX, que eran tantos y tan oscuros.

Heredera de una inmensa fortuna, la dedicó a mejorar las condiciones sociales de los alcarreños pobres. Proyectó construir en los alrededores de la ciudad un gran complejo educativo y de acogida: lo que serían la Escuela‑Modelo y el Asilo, que estaría acompañado de una iglesia conmemorativa de su tía, y de un gran panteón donde fuera enterrado su padre, y que sirviera para acoger los restos de toda su familia, y los suyos propios.

Muy joven aún, en 1882, se puso a la tarea, encargando el proyecto al arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, quien desarrolló en Guadalajara una idea arquitectónica que le consagró definitivamente como uno de los mejores arquitectos de la historia de nuestro país. En 1888, el Ayuntamiento de Guadalajara, agradecido a su bondad y desvelos por los pobres de la ciudad, la nombró Hija Adoptiva de la misma, siendo alcalde constitucional don Ceferino Muñoz, y entregándola en solemne acto protocolario un hermoso diploma en el que aparecía el escudo heráldico completo de la señora y diversas alusiones a sus desvelos en pro de las artes, la ciencia y la Caridad. El diploma, obra maestra de José María López‑Merlo y Pascual, académico de la Real de Bellas Artes, se conserva todavía en poder de las Religiosas Adoratrices.

Por haber fallecido de forma inesperada en Burdeos, en 1916, sin haber realizado previamente testamento, y al no tener hijos ni sobrinos directos, la inmensa fortuna de María Diega Desmaissières quedó en poder del Estado francés en lo relativo al vecino país, y en el de algunos remotos parientes, Congregación de Religiosas Adoratrices y Estado Español, en lo referido a nuestro país. Del apellido Desmaissières no quedó en Guadalajara sino el recuerdo de esta mujer ejemplar. 

La Fundación de la duquesa de Sevillano

Entre las múltiples posesiones de doña María Diega Desmaissières y Sevillano por tierras de la Alcarria, y aparte de tener su gran palacio residencial en el centro de la ciudad, figuraba una extensa finca en los alrededores más inmediatos de la ciudad, al final del llamado paseo de San Roque, porque desde el parque de la Concordia llegaba, entre densas filas de árboles, hasta la ermita del querido Santo de los caminantes y sufrientes, San Roque.

En esa finca, de más de 50 hectáreas de extensión, imaginó construir un complejo de múltiples usos y tan grandioso en sus dimensiones y aspecto, que dejaría boquiabiertos a cuantos lo contemplaran. Era su esperanza no tanto deslumbrar y dejar que las futuras generaciones recordaran con admiración su nombre, como dar cobijo y prestar ayuda a esa gran cantidad de indigentes, parados y menesterosos con que Guadalajara contaba en su padrón municipal de pobres. Mandó al arquitecto Velázquez Bosco diseñar esa serie de edificios que aún hoy vemos en pie: el Asilo principal, la iglesia de Santa María Micaela, y el gran Panteón central, asombro de todos cuantos le visitan.

La obra duró muchos años, más de treinta, y finalmente, en los últimos días de su vida, doña María Diega pudo ver prácticamente culminada su idea primitiva, con el panteón, los asilos y escuelas, y la iglesia, terminadas y bellísimas. Ordenó que no se tallara escultura alguna a ella relativa hasta después de morir. Y que su cadáver fuera puesto, junto al de sus familiares más queridos, en la cripta del panteón. Así se hizo, y así podemos hoy contemplarlo. Hay que aclarar también que en vida de doña María Diega, el escultor Ángel García Díaz fue tallando la basamenta de su enterramiento, en el duro material del basalto. Pero hasta que ella no murió no se inició la talla del grupo escultórico que lo cubre y que simboliza el traslado de su cuerpo por ángeles. El desarrollo iconográfico de ese grupo es idea del escultor García Díaz, quien puso lo mejor de su imaginación e inspiración en este enterramiento, en homenaje a la mujer que tanto le había ayudado. Terminado de tallar en 1921, se declaró inaugurada la cripta de este grandioso panteón.

Y ahora, en 2003, la memoria de esta señora ha llegado al centro de la ciudad. Aunque su gran palacio de la plaza Beladíez y calle de Pedro Pascual (actual Colegio de los Maristas) sigue dando noción de su memoria, es esta estatua que hoy comentamos la que repone su silueta en la retina de los alcarreños viandantes por el paseo de las Cruces.

El de la Condesa ade la Vega del Pozo, una palacio señorial

 

En el mismo centro de Guadalajara, hoy ocupado por la Congregación de Hermanos Maristas a la que sirve de sede de su colegio, existe un enorme y magnífico palacio señorial que ha formado parte, durante los dos últimos siglos, de la historia de la ciudad. Ahora ha sido recogido su avatar permanente en un precioso libro, grande de dimensiones, pleno de fotografías a color, y de planos, que ha escrito ese incansable historiador de todo lo alcarreño que es Andrés Pérez Arribas.

Siempre fue la Meca de la riqueza, del extraño poder, la corporeización de otro mundo al que nadie más podía acceder, en Guadalajara, si no era por unas horas, con motivo de un agasajo, de un fasto, de un homenaje a la señora. Doña María Diega Desmaissières, siempre viajando por Europa, cuando no en Bélgica estaba en Dicastillo, en Navarra, o en Burdeos, o en Madrid, de vez en cuando recalaba en Guadalajara, y al palacio de sus mayores se aficionaba cada vez más, hasta el punto de que a finales del siglo XIX mandó a su personal arquitecto, que era también uno de los más afamados de España, don Ricardo Velázquez Bosco, que le reformara, que le añadiera, que le pusiera los últimos adelantos y las mejores puntas de belleza.

El origen de este palacio ciudadano debe remontarse al siglo XVII. Ocupaba toda una manzana frente al convento de las Carmelitas de Arriba, y llegaba por detrás de la iglesia de San Ginés, actual palacio de la Diputación. Con arreglos progresivos que fueron tapando los agujeros de su vetustez, no fue hasta 1877 que doña Diega acometió la reforma total, de la que hoy vemos sus mejores huellas.

El edificio lleva cimientos de piedra caliza de sillares, grandes, y el resto de la fábrica es de ladrillo “recocho” guarnecido, decorado en todas las fachadas con mortero y la ornamentación profusa de escayola. Su superficie alcanza los 1.500 metros cuadrados, y la finca 10.200 m2. En sus orígenes fue aún más grande. Pues una gran parte de esa parcela, hoy convertidos en patios de recreo y deportes, lo ocupaba el grande y mítico jardín de la Condesa, con una superficie de 4.375 m2, de los que solo quedan los dos grandes cedros del Líbano. En el estudio de Pérez Arribas, prima el interés de los diversos planos de este conjunto palaciego y sus jardines, que él ha descubierto en el Archivo Municipal de Guadalajara.

Mucho por ver

Auque no es fácil entrar al palacio que fue de la Condesa de la Vega del Pozo, pues está dedicado hoy a las tareas de enseñanza con los Hermanos Maristas, sí que puede intentarse admirar su contenido, y su continente. Sobre la puerta de entrada, qué menos que admirar el gran escudo blanco que ofrece las armerías de los Desmaissières y López de Dicastillo. Completa aparece esa heráldica del XIX español, y a todo color, en los mosaicos que adornan muros y bóvedas del Panteón de la Condesa en el terreno de las Adoratrices. Aquí, en la calle Pedro Pascual, sobre el balcón principal de su casa, como acogidas por una ángel protector, las armas de la señora.

Luego las terrazas, el pabellón semicircular, la torre incluso de San Sebastián, que nace desde la espléndida portada hoy ciega donde el santo asaeteado entrega al viandante su grano de arte simbolista de comienzos del siglo pasado. La torre imita un elemento románico, y desde su altura se contemplan la ciudad entera, la Campiña del Henares, las lejanas sierras azules.

El patio principal, ha sido muy bien tratado. Es enorme, tiene 144 metros cuadrados con 16 columnas, y desde él se pasaban a los salones de la señora, por una parte, y a las cocinas y se bajaba a las cuevas del subsuelo. El libro de don Andrés Pérez Arribas va detallando, con toda minuciosidad, cómo era este palacio en los inicios del siglo XX, con su ascensor que entonces causaba admiración, con sus grandes cocheras, sus paseos bajo la penumbra de copudos árboles, los espacios de charla, de frescor y los salones ricamente decorados de pinturas, velones y alfombras.

La casa de la Condesa quedó vacía cuando murió en Burdeos, en 1916. Sin herederos declarados, muchos de los bienes de esta aristócrata pasaron en Guadalajara a la casa de los marqueses de Casa-Valdés. Este edificio concretamente lo heredó don José Valdés Mathié, y en1940 lo heredó su hijo Félix Juan Valdés y Armada, quien en 1961 se lo vendió libre de cargas a la Comunidad de Hermanos Maristas, para poner Colegio en él, por la cantidad de 3.700.000 pesetas. En el libro que comentamos aparecen al detalle narradas las vicisitudes de esta compra, las autorizaciones para iniciar los estudios, y el ideario de los Hermanos, con detalles muy curiosos y seguro que llenos de nostalgia para cuantos han estudiado en sus aulas durante los últimos cuarenta años, que se dice pronto.

En resumen, una oportunidad de contemplar y evocar este edificio que marca una época, por su arquitectura y su historia, en la ciudad, que le sigue teniendo por faro de belleza y pináculos, aunque su memoria quede diluida un tanto en las prisas del centro, en el quehacer urgente de cada día. No está de más pararse un momento a contemplarlo, a saborear su perfil de amenidad francesa, de blanca mirada intemporal y cierta.

Un corpulento sabio:Fernández Iparraguirre

 

Para quienes pasan, con cierta frecuencia, por el bulevar de Fernández Iparraguirre, arteria principal, en querencias y memorias, de nuestra Guadalajara, ha dejado de ser una sorpresa encontrarse con la figura de quien, -amable profesor, atento vigilante-, da título a la vía pública. Don Francisco Fernández Iparraguirre (que, quizás por su temprana muerte, no llegó a obtener el grado académico de doctor, y que tampoco fue médico) vigila desde chapas pegadas a la pared antes, y ahora desde un pedestal de mármol gris, a quienes se preguntan qué hizo, porqué fue famoso, qué grado de entrega a la ciudad tuvo que le significó acceder a poner su nombre a la más cuidada y cordial rúa de Guadalajara.

Siguiendo nuestra ya mediada serie de personajes que ponen su faz de bronce en las orillas del paseo, hoy aparece la memoria de quien además le da nombre: se trata de Francisco Fernández Iparraguirre, un científico que en su corto periplo vital dejó un sabroso y denso recuerdo entre sus paisanos. De tal envergadura que hoy aún le recordamos.

Polifacético investigador, entregado a di­versas parcelas de la ciencia, de las que prefe­rentemente cultivó la farmacia y botánica, la química y la lingüística, puede decirse de él que fue un hombre del Renacimiento trasplantado a la era de las máquinas. Nació en Guadalajara el 22 de enero de 1852, y murió en Guadalajara el 7 de mayo de 1889. En los pocos años que duró su vida, este arriacense supo ganarse un puesto en la ciencia española, y una ferviente admira­ción de todos sus paisanos, por el entusiasmo, la inteligencia y la valía que demostró en todas cuantas empresas acometió. Se dedicó a la botá­nica, química y ciencias naturales; a la ense­ñanza y teoría de los idiomas; y a un sin fin de actividades culturales que hicieron brillar nuevamente a la Guadalajara de la segunda mitad del siglo XIX con un empuje propio.

Hijo de un respetable farmacéutico alcarre­ño, el Sr. Fernández de la Rubia, hizo las primeras letras y el bachillerato en su ciudad natal, con altas calificaciones, consiguiendo posteriormente la licenciatura y el doctorado en Farmacia, por la Universidad de Madrid, a los 20 años de edad. Cursó también los estudios de Profesor de Primera Enseñanza, de sordomudos y ciegos, y de francés, ganando la cátedra de esta asignatura en el Instituto de Enseñanza Media de Guadalajara, donde actuó a partir de 1880.

En su faceta de científico biólogo se ocupó de estudiar meticulosamente la flora de la pro­vincia, obteniendo una medalla de bronce en la Exposición Provincial de Guadalajara, de 1876, con su trabajo titulado Colección de plantas espontáneas en los alrededores de Guadalajara. En esa tarea, descubrió una variedad de zarza (la «zarza milagrosa») a la que Texidor, profe­sor de Farmacia de la Universidad de Barcelona, bautizó en su honor con el apelativo de Fernan­dezii. También dentro de su profesión universi­taria participó en 1885 en el Congreso Interna­cional Farmacéutico de Bruselas, en el que fue vicepresidente, presentando varias ponencias al mismo.

En el campo de la investigación lingüísti­ca, Fernández Iparraguirre fue un trabajador incansable, abriendo nuevas vías al lenguaje. No solamente laboró en la parcela de las lenguas latinas, dejando varios libros escritos, uno de ellos, en dos tomos, es un interesante Método racional de la lengua francesa, sino que se convirtió en adelantado para España de la prime­ra lengua universal, ideada por Schleyer, y a la sazón propagada por Kerckhoff, llamada el Vola­pük.

A pesar de su corta actividad por haberle sorprendido la muerte prematuramente, en el campo de las lenguas «novolatinas» trabajó in­vestigando las formas evolutivas de sus verbos, llegando a crear un aparato, construido por él mismo, para la conjugación de dichos verbos. No hemos llegado a conocer el tal aparato, del que dan noticia Diges y Sagredo en su referencia biográfica, pero debía ser verdaderamente nota­ble y curioso. Por las referidas obras sobre verbos y sus conjugaciones, obtuvo un Diploma de Mérito en la Exposición Literario‑Artística de Madrid de 1885.   

En un espíritu de fraternidad universal y de búsqueda de caminos para el «desarrollo sin fin», que el siglo XIX tuvo como uno de sus elementos más característicos, Fernández Iparra­guirre dedicó todos sus esfuerzos a la implanta­ción de la nueva lengua del Volapük en nuestro país. Escribió una Gramática de Volapük y un Diccionario Volapük‑Español, fundando en 1885 la revista Volapük con la que intentaba difundir por España toda la bondad y el raciocinio de esta lengua de universales alcances. Antecesor del «Esperanto», la lengua del «Volapük», de innegable tradición germánica, no llegó a cuajar nunca. Pero no fue, ni mucho menos, porque nues­tro paisano Iparraguirre desmayara en su propa­gación. Fue nombrado «Plofed é kademal balid in Spän», lo que venía a significar primer profesor y primer académico en España del Volapük.

Como incansable trabajador de la cultura arriacense, Fernández Iparraguirre fundó, en com­pañía de José Julio de la Fuente, Román Atienza, Miguel Mayoral y otros, el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Guadalajara, del que fue presidente y socio honorario, dirigiendo su Revista, en la que por entonces se publicaron interesantísimos trabajos sobre la historia, el arte y la sociología de Guadalajara. La temprana muerte cortó su entusiasmo, dedicado por entero a su ciudad y a sus paisanos. El ayuntamiento le dedicó, años después, una calle que, tradicio­nalmente conocida como «Las Cruces» es hoy el más importante paseo de la capital. Entre otras distinciones que alcanzó en vida, hay que recor­dar la de socio honorario del Ateneo de La Habana, y del Círculo Filológico Matritense, habiendo sido también individuo de número de la Asociación de Escritores y Artistas de Madrid, y de la Asociación Fonética de Profesores de Len­guas Vivas de París.

Dejó un largo listado de publicaciones, artículos, libros y conferencias que hoy se hace muy difícil encontrar, ni siquiera en las bibliotecas especializadas. Pero lo que no se ha perdido es su memoria: por lo que espero que las líneas que anteceden hayan servido para dar a conocer a muchos (y para refrescar memorias a otros pocos) la figura de este trabajador, voluntarioso y patriota, que fue don Francisco Fernández Iparraguirre.