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mayo, 2003:

La melera del Beato

 

Son estas de hoy palabras de recuerdo hacia un mundo que tiene cada vez menos voz, pero esta es más clara y muchos no queremos que se pierda. Es la voz del mundo rural, de las gentes que pasan su vida entera en los pueblos, y que hacen de sus formas de vivir en ellos la única forma de vivir que conocen: cuajada de sinceridad y manos limpias, de trabajo y ociosidad, porque de todo hay, pero con una perspectiva humana, familiar, muy clara, del mundo en que asientan.

Viene este recuerdo a propósito de una novela que acaba de ser ofrecida y presentada, concretamente el viernes pasado, 23 de mayo, en la Casa de Guadalajara, y a la que la autora me hizo el honor de solicitarme la asistencia y colaborar con otros escritores en el acto de puesta en sociedad de esa novela. Una hermosa pieza de lo que ya podemos denominar como “literatura alcarreñista”, porque nace de las plumas de aquí, y trata sobre temas nuestros, con personajes y ambientes que asientan en la Alcarria, y nos mezclan la fantasía de seres nuevos con la realidad histórica de ocurridos ciertos.

La novela se titula “La melera del beato” y es la primera larga composición, larga y tendida, de su autora, la joven profesora Mª Soledad López González, que aunque nació en Madrid siempre se movió por nuestra tierra, de la que son originarios sus familiares. Empapada de Cifuentes, de Alocén, de Budia…. curtida al sol de los carrascales de las alcarrias altas, y bruñida al viento de los tomillares de las cuestas, Soledad López ha puesto su denso verbo rural al servicio de una historia real, conmovedora, cuajada de vivencias oídas y entrevistas por los álbumes de fotos de la familia, por las charlas de  plazal al agobiante calor de la tarde veraniega. Recuerdos de gentes, de sucedidos, escorzos seguros, leyendas testificadas, y un continuo perfilar de caracteres y actitudes, la llevan a componer una novela entera y llena de sorpresas.

Una novela, esta de Mª Soledad López, que nos sumerge en el mundo rural de la Alcarria de comienzos del siglo XX. Tiene por protagonista a una mujer, y eso parece darle aún más valor, más densa atalaya: una mujer cuyo porvenir no existía, hace un siglo, y que vive y se alza como persona gracias a su tenacidad, y a la casualidad de entrar en la vida de un personaje de novela: el mítico Bibiano Gil, el ermitaño de Cifuentes, de cuya historia real muchos aún se acuerdan. De novela histórica, a la par que de aventuras, puede calificarse esta apasionante entrega.

En las páginas de esta “Melera del Beato” van desfilando los pueblos de nuestra provincia, tal como eran hace un siglo: Alocén, Budia, Cifuentes, con sus cuestarrones violentos, sus viejas casonas, sus movidas festividades….. y la feria de San Antón, en la capital de la Alcarria, en la que se reunían a comprar y mirar novedades las gentes de todo el centro de la provincia. De mulas había millar, pero de meleras, de jovencitas que traían su miel y los productos elaborados a partir de ella, más bien pocas. Una era Violeta Santos, la protagonista, que con sus ojos de un color especial, y su capacidad para ver “auras” de amor y tristeza en quienes le rodeaban, forja una historia que el lector sigue sin pestañear.

Quizás una de las cosas que más sorprenden a quien lea este libro, que es alcarreño por los cuatro costados, es saber que la autora que lo ha escrito tenía, cuando lo hizo, tan solo 28 años. Mª Soledad López González es licenciada en Filología Hispánica, y domina el idioma por los cuatro costados, cosa que queda clara en los capítulos de su libro. Ha escrito mucha poesía, que es por donde suelen empezar todos cuantos empiezan, y ha ganado algunos premios. Recuerdo sus libros “El sueño del pájaro”, “Estampas de Osuna” y “Las últimas notas de un arpa olvidada”, por solo mencionar algunos, que comenzó a escribir y a publicar en plena adolescencia. Lectora de muchas horas, sabia de hablares, y medida en todo cuanto hace, Soledad López abre con este libro la puerta de un parnasillo (el de los autores alcarreños) que sin estar excesivamente poblado tiene algunos nombres junto a los que a muchos nos gustaría estar. Y ella entra en esa habitación, y se sienta con justicia en ella, porque con esta novela ha demostrado muchas cosas, pero la más segura es que sabe escribir bien. La segunda, que sabe montar historias. Y la tercera, que vive y ofrece la memoria de una tierra en la que esa “cultura popular” de la que yo hablaba al inicio de estas líneas está pidiendo a gritos que se recupere, que se ponga no ya en imagen, que está ya en ella, sino en letra de oro, en novela densa, en verso cauto.

Junto a Lera y a Mª Antonia Velasco, junto a Villaverde y García Marquina, la novela de Soledad López se alza con voz firme, con paso seguro. Y esta “Melera del Beato”  va a descubrir a su autora, eso seguro, pero también va a abrir las puertas de un viaje a la memoria, tan necesario de hacer, -aunque a todos nos apasione el pisar los mañanas- y que aquí está tan bien hecho.

En Cifuentes muy especialmente gustará esta historia de Soledad López. No sólo porque allí es muy conocida (estuvo de profesora en el Instituto tres años seguidos) sino porque la trama se desarrolla fundamentalmente en aquella villa: la ermita de Loreto, en lo alto del monte, y la plaza mayor, con sus puestos abiertos al fresco cierzo de San Antón. En las páginas de esta primorosa novela se huele la Alcarria, se oye el trajinar de los plazales y los corrales, y se paladea el yantar, siempre dulce, de los pasteles y pestiños. Hemos leído este libro con la atenta y emocionada esperanza de encontrar algo conocido. Y nos hemos encontrado a nosotros mismos en ella. Porque el amor, las ganas de prosperar, el respeto a la familia, y el dolor de las ausencias, son algo de lo que todos sabemos. Y en este libro están, vibrantes, bien dispuestos, contados con sencillez y ardor, con la fuerza nítida de una escritora digna y novel, a un tiempo, pero firme en su camino hacia la fama. Porque quien escribe y refina, quien funda mundos en su cabeza, y los arma como un gran teatro sobre las páginas de un libro que los demás leen, tiene garantizada la fama, aunque solo sea entre los que se afanan por conseguirla. ¿Y quien, en su sano juicio, no quiere ser famoso? No popular, eh? Que es cosa bien distinta.

El castillo de Jadraque se alzade nuevo

 

Para mañana sábado está previsto en Jadraque un acto cultural, que se enmarca en el contexto de una progresiva atención al castillo del Cid, la gran fortaleza vigilante sobre el Henares que conquistara en la Edad Media don Rodrigo Díaz de Vivar, y en el Renacimiento fuera convertida en palacio por el Cardenal Mendoza. Un edificio fantástico, emblema de nuestra tierra, que ha sufrido avatares sin cuento, hasta llegar a un hoy pletórico de perspectivas. Ese acto cultural será la presentación del libro “El Castillo del Cid” que con el patrocinio del Ayuntamiento jadraqueño, y la autoría del historiador del arte Gonzalo López-Muñiz Moragas, se ofrece a los estudiosos de la castellología, a los amantes de la Alcarria, y a los vecinos de Jadraque, como un denso muestrario de noticias e imágenes, de tal modo que en él se concreta toda la historia, las formas que lo definen y el porvenir que le espera.

Hundimientos y reedificaciones

La evolución del castillo de Jadraque es de lo más novelesco. A lo largo de los siglos ha sido construido, abandonado, rehecho, destruido, ocupado, perdido… ha sido propiedad de los árabes de la Marca Media toledana, del rey de Castilla tras su conquista por el Cid, de los Carrillo de Acuña y de los Mendoza. Fue adquirido por el propio pueblo, en 1899, por la cantidad de 300 pesetas, después de una subasta en la que nadie quería dar un duro por el ingente montón de ruinas en que se había convertido tras años de abandono. Fue levantado de nuevo por los brazos de los jadraqueños, tras el empuje dado por Ochaita, Layna y Ormad al tema. Y ahora de nuevo es el propio Ayuntamiento el que moviendo voluntades y aunando esfuerzos, vuelve a sacar adelante el tema de la restauración completa, de la utilidad permanente, que será el camino que permita su salvación final.

Con las ayudas del Ministerio de Fomento y su “uno por ciento” cultural, y del Ministerio de Educación y Cultura, el castillo de Jadraque ha iniciado su andadura. Los estudios de los arquitectos Carlos Clemente San Román, Marta Rubio y Fernando Cobos, han llevado al planteamiento de una posible reconstrucción muy fidedigna. Incluido en los planes de estudio del Master de Restauración del Patrimonio Arquitectónico que la Universidad de Alcalá mantiene, con atención a diversos edificios de nuestra provincia, un pequeño equipo de arquitectos y estudiosos del arte, capitaneados por Gonzalo López-Muñiz Moragas han llevado adelante el estudio completo de su historia, sus avatares, sus restos y sus perspectivas. Y con la ayuda del Ayuntamiento se ha concretado finalmente un libro, “El castillo de Jadraque”, que mañana mismo a las 8 de la tarde, y en la Casa de Cultura de la localidad alcarreña, se presentará con asistencia de autores, autoridades y pueblo de Jadraque.

Una teoría palaciega

Una de las novedades del libro que mañana se presenta, y que López-Muñiz ha elaborado a base de consultar bibliografía muy amplia y de valorar los hallazgos, es la que hace a la fortaleza del Cid no un castillo medieval (que lo fue durante siglos, eje de una estrategia clara de protección del valle) sino un palacio del Renacimiento. Está documentado que el Cardenal Mendoza, primero de este linaje que se hizo dueño del castillo, quiso entregarlo a su hijo don Rodrigo de Vivar y Mendoza, marqués de Cenete, como eje de su nuevo señorío, y lo quiso hacer renovándolo totalmente, dándole un marchamo de elegancia, de lujo, de comodidad, de tal modo que fuera un lugar donde le apeteciera vivir, donde anclara esa nueva rama mendocina surgida de la heterodoxa pasión del clérigo todopoderoso.

Del libro de López-Muñoz tomamos esta frase: “La intervención de don Pedro González de Mendoza en Jadraque ha sido muy discutida. Layna Serrano consideró que cuando la fortaleza del Cid llegó a manos del obispo de Sigüenza “debía estar…muy mal conservado, por cuanto su nuevo dueño echándolo por tierra, alzó otro de nueva planta”. Juan Catalina creyó que las obras debieron de ser importantes, “se reedificó, si no se construyó totalmente de nuevo aquel castillo”. Este historiador alcarreño dató el final de las reformas en 1488, pero no aporta ninguna documentación que avale esta fecha”. Las Relaciones Topográficas de Jadraque dicen que la fortaleza fue reedificada y mejorada por el Cardenal. En cualquier caso, está claro que en la última parte del siglo XV, entre 1485 y 1495, los últimos de la vida del Cardenal también, y cuando su hijo Rodrigo de Mendoza ya campaba a sus anchas por Castilla, el de Jadraque fue renovado completamente, haciéndose en él las necesarias obras de consolidación y sobre todo las nuevas obras de acondicionamiento como palacio residencial.

Estas obras consistieron en crear un gran patio de estilo renacentista en el centro de lo que durante siglos fue la fortaleza nueva, la del oeste, añadida al primitivo baluarte y torre del homenaje que surgió de inicio sobre el espolón oriental del cerro. En ese “patio del aljibe” el Cardenal dispuso la construcción de un patio de dos pisos, rodeado de habitaciones, y que fuera antesala de la auténtica fortaleza. Ese patio sería diseñado bien por Lorenzo Vázquez (el autor de las cosas más renacentistas del Cardenal y sus hijos, como el palacio de Antonio de Mendoza en Guadalajara, el palacio de Cogolludo, quizás el castillo de Pioz, el castillo de La Calahorra, etc.) o bien por Juan Guas, el diseñador de otros palacios y fortalezas mendocinos, como el de Manzanares el Real, o el propio palacio de los Infantado en Guadalajara. López-Muñiz aporta una tercera vía, muy bien meditada, y es la de que los arquitectos de esta renovación y reconstrucción del castillo de Jadraque fueran los mismos que los del castillo de la Puebla de Almenara (Cuenca) también adquirido por él a don Juan de Heredia, en 1487, para asentar a su otro hijo, don Diego Hurtado de Mendoza, conde de Mélito. Serían estos el maestro-arquitecto Alberto de Caravajal, ayudado de los canteros Juan de Tavernillas, Diego de Espina y Juan García de Praves. Tanto Consuelo Varela Izquierdo como el gran estudioso de la castellología Fernando Cobos, han apuntado los paralelismos entre estas dos fortalezas (Jadraque y Almenara) que en esos años finales del siglo XV son adquiridas por el Cardenal Mendoza, para asentar en ellas los nuevos señoríos de sus hijos recién reconocidos y legitimados por los Reyes Católicos, y a los que quiere transmitir (sin conseguirlo, como luego se vería) la línea de preeminencia mendocina que él ocupó.

Fuera Juan Guas, Lorenzo Vázquez o Alberto de Caravajal, el caso es que el castillo de Jadraque vio cómo un curtido maestro de obras, un arquitecto “de lo antiguo” en el sentido de buen conocedor del arte renacentista recién importado de Italia, levantaba un elegante palacio en el interior de la medieval fortaleza. En las obras de reconstrucción que ya se han iniciado, tras largos meses de excavaciones arqueológicas muy meticulosas, se planea la reconstrucción de ese patio italianizante. Se han encontrado las basas, fustes y capiteles de las columnas. Se ha encontrado el nivel del patio. Se han encontrado los paneles de los antepechos del piso superior, fragmentos de escudos, de molduras y ornamentaciones que permitirán una fiable reconstrucción. En el libro que mañana se presenta aparecen planos numerosos, alzados y reconstrucciones ideales de este castillo-palacio de Jadraque que empieza ya a cobrar nueva vida.

Una vida que ha sido posible gracias al empuje que desde el Ayuntamiento de Jadraque se le ha dado estos años, en los que no se ha parado de batallar por conseguir las necesarias ayudas para estos estudios y restauraciones. El proyecto es muy ambicioso: tras una inicial etapa de excavaciones arqueológicas, ya prácticamente concluida, vendrá la de la restauración completa, y después, el uso del castillo como Parador y Centro de Estudios, un empuje que servirá para que Jadraque recupere ese protagonismo sobre el valle del Henares que nunca mereció perder.

Nueva cara para Guadalajara

La efigie de Antonio Buero Vallejo en el Paseo Fernandez Iparraguirre de Guadalajara

 En esta semana se inauguran en nuestra ciudad, a lo largo del paseo de Las Cruces, las estatuas de nueve personajes que han tenido que ver y mucho con la historia y el desarrollo de nuestra ciudad. Va a ser como soltar sobre el nuevo pavimento del paseo (al final, y después de tantas protestas cuando se puso, gusta a todos…) nueve biografías cuajadas en bronce. Un alegrón para cuantos siempre hemos pensado que una “ciudad de estatuas” es siempre una ciudad culta, que expresa respeto por sus gentes señaladas, y que sabe recordar y aplaudir la memoria de los mejores. Lástima que en la nuestra, muchas estatuas reciben de vez en cuando no las iras, sino la memez de algunos noctámbulos que en el paroxismo de su aburrimiento las pintan de colores y las disturban.

Nuestro Ayuntamiento se ha sabido poner, una vez más, del lado de la cultura, del respeto a la tradición y a las auténticas esencias de la ciudad que gobierna. Y lo ha hecho con el rotundo lenguaje de las estatuas, de pequeños bustos sobre pedestales de piedra, con los que quiere amenizar la vista de los paseantes por las Cruces, y decir a cuantos nos visitan, y a cuantos de aquí que aún no saben la riqueza de gentes con que nuestra historia cuenta, que nos sobran personajes para memorar y poner en publica muestra. Ahora solo decir de ellos tres palabras, porque son nueve y declarar las biografía de cada uno sería aburrir a mis lectores, e incluso ahuyentarlos de la noticia grata que ahora supone esta inauguración. Ya en ocasiones anteriores he puesto en largas frases sus vidas, y quizás en próximas semanas puedan volver para que todos sepan, pasando la vista sobre los escritos, por qué subieron al pedestal estos nueves arriacenses.

Izraq Ibn-Muntil

Es el profesor de Historia, Antonio Ortiz, quien nos da primera noticia de este personaje, y nos dice que también es el primer guadalajareño del que la historia hace público su nombre. En su magnífica “Historia de Guadalajara”, Ortiz García nos dice que hacia el año 863 la ciudad y comarca de Guadalajara tenía por walí a un tal Izraq Ibn Muntil. “Quien al verse en apuros por el ataque de Musa, un rebelde andalusí, -dos dice Ortiz- se aprestó a la defensa de su territorio y Musa, para ganárselo, le ofreció matrimonio con una hija suya. Aceptó el trato Izraq pero, celebrado el matrimonio, viajó secretamente a Córdoba a asegurar su fidelidad al emir Muhammad. Cuando las tropas de su suegro atacan de nuevo la comarca, Izraq sale del alcázar de Guadalajara y se enfrenta con el caudillo muladí en singular combate (que debió realizarse en el barranco del Alamín) y le hiere gravemente. Musa debe retirarse con sus tropas hacia Tudela, muriendo en el camino”. Solo eso sabemos de Izraq, gobernador musulmán de la ciudad hace mil doscientos años… pero es un buen motivo para ponerle en nuestra memoria, vivo y mirando.

Alvar Fáñez de Minaya

El conquistador de la ciudad a los árabes, un 24 de junio de 1085, y para quien siempre pedimos la estatua que muchos otros legendarios guerreros tienen en sus respectivas ciudades. Alvar Fáñez, primo del Cid, fue gobernador de castillos y ciudades por la Alcarria, y a Guadalajara la puso en el camino de la cultura occidental en la que todavía vive.

Mosé ben Sem Tob de Leon

Es el autor del “Libro del Esplendor” o Séller ha-Zohar, el auténtico cánon de la Qábbala, suma de los escritos sagrados del judaísmo, recopilados de la más remota antigüedad, y que este autor va poniendo en forma de disputa rabínica, para alentar a su conocimiento, observancia y final consecución de la beatitud y alianza con Dios. En ese libro, el autor guadalajareño (aquí nació y aquí vivió muchos años, escribiendo su gran obra) cuaja la identidad del pueblo judío en la diáspora, y en sus páginas inicia un poderoso sentimiento de unidad, de seguridad en ese pueblo judío, de tradición y destino. La obra suma de su vida la escribió en este lugar, entre 1275-1285, en idioma arameo y hebreo, aunque se sabe que Mosé ben Sem Tob se expresaba cotidianamente en romance castellano.

El Marqués de Santillana

Aunque nacido en Carrión de los Condes, don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, vivió largos años en sus grandes casas de Guadalajara (situadas donde hoy se alza el palacio del Infantado) y aquí escribió sus poesías y tratados, leyó y tradujo a los clásicos, y conformó una familia y un linaje que, ya muy poderoso, desde nuestra ciudad irradió en política, cultura y arte una influencia indiscutible en toda Castilla. Murió aquí, y aquí (en San francisco) fue enterrado.

Nuño Beltrán de Guzmán

De familia arriacense, y aquí nacido, viajó a la recién ocupada América con Hernán Cortés, y allí se dedicó a tareas de descubrimiento de nuevas tierras, en el oeste del continente americano, especialmente en la parte occidental del actual Méjico, y al sometimiento de tribus y colectividades de nativos. A mediados del siglo XVI fundó en territorio de Jalisco, la ciudad de Guadalajara, en homenaje a esta europea en la que había nacido. Hoy nuestra hermana americana es ciudad que sobrepasa los seis millones de habitantes, una de las poblaciones más grandes del Nuevo Continente, y todos en ella recuerda a don Nuño.

Francisco Fernández Iparraguirre

Farmacéutico y lingüista, profesor del Instituto, animador de la cultura de la ciudad a comienzos del siglo XX, fue el propagador en España del primer idioma que se quería hacer universal, el Volapük. Murió muy joven, y dejó imborrable huella entre quienes le conocieron, de tal modo que en esos días, hace casi un siglo, al espacio que se alargaba más allá de la iglesia de San Ginés le pusieron por nombre el de este simpático profesor, al que hoy vemos también concreto en bronce.

María Diega Desmaissières y Sevillano

La Condesa de la Vega del Pozo, duquesa de Sevillano y marquesa de los Llanos de Alguazas, la mujer más rica de España en su época (a comienzos del siglo XX) construyó en Guadalajara un conjunto de edificios que le han dado carácter y han proporcionado asombro a generación tras generación. Aunque nació en Madrid y murió en Burdeos, “la señora” hizo tanto por Guadalajara que cuando murió le llevó coronas hasta la CNT.

Antonio Buero Vallejo

Escritor, dramaturgo, hombre de artes y letras que nació en Guadalajara a comienzos del siglo XX y en esta ciudad se le ha recordado de muchas maneras, todas elogiosas, pues es un honor para todos que aquí naciera. Además de llevar su nombre el gran Teatro Auditorio recién inaugurado, y tener en su vestíbulo un busto enorme del escritor, ahora en Las Cruces vuelve a asomar su sonrisa tímida.

Camilo José Cela

El gallego universal, Premio Nobel de Literatura, que ya cuenta con una calle dedicada en los barrios del sur, pero que por el elogio de la tierra, su amor probado a ella, y ese “Viaje a la Alcarria” que universalizó el conocimiento de nuestra ciudad y la comarca que la rodea, se ha hecho acreedor a este público y común homenaje.

Son todos los que están, por supuesto, aunque no están todos los que son. Porque si se trata de recordar a los buenos, a los que hicieron algo importante por esta ciudad, aún faltan varias estatuas. Una de ellas, y espero poder verlo, la que tendremos que ponerle un día al alcalde que ahora ha inaugurado esta galería, a José María Bris, que después de sus diez años de alcaldía, los mejores quizás de toda la historia de la ciudad, es ya “carne de estatua” aunque él no lo quiera.