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enero, 2003:

La Ruta de los Giraldos

 

En estos días está teniendo lugar en Madrid la FITUR de este año, la muestra del Turismo español, la Feria de los colores que tiene nuestro país. Colores y ofertas, posibilidades para viajar y mirar. Y un año más la presencia de Guadalajara es amplia y atractiva, porque teniendo lo mismo de siempre, se ha aprendido a enseñarlo, a decírselo a los demás.

No hay nada de lo que se enseña en FITUR que no estuviera con nosotros hace 25 años. O cien. Bueno: hace cien años había muchas más cosas, pero se destruyeron. Hoy se ha acicalado lo que queda, se ha restaurado, tiene mejor color. Guadalajara es una fiesta de los sentidos. Por fin empieza la gente a darse cuenta.

Y puestos a dar pistas, se me ocurre que una ruta que podría intentarse para ligar en un solo viaje la imagen pareja de tres monumentos, sería la “Ruta de los Giraldos”. No estoy muy seguro de que esto no se le haya ocurrido, y la haya mostrado alguna vez, a mi compañero de página, José Serrano Belinchón. Yo creo que sí. Pero en cualquier caso es este un buen momento para refrescarla, para hacerla otra vez viva bajo los pies de los viajeros que quieren entrar en Guadalajara y entenderla a través de sus edificios más llamativos.

Qué son los giraldos

Todos conocen a la más famosa de las Giraldas, la torre almohade que sirve hoy de campanario a la catedral de Sevilla, y que afortunadamente los conquistadores de la ciudad, en la remota Edad Media, tuvieron el buen gusto de no derribar. Muy aderezada con los tiempos, muy mezclada la estética bereber con la barroca hispana (que tienen mucho en común, aunque no lo parezca) se la puso un remate consistente en una imagen de la Fe en bronce, joven y portadora de una banderola, sobre un eje moviente que daba vueltas sobre sí mismo a impulsos del viento, lo que suponía ser una veleta, ni más ni menos. Esa moda de las veletas historiadas, personificadas, se extendió por España en el siglo XVIII, y aparecieron varias, progresivamente más complejas, en lo alto de las más elevadas torres eclesiales.

En la provincia de Guadalajara, y en algunos de sus pueblos más sencillos y recónditos, también se pusieron veletas historiadas, señalizadores del viento en imagen humana. Eso ocurrió, o al menos su huella ha llegado hasta nuestros días, en tres lugares: Arbeteta, Escamilla y Molina de Aragón. Como los tres templos que las ostentan se encuentran en la parte oriental de la provincia, puede constituirse con ellas una auténtica “Ruta de los Giraldos” o veletas historiadas.

A las dos primeras, que no están lejos entre sí, se las ha añadido una leyenda común, que las entronca en amores: al giraldo de Arbeteta, un varón con traje de soldado, le llaman “el Mambrú”. Y a la veleta de Escamilla, una joven abanderada, “La Giralda”. En la distancia más remota, quizás desde sus propias alturas, se ven mutuamente. Y de ahí surgió la leyenda de que eran dos enamorados a los que una maldición condenó a estar viéndose siempre, pero tan lejos, tan lejos, que apenas si se adivinan entre sí, en los días claros. La última, el Giraldo de Molina, es una especie de guerrero o San Miguel que alza su bandera rodante sobre los tejados del templo franciscano de la capital del Gallo.

Viaje a los Giraldos

Así es que vayamos por partes, pongámonos en camino, y lleguemos a la Alcarria. El primero de nuestros destinos es Arbeteta, a donde se llega desde Cifuentes y Trillo, subiendo por la carretera que siempre llamaron allí “de la sierra”. Al llegar comprobamos que sobre la llanada de la tercera meseta alcarreña (la que media entre los valles del Tajo y el Guadiela) asienta este pequeño pueblo, en lo más alto de inicial vallejo o barranco que, cuajado de pinos y roquedales va a llevar en su fondo las aguas de débil arroyo hasta el Tajo, frente a Carrascosa. Su término es rico en paisajes muy interesantes, con densos bos­quedales y ramblas que fluyen hacia el río Tajo.

La iglesia parroquial de Arbeteta es obra sencilla del siglo XVIII, y de ella lo más destacable es la torre, construida de recia sillería y con múltiples moldurajes y exornos barrocos. Tiene tres cuerpos: el inferior de mampostería con sillar en las esquinas; el segundo de planta cuadrada con huecos para grandes cam­panas; y el último de planta octogonal con vanos para campanillos, rematando en artístico chapitel que se corona con una veleta de madera forrada de planchas de latón y repre­sentando un granadero que ondea un banderín con una cruz, y que las gentes del pueblo llaman el mambrú recordando al general Malborough que peleó en España junto con los ingleses en la guerra de Sucesión. La leyenda de que hablaba antes pone en relación a este mambrú de Arbeteta con la similar veleta de Escamilla, su Giralda. Esta torre presenta diversas tallas barrocas, y en su cara norte se lee con grandes letras: AÑO FANDO ME FECIT ‑ 1787 por lo que se colige fácilmente el nombre del arquitecto de la torre: se trata del arquitecto Miguel Mateo Fando, activo a finales del siglo XVIII, y autor de las tres torres que ostentan giraldo en su cima, a más de la “picotilla” o cipo conmemorativo del Camino Real que pasa por Torija, y que aún se ve a la salida de este pueblo castillero.

En el interior de la iglesia de Arbeteta, de una sola nave, con coro alto a los pies, bóveda encañonada y amplio crucero, destacan el Cristo de la Vera Cruz, un San Antonio barroco y una buena talla del siglo XVI de la Cruz del Cerro, apareciendo también en el suelo del crucero una lápida sepulcral del siglo XVIII conteniendo los restos de Baltasar Carrillo y su mujer, señores del pueblo. Esta figura del mambrú fue destrozada por una descarga eléctrica en una tormenta veraniega, y posteriormente rehecha por el artesano de Alcolea García Perdices. Tal como hoy la vemos se colocó en 1988.

Cerca está Escamilla, un importante enclave de la Alcarria oriental. Se sitúa en lo alto de una paramera, casi en el borde de la meseta alcarreña que media entre los valles del Tajo y el Guadiela. Se coloca en la vaguada que inicia un arroyo, que entre olivares y huertos irá a dar en el arroyo del Garigay, el cual a su vez desaguará en la orilla derecha del río Guadiela. Paisaje mesetario en los altos, de cereal y chaparros; y paisaje más alegre, de tomillares, choperas, huertos y viñedos por la vertiente del monte que cae al valle del Guadiela (la antigua Hoya del Infantado). La situación de Escamilla con amplias vistas sobre los valles alcarreños, es muy buena y estratégica. La iglesia parroquial es obra notable de la arquitectura neoclásica, y ha sido declarada no hace mucho monumento de Interés Histórico-Artístico. Destacan al exterior sus fachadas de mediodía y poniente, así como la magnífica torre. Consta esta de cuatro cuerpos, y se sitúa en el ángulo noroccidental del templo. El primer cuerpo se forma de lisos paramentos, con aspillerada ventana al norte y puerta de marcado sabor neoclásico a poniente, con hornacina superior, molduras y adornos geométricos, y buena guarnición de clavos en las hojas. El segundo cuerpo de la torre se inicia con cuatro remates geométricos en las esquinas que condicionan la planta octogonal de dicho cuerpo. Sobre volada cornisa asienta el tercer cuerpo, en el que se abren los cuatro huecos para las campanas. En el cuarto cuerpo aparece una balaustrada rematada en florones rodeando el elemento central, octogonal y con huecos, que se eleva a base de repetidas molduras, pináculos y otros elementos hasta rematar en una figura de hierro, la Giralda, gigantesca veleta que tal como ahora luce fue construida por los Talleres Estalda de Guadalajara en 1981, para sustituir a la antigua, que era de madera de sabina, y que hacia 1960 también se le llevó un rayo. La fachada principal es obra muy sencilla de estilo neoclásico: consta de arco semicircular, muy elevado, flanqueado por muros en los que apoyan sendos pares de columnas, rematando todo en arquitrabe moldurado con dentellones, y en su centro una gran hornacina vacía. Todo el conjunto está construido en buena piedra blanca, de sillería, consiguiendo un efecto único de majestuosidad que la hace figurar por derecho propio entre las más destacadas iglesias de la provincia de Guadalajara.

El interior de esta iglesia es también de gran interés: consta de tres naves, más alta la central que las laterales, cubierta aquella por bóveda de crucería cuyos arcos surgen de gruesos pilares cilíndricos rematados en capiteles historiados, en los que aparecen ángeles y figuras bíblicas, modernamente coloreadas. Coro alto a los pies; crucero rematado en gran cúpula semiesférica en cuyas pechinas aparecen pintados los cuatro evangelistas; toda ella se decora con yesería barroca policromada. En la pared del fondo del elevado presbiterio se ve un retablo mayor, de que sólo subsiste en su parte superior.

Finalmente, el viajero que busca giraldos llega a Molina, en lo alto de la paramera, si entra al Señorío desde el hondo foso del río Tajo, subiendo desde Escamilla a Villanueva de Alcorón y Zaorejas. En el convento de San Francisco, fundado a finales del siglo XIII por la quinta señora molinesa, Dª Blanca Alfonso. Lo que en principio fue un templo de puras líneas góticas, sufrió paulatinamente reformas que transformaron su interior en una amalgama de estilos y ornamentos. Un gran coro a los pies y en la cabecera sendas capillas de la familia Malo y de la de Ruiz de Molina, en severo estilo renacentista. La portada y la torre se construyeron en el siglo XVIII, en estilo barroco. En el remate de la torre se puso una gran figura metálica, que porta un estandarte y una cruz. El estandarte le sirve de pantalla para recoger el viento, y oficiar de velamen mayor para este barco quieto que es El Giraldo, el señalador de los tiempos y los vientos. También esta torre de Molina la construyó Miguel Mateo Fando, el arquitecto que se dedicó a levantar torres eclesiales por la Alcarria y sus aledaños.

Una ruta de El Empecinado por Guadalajara

 

En estos días se está celebrando en Valladolid un Simposio sobre la visión actual de El Empecinado, y sobre la posibilidad de crear una “Ruta del Empecinado” que abarque todos los territorios hispanos en los que este guerrillero actuó y fraguó su fama. Me han pedido, desde el Ayuntamiento de la capital de Castilla-León, que aporte la visión que desde Guadalajara se tiene de don Juan Martín “El Empecinado”, y aparte de hacer un breve recuerdo de su figura y de su actuación en esta nuestra tierra, he pergeñado un apunte somero que podría servir de inicial entramado para crear una verdadera “Ruta del Empecinado” por la provincia de Guadalajara. En la que aparte del consabido folleto explicativo, se acogiera la memoria de este héroe españolísimo con placas que le recordaran en aquellos lugares (no son tampoco más de una docena) en los que su bravura puso en jaque al ejército de Napoleón y a sus temidos generales imperiales, entre los que no fueron los más pequeños, en esta zona, Suchet y Hugo.

Aunque a Juan Martín se le considera héroe castellano por su nacimiento en Castrillo de Duero y su muerte en Roa, toda la Península supo de sus correrías y sus hazañas. Y en la tierra de en torno al Tajo fue tan densa e importante su actividad, que aquí quedan todavía hoy leyendas y dichos, placas y retratos, que nos le inmortalizan. Por muchas razones, y a continuación veremos algunas de ellas, el Empecinado forma parte de la historia de Guadalajara; y de sus hazañas, de sus aliados, de sus batallas y derrotas, de sus enfermedades y sorpresas, están llenas las páginas de los libros que tratan sobre esta tierra que está regada por el Tajo y sus afluentes.

Todo ello es lógico sabiendo que Guadalajara ha sido (y aún hoy es) eje vital de la Península Ibérica. Por su valle del Henares, que pone en comunicación la cuenca ancha del Tajo con los muros serranos de Sierra Ministra, divisores de aguas con el Aragón del Jalón y luego del Ebro, han pasado la legiones romanas, los ejércitos musulmanes, y las reconquistas castellanas. Ese ser tierra de entronque entre las dos mesetas, entre Aragón y Castilla, entre el Levante y las sierras ibéricas, entre las cuencas paralelas y antagónicas del Tajo y del Ebro, ha supuesto la dádiva de un historia densa para Guadalajara. Todo lo que ha sucedido en la Península Ibérica, ha tenido un gozne que abría una puerta en esta tierra. Así ocurrió desde la resistencia celtíbera a la invasión romana, y así ocurrió en la última Guerra Civil con la batalla que enfrentó a italianos y republicanos en los llanos de Trijueque, cerca de Brihuega. Henares y Camino Real, ejes del paso de civilizaciones y ejércitos, haciendo y deshaciendo España.

La figura del Empecinado

No está de más empezar este recuerdo con el de las palabras que eligió don Benito Pérez Galdós para describir al Empecinado. Lo hace en una de sus novelas de los “Episodios Nacionales” y dice así: “ Era don Juan Martín un Hércules de estatura poco más que mediana, moreno y con el pelo aplastado sobre la frente que se le juntaba con las cejas”. Los bigotes densos se le juntaban con las patillas, y parece que vestía con desaliño, siendo tardo y torpe al hablar. No sufría las formas cultas de comportarse, con lo cual daba el tipo perfecto (imperfecto, dirán algunos) del aldeano brutote con ribetes de ruralía celtibérica.

Su mote de Empecinado se lo pusieron por ser este común a los naturales de Castrillo de Duero, ya que en este lugar y por aquellos tiempos, corría un arroyo de aguas negruzcas, a las que llamaban “pecina”. Tanto Pérez Galdós, como otros muchos escritores hasta nuestros días, como Hernández Girbal, han escrito y descrito la vida y hazañas de este castellano tan singular.  No es este momento de detallarlas. Aunque sí es imprescindible recordar cómo Juan Martín nació en 1775 en Castrillo de Duero (Valladolid) y tras demostrar desde la adolescencia su pasión por el ejercicio militar, en 1808, a 20 de abril, formó con otros dos amigos su primera partida. Era el momento de alzarse, (o de “echarse” como ellos decían) como fuera y donde fuera, contra el invasor francés. Se ha dicho, en recuerdo a ese día, que el Empecinado salió de Aranda con un ejército de tres hombres, y mandaba ya, en septiembre de 1811, tres mil. Por eso, y por otras cosas (entre ellas la continuada defensa de la Constitución) llegaría a ser nombrado en 1823 por el Gobierno del Trienio Liberal, además de Mariscal de Campo, Comandante General de todo el ejército constitucionalista en las dos Castillas.

El Empecinado en Guadalajara

La peripecia del Empecinado por tierras de Guadalajara se extiende desde septiembre de 1809 al otoño de 1812. Los tres años centrales de la Guerra de la Independencia contra Napoleón, los más densos y cruciales. Aquellos en los que todo fue verdad, sin dobleces ni interpretaciones.

En septiembre de 1809, la partida de El Empecinado pasa a depender, por superior decisión, de la Junta de Guadalajara. El ejército español, al frente del cual llegó a estar como ministro de la Guerra el Duque del Infantado, tenía su organización jerárquica, pero contaba con la colaboración de las “partidas” y los “guerrilleros” que hacía su papel heterodoxo, pero muy eficaz.

La primera actuación victoriosa del Empecinado y sus hombres fue en las cuestas de Mirabueno, el 14 de marzo de 1810. Desbarataron con contundencia un gran contingente francés, matando a muchos. El 13 de mayo de ese año consiguió también un gran éxito en Solanillos.

Entre junio y julio de 1810 fue muy intensa la actividad de la partida del Empecinado por toda la tierra de Guadalajara que media entre el Henares y el Tajo: la Alcarria propiamente dicha, tierra de hondos valles abrigados, de bosquecillos en las laderas, de llanadas cerealistas en las alturas. Espacio que, para ser bien conocido, era el ideal en la guerra de guerrillas, de ataques por sorpresa, de apariciones y desapariciones como el relámpago.

El 14 de septiembre de 1810, era precisamente la fiesta del lugar, hubo una gran acción de Juan Martín contra el general Hugo, en Cifuentes. Y dos semanas después, el 29 de septiembre que era San Miguel y por tanto un 1º de año de tratos, contratos y trabajos, ocupó el Empecinado la altiva ciudad de Sigüenza, el emblema del Medievo en Castilla.

Siguió 1811 con duras batallas. Un invierno complicado, con victoria en Prados Redondos (Señorío de Molina) el 30 de enero, acciones en Sacedón el 6 de febrero, y conquista y afianzamiento del puente de Auñón, clave en la defensa del río Tajo a su paso por la estrechura de las Entrepeñas.

El verano de 1811 fue un mal tiempo para Juan Martín. Empezó con sus enfermedades y decaimientos. Era mucho esfuerzo seguido, y en agosto fue llamado por la Junta de Guadalajara para que se reorganizara su tropa. Así lo hizo, pero siguió enfermo, debiendo refugiarse, muy tocado, en Sigüenza durante el invierno del 11 al 12. En la ciudad episcopal El Empecinado recuperó su salud, cuidado por los médicos.

Y en 24 de marzo de 1812, ya totalmente restablecido, se pone en marcha nuevamente para acosar al enemigo en el corazón de la Alcarria: ejecuta acciones guerrilleras en Cogolludo y Budia. En mayo de ese año, tiene una importante acción victoriosa en Las Inviernas, cerca del Camino Real de Aragón, y en junio se prodiga en actuaciones y correrías por la llanada del Henares entre Guadalajara y Alcalá. Será la del 16 de agosto de 1812 una de sus más importantes y señaladas victorias: la toma de la ciudad de Guadalajara.

Posteriormente, en el invierno de 1812-13, El Empecinado y su ejército numeroso ataca Madrid, se mantiene en la zona, y el 22 de mayo de 1813 ejecuta la importante acción de liberar Alcalá de Henares. Poco más, hasta el fin de la guerra.

En 1814, el mes de mayo, se produce la disolución de la división “empecinada”. En junio es recibido por el Rey Fernando, ya vuelto a la Corte, y en enero de 1815 es nombrado Mariscal de Campo…. para ser desterrado a Valladolid al mes siguiente.

La actuación de Juan Martín por tierras de Guadalajara volvió a repetirse durante las acciones militares del Trienio Liberal, entre absolutistas y constitucionalistas. Juan Martín, ya plenamente integrado en la idea del liberalismo, actuó en enero de 1823 en batallas desarrolladas entre Caspueñas y Brihuega, y el 26 de enero tomó Guadalajara. De ahí a la muerte, todo fueron desgracias. Apresado, juzgado, condenado, arrastrado y mostrado como una fiera metido en una jaula por las plazas castellanas, finalmente fue ahorcado en Roa el 19 de agosto de 1825.

La Ruta del Empecinado

Mi aportación a la creación y presentación de la Ruta del Empecinado por toda España, son estos apuntes y nombres de lugares, que puestos en orden y mención lógica de caminantes y visitantes, pueden ser útiles para concretar cual sea el posible trayecto de una “Ruta del Empecinado” por la provincia de Guadalajara.

La acción/acciones de El Empecinado y su tropa, en la que siempre figuraron importantes y valerosos guerrilleros alcarreños, se desarrolló en un espacio comprendido entre la sierra atencina y el foso del Tajo. Así vemos una línea que primera asienta en la sierra que media entre ambas Castillas, con Atienza en su centro. Y que abarca también a Cogolludo, donde escribió su famosa carta al General Hugo.

Luego lugares de en torno al río Henares, estratégicamente clave: desde Sigüenza, pasando por Mirabueno, hasta Guadalajara.

En tercer lugar, la Alcarria pura y dura: hay batallas en Las Inviernas, en Cifuentes, en Solanillos. Pero también en Budia, en Brihuega y Torija, en las alcantarillas de Fuentes, como allí se le recuerda a la acción.

Y al fin en el foso del río Tajo, el valle que parte a España en dos como un corte limpio de gran sable: Sacedón y Auñón, y su puente en las Entrepeñas son el eje de su batalla.

Queda una acción aislada, en el Señorío de Molina, concretamente en Prados Redondos y en los Cubillejos (del Sitio y de la Sierra), dentro de una expedición que castigó luego a Calatayud, Ateca y llegó a Daroca.

Ojalá no tardando mucho tengamos para goce de viajeros, y memoria de caminantes, nuevos hitos y nuevas palabras prendidas de muros y arboledas: las de “aquí puso su voz Juan Martín, el guerrillero empecinado”. Y eso por las sierras, el Henares, la Alcarria, junto al Tajo…

Noticias curiosas del ayer de Guadalajara

 

Seguro que muy pocos sabían que el milagro de San Isidro, a quien los ángeles ayudaron a arar el campo, ocurrió en tierras de la Alcarria, concretamente en un antiguo pueblo que hoy ya no existe, Aldovera, y cuyo caserío medio arruinado se encuentra hoy en el término de Illana. Lo cuenta con todo lujo de pormenores la Relación de Aldovera, que es una de las 17 nuevas que se han encontrado en los Archivos del Real Monasterio de El Escorial. Y que han sido puestas a disposición de los curiosos y conocedores de la provincia a través de un CD-Rom que acaba de aparecer.

Esta es la lista de los pueblos que desde ahora tienen ya publicada su “Relación Topográfica”, y que unos más, otros menos famosos, sirven para ampliar el marco del conocimiento de nuestra tierra. Aldovera, Carrascosa de Tajo, Casas de San Galindo, El Atance, El Ordial, Gualda, Jirueque, Málaga del Fresno, Palmaces, Razbona, Robledo de Corpes, Romerosa, San Martín del Campo, Santamera, Torrebeleña, Torremocha de Jadraque y Valbueno. A las originales de principios del siglo XX, se unieron luego las de Chillarón del Rey y Valtablado del Río, pero de las nuevas encontradas ahora, se han hecho unos completos Aumentos que las avaloran. La de Carrascosa de Tajo se publicó hace unos años en el libro que escribió sobre su pueblo Francisco García Escribano, y de las demás, podemos decir que nos traen a la vista las referencias que faltaban para centrar con exactitud la historia de esos lugares. Algunos de ellos son, no ya despoblados, sino inexistentes y abandonados lugares, como ocurre con San Martín del Campo, que fue pueblecillo situado en la primera terraza del Henares, entre Marchamalo y Fontanar, o con El Atance, ya invadido por las aguas de su pantano, o con Romerosa, en los alrededores de Aleas / Beleña.

De otros, como Aldovera, quedan simplemente los edificios, medio arruinados, y de Valbueno, poco más allá de Cabanillas, un pequeño conjunto de palacio, iglesia y casas que forman hoy una finca privada. Razbona es también un anejo de Humanes, pero muy poblado, y Santamera es lugar que ahora empieza de nuevo a tener vida, tras largos años de soledad. Los demás, son pueblos conocidos y habitados, unos pequeños, y otros más grandes y con historia densa e interesante, como Gualda, que ofrece unos edificios barrocos (la iglesia, la ermita de la Inmaculada) verdaderamente excelentes, o como Málaga del Fresno o Jirueque, siempre en el ámbito de los Mendoza, los grandes señores y generadores de historias.

En todas las Relaciones se encuentran datos sobre las pequeñas localidades de nuestra provincia, y me consta que quien ha querido hacer una historia completa, o un simple trabajo, sobre algún pueblo de nuestra provincia, ha tenido que ir de entrada a leerse “las Relaciones”, como todos las conocen. Porque en ese largo listado de preguntas, los agentes del Rey querían saber origen del nombre y del lugar, escudo que usaban y señorío al que pertenecían. Edificios más notables, hijos ilustres, producciones, caminos, ríos y montañas del término, minas, fenómenos naturales, etc, etc. La intención de la administración filipina era (como muy bien explica en su introducción el autor de la misma, Ortiz García) fundamentalmente económica. Y no tanto para saber con qué medios contaban los habitantes de cada lugar, sino para tener calculado lo que producía cada pueblo, en cuanto a impuestos, para saber cuantos, y en qué cantidad, se podían vender a particulares, de aquellos que pertenecieran al Rey.

De una compleja operación económica, resultaron estas Relaciones que pasando los años, y hoy más que nunca, vinieron a ser fuente principal y curiosísima para saber la historia y las formas de vivir de nuestros antepasados.

De una de estas Relaciones, la de Guadalajara ciudad, surge casi un tomo entero: es porque tanto los redactores del siglo XVI, como sobre todo los comentaristas del XX, pusieron un empeño especial para conseguir hacer de paso la historia de la ciudad. Y realmente es tal el cúmulo de datos que en estos escritos aparecen, que podemos decir fue esta la primera gran historia escrita de Guadalajara. Al menos, hecha con el rigor, la meticulosidad y el sincretismo que las obras importantes merecen.

Otra vez las Relaciones Topográficas

Sirven las anteriores disgresiones para comentar cómo otra vez nos llega a las manos una edición accesible y super útil de las Relaciones Topográficas de Guadalajara, aquellos escritos que muchos pueblos enviaron al rey Felipe II en los finales años del siglo XVI, para que este y sus ministros supieran todo sobre el territorio que dominaban: historia, edificios, fiestas, pero sobre todo economía, producciones agrícolas, personas con capacidad laboral, etc. Estas Relaciones han sido durante mucho tiempo el mejor material informativo para conocer la historia de nuestros pueblos. Desde que a principios del siglo XX, la Real Academia de la Historia publicara en 6 Tomos los textos de estas Relaciones junto con los Aumentos que entonces redactaron Juan Catalina García y Manuel Pérez Villamil, han sido muy utilizadas, y no hace mucho la Diputación Provincial hizo una primera edición en formato CD-Rom con una introducción actualizada escrita por el profesor Ortiz García. Ahora, este profesor alcarreño, que ha seguido investigando en el tema con profundidad, ha alcanzado el éxito encontrando 17 nuevas Relaciones, todas inéditas, en el Monasterio de El Escorial, y sus correspondientes copias en la Real Academia de la Historia. Ello ha supuesto un material novedoso, un aporte aún mayor de noticias sobre nuestros pueblos, que se han completado con los Aumentos que el profesor Ortiz les ha escrito.

Últimamente se está hablando mucho acerca de la posibilidad de que los medios multimedia, como son fundamentalmente el soporte digital en CD o en DVD, suplante al libro. Es realmente muy difícil, porque el placer de tener un libro entre las manos no puede ser compensado con ningún otro medio de información o lectura. Pero en casos como en este se ha mostrado de gran ayuda, pues posibilitan hacer ediciones de tiradas reducidas, y por lo tanto poner al alcance de aquellos (siempre pocos) interesados en temas muy puntuales, los textos que hoy se hacen difíciles de encontrar. En esta edición, además, se ofrecen fotografías actualizadas de todos los pueblos, lo cual supone un valor añadido: el de tener una bonita colección de imágenes digitalizadas de los pueblos de Guadalajara, listas para usar en cualquier otro trabajo. Y muchas páginas manuscritas de los originales y las copias. Con planos antiguos de algunos términos, como el de Pastrana, que es realmente artístico, como si hubieran querido representar el Universo, y en su centro Pastrana. Que no les faltaba razón, en 1578, a los habitantes de una de las villas preferidas del monarca don Felipe.

Esta nueva edición de las Relaciones Topográficas de la provincia de Guadalajara se va a presentar el próximo martes día 21, a las 7:30 de la tarde, en la Sala/Iglesia de la Piedad, aneja al palacio Antonio de Mendoza o Instituto de Enseñanza Secundaria “Liceo Caracense” de Guadalajara. Y en el acto intervendrá con una conferencia, y la exposición en proyección a gran pantalla del CD, el autor del mismo, don Antonio Ortiz García. Una ocasión singular para enterarnos, de primera mano, con absoluta visión moderna, de qué fueron estas “Relaciones Topográficas”, y para qué valen.

Los amantes del Alamín

 

En la lectura, y en los libros, están metidos más mundos que en la televisión, que en las charlas, y que en los sueños. Porque en todos surge la sorpresa de un universo ido, o imaginado; agarrado al vuelo y puesto de sopetón sobre las manos. Y eso lo consiguen algunos libros (y algunos escritores, que los hacen) con una facilidad y un atractivo que a veces maravillan.

Este es el caso de un escritor que ahora se estrena, de Ildefonso Rodrigo Arribas. Farmacéutico de profesión, y hace poco retirado de ella, se ha puesto a escribir y a plasmar en cuartillas sus sueños, sus visiones, su sabiduría larga de las gentes y los paisajes, del mundo y de la historia. Aunque antes había publicado un libro de cuentos (La última trufa y otros cuentos) dedicados a la familia y a los amigos, esta vez ha abierto el balcón de su alegría y se ha trazado una historia de sustos y melancolías entre las 128 páginas de su libro, que titula Los Amantes del Alamín, y que tiene a Guadalajara, (la vieja, la medieval, la de sabores moros y judíos) por protagonista. Una historia consistente y atrevida, en la que el amor pulula por todos los rincones, a pesar de las espadas y las enfermedades. Una historia con final agridulce, en la que prende luz la nostalgia, que es la más socorrida de las felicidades.

Al libro de Rodrigo Arribas le ha puesto prólogo Francisco García Marquina, quien además de alegrarnos el corazón con sus frases, ha sido director de la edición a través de su sello “gatoverde”. Y ha conseguido un libro sencillo pero hermoso. Lo importante, en cualquier caso, está en el contenido. De una parte la creación literaria que empieza como cuento, se alarga como novela y termina con las precisiones históricas que el caso requiere. Una mixtura que se agradece, porque así va el lector poniendo de su parte imaginación, y el autor fábulas. Al final vemos que aquella historia tuvo su tiempo, y sus protagonistas piel y latido. Que fue verdad que estuvieron en Guadalajara, y que pudo ser en aquella edad un romance tras otro, una batalla y un torneo tras unas miradas desde la distancia y un juego antiguo en la Alaminilla.

Guadalajara medieval y amurallada

El autor, Rodrigo Arribas, inicia su obra con un paseo del protagonista, un militar de antaño llamado don Alonso Manrique, por la muralla guadalajareña. Entonces, en el siglo XIII en sus inicios, enhiesta y firme: con sus portones vigilados, sus almenajes completos, sus palacios y mezquitas mezclados con los templos cristianos y las sinagogas de la cuesta de Calderón. Quizás es ese el mensaje más límpido que nos transmite esta novela (aparte del esfuerzo amoroso que fluye en todo el libro, y que sustenta la trama), el común vivir de las tres religiones en una Guadalajara medieval ejemplarizante. El médico hebreo, el militar templario, el imán islámico: y entre ellos y sus encolerizadas pasiones el amor de dos jóvenes, el niño cristiano y la niña mora.

La novela nos transporta a una ciudad pequeña y de estrechas calles, de plazuelas recoletas, de atardeceres largos. Parece protagonista el castillo de los templarios, que se alzaba donde hoy el Fuerte, donde siempre San Francisco: vigilando la llegada del camino de Aragón hasta la puerta y torreón de Bejanque. Sabemos que está la iglesia de Santa María, con su torre alminar todavía, y que en la zona de la cuesta de Calderón está la sinagoga de los toledanos. Aún no se ha levantado el torreón del Alamín, por lo que ese juego de amor y virtudes que se desarrolla en el barrio moro, al otro lado del arroyo del mismo nombre, discurre por un entramado de callejuelas muy finas con grandes patios interiores, sin que la silueta del torreón, que luego daría pie a más leyendas y escritos, existiera aún en el horizonte.

Ildefonso Rodrigo ha entrado con muy buen pie en el camino literario, porque esta su primera construcción de amplias perspectivas (una novela histórica, aunque breve, contundente) nos ofrece una visión directa de la ciudad, de sus gentes, de sus costumbres. Surge, -aparte del paisaje junto al Henares, de la viveza de los mercadillos, de las procesiones militares por las cuestas-, un elemento que es medieval hasta la médula, y actual todavía: el ajedrez, al que juegan en amistad los protagonistas, encontrados en tantas otras cosas. Un ajedrez en el que finalmente se resuelve, como si el plazal arriacense estuviera alfombrado de escaques carboneros y marfileños, la novela toda. Jugada tras jugada, (en el fondo, la vida es así, hoy también, y la mano que nos mueve no la conocemos) los personajes van siendo movidos de posturas hasta que un jaque a la reina por parte de un alfil termina en tres meses de amor que luego no se repiten.

No es cuestión de contar la intriga, pero sí de anotar los personajes. Y aun cuando en la pluma de Rodrigo surgen los seres vaporosos de la imaginación (el capitán Alonso Manrique, la dama mora Aixa, el capitán templario don Pedro, y el físico hebreo don Benjamín) es al final cuando abre las puertas del cuento doña Berenguela, la reina por partida cuádruple (hija, esposa, hermana y madre de reyes), y lo remata.

Doña Berenguela, la hija de Alfonso VIII, esposa de Alfonso IX, y madre de Fernando III el Santo, fue señora de Guadalajara por concesión de su padre, y aquí tan querida que toda la ciudad se cuajó de su afecto. La canción infantil que todos hemos oído, y quizás cantado, de “la chata Meréngüela…” fue inspirada por esta reina y señora arriacense. Ella mandó construir el castillo primero y luego monasterio de los franciscanos en la colina al este de la ciudad, que luego los Mendoza transformarían en gran cenobio de menores y aposento eternal suyo. Ella termina, pues, mandando en el cuento, y haciéndole real, tierno e inolvidable. Ildefonso Rodrigo ha conseguido movernos el corazón, entretenernos un rato, sentirnos más alcarreños. Los dibujos que a su libro le ha puesto Fernando Sevillano Queipo de Llano son muy agradables, y la edición, en suma, perfecta. Porque nos lleva un rato, un día, unas horas, a la estación primera de nuestro camino como ciudad y ciudadanos. Ojalá que cada semana pudiese ser rememorada nuestra historia con fábulas así, tan accesibles, y tan llenas de ingenuidad y vigor.

La ruta de El Empecinado por Guadalajara

 

Leido en el Congreso organizado en Valladolid, en enero de 2003, para establecer la “Ruta de el Empecinado”

 En este ciclo de conferencias y comunicaciones que tratan de ver a Juan Martín, el Empecinado, desde una perspectiva de actuación nacional, y de volver a concederle el título, muchas veces regateado, de héroe español en toda su grandeza, voy a tratar de aportar la visión que de Juan Martín tenemos en Guadalajara.

Porque aunque héroe castellano por su nacimiento en Castrillo y su muerte en Roa, toda la Península supo de sus correrías y sus hazañas. Y en la tierra de en torno al Tajo fue tan densa e importante su actividad, que aquí quedan todavía hoy leyendas y dichos, placas y retratos, que nos le inmortalizan. Por muchas razones, y a continuación veremos algunas de ellas, el Empecinado forma parte de la historia de Guadalajara; y de sus hazañas, de sus aliados, de sus batallas y derrotas, de sus enfermedades y sorpresas, están llenas las páginas de los libros que tratan sobre esta tierra que está regada por el Tajo y sus afluentes.

Todo ello es lógico sabiendo que Guadalajara ha sido (y aún hoy es) eje vital de la Península Ibérica. Por su valle del Henares, que pone en comunicación la cuenca ancha del Tajo con los muros serranos de Sierra Ministra, divisores de aguas con el Aragón del Jalón y luego del Ebro, han pasado la legiones romanas, los ejércitos musulmanes, y las reconquistas castellanas. Ese ser tierra de entronque entre las dos mesetas, entre Aragón y Castilla, entre el Levante y las sierras ibéricas, entre las cuencas paralelas y antagónicas del Tajo y del Ebro, ha supuesto la dádiva de un historia densa para Guadalajara. Todo lo que ha sucedido en la Península Ibérica, ha tenido un gozne que abría una puerta en esta tierra. Así ocurrió desde la resistencia celtíbera a la invasión romana, y así ocurrió en la última Guerra Civil con la batalla que enfrentó a italianos y republicanos en los llanos de Trijueque, cerca de Brihuega. Henares y Camino Real, ejes del paso de civilizaciones y ejércitos, haciendo y deshaciendo España.

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No está de más empezar este recuerdo con el de las palabras que eligió don Benito Pérez Galdós para describir al Empecinado. Lo hace en una de sus novelas de los “Episodios Nacionales” y dice así: “ Era don Juan Martín un Hércules de estatura poco más que mediana, moreno y con el pelo aplastado sobre la frente que se le juntaba con las cejas”. Los bigotes densos se le juntaban con las patillas, y parece que vestía con desaliño, siendo tardo y torpe al hablar. No sufría las formas cultas de comportarse, con lo cual daba el tipo perfecto (imperfecto, dirán algunos) del aldeano brutote con ribetes de ruralía celtibérica.

Su mote de Empecinado se lo pusieron por ser este común a los naturales de Castrillo de Duero, ya que en este lugar y por aquellos tiempos, corría un arroyo de aguas negruzcas, a las que llamaban “pecina”. Tanto Pérez Galdós, como otros muchos escritores hasta nuestros días, como Hernández Girbal, han escrito y descrito la vida y hazañas de este castellano tan singular. No es este lugar de detallarlas.

Y aunque seguramente se ha dicho ya en este ciclo, no me queda más remedio que recordar cómo Juan Martín nació en 1775 en Castrillo de Duero (Valladolid) y que tras demostrar desde la adolescencia su pasión por el ejercicio militar, en 1808, a 20 de abril, formó con otros dos amigos su primera partida. Era el momento de alzarse, (o de “echarse” como ellos decían) como fuera y donde fuera, contra el invasor francés. Se ha dicho, en recuerdo a ese día, que el Empecinado salió de Aranda con un ejército de tres hombres, y mandaba ya, en septiembre de 1811, tres mil. Por eso, y por otras cosas (entre ellas la continuada defensa de la Constitución) llegaría a ser nombrado en 1823 por el Gobierno del Trienio Liberal, además de Mariscal de Campo, Comandante General de todo el ejército constitucionalista en las dos Castillas.

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La peripecia del Empecinado por tierras de Guadalajara se extiende desde septiembre de 1809 al otoño de 1812. Los tres años centrales de la Guerra de la Independencia contra Napoleón, los más densos y cruciales. Aquellos en los que todo fue verdad, sin dobleces ni interpretaciones.

En septiembre de 1809, la partida de El Empecinado pasa a depender, por superior decisión, de la Junta de Guadalajara. El ejército español, al frente del cual llegó a estar como ministro de la Guerra el Duque del Infantado, tenía su organización jerárquica, pero contaba con la colaboración de las “partidas” y los “guerrilleros” que hacía su papel heterodoxo, pero muy eficaz.

La primera actuación victoriosa del Empecinado y sus hombres fue en las cuestas de Mirabueno, el 14 de marzo de 1810. Desbarataron con contundencia un gran contingente francés, matando a muchos. El 13 de mayo de ese año consiguió también un gran éxito en Solanillos.

Entre junio y julio de 1810 fue muy intensa la actividad de la partida del Empecinado por toda la tierra de Guadalajara que media entre el Henares y el Tajo: la Alcarria propiamente dicha, tierra de hondos valles abrigados, de bosquecillos en las laderas, de llanadas cerealistas en las alturas. Espacio que, para ser bien conocido, era el ideal en la guerra de guerrillas, de ataques por sorpresa, de apariciones y desapariciones como el relámpago.

El 14 de septiembre de 1810, era precisamente la fiesta del lugar, hubo una gran acción de Juan Martín contra el general Hugo, en Cifuentes. Y dos semanas después, el 29 de septiembre que era San Miguel y por tanto un 1º de año de tratos, contratos y trabajos, ocupó el Empecinado la altiva ciudad de Sigüenza, el emblema del Medievo en Castilla.

Siguió 1811 con duras batallas. Un invierno complicado, con victoria en Prados Redondos (Señorío de Molina) el 30 de enero, acciones en Sacedón el 6 de febrero, y conquista y afianzamiento del puente de Auñón, clave en la defensa del río Tajo a su paso por la estrechura de las Entrepeñas.

El verano de 1811 fue un mal tiempo para Juan Martín. Empezó con sus enfermedades y decaimientos. Era mucho esfuerzo seguido, y en agosto fue llamado por la Junta de Guadalajara para que se reorganizara su tropa. Así lo hizo, pero siguió enfermo, debiendo refugiarse, muy tocado, en Sigüenza durante el invierno del 11 al 12. En la ciudad episcopal El Empecinado recuperó su salud, cuidado por los médicos del cabildo seguntino.

Y en 24 de marzo de 1812, ya totalmente restablecido, se pone en marcha nuevamente para acosar al enemigo en el corazón de la Alcarria: ejecuta acciones guerrilleras en Cogolludo y Budia. En mayo de ese año, tiene una importante acción victoriosa en Las Inviernas, cerca del Camino Real de Aragón, y en junio se prodiga en actuaciones y correrías por la llanada del Henares entre Guadalajara y Alcalá. Será la del 16 de agosto de 1812 una de sus más importantes y señaladas victorias: la toma de la ciudad de Guadalajara.

Posteriormente, en el invierno de 1812-13, El Empecinado y su ejército numeroso ataca Madrid, se mantiene en la zona, y el 22 de mayo de 1813 ejecuta la importante acción de liberar Alcalá de Henares. Poco más, hasta el fin de la guerra.

En 1814, el mes de mayo, se produce la disolución de la división “empecinada”. En junio es recibido por el Rey Fernando, ya vuelto a la Corte, y en enero de 1815 es nombrado Mariscal de Campo…. para ser desterrado a Valladolid al mes siguiente.

La actuación de Juan Martín por tierras de Guadalajara volvió a repetirse durante las acciones militares del Trienio Liberal, entre absolutistas y constitucionalistas. Juan Martín, ya plenamente integrado en la idea del liberalismo, actuó en enero de 1823 en batallas desarrolladas entre Caspueñas y Brihuega, y el 26 de enero tomó Guadalajara. De ahí a la muerte, todo fueron desgracias. Apresado, juzgado, condenado, arrastrado y mostrado como una fiera metido en una jaula por las plazas castellanas, finalmente fue ahorcado en Roa el 19 de agosto de 1825.

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Para concluir, y como aportación práctica y concreta a este Ciclo de Conferencias que han servido para arropar la creación y presentación de la Ruta del Empecinado por toda España, valgan estos apuntes y nombres de lugares, que puestos en orden y mención lógica de caminantes y visitantes, pueden ser útiles para concretar cual sea el trayecto de esa “Ruta del Empecinado” por la provincia de Guadalajara.

La acción/acciones de El Empecinado y su tropa, en la que siempre figuraron importantes y valerosos guerrilleros alcarreños, se desarrolló en un espacio comprendido entre la sierra atencina y el foso del Tajo. Así vemos una línea que primera asienta en la sierra que media entre ambas castillas, con Atienza en su centro. Y que abarca también a Cogolludo, donde escribió su famosa carta al General Hugo.

Luego lugares de en torno al río Henares, estratégicamente clave: desde Sigüenza, pasando por Mirabueno, hasta Guadalajara.

En tercer lugar, la Alcarria pura y dura: hay batallas en Las Inviernas, en Cifuentes, en Solanillos. Pero también en Budia, en Brihuega y Torija, en las alcantarillas de Fuentes, como allí se le recuerda a la acción.

Y al fin en el foso del río Tajo, el valle que parte a España en dos como un corte limpio de gran sable: Sacedón y Auñón, y su puente en las Entrepeñas son el eje de su batalla.

Queda una acción aislada, en el Señorío de Molina, concretamente en Prados Redondos y en Cubillejo del Sitio, dentro de una expedición que castigó luego a Calatayud, Ateca y llegó a Daroca.

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Para terminar estas líneas, no nos queda sino aplaudir la iniciativa de la Asociación Cultural “El Empecinado” de Valladolid, y de su presidenta doña María Concepción Díaz Valcabado, por haber dedicado tanto tiempo y tanto entusiasmo a esta tarea, la de conseguir fraguar y corporeizar una auténtica “Ruta del Empecinado” por toda España. Como representante de la ciudad y de la provincia de Guadalajara, no me queda más que adherirme a ella, y esperar que esta humilde contribución escrita haya podido servir para añadir una pequeña piedra en la construcción de este edificio colosal y necesario.