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Durón, sesma de hidalgos

Paseando la provincia, y mirando hacia arriba cuando se llega a sus pequeños pueblos, lo más que puede uno encontrarse (me ha pasado ya, por eso lo digo) es con el gesto adusto del aldeano que no ve con buenos ojos a un extraño que viene solo a eso, a mirar para arriba. Eso nunca es señal tranquilizadora, según el catón alcarreño. Eso es potencialmente peligroso.

Por eso, cuando me entretengo en mirar los aleros, las veletas y las almenas en que rematan los más altos edificios de los pueblos de nuestra tierra, suelo llevar en la memoria alguna historia, alguna anécdota referente al pueblo que visito. El nombre de la patrona, la figura de algún destacado natural de aquel sitio, la razón concreta para que le cambie la cara al que se preocupa.

Eso me pasó en Durón un día, no hace mucho, que llegué y me puse a mirar la picota que hay, -extraordinaria y antigua como pocas- a la entrada del pueblo. Tuve que contarle al paisano que se me acercó la historia del sesmo de Durón. Fue la única forma de tranquilizarle. Porque aunque son muy escasos los datos que quedan escritos sobre este aspecto de la historia político‑económica de la Alcarria, algo se puede decir. Todo lo más que se sabe, es que el Sesmo de Durón fue una de las partes (no seis, como podría suponerse por el nombre) en que se dividió la Tierra de Jadraque, territorio comunal durante la Edad Media, y luego señorío de los Mendoza durante la Moderna.

Para evocar el Sesmo de Durón hay que remontarse a la historia de Jadraque. Es obligado. Aún más: hay que llegar hasta el mismo momento de la Reconquista de esta parte de Castilla a los árabes, y decir cómo desde el año 1085 se estableció en Atienza, con su fuerte muralla y su enriscado castillo, la cabeza de un fuerte Común de Villa y Tierra, que amplió su territorio a tenor del avance que la Reconquista hacía en dirección al Sur. Así, sabemos que el Fuero atencino llegó a aplicarse hasta la orilla del Tajo, en este lugar de Durón, y que en torno de vuestro pueblo se construyó ya un primitivo sistema organizativo que tenía a Durón como primera referencia, antes de apelar (en juicios y otras burocracias) hasta Atienza.

Durante el siglo XIV la fuerza que cobró Jadraque se hizo notar de forma que tras largos pleitos, los del castillo del Cid consiguieron verse independizados de Atienza, y organizar en su torno un enorme territorio con aldeas numerosas que dependían del Concejo jadraqueño. De esta forma, y desde el referido siglo XIV, aparecieron los sesmos del Bornova, del Henares y de Durón en el seno de la Tierra de Jadraque. El nombre medieval y castellano de sesmo tenía su razón porque en un principio expresó la idea de partir el territorio en seis partes, al frente de cada una estaba un sesmero. Pero en el caso del común de Jadraque esto no llegó a ocurrir. El sesmo de Durón contaba con los siguientes pueblos: Budia, El Olivar, Gualda, Picazo y Valdelagua, mas el propio Durón.

En el siglo XV, nuestra tierra pasó a poderes particulares. El Rey Juan II empezó a distribuir entre su más alta nobleza cortesana la propiedad jurídica de muchos territorios castellanos que habían reconocido como única autoridad la del propio Rey. Y así, a comienzos del siglo XV, el monarca Juan II de Trastamara hizo donación de la Tierra de Jadraque con sus sesmos a Gómez Carrillo y a su mujer María de Castilla. El hijo de este matrimonio, el levantisco cortesano don Alfonso Carrillo de Acuña, cambió su señorío jadraqueño al Cardenal Mendoza, quien le entregó por él la villa y castillo de Maqueda, y los derechos sobre la alcaidía mayor de Toledo. Era el año 1478. Así entraba Durón, con el resto de los pueblos que comprendía la tierra de Jadraque y la Sesma de Durón, en poder de los Mendoza.

Hablar de la historia del sesmo de Durón es hablar de los Mendoza. Esa poderosa familia, numerosísima, y pletórica de curiosas personalidades que en buena parte constituye también la historia de Guadalajara. A ellos les pagaban los aldeanos y villanos del territorio de Durón sus anuales homenajes en forma de animales y frutos de la tierra. A ellos se sometían en sus procesos jurídicos, y a ellos, en fin, reconocían el señorío de la tierra y de sus instituciones.

De todos los Mendoza, tan numerosos que han servido para escribir sobre ellos largos y voluminosos tratados de historia, sólo quiero recordar ahora a uno de los destacados miembros de la dinastía que gobernó este Sesmo. Me refiero al Cardenal don Pedro González de Mendoza. Fue este uno de los hijos del marqués de Santillana, el poeta de las serranillas. Vivió siempre en Guadalajara y ya desde muy pequeño tuvo numerosas prebendas en la Corte castellana de Enrique IV y los Reyes Católicos. Con éstos llegó a ser Canciller del Reino, el equivalente que en la monarquía de hoy tiene el Presidente del Gobierno. Además fue obispo de Toledo, de Sevilla, de Calahorra y de Sigüenza. Y Cardenal por tres veces: de Santa María in Navicella, de San Jorge y de la Santa Cruz. Este prelado, hombre sabio, elegante y buen político, perteneció en todo a su tiempo, la corrupta Edad Media, en la que los eclesiásticos, y hasta el mismo Papa, vivían como si no fueran eclesiásticos, disfrutando los placeres de la vida a tope, sin ningún sacrificio. Elegante y buen decidor, el Cardenal Mendoza se enamoró algunas veces, y tuvo hijos con, que se sepa, tres mujeres. La primera de ellas fue la dama portuguesa doña Mencía de Lemos, que al decir del cronista contemporáneo Medina y Mendoza, era hermosísima y de gentil persona, graciosa y avisada y de gran brío. Tuvo luego dos hijos: el mayor, Rodrigo, al que añadió el sobrenombre de Díaz de Vivar, en recuerdo del Cid Campeador del que él se decía descender, y el menor, Diego. A estos, y a los que hubo luego con otras damas castellanas, los llamaba la reina Isabel los bellos pecados del Cardenal, y el historiador Hernando Pecha decía de ellos que eran fruto de las travesuras del purpurado.

El Cardenal Mendoza se las apañó para que sus hijos fueran legalmente reconocidos. En 1476 la reina Isabel así lo hizo oficialmente. En 1489 lo hizo el Rey Fernando. Y en 1488 el mismo Pontífice Inocencio VIII, quien defendía el hecho alegando que por la flaqueza humana había tenido hijos el Cardenal, pero que los daba por legítimos. Ello sirvió para que fueran admitidos en la Corte, nombrados para importantes cargos del Estado, y elevados a la categoría de nobles. Al mayor, Rodrigo, se le hizo Marqués de Cenete, y a Diego le nombraron Virrey de Valencia tras haberle dado el título de Conde de Mélito.

Además, al mayor, que en su tiempo fue tenido por uno de los varones más apuestos, valientes e inteligentes de Castilla, se le casó con Leonor de la Cerda, hija del duque de Medinaceli. Esta boda, a la que asistieron los Reyes, se celebró en 1492 en Cogolludo, en el palacio que el padre de la novia había construido durante los años anteriores.

Pero los novios se fueron a vivir a otra parte: concretamente al castillo de Jadraque, que era propiedad, como hemos visto, del padre del novio, del Cardenal Mendoza, y que había mandado reconstruir de su vieja y medieval ruina al modo renacentista, como si de un palacio italiano se tratase, para que allí vivieran los jóvenes esposos. Los primeros años de amor de la pareja transcurrieron felices en aquella altura. Rodrigo recibió además el título de Señor del Cid, pues el Cardenal llamó así a la tierra de Jadraque: Condado del Cid, en cuyo sesmo de Durón estaba incluida, lo repetimos por si a alguien se le ha olvidado, esta villa.

La historia termina de malas maneras. A poco de casados los felices esposos tuvieron un hijo, que murió pocos meses después, de alguna de aquellas infecciones que, aunque leves, por la inexistencia de antibióticos se llevaban a los niños de este mundo en un abrir y cerrar de ojos. La madre, apenada al máximo, moría poco después, en 1497, allá arriba, en la altura castillera de Jadraque. Después, don Rodrigo Díaz de Vivar y de Mendoza, señor del Cid, marqués del Cenete, y señor de Durón, se marchaba para siempre de estas tierras…

Después de referirle esta historia, cuajada de amor y guerras, el aldeano pareció tomar confianza, y hasta él mismo me explicó otra leyenda que corría de generación en generación por el pueblo.

No hubo que forzar mucho la situación para terminar refrescando la memoria de otras cosas que en Durón quedaban más a la vista, como los hermosos edificios públicos con que aún hoy se adorna: la Casa consistorial, sede del Concejo; las Carnicerías públicas, la Iglesia parroquial, el rollo o picota, símbolo del villazgo, junto al que estábamos, el Calvario o humilladero, las ermitas, y tantos otros lugares y elementos que simbolizan su importancia pasada y el tesón que los antecesores de los vecinos de hoy tuvieron en conseguir y mantener que Durón ofreciera un nivel de vida bueno y cómodo.

Incluso saqué de la faltriquera el nuevo libro que acaba de salir sobre Durón (lo ha escrito Aurelio García López y se titula  “Historia de Durón y sus hidalgos”). Lo conocía ya el buen señor, y quedamos ambos en leer nuestros correspondientes ejemplares. De aquí a unos días.

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