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julio 12th, 2002:

Santamera con voz nueva

Aprovechando los días claros y las luces encendidas del verano, el viajero ha llegado a Santamera. Y esperando encontrarse un lugar (como hace algunos años quedó) abandonado a su suerte, vacío y destartalado, ha visto con alegría que no, que Santamera está viva, y al paisaje eterno de sus montañas picudas y sus umbrosas arboledas, se añade ahora la dinámica pirueta de sus habitantes, que vuelven a reconstruir su viejas casas, a darle valor de vida al entorno.

Por el camino que nace desde la carretera de Sigüenza a Atienza, solo cabe un vehículo. Así ocurre que al ir hacia allá me tengo que apartar en la cuneta porque otro me viene de frente. Buena señal es esta. Y al ver que todo es asfalto (y no tierra monda, como hace años) pienso que en el pueblo debe haber vida. Y así ocurre: me cuesta trabajo encontrar un hueco donde apartar el coche, pues hay turismos, camionetas, todo-terrenos y gente por aquí con carretillas, por allí con hormigoneras “de mano” haciendo tareas que se corresponden (a lo poco que el viajero de esto entiende) con las tareas propias de la construcción y reconstrucción de casas de vivienda). En resumen: que Santamera tiene voz nueva, voz de renacimiento, alegría de un futuro que sigue.

El lugar

Asienta este pequeño pueblecillo, pedanía de Sigüenza en el lenguaje administrativo, en unas agrestes estrechuras por donde el río Salado se junta al arroyo que baja desde Alcolea de las Peñas, formando un paisaje de bravía belleza y encantadores contrastes entre las rocas de variados colores y la vegetación multiplicada. Las paredes rocosas, los cerros empinados, y los arroyos se ciernen y enla­zan al caserío de típica y tradicional apariencia.

Aunque este cronista no tiene más que una limitada capacidad de descripción de la realidad, y una casi ninguna virtud literaria, se le mueven las yemas de los dedos por querer cantar y contar lo que en Santamera ha visto. El río suena con la alegría de un palacio moro, y en las alturas de los riscos que se levantan justo encima de la cabeza, parecen amenazar desde lo lejos unos aguiluchos a los que no les identifica más que por sus alas amplias y su volar pausado. A ras de suelo, lo dicho: coches, camionetas, ladrillos y voces de gente que construye y arregla casas. Un anciano me mira con curiosidad, como intentando reconocer al hijo de tal o al yerno de cual, que también se viene… marra, porque el viajero acaba de llegar a Santamera por primera vez en veinte años, y nadie le conoce por aquí, ni de pasada.

Se ha ido entreteniendo por el camino. Y poco antes de arribar al pueblo, incluso previo al cruce del río por un zigzagueante puente, se ha detenido a mirar, desde lejos, las salinas de Gormellón, que fueron utilizadas desde hace muchos siglos, y hoy todavía parecen estar en explotación mediante clásicos sistemas, pudiéndose contemplar construcciones y estructuras propias de esta minería de superficie, vivas aún desde remotos siglos.

Al viajero le sale la vena de cronista, y se pone a recordar lo que él mismo escribiera en un libro que ya está agotado pero que a casi nadie interesa. El lugar de Santamera fue conquistado en la primera mitad del siglo XI, por Fernando I, un rey de Castilla que anduvo picando aquí y allá por aumentar sus estados y acrecentar el número de sus súbditos que, aunque cristianos, hicieran la función de paganos (de impuestos). Santamera aparece entonces en antiguas crónicas con el nombre de ?Sancta Emerenciana?, perteneciendo poste­riormente al Común de Villa y Tierra de Atienza, desde que se creó por Alfonso VII en el siglo XII, usando su Fuero. Luego quedó incluido en el sesmo de Henares del Común o Tierra de Jadraque, pasando con todo este territorio a los sucesivos señoríos de los Carrillo (siglo XV) y de los Mendoza (siglos XVI al XIX). Sus habitantes se dedicaron siempre a las salinas cercanas, y al pastoreo, con un poco de huerta en las estrechas y siempre inseguras orillas del río Salado, que llega, entre hermosos y desconocidos paisajes, hasta El Atance, a través de desfiladeros sorprendentes.

Callejeando por Santamera

El aspecto del pueblo es muy característico: las calles están talladas sobre la roca. Varios puentes cruzan el río, y las casas, construidas de piedra y maderas toscas, presentan una apariencia de fortaleza y perennidad únicas. Hay una nueva, que han construido en forma de castillo centroeuropeo, con una galería volada sobre maderas en todo el perímetro de la casa, dando sensación de fortaleza inexpugnable.

La iglesia parro­quial es un gran edificio del siglo XVI, de puerta abierta a mediodía con ornamentación de bolas sobre la arquivolta única. Desde el oriente, se alza como un castillete sobre las tocas, dando mayor sensación de altura, su ábside y su torre. De una sola nave, el presbiterio se cubre con arquería de nervaturas de tradición gótica, muy al estilo de lo que los maestros canteros hacían en la región seguntina hasta bien entrado el siglo XVI. Lo más destacable en ella fue, en su tiempo, el retablo principal, que llenaba el muro del fondo del presbiterio. Este retablo, espectacular aún cuando estaba viejo y destartalado, se ha desmontado finalmente y llevado a la iglesia parroquial de Trillo, donde se ha restaurado y luce hoy con toda su fuerza de arte renacentista.

Aunque ya no esté aquí, creo que debe considerarse al altar de Trillo como cosa propia de Santamera. Se trata de una obra majestuosa del estilo plateresco, compuesta de un total de 19 pinturas sobre tabla, enmarcadas por ricos frisos, pilastras y todo tipo de ornamentación renacentista en madera tallada y policromada. Los asuntos de sus pinturas, de más que mediana calidad, se refieren a escenas de la Vida y Pasión de Jesucristo; se mantiene plenamente en el estilo de los retablos que, de talla y pintura, salen de los talleres de Sigüenza en torno a la mitad del siglo XVI. Ostenta también una buena talla de Santa María Magdalena, de la misma época.

En dicha iglesia parroquial se sigue viendo un altar dedi­cado a San Roque, obra del siglo XVII, con diversas tallas de santos y apóstoles. También guardaba (esta ya no la hemos podido ver ahora, nadie sabe nada de ella) una extraordinaria cruz procesional de plata repujada, hecha en 1551, obra de los talleres de orfebrería de Sigüenza en esa época, casi con segu­ridad de la mano y punzón de Martín de Covarrubias.

Y aún posee Santamera otro valor añadido: para los arqueólogos. En las afueras del pueblo, junto a las vallas del cemente­rio, se han encontrado muy curiosas muestras de cerámica primitiva, cronológicamente encuadradas en la Edad del Bronce final, con grabados incisos y excisos, muy curiosos, y que orientarán próximas excavaciones en busca de una posi­ble necrópolis celtibérica. Pero por todo el término, especialmente en su cerros y alturas máximas, existen señales muy llamativas de castros de la Edad del Hierro. Hace años, y acompañando a mi buen amigo el profesor Valiente Malla, trepé hasta el cerro del Padrastro, y, en jornada epopéyica y ya irrepetible, también al Casuto de los Moros, otro imponente cerro en cuya altura queda de un castro hasta los muros que servían de cierre a las puertas de la ciudad prehistórica. Allí, en uno de los polvorientos y ardientes caminos de acceso a esta acrópolis, me enteré en directo de cómo la víbora es, junto con el toro, el único animal que en España es capaz de matar a un ser humano (bueno, ahora también los perros, si se les enseña). El pequeño animal, molestado en su hábitat, se plantó delante de los caminantes y levantó más de dos palmos su cuerpo delgadísimo, presto a lanzarse sobre cualquier brazo o pierna. Acabamos con ella porque los humanos sabemos coger piedras y tirarlas en la dirección deseada. Fue una batalla desigual, en la que un ser mínimo demostró su valentía. Ahora, sin mucho interés por mi parte, no he vuelto a ver ofidios de estos virulentos, y sólo el canto de los pájaros (indistinguibles para este viajero que es más de letras que de ciencias) amenizaron el rato de paseo y admiración por Santamera. Las fotos que acompañan estas líneas dan fe de la variedad y hermosura del entorno, al que invito e incito a mis lectores a ir. A verlo, a estarse allí un rato, porque merece la pena.