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octubre, 2001:

HIJES: roja piedra serrana

 

El viaje por los linderos de la provincia, más allá de Atienza y más acá de la sierra Pela, nos ha llevado hasta Hijes, un pequeño lugar en el que aún quedan vivientes animosos que cuidan sus huertas, labran sus pedazos y sacan a pastar sus ovejas por los contornos. Desde la carretera que de Atienza va a Aranda de Duero, sale un desvío que primero pasa por Ujados, mínimo también aunque cada vez más cuidado, y tras Hijes lleva a Miedes (la capitalilla del contorno y aquel alto valle) pasando luego revista a lugar tan encantadores como Cubillas y Bochones, lo que nos permite cerrar el círculo y volver a la castillera Atienza.

Pues hemos visto en Hijes tan espectacular ejemplo de arquitectura medieval, que nos hemos quedado especialmente aquí, a admirar de una parte su caserío, de un subido tono rojizo porque en su composición impera la roca arenisca de esta zona frontera entre Guadalajara y Soria,  y de otra el templo parroquial que ha sido restaurado –magníficamente, por cierto- por parte de la Junta de Comunidades, en su campaña que ya va para varios años, de recuperación del románico rural de nuestra provincia.

Un templo sorprendente

Tiene Hijes una iglesia que debió ser planificada y construida en el siglo XII, aunque luego sufrió ampliaciones y arreglos. De lo primitivo queda su gran espadaña de poniente, de sillares poderosos y huecos para las campanas. Queda la puerta de acceso, abierta en el muro de mediodía, y queda entero el ábside, que cierra el templo por levante. Todos estos espacios y elementos han sido puntualmente restaurados, y ofrecen hoy un valor de viveza y pulcritud realmente elogiables. A la puerta, por decir algo, le han desvestido de su antiguo pórtico de paderas y añadido tejaroz, que ocultaba la prestancia de su decoración, y a los arcos que forman el ingreso se les ha hecho una limpieza total, quedando la belleza del rojo imperante de su piedra, sobre los oscuros y tristes tonos antiguos.

La puerta, de arcada semicircular, tiene tres arquivoltas planas, sin apenas abocinamiento. Las aristas de estos arcos son aboceladas, y en su parte visible se ven talladas numerosas rodetas, óvalos cuajados de perlas y ondulantes entrelazos: todo un mundo de sabiduría geométrica de raíz netamente mudejarizante. No es raro este aire, porque cerca, en Albendiego, y en Villacadima, quizás los mismos artistas medievales dejaron sus trazos tallados en la roca suave. También se decoran en Hijes las jambas que escoltan el vano de entrada. Lo hacen a base de rombos entrelazados y repetidos, estando las columnillas que sostienen a los arcos más externos culminadas por capiteles en los que aparecen tanto elementos geométricos bien dispuestos, como seres mitológicos (arpías enfrentadas) bajo unos cimacios que también muestran repetidamente yalladas finas palmetas y entrelazos continuos. En definitiva, una portada románica bella y sorprendente, que muchos no conocían porque simplemente estaba sucia y tapada, hasta hace pocos meses.

La cabecera del templo, el ábside plenamente románico también, aparece como muy elevado porque debido a la cuesta en que asienta el templo, lo tuvieron que hacer alzado sobre un alto zócalo. Se divide en tres paños mediante sendas columnas adosadas que culminan en capiteles simples, y que bajo el alero se acompañan de canecillos de nacela, muy simples. En los dos paños que quedan enteramente libres (el tercero tiene adosada la más moderna sacristía) se abren sendas ventanas de medio punto, con aristas vivas que se ribetean por simple chambrana.

El salón abierto que se forma delante del templo, en el espacio que clásicamente ocupó el cementerio, y hoy está protegido de barbacana, es además un lugar de reposo y silencio, también restaurado y cuidado. ¿Qué más poder decir de esta iglesia que, aunque ya conocida y publicada hace muchos años, he “redescubierto” arreglada y prístina? Poco más, a no ser que la recomiende vivamente a todos cuantos se dedican, aprovechando las jornadas festivas de sábados y domingos, por la provincia y admirar estos pueblos mínimos, estos monumentos aparentemente insustanciales, pero que juntos vienen a formar uno de los patrimonios artísticos e históricos más densos y gozosos de toda Castilla.

Un fragmento de China en Guadalajara

 

Muchos alcarreños se van a llevar la gran sorpresa, cuando comprueben dentro de poco tiempo lo amplio y curioso de la presencia china en Guadalajara. Ello va a ser posible cuando se inaugure (lo que está previsto hacer en los próximos días) la restauración del Salón Chino del Palacio de la Cotilla, hoy propiedad del Municipio, y lugar donde se imparten todo tipo de enseñanzas artísticas.

Desde hace un año que se convocó y aprobó el concurso para su restauración, se ha trabajado intensamente en ello, poniendo los más modernos recursos y las mejores técnicas, lo que ha llevado a que un equipo de restauradores, encabezados por Camacho, se hayan aplicado con diversas actividades en esta tarea, que se ha rematado con total éxito en poco más de un año. El costo para el municipio ha sido de 12 millones de pesetas, y el resultado estará dentro de unos días a la vista de todos: espectacular. Y, sobre todo, definitivo. La intervención sobre este fragmento del patrimonio artístico de Guadalajara ha sido salvadora y protectora.

Algo debemos decir ahora de este Salón Chino o Salón Oriental del palacio de la Cotilla, el lugar donde vivió (porque era el palacio propiedad de sus antepasados) el Conde de Romanones cuando venía a Guadalajara. Se encuentra en la primera planta del palacio de los marqueses de Villamejor, más conocido como “Palacio de la Cotilla”, y se accede a él bien por la escalera noble y amplia del recinto, o bien por el ascensor del que ahora dispone el edificio. Con un balcón a la plaza, y una puerta de acceso (que al parecer se hizo después de decorar la sala con el papel que nos interesa, pues faltan detalles del conjunto precisamente en ese lugar). Tiene otra puerta lateral de acceso desde habitaciones menores.

El palacio se construyó a finales del siglo XVII, y en su fachada lucen muros nobles en los que se combina el ladrillo con el aparejo de piedra caliza. Sobre el portalón de estilo barroco vemos el escudo de armas de los Torres, marqueses de Villamejor, a los cuales perteneció, entre otros nobles, el historiador de la ciudad y regidor perpetuo de su Ayuntamiento, don Francisco de Torres. A esta familia se ligó luego el marquesado de Villamejor, y a finales del siglo XIX pertenecía a doña Ana de Torres Córdoba y Sotomayor, que casó con Don Ignacio de Figueroa y Mendieta, capitán de Ingenieros y alcalde de Guadalajara en 1828. Fue senador por Guadalajara y murió en 1899. Entre otros hijos, este matrimonio tuvo a don Álvaro de Figueroa y Torres, político destacado del Régimen parlamentario del primer tercio del siglo XX, a quien le fue concedido el título de Conde de Romanones. El palacio de Guadalajara, que iba ligado al título de Villamejor, pasó a la muerte de doña Ana, en 1905, a su hijo Gonzalo, vizconde de Irueste y titular entre otros del marquesado de Villamejor. Le heredó su hija Marta Figueroa O’Neil, quien al morir en 1968 en estado de soltera se lo pasó a su sobrino Jaime Figueroa Castro, y poco después, y por evidente abandono del edificio y falta de pago de los impuestos municipales, el Ayuntamiento se lo expropió en 1972 a la familia Figueroa por un precio de tres millones y medio de pesetas, quedando destinado a lugar de enseñanza y cultura, que es lo que ahora tiene por cometido.

Sería en la segunda mitad del siglo XIX que fue decorada la gran sala noble del edificio con este papel chino que ahora vamos a admirar restaurado. Lo que primitivamente fueron dos habitaciones, se transformaron en una sola, muy grande, para albergar esta composición pictórica. Es curioso observar cómo en el extremo de la sala contrario a la entrada, aparecen dos columnas sosteniendo un amplio arquitrabe que forma una especie de recinto abierto, pero recogido, propio para centrar la atención del ocupante de la sala. Se ha especulado sobre la posibilidad de que este lugar se utilizara en su día como recinto de ceremonias masónicas.

El Salón Chino se cubre, y esto es lo esencial ahora, de una gran superficie de papel de pasta de arroz pintado a mano, y sin duda alguna en el Extremo Oriente, en la propia China. El salón tiene una superficie de unos 60 metros cuadrados, y la altura de sus muros alcanza los 4,2 metros. Las pinturas se extienden en tiras verticales de unos 50 cm. de ancho. La pintura original fue hecha con técnicas de gouache y acuarela.

Lo que se representa en estos muros es la vida entera de un pueblo chino. Aunque la primera impresión que lleva el espectador es la de un “revolutum” de personajes y escenas (se han contado 380 figuras humanas en él) enseguida se aprecia la estructura del complejo y la evidencia de edificios y personas ocupándolos, así como calles y plazas entre unos y otros, lo que compone un amplísimo espacio urbano. En cada uno de los edificios, decenas de personas se entretienen en actividades: se ve un Colegio lleno de niños en donde el maestro les enseña a leer los caracteres chinos en grandes desplegables. Se ve el palacio del jefe político del poblado, se ve un lugar de juegos y entretenimiento, una tienda, y una especie de bar, donde muchos habitantes del lugar realizan todo tipo de actividades. Hay soldados, unos a pie y otros a caballo, hay mujeres lavando, niños jugando y ancianos dando consejos…. es todo un complejo y hermoso mundo rural chino que aquí está descrito minuciosamente, y sirve para adornar y maravillar a quien los visita.

La costumbre de decorar salones con este tipo de decoración oriental se puso de moda en el siglo XIX, a través de los grandes comerciantes ingleses que con su compañía de Indias iniciaron el intercambio entre Oriente y Occidente. En Inglaterra aparecieron incluso artistas insulares que produjeron muchas decoraciones para casas y palacios ingleses. Pero es muy evidente que el papel que decora el salón noble del Palacio de la Cotilla está hecho realmente y originariamente en China. Los restauradores de esta pieza hicieron previamente a ella un minucioso análisis encontrando que esta decoración estaba pegada sobre otras dos capas de papel, y que cuando se había desprendido la decoración original, se había vuelto a pegar en varias ocasiones.

La tarea ha sido muy compleja: ha habido que recomponer escenas, cambiar algunos paneles de sitio, (así y todo hay uno, junto a la puerta de entrada, que no “casa” con ninguna otra escena) y repintar las escenas, además de endurecer y proteger el papel y los colores. Incluso el conjunto se ha adherido sobre soporte de madera, el cual se ha dejado unos centímetros separado del muro, para así evitar humedades y daños que pudieran llegarle desde el soporte. En resumen, una gran obra de restauración, un empeño generoso del Ayuntamiento, y un resultado magnífico. Con él, la ciudad puede sumar a la lista de su amplio y dignísimo patrimonio artístico, esta pieza curiosa y asombrosa siempre: el “Salón Chino” del palacio de la Cotilla, que muy pronto va a poder admirarse, además de servir como sede para actos culturales de escueta asistencia, pues no caben en el salón más de 50 sillas…

En definitiva, magnífica realización que evidencia el interés que en el Ayuntamiento y miembros de su Corporación existe por ir poco a poco recuperando el total de elementos patrimoniales que en nuestra ciudad han estado abandonados durante largos años. Con las imágenes que ofrecemos acompañando estas líneas, podrá el lector hacerse una idea de lo que ofrece en su interior el Palacio de la Cotilla. Y en tan sólo unos días, podrá admirarlo en directo e íntegramente.

El misterio de la Cueva de los Hermanicos

 

Fueron buenos los días del verano para descubrir nuevos espacios, remotos espacios en la Alcarria. Hacía mucho tiempo que tenía pensado buscar y visitar la «Cueva de los Hermanicos» en término de Peñalver. Buenos amigos como Doroteo Mínguez me animaron siempre a ir, a descubrir aquel lugar, santuario de la elucubración y la fantasía más desatada. Y al final me animé, acompañado de otro buen conocedor de los lugares más profundos e inquietantes de la Alcarria, el profesor García de Paz, que desde Tendilla imparte su amistad y entusiasmo.

Si uno empieza diciendo que en medio del monte, en un lugar realmente recóndito y complicado de acceder, existe un monasterio antiguo excavado completamente en la roca, a la mayoría podrá parecer una elucubración y una fantasía desatada. Si se toma la propuesta en un sentido muy concreto, es evidentemente una exageración. Pero analizando lo que se ve, y sacando conclusiones de lo que se ha encontrado allí, y de la historia de los lugares del entorno, no se exagera un ápice. Es la realidad estricta.

Una cueva en medio del monte

Para llegar a la «Cueva de los Hermanicos» conviene partir de Peñalver, en cuyo término se encuentra, en el barranco que llaman de los Cubos. A media ladera del poco profundo valle, entre carrascas y pedregales calizos, en una zona muy pendiente a la que cuesta llegar trepando, se encuentra la boca de la cueva, tallada evidentemente por mano humana, pues tiene los bordes nítidamente escuadrados. Antes, en el fondo del valle, hemos visto el profundo arroyo, que en pleno agosto lleva agua abundante, y las ruinas de un antiguo edificio, que pudo ser molino, o quizás casa monasterial, con una cueva añadida de socavamiento del agua. Es seguro que aquel edificio hoy ruinoso estuvo relacionado con la cueva.

Arriba, sobre la ladera de la montaña, se encuentra un espacio arrellanado escoltado de un murete de sillarejo, y en él se abre la boca de la caverna, por la que puede accederse a pie sin mayor problema. Enseguida nos encontramos con el derrumbe de la techumbre de la primera estancia, lo que podríamos llamar «el portal» del monasterio. Y ahí empiezan ya todos los problemas. Porque se hace difícil penetrar en el resto del recinto, debido a ese derrumbe, que estrecha el paso hacia las estancias que se abren a derecha e izquierda.

Al fondo de ese portal, hay una primera sala, cubierta de una bóveda de media naranja, de la que se contemplan todavía molduras de yeso, pintadas. Esa sala está también colmatada de derrumbes. Por un pasillo a la derecha, y ya trepando sobre grandes piedras caídas, se accede a lo que debió ser la capilla o mini-templo del monasterio. En él se ve todavía el altar, en cuyo frente se adivina el símbolo de la Orden de San Francisco, y los techos cubiertos de «piedras crespas», similares a las que se ven decorando las cuevas artificiales y las fuentes de rocalla de los jardines manieristas.

Por un pasillo también con derrumbes se puede acceder a la zona izquierda del monasterio, en la que se abren grandes salas, rodeadas de otras pequeñas como celdas. En la parte más honda del covacho, se puede discurrir a pie, sin tener que agachar la cabeza ni arrastrarse sobre el suelo, como ocurre precisamente en la entrada. Ni qué decir tiene que toda esta visita ha de hacerse con luz artificial, con linternas o lámparas de espeleología, pues la oscuridad en la profundidad del recinto es total. Un lugar, en definitiva, que impresiona, si no por la belleza, sí por la amplitud y sobre todo por lo que sugiere de historia y misterio encerrado en él.

No cabe hacer demasiadas elucubraciones sobre lo que en esencia fue aquella «Cueva de los Hermanicos» de Peñalver: un lugar de recogimiento eremítico de los frailes franciscanos de La Salceda. Eso es seguro, porque ya en los documentos y libros que hablan de aquel gran monasterio, hoy también en ruina y abandono total, entre Tendilla y Peñalver, se habla de estas cuevas como de las originales en las que fray Pedro de Villacreces y sus compañeros reformadores iniciaron su vida de recogimiento y eremitismo en el siglo XIV. Tanto en el «barranco del Infierno» de Tendilla, como en este de los Hermanicos de Peñalver, que está relativamente cerca del otro, se recogieron en cuevas y cabañas los franciscanos reformistas del siglo XIV. Después, con los siglos, se construyó el gran convento de La Salceda o de Monte Celia, en el que vivieron gentes de fama tal que San Diego de Alcalá, el Cardenal Cisneros, el arzobispo Pedro González de Mendoza, etc. Hay leyendas, de las que corren de boca en boca de las gentes alcarreñas, que dicen que aquí vivían los frailes castigados, o que aquí guardaban sus tesoros, o que en una época del siglo XV quedó abandonado el inicial lugar de La Salceda y se refugiaron aquí los frailes, o que algunos de ellos, durante siglos, escogían venirse aquí como penitencia, en Cuaresma, imitando el retiro en el desierto de Cristo.

Cuando hace unos 30 años, el cura de Peñalver don Cecilio, animó a los jóvenes de entonces a dedicar los días de las vacaciones a limpiar y mantener esta cueva, se encontraron cosas curiosas, como por ejemplo el pavimento de la entrada, de la iglesia y de las salas anteriores: estaba formado por cantos rodados de colores, formando decoración geométrica. Se encontraron también piedras muy bien labradas, un pie de una estatua, un molde de escayola con la inscripción «Xto. de Ribas» y fragmentos de vidrio que compuestos ofrecían la forma de una botella muy fina y elegante. Se encontraron restos de telas, de cinturones, y la evidencia de que existió un horno (quizás para hacer pan). En pocos años, menos de treinta, todo ha vuelto a derrumbarse, y hoy, como digo, es prácticamente imposible visitar al completo el lugar. En nuestra visita de este verano, hemos desarrollado un plano que adjuntamos con estas líneas, y que creemos es el completo, más amplio del que hace un par de años publicó Muñoz Jiménez en los «Cuadernos de Etnología e Guadalajara» cuando habló de los eremitorios rurales de la Alcarria, considerando uno de ellos a esta «Cueva de los Hermanicos».

Un lugar de oración y fábula

A cualquiera que le guste descubrir las curiosidades de la Alcarria, le vendrá bien acercarse a esta «Cueva de los Hermanicos» de Peñalver. Va a descubrir cómo en medio del campo, en el lugar más recóndito aparece la huella de la vida intensa. Los hombres y mujeres de hoy somos urbanitas, no comprendemos nuestra actividad diaria fuera del asfalto y lejos de los automóviles. Aquí, la vida se adivina antigua y simple. Para llegar al lugar hay que trepar un monte, escurrirse unas cuantas veces sobre las piedras sueltas y agarrarse a las matas de tomillo o a los troncos de las carrascas. Esa era la forma de vivir, hace ahora muchos siglos, de gentes que sacralizaron el paisaje agrio y crearon el «desierto» bíblico en el monte de la Alcarria. Como decía Dervon J. Chitty, el eremitismo viene a ser la construcción de una nueva sociedad, de una ciudad de nuevo cuño, en medio de la nada, del desierto. En ese lugar remoto, extraño y silencioso, al que recomiendo ir con veneración y respeto, se palpan siglos densos de vida y ocupación. Una vida que, vista la que hoy discurre, parece interpretada por seres de otro planeta. Frailes franciscanos, eremitas que eran capaces de pasar su vida en el interior de oscuras y estrechas cuevas, orando, meditando, comiendo lo que la tierra producía al compás de las lluvias, leyendo lo que escribieron en lugares similares los patriarcas de la Sagrada Escritura, escribiendo ellos mismos sobre papeles que desaparecieron para siempre…