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Por el pinar de Sigüenza

 

No es mala época esta del verano, del agosto pleno, hacer un paseo, o muchos paseos por el Pinar de Sigüenza. Siempre ofrece algo nuevo, una perspectiva inédita, una sorpresa paisajística, un gozo de olores. El Pinar de Sigüenza es un mundo en sí mismo, que no se termina nunca de conocer, y que le añade a la ciudad un valor añadido. Un valor al que no acceden los circunstanciales paseantes y turistas de fin de semana, porque con mirar el castillo/parador, la catedral/dondel y la Alameda/oficina de turismo, con el paréntesis central y obligado del comer/búsqueda de mesa libre, ya tienen bastante. El Pinar de Sigüenza es solo apto para veraneantes, para quienes pasan al menos 15, 20 días en Sigüenza. Sea la época que sea, pero mejor sin duda esta del verano, porque con el calor los pinos (pinos resineros, pinus pinaster) expresan su olor más dulce.

Un libro que lo explica todo

Y viene esta introducción a cuento de un libro que acaba de aparecer, y cuyo autor es don Manuel Fernández-Galiano Peyrolón. Un libro magnífico que ha sido editado por Ibercaja en su Colección de “Guías de la Naturaleza”. Es el número siete de la misma, y en ella han aparecido antes libros dedicados a los Pirineos, a las Sierras Ibéricas y al arco de Levante. En esta ocasión, y con el título de “Serranías de Guadalajara” se ha conseguido ofrecer una obra delicada y bien hecha, un complemento perfecto para andarines y viajeros: una guía hecha a conciencia, con datos, imágenes y propuestas. En ella destaca (al menos a mí me lo ha parecido) el capítulo dedicado a Sigüenza y su entorno. Quizás tenga de ello la culpa el hecho de que el autor, y su familia, lleve veraneando más de 60 años en Sigüenza. De ahí que la visión del Pinar sea precisamente esa, la del veraneante, la de quien año tras año se ha paseado por los caminos y las praderas del sotobosque, ha admirado la masa densa y olorosa de los árboles y ha descubierto las formas intrépidas de las rocas.

Propone Fernández-Galiano en su obra diversos paseos por el Pinar de Sigüenza. Yo los recomiendo todos, porque todos los he hecho, y siempre me han dejado buen sabor de boca. Alguno más hay, pero quizás sea mejor que el lector lo descubra por sí mismo. Bajar andando, desde por la mañana, a través de la carretera que sale de detrás del castillo, o por el arco del Toril, bajar por el camino que sale a su derecha y va rodeando primero la muralla para luego cruzar ante “El Bosque”, la finca amurallada que marca el inicio del paseo hacia la “Piedra del Huso”, uno de los más espectaculares monumentos de la Naturaleza en el entorno seguntino.     

En este libro se proponen varias rutas que nos harán conocer el Pinar de Sigüenza, esa masa arbórea densa y bien conservada que se extiende al norte de la Ciudad Mitrada, y se delimita por las carreteras que desde ella salen en dirección a Bujarrabal por un lado y a Barbatona por el otro. Ir hasta el Santuario de la Virgen de la Salud atravesando el Pinar es uno de los obligados quehaceres de todo buen veraneante en Sigüenza.

La primera de las rutas es la que nos lleva al Cementerio. Aun siendo muy corta, para quien quiera entrenarse es suficiente. Y para tomar contacto con este bosque sutil y diferente: en los alrededores del cementerio seguntino, que es uno de los más agrestes que conozco, se levantan unas rocas desde las que pueden contemplarse, en vista inédita y majestuosa, la catedral y el castillo. Desde el levante, y especialmente en las primeras horas de la mañana, iluminados como para una fiesta, se alzan estos dos monumentos capitales de la ciudad, rojizos y dorados, valientes.

Otra de las rutas es la que va por el camino de El Vado y busca la Piedra del Huso. Saliendo de la puerta del Toril, como antes he dicho, y bajando por el camino que aparece a la derecha, tras pasar delante de la finca amurallada “El Bosque” y las instalaciones deportivas de la Sagrada Familia, se encuentra el caminante con las rocas areniscas que en mil formas parecen mostrarse parlantes y decididas. La Piedra del Huso tiene más de 30 metros de altura sobre el suelo, y según se la mire parece el perfil de un guerrero, o el rostro agresivo de un leopardo. En esa zona, que va junto a un riachuelo, además de los pinos omnipresentes aparecen árboles de ribera: chopos y sauces.

Otro lugar al que ir son las praderas de Valdelagua. Allí hay una fuente, parrillas y mesas para hacer la comida un poco más amable. Se sigue el camino de los Arcos, una vez salidos de la ciudad vieja por el arco del Toril en la Plaza Mayor. Al final de ese paseo, de chalets y arbolado, nos encontramos con la Fuente Nueva, una fuente en medio de un parquecillo que fue trasladada de lugar, y desde allí asciende el camino que se adentra en el Pinar. Atravesando el Vado, tras dos kilómetros de marcha se llega a Valdelagua, siempre fresco y verdeante, donde abundan las jaras, la brecina y los pinos heridos para sacarles, una y mil veces, la resina.

Aún ofrece Fernández-Galiano, en los alrededores de Sigüenza, visitar la Fuente del Abanico, que está a poco de salir de la ciudad en dirección a Alcuneza, en el borde mismo de la carretera: lugar de acampada, meriendas y simple paseo. Umbrosa y amable. Enfrente está alzado el cerro de Villavieja, una pelada eminencia que fue (o se supone que fue) sede de la primitiva ciudad celtibérica de Segontia. Tras ese cerro se abre permanente la fuente Hermosa, de abundante agua. Y ya para terminar, para completar una visión naturalista, plagada de árboles y humedades, en torno a la ciudad de los Obispos, ir hasta la Huerta de los idem, que es el Colegio de los hermanos Maristas, hoy residencia para religiosos jubilados. Junto al Henares, y rodeada de inmensa muralla con puertas artísticas y rejerías blasonadas, se abre esta que fue huerta planeada por el obispo Díaz de la Guerra para plantar moreras y experimentar en cultivos. Era el siglo XVIII y expresaba así su afán de progreso e investigación. Hoy dejan mirar los jardines, y, con algo de suerte, los diversos museos que los religioso han ido formando con animales vivos, especies arbóreas y vegetales autóctonas, aperos de labranza, etc.

En cualquier caso, una visión “veraniega” y distinta de la ciudad de Sigüenza, que tiene en su Pinar un verdadero pulmón envidiable. Y una oferta sugerente, el libro “Serranías de Guadalajara” de Fernández-Galiano Peurolón, editado por Ibercaja, y que es una verdadera oferta de cultura natural, turismo sincero y apoyo al medio en el que vivimos. Un aplauso a todos los que lo han hecho posible.

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