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julio 20th, 2001:

Atanzón, blanco de cereales

 

Está la meseta de la Alcarria blanca ya, pero de cereales recogidos. Hace pocas fechas, cuando se alzaron los viajeros, pasadas las cuestas de Iriépal y Centenera desde Guadalajara, hasta la llanura de Atanzón, aún oscilaba el horizonte entre el amarillo oscuro del trigo y el cano plata de la cebada. El sol, ardiente ya, de la primera mañana, deja la mancha de cualquier pueblo como un oasis en el paisaje abrasador de este verano tan caliente. La imagen del albor, de la luz, de la llama viva, es lo que nos queda tras subir a Atanzón y pasear sus calles, recorrer su entorno, mirar sus edificios, hablar con sus gentes.

El motivo del viaje fue recordar otra vez la presencia clasicista de su templo parroquial, vivir la grandeza de su plaza, mirar la villa entera desde las eras altas. Pero hacerlo con un libro en las manos, una publicación que hace unos meses apareció con el título “Atanzón, imágenes de un siglo” y que supone la recopilación impresa de docenas de fotografías en las que se muestra la vida y la imagen de Atanzón: se han sumado (salidas de los álbumes familiares, las carpetas de gomas, y los baúles enormes) las fotografías en que se hacen vivos los abuelos que se fueron, y aún muchos de los que viven y han protagonizado fiestas, visitas, semanas santas y cabalgatas de reyes. Edificios, costumbres y un largo etcétera, que hacen de este “libro de estampas” una acertada remembranza del Atanzón del siglo XX.

Únicamente nos ha extrañado que el autor de las breves líneas de texto que preceden al catálogo de imágenes, dé muestras de lo escaso de sus lecturas referentes a su propio pueblo, al que sin duda quiere y admira: cuando hace memoria de lo que hasta la fecha hay escrito, nos dice textualmente que “las relaciones confeccionadas por dos escribanos de Felipe II, allá por el año 1570; las revistas de “El Pregón” órgano informativo de la Asociación Cultural Carravilla, encuadernadas en el año 1995, y este ejemplar que tenemos en nuestras manos, son las únicas publicaciones contrastables hasta el día de la fecha que recogen la densa historia…..” de Atanzón. Existe un libro, valioso por lo bien escrito y por la cantidad inmensa de noticias y descripciones que da del pueblo, que se titula “Historias de Atanzón” y cuyo autor es el conocido escritor alcarreño Felipe María Olivier López-Merlo, quien lo publicó en 1985, y me consta, no hay casa en Atanzón que no tengan un ejemplar del mismo.   

Casas y cosas

Los viajeros se han encontrado, rondando la iglesia y su portada señorial de corte manierista, con un buen cicerone del pueblo, con Ángel Ayuso, que ahora pasa sus vacaciones en Atanzón. El vivió aquí siempre, y se conoce las calles, las plazas y los alrededores con todo detalle. Recordaba como fue en su casa de la plaza del Olmo donde Olivier pasó los años de la Guerra civil, como evacuado con su familia desde la capital. Y nos vuelve a recordar la historia de Marigarcía, la moza de dos cabezas, y los misterios de las cuevas y castilletes que existen por el término. Se asoma hasta una balconada donde se ve, a nuestros pies, el hondo río Ungría. Es la Vega que aquí llaman, donde aún quedan los viejos molinos que hoy se han restaurado, y en ellos habitan importantes personalidades del mundo político y empresarial. Por caminejos que suben y bajan entre olivares y choperas, se puede llegar a Valdeavellano, el pueblo frontero que se adivina al otro lado del valle. Ángel se deshace en atenciones, y nos va dictando su memoria fiel de hombre de pueblo alcarreño: la picota aquí, la ermita de la Soledad allá, la plaza del Horno, el nuevo parque… su menuda figura se queda señalándonos, desde la puerta de la iglesia donde lucen limpios y cuidados los escudos del linaje de los Gómez de Ciudad Real, la casa donde él vive, en la esquina de la plaza, cuidando del sol sus balcones con unas grandes, unas solemnes persianas pintadas de verde.

Los viajeros suben luego hasta las eras, y admiran la vista saludable del pueblo de Atanzón. En el centro, como un adorno excepcional, y bien cuidado, el templo parroquial, cortado a plomo en sus aristas, y valiente en peana de piedra sobre la plaza. Una imagen que pinta el lugar y al cronista le trae memoria del día que se inauguró la obra de restauración, cuando era párroco y tenaz defensor de aquellos muros don Luis Herranz, hoy encargado de cuidar todo el patrimonio artístico de la diócesis. Nunca en mejores manos podría haber caído esta tarea…

Todavía nos da tiempo a visitar la ermita de la Soledad, también limpia y digna, con su atrio abierto y la portada de ingreso doble, tan frecuente en las ermitas alcarreñas. Junto a ella está el parque de Celedonio Fidel, que se concluyó hace unos meses, y que lleva ese nombre en homenaje al vecino de Atanzón que puso su tiempo y su pasión en dejar, como un Cirilo Rodríguez de la pelada Alcarria, hecho un vergel lo que antes era una costanilla pedregosa. Hemos escuchado allí, en ese parque sencillo y silencioso, el griterío de los pájaros de la mañana. Y hemos probado sus asientos de piedra, leído sus memoriales tallados, oído el rumor del agua de sus fuentes. Este parque de Celedonio Fidel en Atanzón, frente a la ermita de la Soledad, es de esas sorpresas que proporciona la Alcarria a quien, como hacen los viajeros, la recorren a menudo, esperando que surja el milagro, la sombra, los trinos…. y estos siempre aparecen, fieles y atentos. Realmente merece la pena hacer el viaje hasta Atanzón, aunque solo sea por estar sentados, en la sombreada mañana del verano, bajo las acacias de este pequeño parque aldeano.

Luego siguen las otras ermitas. La de la Concepción, también muy arreglada, y el rollo, ya en la carretera de hacia Caspueñas, con su prismático corpachón medieval, del que dicen sea quizás la más antigua de las picotas de nuestra provincia. Para otro día dejaremos la visita a las ruinas de San Marcos, que se adivinan en la lontananza como un prometedor descubrimiento de antiguo castillo olvidado de todos, sobre los campos. Hay que llegar a pie, o con vehículo de fuerza a las cuatro ruedas. Pero los viajeros harán cualquier día su periplo de alcarrias, y subirán hasta el otero que trae en el aire susurro de leyendas y evidencias de arquitecturas militares.

Ahora se vuelven a Guadalajara parando en Centenera, en Lupiana, en Horche…. mirando muros densos, veletas aburridas, aldabones cenicientos. Una tierra en la que se encuentra memoria en cada esquina, memoria viva como la que ha recuperado este libro sobre Atanzón que se ha podido publicar gracias a la colaboración económica de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, atenta siempre a la promoción de la cultura en cuerpo de libros, a la evocación en forma de fotografías, al empuje de viejas tradiciones castellanas en forma de fiestas y romerías.