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Los Lara, condes de Molina

Dice el historiador Julio González de los Lara: No hay en Castilla, durante todo el siglo XII y principios del XIII, una familia tan influyente como la que ostenta en sus escudos de armas los dos calderos, símbolo que, unido al pendón, representa las numerosas compañías que la casa levantaba entre sus vasallos. Repartido por pendones, reposteros, sepulcros, muros de iglesias y palacios, gualdrapas de caballos y cortinajes, este escudo fue temido y admirado por Castilla y León durante la plena edad Media. Un símbolo que con exactitud definen los heraldistas posteriores, como un campo rojo sobre el que asientan, en vertical, dos calderas jaqueladas de oro y negro, de cuyas asas surgen siete sierpes verdes en cada una.

Ya en el siglo XI surgen sus primeros personajes. Nobles de la Corte castellana, que han reunido multitud de tierras en la cuenca del alto Arlanza. El año 1089, encontramos por vez primera mencionado el señor de Lara: se trata de don Gonzalo Núñez, magnate en la corte de Alfonso VI. Serán sus hijos los que, con rapidez y garra, añadan a la casa nuevas y abundantes tierras desde las Asturias de Santillana a la Extremadura del Duero. Los hijos del creador de la casta son Rodrigo González y Pedro González. El primero, y mayor, fue señor de amplios dominios en las Asturias, Cantabria y Castilla primitiva. Casó con la infanta doña Sancha, hija del rey Alfonso VI, y éste, tras la conquista de Toledo, nombró a su yerno teniente y alcaide primero de la gran ciudad del Tajo. Su hijo Pedro Rodríguez alcanzó al cargo de notario real en la corte de Alfonso VIII, viviendo a lo largo del siglo XII. Y más tarde su hija doña Mencía escribirá también otra gloriosa página en la historia de Castilla, al fundar en 1189 el monasterio de San Andrés de Arroyo, en la comarca de Ojeda, donde fue abadesa hasta su muerte, y donde reposa en magnífico arcón de tallada piedra cubierta de su escudo.

El otro hijo del fundador de la estirpe, don Pedro González, medró con demasía en la corte leonesa. Este noble trajo a esta tierra gentes como el duque de Narbona y a Armengol VI, conde Urgel, introductores de una fructífera corriente cultural que sería en la época de su hijo don Manrique cuando tendría su más alto apoyo. Casó Pedro González con Eva Pérez de Traba, de antigua e influyente familia gallega. Con ella tuvo una descendencia que daría, definitivamente, renombre universal a la familia Lara.

Así, a don Nuño Pérez de Lara que si no fue el mayor de los hijos, sí gozó del más alto prestigio y alcanzó sin peros la capitanía del clan. Primeramente alcanzó el grado de alférez de la corte de Alfonso VII, y de regente en la minoridad de Alfonso VIII, en la que fue designado como amo de rege don Alfonsi y tenente curia regis Aldefonsi. En esta protección de los Laras ocurre el episodio de la Caballada de Atienza, expresión del irrenunciable afán castellano de distinguirse del reino godo leonés. Don Nuño Pérez se ocupó de fundar monasterios (así el de Perales, en 1160) y de hacer donaciones benéficas de todo tipo. Su arrogancia y hábil politiquear fueron siempre reconocidos y envidiados. Murió en 1177, luchando junto a su rey en el cerco de Cuenca. Sus hijos tuvieron varia suerte. Pues si el mayor, don Fernando, durante mucho tiempo capitaneó la casta de Lara, finalmente tuvo que exiliarse a Marruecos, muriendo allí. Otros fueron don Alonso Núñez de Lara, residente y acaudalado magnate en Galicia.

El segundo de los hijos de Pedro González fue Álvaro Pérez de Lara, más gris que sus hermanos, pero con ellos metido en la piña de la poderosa familia que durante un siglo llevó las riendas castellanas. Tuvo ciertos cargos en las cortes de Alfonso VII y de Sancho III, y murió en 1172. Sus hermanos se distribuirían el reino en zonas de clara influencia, y así mientras el cabeza de grupo, don Nuño Pérez, abarcaba la Castilla Vieja con las tierras de Bureba, Oca, Lara y muchos otros alfoces en Castilla y en Tierra de Campos, el otro de los hermanos, don Manrique, extendió su área de dominio por la Extremadura y la Transierra, en contacto permanente con la frontera de los moros.

Es este don Manrique Pérez de Lara, el hijo mayor de Pedro González, el que más nos interesa ahora por haber puesto el apellido y los calderones de Lara en las páginas de la historia de Molina. Ya en la corte de Alfonso VII ocupó el relevante cargo de alférez real. Con Sancho III será principal valido, y luego durante una temporada se constituyó también, lo mismo que su hermano Nuño, en ayo y custodia del rey niño Alfonso VIII. El año en que éste hereda la monarquía don Manrique aparece en los documentos señalado como manente super negocia regni, ministro y amo del gobierno de Castilla. Ya de antes había adquirido amplios territorios: unos en tenencia, especialmente en la Extremadura, Transierra y nuevas tierras conquistadas. Fue así el delegado regio en los alfoces de Atienza, de San Esteban de Gormaz, de Ávila, de Toledo, de Baeza y aun de Almería a raíz de su reconquista. Desde 1129 era señor y conde de Molina, inmenso territorio, en la cabeza de la Celtiberia, que al parecer había sido reconquistado previamente por Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, y, a ratos, de Castilla. En Molina asentó la familia Lara su nombre y su gloria última. Dio un famoso fuero a su ancho territorio, constituido en Común de Villa y Tierra, prestigiando con sus fórmulas, y poniendo en su modo más claro y bello, el sistema comunero, justo y democrático, del gobierno de las gentes castellanas. Don Manrique casó con Ermesenda, condesa de Narbona, hija del duque Aimerico. Por parte de estas gentes, que llegaron a Castilla acompañados de su corte, sus sabios y sus clérigos, entró en nuestra tierra un soplo cultural de nuevo corte que cuajaría aquí en formas varias: El arte románico seguntino y molinés, de clara ascendencia gala; fundaciones de monasterios, de cabildos, etc. Así los cuatro primeros obispos de Sigüenza fueron franceses, aquitanos y narboneses por más señas. También francés Juan Sardón, el creador del Cabildo molinés. Y franceses los canónigos regulares de San Agustín que se establecieron en Buenafuente, en el Campillo de Zaorejas, en la Hoz de Corduente, en Sigüenza, en Atienza y en Albendiego. Murió don Manrique en 1164, haciendo la campaña de Huete: junto a Garci‑Naharro, en un cruel enfrentamiento con su secular enemigo, el jefe de la familia de los Castro.

En la ocasión, heredó la mitad del señorío de Molina su viuda doña Ermesenda, y la otra mitad va a manos de su hijo mayor, don Pedro Manrique de Lara. Consiguió éste quedarse con la tenencia de Atienza, que la ostenta, por tanto, desde 1164, y pronto añadió otras, lo que le confirma en el valimiento real: en 1174 obtuvo la tenencia de San Esteban de Gormaz; desde 1173 tuvo la de Toledo; y las de Cuenca y Huete las consiguió en 1188, manteniéndolas hasta su muerte, en el comienzo del nuevo siglo. Por supuesto, continuó con el gobierno de alfoz de Lara y otros territorios de la Extremadura. En 1177 participó de manera notable, junto a su ejército molinés, en el cerco y toma de Cuenca, y posteriormente muchas pertenencias, entregando algunas de ellas a la orden de Calatrava. Fundó varios monasterios en tierra de Molina (Alcallech, Grudes y Arandilla, éste para su enterramiento) y protegió al de Huerta. Su muerte fue en 1202. Casó tres veces: la primera con la infanta doña Sancha (con la que tuvo a García Pérez y a Aimerico, éste vizconde de Narbona), y las sucesivas con la condesa Margarita y la condesa doña Mafalda, de quien tuvo a Gonzalo Pérez, que heredó de su padre la mitad del señorío de Molina, y de su hermanastro García Pérez la otra mitad, pues él la había recibido, a su vez, de su abuela doña Ermesenda. De este tercer matrimonio nació también Rodrigo Pérez, merino mayor del Rey.

La historia y vicisitudes de la familia Lara como señores y condes de Molina, se ve condicionada en el siglo XIII por los vaivenes de la política castellana y leonesa de esa centuria. Cuando llega al trono Fernando III, da rienda suelta a sus afanes unificadores, e intenta, por muchos medios, mermar las facultades y libertades que señoríos y comunidades poseían en Castilla. En Molina es conminado a dejar su jerarquía el tercer conde don Gonzalo Pérez de Lara, poco después sitiado y vencido en el castillo de Zafra, surgiendo de allí una concordia por la que el heredero del Señorío será la hija del tercer conde, doña Mafalda, a quien nunca hubiera correspondido por línea normal. A ésta casaron con el infante don Alfonso, hermano del rey Fernando, y de ellos nació doña Blanca, quinta y magnífica señora, que a través de su hermana María de Molina, dejó caer el Señorío en manos de la Corona castellana.

A partir de ese período la estrella de los Lara palidece y poco a poco se eclipsa. Su cometido, su misión universal estaba realizada. Su paso por la historia de Castilla, de sobra reconocido como relevante. Y sus figuras, sus hombres principales, fijos ya en el cuadro de notables del país, y de esta tierra nuestra de Guadalajara.

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