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Molina en el recuerdo: la etapa árabe

Repasando, a breves trozos, la historia de Molina de Aragón y su territorio, llegamos hoy a plantarnos ante una de sus épocas más oscuras, por la escasa información documental existente, cual es la islámica. Que dura exactamente un siglo largo, entre el año 1000 y el 1129, más o menos. En ese siglo, que es el once entero, Molina estuvo bajo el control político de los árabes, pero de un modo muy especial, que vamos ahora a recordar, extrayendo datos de aquí, conjeturas de allí, y un poco de adobo de sentido común histórico.

La llegada de los árabes a la Península Ibérica, a comienzos del siglo VIII, se enmarca en una dinámica de expansión geográfica sustentada en teorías religiosas. Encontrar una estructura política muy débil, como era la España del Conde don Rodrigo, y una pasividad (o una ignorancia) de la población ante los cambios, permitió a los árabes en poco tiempo tomar el control político de la Península entera. Por entonces el territorio molinés debía estar prácticamente desierto. Frío, áspero, fuera de los caminos junto a los ríos, aquí vivían muy escasas comunidades de pastores, con una raíz celtibérica casi pura. No existe ningún dato que nos haga pensar en asentamientos árabes, al menos durante la época del Califato. Pero es al romperse este, tras la muerte de Hixem III en 1030, cuando se establece la fragmentación de esa previa unidad de Al-Andalus, y la España islámica se convierte en un conjunto de innumerables pequeños estados o reinos de taifas. Zaragoza siempre había sido una ciudad crucial en la España islámica, cabeza de la Marca o frontera superior, y es en esa época, a comienzos del siglo XI, que un árabe de la tribu de Chedam, Soleimán ben Hud, se alza con el poder en la ciudad y valle del Ebro, abriendo una nueva línea dinástica en el territorio. Un hijo suyo se hace rey (por no llamarle reyezuelo) en Calatayud (es Adidod-danla) y otros parientes se independizan en Albarracín, Medinaceli, Daroca y Huete. A Soleimán de Zaragoza le hereda su hijo Ahmed I, y las taifas mencionadas se reafirman en su independencia. Todas sobre territorios pobres y poco poblados. De ese momento, la mitad del siglo XI, nos dice Menéndez Pidal en su obra La España del Cid que el territorio molinés estaba poblado con familias de etnia bereber, muy arabizadas. Pocas debían ser, y además estaban localizadas solo en la ciudad, entre el alcázar heredado de un antiguo castro celtíbero, y el río, siempre dador de vida.

Hay constancia de la existencia de al menos tres reyes árabes en la taifa de Molina. Creada sobre un territorio despoblado, en el que nadie había hecho intención de proclamarse dirigente, Sanz y Díaz nos dice que quizás ya desde el año 993 hubiera rey taifa en Molina. Es muy improbable, porque entonces el Califato lo controlaba todo. Será más bien a partir de ese año, 1036, cuando se diluye el Califato, que alguien con fuerza y ganas se decidiera a proclamarse, por su cuenta, rey islámico de Molina. Tres son los jerarcas que contabiliza la historia: Hucalao, Aben-Hamar, y Aben-Galbón, también llamado Aben-Kanhón o Aben-Cano. Hay noticias fugaces y poco fidedignas de un cuarto reyezuelo, de un tal Bucanlo, anterior a los otros. El arzobispo historiador Rodrigo Ximénez de Rada en su Historial Arabum nos dice que el Rey Fernando I de León obligó «al rey moro de Molina» a pagarle tributos. Y en otras crónicas aparecen estas relaciones, generalizadas a los sucesivos reyes de Castilla y León con respecto a los reinos taifas fronterizos del sur: se permitía su gobierno en áreas y ciudades pobres, fácilmente controladas, a cambio de que los reyezuelos pagaran fuertes sumas al Estado cristiano. Así, en la fuente más importante de información al respecto de la Molina islámica, como es el Cantar de Mío Cid, se nos dice que Aben-Galbón, el rey molinés amigo y protector del Cid, es un jerarca muy hispanizado (querrán decir muy castellanizado, pues él mismo también era hispano) y tolerante, siempre en contacto con las costumbres cristianas mozárabes. En cierto momento, Aben-Galbón pidió ayuda a Ruy Díaz de Vivar para defenderse del monarca que los almorávides habían puesto en Valencia. Este grupo de bereberes intransigentes y crueles, fundamentalistas del siglo XI, arrasó España un par de veces, haciendo la guerra a árabes y a cristianos. El Cid protegió a su amigo. Seguro que cobró, porque el Cid era, en definitiva, un guerrero mercenario que estaba a lo que le encargaban. Pagar impuestos a cambio de protección hoy huele a mafia, pero a eso se dedicaba el Cid, que en determinados momentos de nuestra historia anduvo cerca de ser beatificado.

Así pues, tres reyes moros: Hucalao, Aben-Hamar y Aben-Galbón, se sucedieron a lo largo de un siglo, de 1036 aproximadamente, a 1129, gobernando un territorio exiguo, probablemente tan sólo la ciudad de Molina, el alcázar, el burgo medianamente amurallado, el puente sobre el río Gallo, y algunos puestos fortificados, viejos castros, torreones vigías, en el camino que desde las alturas de Medinaceli (alto Jalón) se dirigen hacia el valle del Jiloca, puerta del reino valenciano. Teniendo incluso, sobre ese territorio mal definido, exiguo y pobre, a veces la mano puesta, generalmente pedigüeña de impuestos, de los reyes taifas de Zaragoza y Albarracín.

El escritor Sanz y Díaz, que publicó en 1982 una Historia verdadera del Señorío de Molina, dice al respecto de la dominación árabe en este territorio, algunas cosas que aunque traídas por los pelos, pueden servirnos para terminar esta visión histórica con un cierto tono de humor, dándonos lugar a la reflexión sobre lo que de real pueda haber tras sus detalles. Dice, por ejemplo, que la influencia de los árabes en Molina llegó hasta el mismo siglo XX en que él vive. Y da como razones dos de peso: el uso generalizado entre los molineses de pueblo de la ancha faja, y la utilización del pañuelo anudado a la cabeza, en plan maño, como herencia clarísima del turbante islámico. Otro detalle árabe sería la forma en que se llama la gente en los pueblos de Molina: decirle a uno «Antonio, el del tío Gabino» es equivalente a la forma árabe de denominar a la gente por su nombre y el dato de quien es hijo, sustituyendo así al ibn o ben islámico. De la misma manera es reminiscencia mora llamar a la gente por su nombre y el de su oficio, «Mateo, el herrero» como hacían ellos. Los nombres de algunos pueblos (Alcoroches, Alustante, Algar…) serían remembranza de esa presencia, más algunas leyendas que quedan vivas y transmitidas de abuelos a nietos, como la de «cueva de la mora» en Molina, la del «moro Montesinos» en el alto de Alpetea, etc., etc. Y, sobre todo, la espléndida galería de sabrosos dulces molineses, herencia del gusto de los árabes por los alimentos azucarados, acabando este puñado de silogismos con ese socorrido recurso que los molineses tienen de decir que «esto es de los tiempos de los moros» cuando quieren referirse a algo antiguo, linajudo y entrañable.

Qué duda cabe que algo habría cuando, al escultor Joaquín Lucarini, a la que hizo la ornamentación del puente de San Pablo sobre el río Arlanzón, en Burgos, no le cupo la menor duda de tallar al rey moro Aben-Galbón de cuerpo entero, y colocarlo frente a la estatua del héroe burgalés por excelencia, el Cid Campeador. Moros de Molina, una corta vida, y una larga leyenda, que aún hoy dura.

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