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octubre, 2000:

Una Feria Medieval en Cifuentes

Para este fin de semana que ahora entra, del 27 al 29 de octubre, Cifuentes vuelve a ponernos en bandeja su Feria Medieval recuperada, sus tres días de mercadeo y bullanga en la Plaza Mayor, rememorando los viejos tiempos en los que la gente venía desde las altas sierras del Tajo, desde los cerros pelados de Arbeteta, o desde las vegas amables de Las Inviernas, hasta la capital del señorío cifontino, ya independizado del Común real de Atienza, para mercadear, divertirse, conocer noticias nuevas, saber que el mundo era más grande de lo que ellos pensaban. Era la Feria de San Simón y San Judas, que tradicionalmente, y desde tiempos medievales, se celebraba los días 28 al 31 de octubre, y que luego se llamó la Feria de Todos los Santos, por estar ya tan próxima a esa fecha. El Diccionario decimonónico de Madoz da la noticia de que Cifuentes tenía concedida Feria el 23 de octubre, aunque tradicionalmente no se hacía sino a finales. Decía así el geógrafo liberal: «el 23 de octubre hay una feria que dura hasta el 31 del mismo, pero las mercancías no se ponen hasta el 28: el principal tráfico es de ganados de cerda, lanar y cabrío; cereales y colmenas; también se ponen tiendas de quincalla y comestibles». Ya se sabe lo que era la quincalla: «conjunto de objetos de escaso valor… como dedales, telas en retales, alfileres, lazos, objetos de latón, puntillas y pañuelos de quita y pon…» Hoy en día, y este es el segundo año que se recupera, hay fiesta para todos, música, conferencias, pasacalles, y puestos de comidas, de bebidas, de telas también, además de libros, estampas y discos. Una remodelación, en un ambiente perfecto de medievalismo como es la Plaza Mayor de Cifuentes, soportalada y severa, de lo antiguo medieval en las mismas puertas del siglo XXI.

Cifuentes tiene tradición larga de ferias, de mercados. Centro de una ancha comarca, junto al Tajo, que secularmente tuvo la condición de espacio de paso y comercio denso, aquí hubo mercado dos días por semana, en los tiempos antiguos. Se reunían las gentes de la tierra cifontina los jueves y los domingos, al menos desde el siglo XIII. Así se asegura en las Contestaciones al Catastro del Marqués de la Ensenada, hecho ya en el XVIII, y se sabe que en ellos se comerciaban alimentos y mercancías de uso diario. Dice así el documento: «en esta Villa ay dos mercados, que se zelebran jueves y Domingo de cada semana en los que concurren algunos circunvecinos a vender trigo, cebada y otros simientes, y otros forasteros venden Abarcas y Paños ordinarios. Cuio producto de uno con otro se regula en veinte reales, que suman al respecto de cinquenta y una semanas dos mill y quarenta reales». No era frecuente que una localidad tuviera de forma continuada, durante siglos, dos días de mercado a la semana. Eso confirma la importancia comercial de Cifuentes durante mucho tiempo.

Como lo confirma también la noticia de la existencia de un grupo numeroso y fuerte de arrieros, de recueros que hacían de transportistas de mercancías entre las dos Castillas. La importancia que en ese sentido tuvo Atienza, tradicionalmente, con la fama de su Cofradía de la Trinidad formada por recueros que salvaron al rey Alfonso VIII y dieron lugar a la Fiesta de «La Caballada» eclipsó a los demás lugares que, como Cifuentes, fueron también núcleo importante de este tráfico mercaderil. Una carta real de Sancho IV el bravo, expedida en Berlanga el 7 de mayo de 1289, y confirmada luego por su hijo Fernando IV en 1301, disponía que los recueros cifontinos pudieran discurrir y desplazarse con sus mercancías de forma libre por todo el reino de Castilla, debiendo ser protegidos de cualquier tropelía o asalto por los justicias, alcaldes y merinos de los territorios por los que cruzaran.

En el mercado de Cifuentes (muchos recuerdan todavía cómo se celebraba en la explanada de los Parrales, junto a los restos de la muralla y su torreón y Puerta Salinera) hubo en la Edad Media algunos altercados y peleas que tuvieron que ser atajadas por disposición real. El monarca Fernando III dió orden al Concejo de que anualmente nombrara a dos hombres buenos para que guardasen el ganado e impidieran alborotos, pillerías, robos y peleas con daños físicos. En aquella época, todavía el concejo de Atienza tenía jurisdicción sobre el lugar de Cifuentes, de tal modo que la mitad de la multa que debían pagar los alborotadores había de entregarse a la villa castillera de Atienza. En muchos lugares (muchos libros hoy) pueden encontrarse mayores detalles acerca de estos acontecimientos. Layna en su famosa «Historia de la villa condal de Cifuentes» lo cuenta por menudo. Juan Catalina García en su «La Alcarria en los primeros siglos de la Reconquista» también se entretiene en ello. Y por supuesto Madoz, con tan minuciosa noticia de lo que acontece en cada pueblo, da referencia de ello. Es Pedro Ortego Gil en su libro «Aproximación histórica a las ferias y mercados de la provincia de Guadalajara» quien reúne en un magnífico trabajo todo lo conocido hasta el momento a este respecto.

Para quienquiera pasar mañana, y pasado, un momento de evocación y recuerdo, la Feria Medieval de San Simón y San Judas, en Cifuentes, puede ser un lugar idóneo. Aparte de los actos programados en torno a la fecha, y que en otro lugar de este periódico se citan, estará la alegría de ver una plaza soportalada y grandiosa, plenamente castellana y artística como es la de Cifuentes, cuajada de los puestos de quincalla y curiosidades que serán servidos por gentes ataviadas al medieval uso, escuchando la música de la chirimía, la flauta y el ravel, o mirando cómo los bufones persiguen a la chiquillería y atentan con sus bromas a los poderosos, que ese día perdonan cualquier cosa. Cerrar los ojos y transportarse al Medievo, con su olor, su sonido, su vibración unánime, será cosa de fácil consecución en este lugar. No lo olviden mis lectores: mañana sábado, y el domingo 29, serán días de ocasión única para vivir la Alcarria en esa otra dimensión que ahora las gentes de Cifuentes han querido sacar al aire y revivirla: la del tiempo antañón, la de la memoria medieval, palpitante y generosa. Del éxito de esta convocatoria depende que la iniciativa cuaje y se haga permanente, porque, al menos (en contra de otras ferias medievales que han ido surgiendo como meros espectáculos circenses al aire libre por nuestros pueblos) la de Cifuentes tiene un cimiento histórico, una razón de ser, y una certeza incontestable.

Blanca de Molina

En la sucesión de señores de Molina, titulares de la behetría que el fuero manriqueño creó a mediados del siglo XII, la quinta de la serie es doña Blanca Alfonso de Molina, la más querida y brillante en la memoria colectiva de estos nombres antañones y medievales. Para el viajero y nostálgico de la historia pretérita, en Molina surgen aquí y allá los recuerdos de esta señora, de la condesa doña Blanca, a cuya memoria vamos a dedicar las siguientes líneas, en breve repaso de su biografía y en escueta memoria de su obra.

Era hija doña Blanca de los cuartos señores de Molina: don Alfonso [de Molina] infante de Castilla (hijo a su vez de Alfonso IX y de Dª Berenguela), y doña Mafalda Manrique, hija del tercer señor don Gonzalo Pérez de Lara, matrimonio con el que se dio cima a la Concordia de Zafra. Casó Blanca con don Alfonso Fernández el Niño, hijo del rey Alfonso X y de una tal doña Aldonza o Landada. Al morir el padre de Blanca, en 1262, acceden al señorío el joven matrimonio. Pero de hecho, quien gobernó siempre la tierra molinesa, durante 30 años consecutivos, fue doña Blanca, pues su esposo se dedicó por entero a la milicia, con su padre el Rey, y anduvo aquí y allá siempre metido en batallas y estrategias, especialmente dirigidas contra las fronteras de Al-Andalus. Murió en 1281, después de una campaña contra Granada, y los molineses apenas le echaron de menos, porque casi nunca le vieron.

Doña Blanca siguió, con más interés si cabe, al quedar viuda, procurando su atención al señorío que gobernaba. Entre sus obras destacan los historiadores la apertura del comercio molinés hacia Aragón y Castilla; la construcción de la iglesia románica de Santa María de Pero Gómez (hoy del convento de Santa Clara), y la fundación en 1284 del monasterio e iglesia de San Francisco. Creó además la Orden Militar de los Ballesteros de San Julián, y amplió a un centenar el número de los miembros del Cabildo de Caballeros, que desde entonces pasó a denominarse de Caballeros de doña Blanca.

Quizás su prueba más difícil fue la guerra que infectó el territorio hacia el año 1283. El alzamiento y rebeldía de don Juan Núñez de Lara, señor de Albarracín, y algo pariente de doña Blanca, contra el reino de Aragón, supuso una guerra que se extendió a Molina porque el tal Núñez se refugió en el alcázar de doña Blanca. El poderoso ejército aragonés entró en el independiente señorío, sembrando la destrucción y la desolación en las aldeas. Doña Blanca reorganizó su ejército, hizo apellido con sus caballeros, ballesteros y gentes obligadas a batallar, y también penetraron en Aragón, causando daños. El conflicto vino a resolverse en una final batalla, que quedó en la memoria colectiva con el nombre de batalla de las Matanzas, y que aún se localiza el lugar donde se produjo entre los términos de Tordellego y Tordesilos. El choque producido entre los caballeros de doña Blanca, los ballesteros de San Julián y el ejército del Concejo de Molina, contra las huestes aragonesas de los concejos de Teruel, Daroca y los de Albarracín contrarios a su señor, acabó con la victoria del ejército molinés. Después de esta batalla, se firmaron las paces.

Y arreglado el conflicto, a Isabel, la hija de doña Blanca, la solicitaron en matrimonio un par de infantes de Aragón. La idea del rey aragonés Pedro III era la de anexionarse de este modo el Señorío. Sancho IV de Castillo, atento a la jugada, no se quedó quieto. Casado ya con doña María, hermana de doña Blanca, y estando con su corte en León, hizo viajar hasta allí a doña Blanca engañándola con la noticia de que su hermana se hallaba muy enferma. Al llegar nuestra dama a León, fue encarcelada, y allí forzada de la manera que podemos imaginarnos según procedía en todos sus actos Sancho IV apodado el Bravo. Ella se resistió, sufrió en el silencio de la lejanía porque sus súbditos y caballeros no estaban al corriente de lo que ocurría en Castilla, y finalmente tuvo que firmar con Sancho un pacto, en los salones del alcázar de Segovia, por el que doña Blanca desheredaba a su hija Isabel y nombraba su heredera en el señorío a su hermana María. A la hija impusieron boda precisamente con don Juan Núñez de Lara, señor de Albarracín, y así se casaron con gran pompa y circunstancia, aunque a los pocos meses, sin haber llegado a tener descendencia, murió la joven Isabel siendo enterrada en el panteón familiar del claustro del Monasterio de Santa María de Huerta.

En ese momento, doña Blanca, viuda desde diez años antes, sin hijas pues Mafalda murió niña e Isabel acababa de fallecer, quedó muy deprimida y como paralizada. Enfermó, y solo dos años después, viendo que la gravedad era suma y (según declara al inicio del postrero escrito) como quiera que sea doliente en los miembros del cuerpo, el mismo día de su muerte (el 10 de mayo de 1293) firma el Testamento que quizás estaba redactado desde bastante antes, y que es una pieza importante y curiosísima de la historia molinesa que a continuación glosaré. La esencia del testamento es que deja el señorío de Molina al rey Sancho IV de Castilla, como la había obligado este a firmar algún tiempo antes, con amenaza y en prisión. Menos mal que el rey tuvo al final un detalle, y también ese mismo día, extendió otro solemne documento sobre bello pergamino miniado, en el que hacía donación por juro de heredat, en toda su vida del señorío de Molina a su esposa doña María, hermana de doña Blanca, de tal manera que el Señorío continuó teniendo señora de la familia de los Lara, y manteniendo su convivencia foral y sus instituciones vivas. Así siguió hasta 1321 en que murió doña María de Molina, siendo entonces su nieto, Alfonso XI, ya como rey de Castilla, quien lo heredó añadiendo a la corona el título de Señor de Molina que ha seguido siendo, hasta hoy mismo, uno de los títulos del Rey de España.

El Testamento de doña Blanca es un documento por demás curioso, de cuya redacción detallada haré gracia a mis lectores, pero no quiero dejar pasar la ocasión de comentar algunas curiosas que de él se coligen. Lo redactó doña Blanca ante el notario público de Molina, Lope García, y en él pedía, después de las clásicas invocaciones de piedad y fe hacia Dios, la Santísima Trinidad y la Virgen María, que su cuerpo fuera enterrado en la iglesia de su monasterio de San Francisco de Molina, ante el altar de Santa Isabel, trasladando desde allí a la nave principal el de su hija fallecida años antes. Nombra en ese momento a todos sus capellanes, propios, los que están al servicio personal de la señora, y que son Garci López, Miguel Gómez, Pedro Sanz, Miguel López, Pedro Díaz. y Juan Pérez. Y dispone que el monasterio franciscano, ya creado y ampliamente dotado por ella años antes, sea siempre ocupado por frailes de clausura, y si así no fuera, que pasase al Cabildo de clérigos de la villa.

Vienen luego en este testamento las famosas donaciones que hace doña Blanca de algunas de las aldeas de su territorio, a personas de su corte y confianza. Por mencionar algunas, (aunque la lista sea fatigosa pero siempre reveladora de un dato que al final expresaré), dejó Ocentejo y Valtablado a doña Marquesa; Gageluesa y Valdexope (?) a Mari González; Megina a Teresa González; Prados Redondos a Gonzalo Martínez; Embid a Sancho López; Alustante a Fernán López; Setiles, el Pobo y las Ferrerías de Sierra Menera a Fernán Sánchez; Orea a Fernán Sáez; Checa a Ucenda Pesxer; Alcoroches a Lope García; la Casa del Seto en Palacios a su escribano Pascual López; los molinos viejos bajo la puente morisca a su capellán Martín López; Cillas a Pedro Hernández; Terzaga a Juan Fernández y Castellar a Lorenzo Sáez. Y luego añade, en una larga lista, diversas cantidades en maravedises, -cantidades importantes siempre- a muchas personas, tanto varones como hembras, de apellidos castellanos limpios, repetidos, lo cual no deja de sorprender, y nos permite colegir que esas diversas personas que en total son mencionadas y heredadas en el Testamento de doña Blanca de Molina, pertenecían como servidores a su casa, pues en unos se dice su profesión, -escribano, capellán, mayordomo- pero en otros no se dice nada: eran posiblemente las cocineras, los criados y criadas, algunos caballeros… ninguno de ellos de linaje, sino gente del pueblo, molineses de base, raíz pura.

No es de extrañar que ese gesto fuera una evidencia más de la dedicación a su pueblo que doña Blanca tuvo, del cariño que ese pueblo le demostró siempre, y de que la tradición, guardada por más de siete siglos entre las gentes de Molina, siga diciendo que a doña Blanca se le alzan todas las miradas y todas las admiraciones de quien sabe, o quiere saber, de la historia rotunda de esta tierra de Molina.

Novedad en el románico de Cereceda

La mañana de otoño da todavía para un viaje sorpresivo, un viaje que no estaba en el programa: da para una subida hasta la altura de Cereceda, pueblecito alcarreño colgado entre huertos y arboledas de las empinadas laderas que abrigan el valle del arroyo de La Puerta. Las antaño espesas olmedas han quedado hoy un tanto diezmadas por la grafiosis. Los incendios de este verano, especialmente la voraz hoguera que se originó en Pareja y se comió 2.000 hectáreas de pinar, han amenazado y descolorido el paisaje vegetal del entorno. El sol, sin embargo, todavía pinta las terreras con el oro luminoso de la mañana. El caserío, tras las curvas pronunciadas, aparece tierno y poco a poco restaurado. Vivo, sin duda, este pueblo que hace poco sólo prometía ruina y abandono.

Los viajeros vuelven a ver la iglesia, que aunque ya conocen románica, puede siempre deparar sorpresas. Especialmente después de unas breves obras de consolidación y limpieza que se hicieron no hace mucho, en ese amplio y ambicioso programa de mejora y restauración total del románico alcarreño. La búsqueda de las huellas viejas de la historia se combina, así, con la búsqueda de sí mismos que los viajeros hacen en cada salida por la tierra. Identificarla a través de las muestras pétreas de una herencia medieval es buscar también identificarse en esas mismas piedras eternas. Buscar (vaya utopía) la eternidad para sí mismos, y hacerse arboledas o hacerse muros tallados que un siglo futuro serán leña, o polvo, aunque tardarán mucho.

Viendo la iglesia

La iglesia parroquial de Cereceda está situada en el centro mismo del pueblo, cerrando con sus flancos de poniente y mediodía una buena parte de la plaza mayor del lugar, remoto y alto entre las barrancadas que de la Alcarria bajan hacia el profundo valle del arroyo de La Solana.

Es un ejemplar de arquitectura románica, cuya construcción podemos remontar, como el general de estas edificaciones en esta tierra, a la segunda mitad del siglo XII ó incluso la primera del XIII. Trátase de un edificio que posee una sola nave, con un presbiterio recto y sobreelevado por un par de escalones sobre la nave, sumado de un ábside semicircular. La cubierta es a dos aguas, y el presbiterio se cierra con una bóveda de cañón, algo apuntada, mientras el ábside lo hace al modo clásico con otra bóveda de cuarto de esfera, ambas en bien tallada piedra de sillería. Sobre pilastras molduradas asienta el gran arco triunfal que sirve de paso de la nave al presbiterio. Es, en resumen, un bonito templo, fielmente conservado en su interior, que evoca sin dificultad su estructura original.

En el exterior destacan varios elementos. Uno es la espadaña, alzada a los pies, con su estructura de remate triangular y arriba del todo la cruz de hierro que parece amenazar a los viajeros con caer sobre ellos y ensartarlos para siempre. Otro es el ábside, de sillarejo, partido en tres tramos por columnillas adosadas que ascienden hasta la cornisa, y rematan en capiteles sencillos. En cada uno de esos tres tramos, el ábside se ilumina por sendas ventanas aspilleradas, muy estrechas, que tienen arcos de medio punto sustentados por dos columnas enanas y sus respectivos capiteles.

Todo el circuito del templo ofrece cornisa de piedra apoyada en canecillos. Aquí la variedad de estos elementos es tal que podemos decir no existe otra iglesia en la provincia, a excepción de la catedral seguntina, con tal riqueza de elementos: hay cabezas de animales, rostros humanos, figuras completas, roleos, frutos, vegetales diversos, y formas geométricas, en una riqueza asombrosa.

Esa misma cornisa sigue por la cara norte del templo, en la que aparece la sorpresa que los viajeros miran y fotografían con el asombro de ver algo nuevo (para ellos), con la satisfacción de darlo ahora a conocer por vez primera en estas páginas. Se trata de una puerta románica abierta en la cara norte del templo, que ofrece sus molduras simples, adornada una de ellas con los clásicos dientes de león. Llama la atención sobre todo los capiteles que sostienen esas arquivoltas y a su vez rematan las columnas: el de la izquierda (del espectador) representa un sagitario clásico (un ser mitológico, al que Homero hace descender de las montañas tesalias, y que compone un cuerpo híbrido, mitad humano, mitad caballo, que además lleva en su mano izquierda un arco del que teóricamente surgen flechas. Flechas que van a parar a un ser monstruoso (quizás un león, o un perro alano) que hay junto a él. La factura de este capitel es de los más sencillo y burdo que cabe ver en el románico castellano. Pero está ahí, tiene ocho siglos encima, y en cualquier caso es un nuevo elemento iconográfico que añadir al románico castellano.

Lo mismo que lo que nos presenta el capitel de la derecha. Tan burdo como el anterior, y aún más destrozado que él, ofrece la imagen de una mujer, vista de frente, con sus brazos extendidos, sujetando en cada uno de ellos un pez. Es una tipo muy utilizado en el románico español, y en la Alcarria existe otro ejemplo muy conocido en uno de los capiteles de Pinilla de Jadraque.

La atención de los viajeros se detiene, finalmente, y como siempre ocurre en esta iglesia románica, en la portada, el acceso cobijado a este templo remoto y abierto. La portada principal del templo de Cereceda se ampara bajo un pórtico grande y desvencijado. Su estructura, elaborada y minuciosa, se incluye dentro de un cuerpo levemente saliente del muro meridional del templo. Se enmarca por dos grandes haces de columnas, que desde el pavimento suben hasta el tejado del pórtico, rematando en simple moldura. La bocina de esta portada se forma por cuatro arquivoltas de medio punto, sencillamente estructuradas con biseles y molduras, excepto la más interna, que ofrece motivos geométricos en zig-zag. Apoyan sobre una cenefa que corre como imposta sobre la fachada, y ésta a su vez sobre un bloque de capiteles que coronan las pilastras que escoltan el vano. En esos capiteles, sumamente maltratados por las gentes y los siglos, aparece uno con figuras de todo punto irreconocibles, y elementos vegetales en los que predomina el acanto.

En el interior de la arquería, sobre el dintel de la entrada, se alza un tímpano decorado, el único que encontramos en todo el románico de Guadalajara. Le faltan algunas piezas y las tallas que en él existen son tan imperfectas, y han sufrido tanto los rigores de la edad, que apenas se pueden identificar los temas que le ocupan. El nivel inferior está cuajado de figuras alineadas, muy simples, que nos hacen pensar en un grupo de seres humanos, de almas en espera de juicio. El nivel superior presenta dos figuras de ángeles que enmarcaban a otra figura central, posiblemente más grande, y hoy desaparecida, que podría ser Cristo en Majestad. Estamos sin duda ante una teofanía, quizás el Juicio Final o una representación escatológica imprecisa que supone un verdadero hito, por su excepcionalidad, dentro del estilo románico de la provincia de Guadalajara.

Pastrana y su Princesa, en la punta del Turismo

Mañana sábado recibirá la Villa de Pastrana su galardón Ínsula Barataria, el Premio que anualmente concede la Asociación Castellano-Manchega de Escritores de Turismo para premiar la mejor iniciativa en pro del Turismo en la Región. Ya lo comenté en su día, porque me pareció que este premio era clave para entender lo que realmente hacen algunos pueblos de nuestra provincia para mejorar día a día su oferta de entorno abierto y plural en el ámbito de las nuevas formas de subsistencia. El premio, junto con otros dedicados al mejor Restaurante, el mejor Hotel y el mejor comunicador de turismo de Castilla-La Mancha, se le entregará al Ayuntamiento, en la persona de su alcalde Juan Pablo Sánchez Sánchez-Seco, en un acto a celebrar al mediodía en el salón de actos del Ayuntamiento de la localidad alcarreña.

Es este un Premio que viene acreditado porque quien lo da es un grupo, muy numeroso, de profesionales. Y se consigue por votación. No de decisiones en despachos de alturas toledanas. La jornada se completará con una visita a Pastrana de los asociados de ACMET, el grupo de escritores y periodistas que trabajan día a día en la promoción y divulgación de las excelencias turísticas de nuestra tierra.

Pastrana, otro paso adelante

El esfuerzo realizado por el Ayuntamiento de Pastrana, con su alcalde Juan-Pablo Sánchez Sánchez-Seco a la cabeza, durante los últimos años, no ha pasado desapercibido para muchos, especialmente fuera de la propia villa. Nadie es profeta en su tierra, dicen los clásicos, y en la Alcarria este refrán es más evidente que en ninguna otra parte. Aquí sólo reconocen los méritos a los que vienen de fuera. A los de dentro, ni la hora. Pero asumido este riesgo, algunos se dedican a trabajar. Y ese es el alcalde de Pastrana, y su equipo de gobierno, que ha conseguido en poco tiempo cambiarle la faz y sobre todo el rumbo, a esta villa que lo tienen bien marcado hacia el Turismo. El único posible.

Otro paso adelante desde los ya dados de la Feria Apícola, todo un clásico de las Ferias comerciales en nuestra tierra; la Feria del Ocio y el Turismo (Turojar), que se ha consolidado a poco de nacer; de la compra del Palacio ducal por la Universidad de Alcalá para poner en él un centro de estudio y atracción cultural y hostelera: un verdadero foco de atracción de gentes varias que va a redundar en auténtico beneficio para el pueblo entero. Y de tantos y tantos detalles que hacen que (por el reclamo de la Princesa tuerta, o de los tapices que aún están colgados de las paredes de la colegiata, o de los mayos que se cantan a la puerta de la iglesia, o de las noches maravillosas en las terrazas de verano de la plaza) Pastrana sea ya una estrella en el panorama de los pueblos con encanto.

En ninguna guía que de ello trate faltará, desde ahora, Pastrana.

Hecha de artistas y escritores

A Pastrana la han hecho muchas gentes. De hoy y de ayer. Desde que doña Ana llegara (de su Cifuentes natal, pasando por la Corte) a lucir sus sedas y sus tafetanes por los corredores oscuros y bajo los artesonados tallados de grutescos de su palacio, muchos artistas poblaron la villa. Fue uno de ellos el gran poeta y dramaturgo festivo Manuel de León Merchante. Y otro fue el pintor dominico Juan Bautista Maino, aquel de quien Lope de Vega dijo que es a quien el arte debe aquella acción que las figuras mueve. El poeta más barroco de este siglo, José Antonio Ochaíta, quizás escogiera el crucero de la puerta de la colegiata para dejar la vida recitando Tengo la Alcarria entre mis manos, y Carlos Iznaola se empapara de la luz parda, de la alta vibración de las formas de estas callejas cuestudas puestas en sus acuarelas eternas. Tantos hubo, desde el historiador Mariano Pérez y Cuenca al poeta Suárez de Puga. Tantas las voces, tantos los ecos… Pastrana está hecha por los escritores y los artistas, y de ellos surge la fuerza de su fama, la seguridad de su futuro.

Quizás sea la figura de la dama tuerta, de doña Ana de Mendoza, misteriosa y sufriente, la que más viajeros atrae hoy a la villa alcarreña donde muriera. Saber de doña Ana es fácil, hay muchos libros sobre ella (acabo de poner a disposición de los curiosos otra personal interpretación mía de esta mujer alcarreña hasta la médula), y parece que andando Pastrana se escucha su respiración. Es fácil que sea así, porque la villa entera quedó impregnada de su sabor, cuando tan intensa vivió la vida en el siglo XVI. La Éboli y Pastrana forman un símbolo unitario, una valor denso que de cara a la promoción de la villa es de una fuerza incontestable.

Cuajada de edificios y rincones

La villa  alcarreña que ahora ha sido premiada por su impulso al Turismo, está cuajada de edificios (esa Plaza de la Hora donde suena rotundo el color dorado de su palacio) y de rincones (ese espacio indeciso donde la plaza de los Cuatro Caños se rompe y anima a subir por la cuesta de San Francisco hacia el viejo convento). La esencia de esta actividad que es plenamente humana, y usada por los pueblos que van consiguiendo cubrir sus primarias necesidades, como es el Turismo, está en viajar y ver cosas nuevas, impensables, y en vivir instantes preciosos, únicos. Y en oír voces no usadas, cánticos hermosos. Y en comer manjares alternativos, o en beber vinos nuevos, o en bailar danzas viejas en una plaza eterna. El Turismo en la Alcarria se practica por quienes quieren sentir esas emociones. Y son cada vez más. Que empiezan por Pastrana.

La Colegiata es luego, no sólo espacio arquitectónico solemne y bello. Es sede del Museo en que se albergan los seis tapices más ricos y asombrosos del arte ibérico. Aunque europeos (franceses/borgoñones) en su realización, y portugueses en su ánima, son ahora españoles y castellanos porque los Mendoza de la Alcarria así lo quisieron. Dejaron estos paños en resguardo de los altos muros eclesiales, y pidieron a los curas que los sacaran cada año a lucir sus colores y sus guerras fingidas sobre los muros grises de las casas de la calle mayor. Hoy son el emblema de la Edad Media, la quinta esencia del lujo militar de la Península batalladora contra el Islam. Una hermosura.

Y está el Palacio, cada día más cerca de su utilidad final, con sus cuatro torres ya definitivamente elevadas al aire. Y está el colegio de San Buenaventura para niños cantores. Y está el gran Convento de San Pedro, que Santa Teresa y San Juan de la Cruz fundaran para alojar Capítulos Generales del Carmelo reformado. Y está la casona de la Inquisición, el palacio de los Burgos, el templo de San Francisco, la plaza de San Avero… tantas cosas, en fin, que hacen de esta villa un sueño de viajeros y poetas.

Pastrana haciéndose a sí misma

En esta hora de alegría, porque Pastrana ha visto reconocido su valor y su esfuerzo, las gentes de Pastrana cobran protagonismo. Porque todo lo que ha sido en el pasado, todo lo que es en el presente, lo debe al buen espíritu de sus gentes. A ese espíritu que casi no se oye (suena un runruneo de sedas, de panas viejas) pero que trabaja. Que parece se queda flotando en el aire tibio de la tarde primaveral sobre el arroyo de la Fuempreñal, pero que no se para. Porque en la calle mayor se están abriendo nuevos comercios, nuevas ideas y nuevos alientos que quieren dejar viva una imagen de oferta, de abundancia de cosas, de placeres fáciles a los que se llega con pasar por delante. Pastrana se hace, hoy más que nunca, por sus gentes. Con su alcalde a la cabeza, que también es callado y certero, y que sin necesidad de echar discursos desde el balcón o de salir continuamente en canales propios de televisión (es obvio que Pastrana no los tiene) ha sabido encauzar el paso de esta villa única. Ahora premiada.