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septiembre 8th, 2000:

Bajo los soportales de Guadalajara

Estos próximos días, en los que Guadalajara será un ir y venir de gentes detrás de las músicas, y por delante de los gigantes y cabezudos, no será mal momento para recordar uno de los aspectos que configuraron a la ciudad, desde hace siglos, hasta hoy mismo, y que debería seguir marcando un tanto su figura, componer su silueta de clásica ciudad castellana. Me estoy refiriendo a los soportales, de los que ya tan escasos ejemplos quedan en pie.

El soportal es una parte, mínima pero muy expresiva y útil, del urbanismo medieval cristiano. Las viejas ciudades islámicas, al menos en la Península ibérica, no tenían estos elementos, que suponen dejar una parte de calle pública bajo los edificios, que se sostienen en esa parte sobre columnas y capiteles de más o menos calidad técnica y expresividad artística. Los árabes hacían sus ciudades con calles muy estrechas, precisamente para evitar que el sol ardiente de sus climas cayera sobre ellas, y las dejara un poco más frescas. Los cristianos, en cambio, prefieren espacios más abiertos, grandes plazas y calles en lo posible anchas, aunque la necesidad a veces de construir mucho en poco espacio, les hizo también economizar en los espacios libres de las calles.

La provincia de Guadalajara ofrece hoy algunos ejemplos de espacios urbanos soportalados muy hermosos, conocidos de todos, pero que no está de más recordar aquí, como paradigma de este tipo de construcción: ¿quién no se ha paseado alguna vez por la calle mayor de Tendilla, con su kilómetro largo de soportales en los dos costados de la calle? ¿O quien no ha visto los preciosos soportales de la Plaza del Trigo en Atienza, de la Plaza Mayor en Sigüenza? Por recordar ejemplos encantadores, aunque más pequeños, digo aquí las localidades de Uceda, de Arbancón, de Peralejos de las Truchas, o de Pareja, donde mínimos fragmentos han quedado de soportales, sin olvidarme de los Ayuntamientos de Horche, de Fuentelencina, de Budia y de Tomellosa, como edificios aislados en los que también esa estructura juega a embellecer un frente comunal.

La ciudad de Guadalajara, la capital del Henares, tuvo también su buena parte de soportales. No llegaron nunca a ser tan largos y espléndidos como los que ofrece su hermana grande del valle, la Alcalá de Cervantes, pero sí sabemos que al menos la parte baja de la Calle Mayor, la que ahora se denomina de Miguel Fluiters, estuvo adornada de ellos hasta principios del siglo XX. Era, lógicamente, una calle muy estrecha, con pequeñas plazas que daban entrada a casonas y a la iglesia de San Andrés, desembocando en la de Santiago, hoy lonja del palacio del Infantado. Todo cayó para ensanchar esa calle que quería ser la mayor de un burgo en crecimiento.

No cayeron, sin embargo, los soportales de la Plaza Mayor, que han llegado a nuestros días, a pesar de malas fortunas y abandonos, casi íntegros. La Plaza Mayor de Guadalajara, hoy eje de la Fiesta en honor de su patrona la Virgen de la Antigua, y me imagino que tan llena de gente que ni se va a poder fijar nadie en su estructura, tuvo en sus inicios una ermita en su interior, dedicada a Santo Domingo, que ya en el siglo XV a finales se derribó, para darle más amplitud al principal espacio ciudadano. Dicen que fue el Cardenal Mendoza quien promovió esa reforma arquitectónica, así como la de dotar de soportales a los cuatro costados de la Plaza. Esta, que hoy está cruzada de un extremo a otro, por uno de sus costados, por la cuestuda Calle Mayor, tiene además otras dos salidas. La cuesta del Reloj y el callejón de Arco, que se llama así por haberlo tenido de cubrición hasta hace 100 años. Antiguamente, a la plaza entraban otros callejones estrechos, que fueron cerrados con la edificación de casas.

Los soportales los mantiene en tres de sus costados. Solamente el del norte hoy no los tiene, y eso porque se lo tiraron hace también un siglo, para reformar las casas de ese lado. Pero en su parte sur los tiene, en su parte oriental y en la occidental. En esta última, son los soportales del edificio del Ayuntamiento los más solemnes (también los más artificiales y eclécticos). Y junto a ellos, unas obras impiden hoy en día admirar el otro fragmento de soportales de ese costado de la Plaza Mayor. Las edificaciones que ahora están en obras mostraban una curiosa sucesión de columnas, no alineadas, con espacios desiguales entre ellas, rematadas en columnas de distintos tipos de piedra, con grandes zapatas de madera sobre las que apoyan vigas corridas de lo mismo. Adquiridas hace poco por el Ayuntamiento, esas casas se han derribado, y se está procediendo a reconstruirlas «tal cómo eran» según se nos ha dicho. ¿Se reconstruirán con la planta irregular de los soportales? Esperemos que así sea.

También hay soportales en el costado sur, entrañables, y en el oriental. En este, un edificio de nueva planta que se reconstruyó totalmente hace años, respetó la estructura soportalada, pero colocó unos nuevos pilares con capiteles desproporcionados, que ha alterado ya, un poco más, esta plaza, aún respetando su dimensión ciudadana.

Sabemos que también tuvieron soportales las casas de la plaza de San Gil (hoy del Concejo), y quizás los hubo, en algún momento de la historia, en la Calle Mayor Alta, y plaza de las Concepcionistas (hoy de Moreno), pero no ha quedado constancia de ello.

Pasear por estos mínimos e íntimos espacios ciudadanos da un aliento de certeza de que la ciudad tiene, desde hace muchos siglos, su modo de vivir y respirar. Muchos viejos pueblos de Castilla mantienen esa estructura soportalada en sus calles y plazas (cómo no recordar las de Almagro en la Mancha, las de Ezcaray en Rioja, las de Valladolid o las de Peñafiel junto al Duero, y tantas y tantas otras…) Estos elementos le dan a un burgo un empaque y una dignidad mayores, una belleza solemne, e incluso una utilidad para celebrar ferias, encuentros (los coleccionistas de sellos tienen su mejor refugio en los soportales de la Plaza Mayor madrileña, y los sabios del orbe occidental pueden charlar al abrigo de la lluvia por los de la Plaza de Salamanca) y charlas distendidas. Ojalá Guadalajara sepa conservar lo poco, lo poquísimo, que de estos soportales le han llegado hasta el nuevo siglo. Es por ello que, tras las fiestas que ahora comienzan en todo su esplendor, y para las que deseamos, (a ciudad y ciudadanos) todo lo mejor, se nos devuelvan esos soportales del costado occidental de la Plaza Mayor con su serena belleza irregular que tuvieron durante siglos.