Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

Álvaro de Luna en Atienza

El contino del Rey ha alcanzado la cúspide de su poder. Ya es valido, ya es Condestable del Reino y Maestre de la Orden de Santiago. Apenas nada se opone a su incontestado poder. Ser contino de un Rey, en la Edad Media, era haberse educado junto al monarca, ambos todavía niños, y haber crecido juntos en la formación militar, en la formación de letras y humanidades, en los secretos de adolescencia… así de forma «continua» y regular, se alcanzaba la edad madura, plenos de confianza el uno en el otro. Un «alter ego» del Rey de Castilla Juan II fue don Álvaro de Luna, un personaje lleno de brillos y con más de una sombra, que acaba de historiar, en un fabuloso libro que refiere su biografía de forma novelada y siempre clara y cierta, José Serrano Belinchón. Lo titula «El Condestable (de la vida, prisión y muerte de don Álvaro de Luna)» y a través de sus más de 200 páginas, en breves capítulos que centran todos y cada uno de los episodios de su vida y final muerte, va ofreciendo la peripecia vital de este individuo que nació en Cañete (Cuenca) y murió degollado en Valladolid, pero que discurrió por caminos, castillos y cortesanas reuniones en mil y un sitios de Castilla. La presentación del libro se hizo, como corresponde a la esencia de la obra, en un castillo: la tarde del 1 de junio, en Zorita de los Canes, en lo alto de la fortaleza calatrava por la que, al parecer, nunca apareció don Álvaro de Luna, aunque este se deslizara sin descanso por muy otras diversas alcazabas guerreras del reino.

De Álvaro de Luna hablaron poetas y cronistas. Estudiosos y académicos, leyendas y cuentos, fábulas y mitologías populares… siempre ha sido, desde hace más de cinco siglos, una referencia obligada al mentar la Edad Media, esa época de encuentros violentos y heroísmos hoy incomprensibles. De don Álvaro de Luna decía así Juan de Mena en su «Laberinto de Fortuna»:

«Éste caualga sobre la Fortuna
y doma su cuello con ásperas riendas;
aunque d`el tenga tan muchas de prendas,
ella non le osa tocar ninguna;
míralo, míralo, en plática alguna,
¿cómo, indiscreto, y tú no conosçes
al condestable Álvaro de Luna?.

Pero quizás sean los breves y hondos versos de Jorge Manrique en las «Coplas a la muerte de su padre» donde se estremece el lector ante la realidad cruda de su vida y muerte:

«Pues aquel gran Condestable
maestre que conosçimos
tan privado
no cumple que dél se fable,
sino sólo que lo vimos
degollado;
sus infinitos tesoros
sus villas y sus lugares
su mandar
¿qué le fueron sino lloros?,
¿qué fueron sino pesares
al dexar?»

En Atienza

Una de las situaciones más heroicas que protagonizó el Condestable don Álvaro de Luna se centra en Atienza. Allí hubo de demostrar ser auténtico capitán, valiente y aguerrido, estratega y dirigente de un ejército y de una nación entera. Cosas que a mediados del siglo XV se demostraban revestido de armadura, con un escudo en la mano y una espada en la otra, subido a caballo y plantando cara a un enemigo parapetado tras altas torres castilleras. Eso es lo que hizo don Álvaro en uno de los asaltos a la fortaleza atencina, y allí sufrió un golpe muy fuerte, en la sien, que no fue mortal porque llevaba puesta la celada de su casco con cimera. Así y todo, tuvieron que descabalgarle y llevarle al campamento para suturar y limpiar la herida.

Esta se la habían producido los vecinos defensores de Atienza, en un momento, cuando el verano de 1446, en que las tropas del rey Juan II habían cercado la fortísima villa castellana, en poder de los agentes del reino de Navarra, concretamente de don Rodrigo de Robledo. Tras la batalla de Olmedo, en la que gracias a la dirección técnica de Álvaro de Luna como general en jefe de las tropas reales, Castilla había obtenido una gran victoria sobre sus enemigos seculares (los nobles levantiscos, personificados especialmente en los «infantes de Navarra») solo quedaron dos villas con sus respectivos castillos en poder de las huestes navarras: Torija y Atienza. Contra el primero se dirigió el grueso del ejército real, lo más granado de los caballeros y militares de Castilla, en el verano de 1446. Toda la estación calurosa, seca y tórrida duró el cerco, en el que los habitantes y defensores de la enriscada población sufrieron el hambre y la sed de un acoso permanente. Hubo algunas peleas concretas, se incendiaron barrios, y se luchó en algunos momentos casa por casa. Traiciones, soflamas, fiestas y luchas de ballesteros con «dreas a pedradas» incluidas: todo ello fue lo que constituyó el cerco de Atienza, tras el cual quedó la villa por don Juan II, gracias a la dirección de Álvaro de Luna, que mientras vio cómo el arzobispo Carrillo y el noble alcarreño Iñigo López de Mendoza conquistaba a su vez, para el Rey castellano, el castillo y amurallada villa de Torija.

Una biografía apasionante

El libro que ha visto impreso recientemente nuestro compañero de página José Serrano Belinchón es un lúcido paseo por las crónicas antiguas, por los legajos de archivo, por las bibliografías más cuajadas. Lo hace con la sencillez de un periodista, con su claridad también, con su rotundidad. Nada queda oscuro, y más de una fecha es corregida, más de un acontecimiento bien dibujado, porque hasta ahora no se había acometido (salvo la ya antigua visión de César Silió) la tarea de biografiar por completo, y en exclusividad, a Álvaro de Luna.

Quienes gusten de los fastos, las luchas, los desfiles y las alianzas de la Edad Media castellana; aún más: quienes disfruten encontrando en la historia cierta la raíz de nuestra tierra en un castellanismo sin ambages, debe leer este libro de Serrano Belinchón, que le consagra como un escritor de raza. No sólo claro, contundente, seguro, sino entretenido y fácil. Un libro que no «se cae de las manos» sino que apasiona y mueve hasta llegar a su fin, la jornada del 2 de junio de 1453, en la que don Álvaro cae degollado en la plaza mayor de Valladolid, un fin terrible pero anunciado, en una época en la que se pasaba de la gloria a la muerte en cuestión de días. La Rueda de la Fortuna es en este caso evidente y móvil, y sus cuchillas dejaron el rastro de la sangre viva y siempre animosa de este caballero que es esencia del Medievo, espejo de sus hombres duros y avispados, escaparate de una época única y aún hoy atrayente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.