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abril, 2000:

Mayos y Canciones

La Fiesta llega con la primavera, con la luz, el sol y la hierba mojada. Con el día tibio y la noche serena. La Fiesta se renueva en los primeros días de mayo, o mejor aún: a partir de la noche del 30 de abril, cuando muchos y muchas pasan al sereno recibiendo a mayo, y dándole la bienvenida al son de aquel antiguo cantar que tenía por objetivo «para que galanes cumplan con doncellas».

La llegada de mayo, a las puertas ya de nuestro calendario, parece animar la celebración de fiestas y jolgorios. Recién pasada la severidad y el silencio de la Semana Santa, que este año en Guadalajara ha dado qué hablar por motivos extra-religiosos, se acerca el momento de levantar los arcos de flores y hacer un saludo al aire cruzado ya de golondrinas.

Después de haber asistido a la Feria del Turismo Rural en Pastrana, que este año ha celebrado ya su tercera cita con el numerosísimo público que la ha visitado, parece que es en esa villa alcarreña donde se adensa la capacidad de convocatoria para lo lúdico, y la fiesta más representativa de la primavera tiene allí su expresión también más certera. La Fiesta de los Mayos.

Voy a recordar esa fiesta de la mano de uno de nuestros escritores más prolíficos y metódicos en su estudio de la realidad festiva: de la de José Ramón López de los Mozos, que a su generosidad por el estudio, el análisis y la divulgación de las fiestas del universo alcarreña, este año ha añadido la circunstancia de haber presentado (justamente en el Salón de Actos de esa TUROJAR 2000 de Pastrana) un nuevo libro que lleva por título «Fiestas Tradicionales de Guadalajara». López de los Mozos analiza con todo detalle las fiestas de los mayos, sus múltiples variantes, canciones y ritos por toda la provincia, pero se detiene con predilección en Pastrana, donde de ya muy antiguo viene teniendo lugar esta celebración que se sitúa en el 3 de mayo, aunque se suele trasladar al domingo primero del mes.

Los Mayos de Pastrana

En Pastrana se celebra, en grupos de gentes por barrios, la fiesta de la «Cruz de Mayo». Para ello se aprovecha la cruz de madera que seguro existe en alguno de los puntos estratégicos o más visibles de cada barrio. Entre ellos rivalizan por conseguir poner su cruz más bonita, más llamativa, que las de los otros. Desde hace poco tiempo, en que esta fiesta va cogiendo fuerza y renovándose continuamente, es un gozo contemplar la colorista belleza de esas «cruces de mayo» que se cubren con llamativos adornos, con reposteros a los lados, flores en su basamenta, estampas de todo tipo, antiguas y modernas, cuadros de lo mejor de cada casa, imágenes religiosas, y en general todo aquellos que pueda darle vistosidad, barroquismo subido, a las cruz que es en esos días como la tarjeta de visita de cada barrio.

Delante de cada cruz se colocan pequeños altares con platillos y cuencos donde la gente puede echar sus ofrendas y así recaudar fondos para mejorar el año próximo la belleza y prestancia de su «cruz de mayo». El día de la colocación de estas cruces, todos los vecinos del barrio se congregan ante ella, y allí entre admiración y recuerdo se toman los bollos, las rosquillas y las magdalenas que van regadas por el recorrido del gaznate con vino dulce, anís y en ocasiones aguardiente, mientras todos los vecinos, los visitantes y aún turistas se asombran de tanto color, de tanta filigrana… son muy comunes estas fiestas de «cruces de mayo» en los pueblos andaluces, o en Piedrabuena (Ciudad Real) donde la calidad de estas cruces es asombrosa, llenando y decorando a veces casas, y barrios enteros con ellas. En Pastrana es esta una fiesta que va a más, por el apoyo del Ayuntamiento, que sabe que en la esencia popular de la tradición está la mejor conciencia de ser y recuperarse.

Fiestas Tradicionales de Guadalajara

Venía esta invitación a ver los mayos y las cruces de Pastrana, a cuento de que el otro día, en un acto muy bien preparado, y al que acudió numeroso público interesado, tuvo lugar en Pastrana la presentación de un libro de José Ramón López de los Mozos titulado precisamente así, «Fiestas Tradicionales de Guadalajara». En él aparecen referencias amplias de 65 fiestas características de otros tantos pueblos o ciudades de nuestra provincia, y se mencionan las de 182 localidades en total, con mayor o menor detalle. Ante una obra así, uno no puede más que felicitar al autor por haber conseguido rematar un trabajo tan digno y atractivo, y felicitarse por haber podido tener la oportunidad de conocer tanta fiesta curiosa, tanta celebración ancestral que sirve para ahondar en la raíz auténtica del pueblo, de los pueblos que las celebran, y tener la tranquilidad de que con tan variada y rica oferta folclórica Guadalajara tiene aún con más seguridad afianzado su papel de receptáculo de un turismo que quiere encontrar sorpresas, alardes y entrañas por todos sus rincones.

Cuando López de los Mozos, en la presentación de su libro sobre «Fiestas Tradicionales de Guadalajara» nos iba enumerando y diciendo los detalles y las curiosidades de las 17 fiestas de «botargas» que actualmente existen en nuestra tierra, se nos quedaba la boca abierta ante tanto curioso y desconocido dato sobre ellas. Pero si se ahonda, como él ahondó, en los significados rituales de águedas y botargas, de danzantes y caballadas, el pasmo se alarga y uno se queda con la boca abierta. Es todo color, música y baile en Guadalajara, pero un color, una música y un baile que nace de la entraña más profunda, de la tradición más genuina.

Si existían ya múltiples motivos para recorrer Guadalajara, para contemplar sus monumentos, sus castillos, sus plazales luminosos, sus riscos y arroyos, se añade ahora esta visión panorámica, total, de la fiesta y el folclore. Quizás entrañe un peligro, esta obra y todas las llamadas que puedan hacerse para que la gente conozca las fiestas ancestrales y cargadas de mitos y ritos: que se masifique la afluencia a ellas, que ocurra como ya ocurre con los danzantes de Valverde de los Arroyos, el domingo después de la octava del Corpus, en que una fila de coches de más 5 kilómetros de larga se va alineando por las carreteras que llegan al pueblo, descargando en sus calles a cientos, a miles de personas. El difícil equilibrio entre la autenticidad de una fiesta que es para los vecinos que la viven, y el espectáculo para curiosos, es el compromiso más atractivo que se plantea a sus respectivos responsables. Pero no existe duda que, bien llevado el motivo principal, la fiesta en su esencia auténtica, este «poster» colorista y sonoro de nuestra tierra es otro de los mejores reclamos para dar vida a esa novedosa industria, la mejor y más segura, que puede repoblar nuestra tierra: el turismo de interior, el turismo rural, el goce por andar el campo, hablar con sus gentes, mirar sus ritos antiguos y solemnes.

Guadalajara, un pueblo cristiano

A lo largo de muchos siglos ha demostrado Guadalajara ser una tierra cristiana, un lugar donde sus gentes han conocido la grandeza de Dios a través de las manifestaciones que en su entorno ha dejado. En estos días en que la Semana Santa entrega el recuerdo de la Pasión de Jesucristo, el Dios vivo, a quienes vuelven el rostro a mirar el paso de los testimonios escultóricos de aquella entrega, nos viene a la mano la posibilidad de recordar esa fuerza de lo religioso en la vivencia de la tierra alcarreña y seguntina, serrana y molinesa.

Serán las procesiones y manifestaciones litúrgicas de la Semana Santa en Guadalajara, en Sigüenza, y en tantas y tantas otras localidades de la provincia, las que den fe de esa generosa respuesta. Nosotros hemos visitado, hace unos días solamente, otro lugar que ha renacido y cobrado vida en Sigüenza, con motivo del Año 2000, del gran Jubileo de la religión católica: el Museo Diocesano de Arte Antiguo, que ahora dirigido por don Ignacio Ruiz Hernández, y después de haber recibido un tratamiento de rehabilitación y adecuación a los nuevos tiempos, se estrena con una exposición que merece la pena verse. Y ello por dos motivos. Quizás el primero pueda ser la belleza y espectacularidad de las piezas de arte en él exhibidas. Pero sin duda el segundo, de mayor calado, es el esfuerzo realizado por la Comisión «Jubileo Año 2000» para ofrecer en este momento, (y estos días son los ideales para visitarlo y recibir su mensaje con mayor entereza) el valor apostólico que desde su intimidad y raíz profunda tiene el arte cristiano: un mensaje transmitido, mudamente, a través de la belleza. ¿No es un reto poder captarlo, asumir la humildad y cobrar la valentía de ser capaces de entender, desde ese ámbito, el significado de las piezas?

Un Museo ejemplar

El diocesano de Sigüenza es un Museo ejemplar. Porque está hecho con humildad y paciencia, con escasos recursos y mucha ilusión. Con callada efectividad, sin anuncios en la prensa ni excursiones patrocinadas. Pero con rigor y sobre todo, reuniendo lo mejor del arte sacro de la diócesis/provincia de Guadalajara. Sin estar definitivamente abierto en todas sus salas, la oportunidad del Jubileo ha permitido que un buen plantel de sus fondos se pusiera a la visión general. En la Semana Santa ese espectacular muestrario cobra todo su valor.

En la primera sala, casi en el primer aliento del Museo, surgen las imágenes talladas en alabastro pálido que, procedentes de Pozancos, del enterramiento del clérigo don Martín Fernández, se asoman pudorosas aunque desnudas a los ojos del paseante. Proporciones de tipo nórdico, gestos intrépidos y una belleza rabiosa, despampanante, que capta la atención nada más entrar. Luego se suceden en la sala imágenes de tanta fuerza como el san Elías atribuido a Salcillo o el cuadro de la Anunciación que pintara el Greco para formar parte de aquel retablo de la catedral seguntina que al final se desperdigó y del que hoy quedan huellas hasta en Hungría.

En la Sala dos se nutre el aire del color y la dulzura de ese gran cuadro que pintara Zurbarán con la «Inmaculada» y al fondo Sevilla, y que Jovellanos regaló a su amigo Arias de Saavedra, para que lo pusiera en el palacio de Jadraque, estando ahora dando el perfil más cierto de este Museo por el mundo. La Inmaculada de Zurbarán, que también llaman «la de Jadraque» es la joya de este centro de arte, un elemento de peregrinación, un pálpito de jubileo por sí misma.

En la sala tres vuelve a emocionarnos la arrebatada belleza del «Nacimiento» de Salcillo, que procedente de Barbatona lo llena todo de aplausos a su perfecta escultura y a su policromía equilibrada. Pinturas y más pinturas aquí, con la Sagrada Familia de Caballero, y el «Nacimiento y Adoración de Jesús» del círculo de Orrente, un tanto eclipsados todos por eese cuadrito en el que aparece la Virgen con el Niño y que es, -puede ser- de Hans Memling, el color puro sobre el lienzo de Flandes.

La sala cuarto tiene un aire rural y bucólico, un sonido de romance en la pieza que más nos gusta: la pequeña campana que procede de Valdelagua y que se elaboró en el siglo XV, al menos así lo pregona la leyenda en letras góticas que la cubre. Pequeñas y valiosas joyas nos ofrecen las vitrinas de esta sala: desde el mapa de la diócesis a principios del siglo XX, al impresionante anillo episcopal del obispo Muñoyerro, que tanto poder tuvo tras la Guerra Civil; o el anónimo cabezal de báculo procedente de la catedral junto al escudo policromado del actual obispo don José Sánchez, pintura en pergamino de Ramón Rodríguez Cuevas. Cartas del santo diocesano Marciano José, y un óleo exquisito de Regino Pradillo «Tierras de Guadalajara» en su dimensión cósmica y religiosa a un tiempo.

La visita del Museo acaba en la sala quinta, donde parece estar presidiendo la masa oscura y gris, dura y severa de la portada románica de la iglesia de Jócar, que no hace todavía muchos años sirvió de blanco para las punterías de la artillería, y que aquí se recogió, sacada de entre las ruinas, y sirve de aglutinante a esas pequeñeces sorprendentes que son el «Buen Pastor» de origen luso-indú, del siglo XVI, y que a todos nos gustaría acariciar, recorrer con minucia en sus mil detalles pequeñísimos; a ese «Resucitado» en altorrelieve de dorado esplendor, a esa impresionante «Piedad» atribuida a Morales, que es toda dolor y sangre coagulada, sin olvidar la cruz, el cáliz y la custodia que son las tres símbolo de tanta pieza móvil, de tanta filigrana en plata aún derramadas por la diócesis.

El conjunto de esta «Memoria de su presencia» que es como ha titulado la diócesis a esta Exposición litúrgica, es perfecto y puede servir a muchos para celebrar la Semana Santa con un viaje (a Sigüenza), con una admiración nueva (a este Museo renacido) y con una segura visión de la raíz cristiana de nuestro vivir y nuestro mirar. Organizada por la Comisión «Jubileo Año 2000», como dijimos antes, pero con el apoyo del propio Museo Diocesano, la delegación diocesana del Patrimonio Cultural, y el Cabildo de la Catedral,  cualquier día menos los lunes puede visitarse, en horario de mañana y tarde, por el precio de 300 pesetas y la seguridad de entrañarse con la propia tierra, con los pálpitos de luz y color que de ellas se han desprendido a lo largo de los siglos.

Cita en Pastrana con el Turismo de Futuro

En la semana próxima abrirá sus puertas un año más TUROJAR 2000, la Feria del Turismo Rural, el Ocio y la Jardinería. Una oportunidad para mirar todas las novedades que se van produciendo, de cara a hacer más fácil y asequible el disfrute del mundo interior en nuestra tierra de Guadalajara. Para mirar de qué manera unos y otras se las ingenian para dar valor a esta provincia que, de unos años a esta parte, se ha ido quedando vacía, y sin embargo ha ido ganando en riqueza ecológica, ofertando grandes espacios silenciosos, paradisíacos o que nos devuelven la serenidad, la confianza de estar en contacto total con la Naturaleza.

Desde el jueves (santo) 20 de abril, hasta el domingo (de resurrección) 23, Pastrana va a ser de nuevo la sede de una importante y cada año más entretenida Feria de Turismo Rural. Una especie de FITUR a la alcarreña, en la que comarcas agrupadas, establecimientos de hostelería, empresas de deportes al aire libre, editoriales de libros de turismo y guías, grupos fabricantes de elementos para las «segundas viviendas» en el pueblo, y ofertantes de comidas y bebidas de la tierra, se darán cita en la nave del templo de San Francisco, y en el hermoso claustro mudéjar del mismo. Seguro que habrá regalos y oportunidades para los visitantes. Y, en todo caso, la posibilidad de tomar nota, de mirar, de saber lo que hay por el mundo que se abre, con la mano tendida, para ser visto y vivido.

Pastrana y su entorno alcarreño

En este fin de siglo, los pueblos de la Alcarria comienzan a darse cuenta de que lo realmente importante es lo que hace poco señalaba Francis Fukuyama como clave del desarrollo de un país, o de un grupo humano cualquiera: lo importante es mantener una dosis suficientemente alta de mirada hacia el futuro, y que esta sea, en cualquier caso, mayor de lo que cada país o grupo tenga de capacidad de mirada hacia el pasado. No es bueno radicalizarse en una de las dos posturas. Porque si parece que lo ideal es abrirse al tiempo por venir, y morar en la esperanza solamente, no deja de ser un error que luego se lamenta. Porque los pueblos que olvidan su historia, o la desconocen, están condenados a repetirla. El equilibrio es siempre lo ideal, como la virtud, que está en el término medio. Yo creo que lo mejor anda en un porcentaje de más/menos el 60% al futuro, y el resto al pasado. El latido de cada instante se debate entre las dos anteriores posibilidades. La vida es un «venir de» y un «ir a».

En la Alcarria, que fue tierra muy volcada siempre al pasado, en la que los retratos de los abuelos aparecían presidiendo el comedor, y el cementerio recibía honores de gran salón social, se está empezando a cambiar. En la Alcarria, hasta las Centrales Nucleares (con todo el riesgo que día a día siguen manteniendo sobre nuestras cabezas) son ya cosa del pasado. Hay que buscar alternativas mejores, y distintas. ¿Cuales? Sin duda el Turismo Rural es una de ellas. Bien hecho, con cabeza, con corazón, con ganas, con profesionalidad. Cortando de raíz la picaresca que al amparo de las subvenciones y los amiguismos se han podido generar en un principio. Dejando que sea la iniciativa privada, con lo que de riesgo y de heroísmo conlleva, la que marque el camino.

La Alcarria es una comarca «a la que a la gente ya le va dando la gana ir» según decía el Premio Nobel Cela al comienzo de su segundo Viaje a la Alcarria. Nadie podrá negarle a Cela el gran mérito de haber «vendido» la imagen de una Alcarria pobre y atrasada. De una Alcarria anclada en el pasado. Porque eso sigue atrayendo a mucho público, y además servirá para que quien venga se lleve la sorpresa de que ese mundo de atraso y pobreza ya no existe. La solemne lontananza parda de los carrascales, y el azul grisáceo de los montes de Altomira, son el marco ideal de un mundo que se mueve, de un mundo que tiene fe en el futuro, pero que no olvida, en ningún momento, su rico pasado. Del que hasta vive.

Historia y Patrimonio

Pastrana es el mejor ejemplo de esa doble vía del desarrollo. El anclaje en la historia, en las memorias de antiguas damas turbulentas (la de Éboli) de santas con agallas (de Teresa de Jesús) de faranduleros y ricos-hombres, de moriscos y frailes herejes, sirve para dar un barniz de elegancia e intriga a sus calles. Por aquí pasaron… puede decirse de la calle de la Palma, y recordar los nombres de Ruy Gómez el portugués, o de Juan Bautista Maino el italiano. Estos fueron… y señalar con el dedo los derrumbados muros de un jardín morisco, de un convento de frailes mínimos, de un batán donde se entregaba poderío a la lana.

Podría aquí poner el listado de personajes y de monumentos que hacen grande y hermosa a Pastrana. Lo podría incluso copiar de un libro que sobre ello he escrito. Ya lo hacen otros, y además sin citarme. No: prefiero entregarme al sano e inquietante temblor de pasear por las cuestas pastraneras, darle la vuelta entera a los muros altísimos de la Colegiata, bajar hasta la fuente de San Avero, a ver si aún es capaz de pasar una mula, o un borrico, camino de las huertas. Pisar con energía ante las cruces de los mayos, subir hasta el Albaicín, a contemplar el caserón donde Fernández de Moratín se retiraba en los cálidos veranos de Castilla, a escribir tras pensar, a pensar tras vivir. Y oler la ceniza que se esparce al cielo en el atardecer de otoño sobre los tejados viejos, recomponiendo la añoranza de los niños cantores del colegio de San Buenaventura, los paseos que por el plazal vacío dieran Alonso de Covarrubias, Pedro de Medina y Nicolás Adonza, calculando el efecto que debería dar la fachada del nuevo palacio que les mandaba construir doña Ana de la Cerda, la primera señora del lugar, a la que el concejo y hombres buenos miraron siempre con odio y con respeto. Y aún imaginar las noches del verano, ya casi cantando el alba sobre el valle del Arlés por Valdeconcha, cuando regresaban satisfechos y felices los mozos por haber catado la pimienta de las mujeres de seguida que se albergaban para su gozo en la casa de mancebía que puso el ayuntamiento de costa de sus propios (en el siglo XVI, claro).

Carlos Iznaola, ese gran maestro acuarelista que tiene estos días exposición abierta en la Sala de Arte de la Caja de Guadalajara, ha sabido captar como nadie el aire, la atmósfera, la sonora quietud de Pastrana. La exacta verticalidad de sus muros, la suavidad gris de sus perfiles.

En Pastrana, el viajero, disfrutará si tiene sensibilidad. Si no la tiene, también podrá disfrutar, comiendo y regando las entretelas del estómago. Pero a quien le mueve gracia el sonar de una campana, el mirar desde un plazal escurialense la levedad del aire sobre los huertos, y tiene garra para imaginar un Corpus de alegrías y pífanos entre el color arrebatado de una calle mayor tapizada de paños de Flandes, Pastrana le entusiasmará hasta la lágrima. Solo tendrá una cosa que hacer, quizás al final de todo: Subir de nuevo hasta el atrio abierto de la Colegiata, ponerse ante la cruz de piedra que se deja arrullar por la hiedra que trepa el muro, y leer la placa que recuerda a José Antonio Ochaíta, el poeta que murió recitando, y más que morir resucitó en la palabra. No debo seguir, porque los más de mis lectores ya han cerrado el nueva alcarria, y se están subiendo en el coche para irse a Pastrana. A descubrirla otra vez, porque nunca se acaba.

Umbralejo

La sierra norte de Guadalajara, sumida desde hace años en la desertización y deshumanización por la emigración de sus habitantes, viene en estos últimos años cobrando un protagonismo que surge de su idiosincrasia arquitectónica y belleza paisajística.

Junto al Alto Tajo y el Hayedo de Tejera Negra, la zona de la Arquitectura Negra, especialmente los valles de Majaelrayo y Valverde, en las caras norte y sur del Ocejón, despiertan cada día mayor admiración en gentes, en miles de gentes cuya pasión es viajar y ver cosas nuevas, la razón sabia y generosa de la Naturaleza, que entre nosotros se expresa con magnanimidad absoluta.

Los Ministerios de Educación y Ciencia, de Obras Públicas y Transportes y de Agricultura, Pesca y Alimentación, incluyeron a Umbralejo, junto a los lugares de Granadilla y Búbal, también abandonados y vacíos desde años antes, en el llamado PRUEPA (Programa de Recuperación y Utilización Educativa de Pueblos Abandonados), de tal modo que a lo largo de bastantes años, y durante diez meses al año, los tres pueblos venían recibiendo grupos de estudiantes, tanto de enseñanzas secundarias como universitarios, quienes a lo largo de su estancia tenían la oportunidad de disfrutar de un estrecho contacto con la naturaleza y de convivir en un medio rural que generalmente les era completamente ajeno. Un equipo permanente de monitores formados meticulosamente en las diversas áreas desarrolladas, se dedicaba a proporcionarles un programa educativo que trataba de ayudar a los jóvenes participantes para conocer mejor la riqueza del entorno natural, social y costumbrista, en una aproximación educativa a lo que había sido la vida rural, la esencia de la vida en los pueblos, con un purismo que ralla en la ausencia total de elementos de la modernidad y la «civilización» que hoy nos arropa. Esto es: allí no existen aparatos de televisión, no hay transportes mecánicos, no hay tiendas, nada más que casas, caminos y bosques en la falda de las montañas.

La localidad de Umbralejo ha sido en los pasados meses punta de actualidad, por cuanto el ministerio de Educación había pensado eliminar sus ofertas educativas del panorama extra-escolar que se mantiene desde hace años. Una serie de profesores y encargados de dar vida a aquel proyecto tan atrayente, se quejaron, encontrando apoyos en todos los niveles. Tras haber sido revalidada su utilidad y confirmada la continuación de su tarea, Umbralejo merece un recuerdo en este momento. Y un ánimo para que lo visiten nuestros lectores más viajeros y animados. Porque llegar allí no es fácil, aunque el gusto por verlo satisfaga cualquier otro sacrificio.

Descripción de Umbralejo

Según nos refieren Nieto y Alegre en su conocida «Guía de la Arquitectura Negra de Guadalajara», una vez pasado Valverde de los Arroyos, y tras cruzar el hondo foso del río Sorbe, «nos encontramos con UMBRALEJO, situado a más de 1.200 metros de altura en una ladera que desciende hasta la margen derecha del río Sorbe. Fue una aldea de La Huerce hasta que hace unos años fue adquirida por el ICONA. En el año 1751 tenía 42 casas y 32 pajares. La iglesia parroquial, hoy arruinada, es de una sola nave, tiene una entrada con arco de medio punto construido en pizarra y espadaña a los pies sobre el muro de poniente, con remate triangular de pizarra. El conjunto de casas del antiguo poblado ha sido, casi en su totalidad, reconstruido por el ICONA que, en colaboración con otras administraciones del Estado, ha dedicado el pueblo a sede de proyectos educativos». Y sigo apoyándome en el magnífico estudio de estos autores, que añaden como complemento técnico a la descripción general del lugar: «Pese a la masiva reedificación realizada, quedan algunas casas originales, como la perfectamente restaurada dedicada hoy a museo etnográfico, que nos da una idea de la tipología residencial tradicional dominante en este núcleo. Es una vivienda que se distribuye en dos plantas, situándose en la baja el zaguán de acceso, dos cubículos para aperos y, al fondo, las cuadras. Desde este zaguán parte una escalera hacia la planta primera donde se encuentran las alcobas y el espacio de la cocina, a la que se abre la boca del horno, cubierto por la gran campana de la chimenea. Sobre esta planta está la cámara bajo cubierta formada por estructura de palos, barro y pizarra. Solamente cuatro huecos, la puerta de entrada y tres pequeñas ventanas, todas con grandes dinteles, se abren a las fachadas».

Un día en Umbralejo

Gracias al Programa referido, y a que de nuevo se ha reinstaurado lo que parecía iba a desaparecer, Umbralejo ha resurgido, y hoy constituye una sorpresa para quien a él llega, pues se encuentra con una arquitectura serrana y una estructura urbanística original, todo ello basado en los materiales auténticos, reutilizados. Tan sólo ha cambiado la técnica de construcción que, aunque se intentó imitar en todo, ha pretendido ser más funcional y duradera.

Mientras que antiguamente la gente levantaba con sus propias manos (y las de sus vecinos) los muros de lo que después sería su casa, extraían el material (en este caso, el gneis y la pizarra) de los alrededores y lo transportaban en burros, carros y carretas, clasificaban las piedras según sus características (planas para el tejado, las más compactas para las esquinas de los muros, los trozos pequeños para rellenar huecos…), y lo mismo hacían con la madera para las vigas, para las que no servía cualquier tronco, hoy se ha hecho todo con elementos más sofisticados, pero el resultado es un armonioso conjunto de casas de muros y tejados pizarrosos, ventanas y puertas de madera, chimeneas humeantes, jardines llenos de flores, callejuelas estrechas y sombrías recubiertas de musgo… Tan sólo rompe esta uniformidad la antigua iglesia del pueblo, que como nos dicen Nieto y Alegre, está totalmente derruida y sin posibilidad de reconstrucción, por el momento, pues es propiedad todavía de un particular.

Los colegiales y asistentes a los cursos del MEC. se alojan en dos de las casas del pueblo (las que llaman la «grande» y la «pequeña»), ambas resultado de haber unido varias de las antiguas. Además se han modificado las estancias para amoldarse a los distintos usos: talleres, salón social, médico, biblioteca, comedor, museo… que este tipo de actividad comunitaria y educativa requiere. Así encontramos, al llegar después de un largo viaje por estrechas y empinadas carreteras, a Umbralejo acogedor, rústico y tradicional. Un encanto de espacio serrano que no se borrará fácilmente de nuestro recuerdo.

Además de lo descrito, el entorno en que asienta Umbralejo es de lo más espectacular que pueda imaginarse: desde cualquier rincón del pueblo es posible observar el pico Ocejón, el símbolo natural de estas tierras, que asoma orondo y alerta sobre los robledales del entorno, rojizos en otoño e invierno, verdes oscuros en la primavera y el verano. De los chavales que alguna vez han acudido a estos encuentros, a estas semanas que parecen largas al principio, y luego son un soplo cuando acaban, hemos oído impresiones, siempre favorables y gratificantes. Qué gran idea fue convertir a Umbralejo en esta «Aula de la Naturaleza» que hoy es un auténtico orgullo para la provincia de Guadalajara. Ello viene a demostrar que nuestra tierra, aunque se haya quedado vacía de gentes en la parte de su Sierra Norte, mantiene el espíritu creativo y vivificante que tuvo desde sus orígenes, allá cuando la creación del mundo, en aquella noche en que Dios no veía, y a tientas hizo «los pueblos negros, los pueblos del Dios de noche».