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enero 29th, 1999:

Aparece la botarga por la tierra de Guadalajara

 

En estos días que tenemos, como un festival multicolor de ofertas y bondades, la FITUR abierta en Madrid, y la cara alegre de Guadalajara ofrecida a los cuatro vientos, no es tarea perdida evocar una de las esquinas en las que se fundamenta el turismo de nuestra tierra. Y hacerlo precisamente en los días (estos últimos de enero) en los que el viejo rito, la costumbre que nadie sabe de donde surge, ni por qué, cobra fuerza y adquiere protagonismo por las empinadas callejas de nuestros pueblos serranos.

Me estoy refiriendo, de una parte, al Costumbrismo, a los rituales festivos más antiguos y propios. De otra, a las botargas serranas, que son la punta de ese muestrario de festividades típicas, de asombrosas manifestaciones del primitivo genio de nuestra tierra alcarreña, campiñera y serrana.

En la FITUR están exponiendo su imagen todos los pueblos, villas y ciudades que (con una más que merecida capacidad y una orientación perfecta y adecuada) saben que su porvenir anda por el Turismo bien llevado. Y así ciudades como Sigüenza y Molina, o villas como Pastrana, Cifuentes y Torija, o comarcas como el Alto Tajo, la sierra Norte, etc., están diciendo a los miles de visitantes de Fitur por qué merece un viaje nuestra tierra.

Pues bien: Guadalajara entera se merece un viaje por todo eso que allí se dice, y porque la pureza de sus costumbres aún tiene fuerza para servir de reclamo propio, con personalidad. Y si no, que se lo pregunten a los vecinos de lugares como Beleña, Arbancón, Retiendas y Peñalver, en los que muy pronto van a salir las botargas a recorrer sus calles. Las botargas son uno de los más ricos patrimonios culturales de nuestra provincia. Porque en ninguna otra parte se ve, ni se vive, ni se escucha con la pureza y la fuerza que en nuestros pueblos serranos y alcarreños. En torno a la fiesta de las Candelas, de San Blas, de Santa Águeda. En algunos sitios ya han salido por San Sebastián, o por la Virgen de la Paz, y en otros aparecerán más tarde, pero siempre al sol tibio del invierno que parece querer retirarse, surgen las fiestas de botargas. Afortunadamente, vivas en muchos sitios (Aleas, Montarrón, Beleña, Retiendas y Arbancón), permanentes en todos (Mazuecos, Peñalver, Robledillo, Valdenuño) con la alegría de una fiesta de origen y evolución misteriosa, pero propia y querida surge en todas partes.

Muchas y curiosas

En Guadalajara surgió el pasado año la botarga de la ciudad, recuperada por el Grupo «Los Mascarones» y apoyada por el Ayuntamiento capitalino. Con la seguridad que da el estudio pormenorizado de cómo fue aquel danzar, como fueron aquellos trajes y aquellos sonidos, aquellas subidas y carreras por la calle Mayor. Todo un lujo de color y formas que los arriacenses recuperamos.

Pero en la provincia se suceden las escenas, los ritos y los sonidos de cencerros. Las máscaras saltan a la calle. Es la botarga.

Los trabajos que en la segunda mitad de este siglo han realizado Julio Caro Baroja, Sinforiano García Sanz y José Ramón López de los Mozos, fundamentalmente, nos han ido revelando formas, ritos y significados de estas fiestas. En los próximos días, concretamente en sábado y domingo más cercano al día de la Candelaria (2 de febrero) aparecerán en las calles de Retiendas la botarga de este pueblecito preserrano. ¿Qué hace esta figura de color y ruido?

Bailar y asustar a los pequeños. Además de la procesión de la Virgen, surge bailando la botarga: traje de paños multico­lores, careta de diablo, cachiporra y castañuelas, con un buen nudo de cencerros en la espalda. Este personaje da brincos y hace sonar las latas delante de la imagen, sin darla nunca la espalda. Al regreso de la procesión dentro del templo baila la botarga y suena el tambor. Los que llevan las andas se arrodillan tres veces con la imagen sobre los hombros, y la gente arroja monedas sobre ellas. La sonoridad de la botarga sigue pasando por las casas a coger chorizos y pidiendo dineros a las gentes. Luego se deja caer por un terraplén, mientras los chicos del pueblo apedrean un «pajarito» o dulce típico puesto sobre la cachipo­rra de la botarga.

Botargas aquí y allá

Será este tema una buena justi­ficación para hacerse a La carretera, consultar el mapa, arribar a los pue­blos, y conocer mejor su forma de ser y de expresarse. En este caso concreto de las botargas, y aunque en cada pueblo y cada festividad se manifiesta de un modo diferente, en común aparece su carácter jugue­tón, temido de niños y reído de mayores, revestido de un traje de franela o paño fuerte de múltiples colores, la cara tapada de una más­cara enloquecida, las manos ocupa­das de porras, naranjas y castañue­las, las espaldas y cintos apretadas de cencerros y campanillas, y unas ganas incansables de correr, de gol­pear «a propios y extraños», de pedirles limosnas y voluntades, de saltar en silencio delante de la Vir­gen, de San Blas o de quien se lo pida generosamente. En fin, un día donde lo cotidiano se olvida y la magia del primitivismo prehistóri­co parece aflorar en cada plaza, en cada era, en cada rincón frío de los pueblos de nuestra provincia. Un buen momento, —mañana, el dom­ingo- para conocer esta costum­bre milenaria, para recordarla y revi­virla, para saber un poco más de nuestra tierra. Y así poder decir, en la FITUR que también estos días se celebra, que en Guadalajara hay, todavía, más, mucho más de lo que viene en los folletos turísticos.

Hoy, podemos decirlo al modo antiguo, «toca bo­targa». Toca para que sepamos que ­aún late el profundo sentido po­pular de nuestra tierra. Para que nos sintamos también reconforta­dos por ese decidido empuje que se le da a la naturaleza, por obra y gracia de un folclore antiquísi­mo, multicolor y misterioso todavía.