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El palacio de Antonio de Mendoza, joya plateresca

 

En estos días aparece la reedición de un libro al que tengo especial cariño. Porque trata del lugar donde pasé (a ratos estudiando, a ratos riendo) la adolescencia: era el viejo Instituto «Brianda de Mendoza», hoy Liceo Caracense, y de él hice con mi buen amigo y profesor de Historia de ese centro, Antonio Ortiz García, un estudio bastante completo de su historia y del arte que encierra [a raudales, con feraz generosidad, en cada esquina] y que todos los alcarreños deberían conocer.

Porque este palacio que la historia conoce como de don Antonio de Mendoza, en la parte baja de la vieja ciudad de Guadalajara, frente a frente del templo de Santiago, es un lugar que marca con singular precisión la esencia de la ciudad: centra el devenir de los Mendoza siempre presentes, y recoge en sus formas y adornos la belleza que ellos y sus artistas preferidos quisieron poner siempre a la piedra, a la madera, a los perfiles de cualquier obra de arte.

Tuvo loa buena fortuna este libro de agotar en poco tiempo su primera edición, y hemos puesto ahora una nueva, que es prácticamente nueva, al menos en lo que a fotografías y grabados se refiere, pues el texto viene a ser el mismo, salvo algunos añadidos que relatan lo que en estos últimos años ha ocurrido dentro de este edificio, que no ha sido poco.

Lo que otros dijeron

El palacio de don Antonio de Mendoza ha sido, desde que se construyera hace ya casi quinientos años, la admiración de viajeros y visitantes. Todos cuantos podían verlo quedaban maravillados de su belleza de formas, de su equilibro, de su señorío y elegancia. Modernamente incluso, los más acreditados profesores y estudiosos del arte castellano han profundizado en su descripción, en el análisis de sus formas y significado, y han terminado por ponerle entre las joyas platerescas de Guadalajara y de Castilla toda.

Concretamente fueron don Elías Tormo y Monzó quien, a principios de este siglo, se fijó en la belleza y singularidad de sus capiteles, que sirvieron para bautizar a todo un estilo: el «capitel alcarreño» es todo aquel que se parece, en más o en menos, a los que tiene repartidos por su patio este palacio de Antonio de Mendoza.

Fue luego don Manuel Gómez Moreno, en su clásica obra «Sobre el Renacimiento en Castilla» quien le colocó como la raíz de sustanciación y penetración del movimiento arquitectónico imitador de la Antigüedad clásica, atribuyendo con toda justeza a Lorenzo Vázquez la autoría del edificio. Más recientemente, el profesor de la UNED Víctor Nieto Alcaide ha hecho, en su libro definitorio «El Renacimiento: formación y crisis del modelo clásico» un análisis meticuloso y técnico que, además, afianza ese carácter de pieza fundamental, angular, en el arte castellano.

Lo fundamental para ver

Sin poder concretar las fechas de su construcción, parece que ya estaba concluido el palacio hacia 1506‑1507. La atribución de su autoría a Lorenzo Vázquez es unánime. Aunque es evidente la diferencia formal que existe entre las diversas partes del edificio, estas se han explicado a través de determinados modelos italianos que conocería Lorenzo Vázquez a través del llamado Codex Escurialensis, un manuscrito lleno de dibujos que, llegado de Italia a finales del siglo XV, con la copia de los dibujos de la Domus Aúrea, la Casa de Nerón en Roma, y hoy conservado en la Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, debió tener en sus manos Lorenzo Vázquez, y de él tomar la mayor parte de sus muestras decorativas y aún estructurales.

Debe destacarse, respecto a la estructura del edificio, que su fachada principal ofrece un tratamiento más modesto que el interior, en especial el patio y la escalera, haciéndonos recordar la tradicional interiorización de la arquitectura palaciega en Castilla.

Es en la portada donde se concentran la mayoría de los motivos decorativos y representativos de la fachada. Hoy se encuentra ésta muy modificada tras la supresión, hacia 1900, del frontón triangular agudo que la remataba y que solamente conocemos por antiguas fotografías y dibujos. Esta portada está formada por un arco de medio punto flanqueado por pilastras, teniendo, en el mencionado y ya perdido frontón, un escudo con las armas de don Antonio Mendoza, el magnate constructor. Las pilastras se decoran, seguramente en relación con la personalidad y aficiones del señor de la casa, con profusos motivos militares: armaduras, cascos, escudos, picas, lanzas y otros elementos.

Es el patio el lugar más espléndido, el que constituye el núcleo principal del edificio. De planta cuadrada y con dos pisos, ambos arquitrabados, con cinco vanos en cada panda. Los soportes están formados por columnas con capiteles sobre los que descansan zapatas y un arquitrabe de madera. Los capiteles de estas columnas, el llamado «capitel alcarreño» por Gómez-Moreno, difieren de los de escalera. Uno de éstos presenta una voluta de arista. Los otros dos muestran una composición formada por un jarrón cen­tral con delfines en sustitución de las vo­lutas similares a ejemplos italianos, espe­cialmente a los del Palacio Quaratesi‑Pazzi de Florencia, realizado, entre 1450 y 1470 por Giuliano da Majano.

Entre los aspectos más asombrosos del patio, está la disposición sobre los capitales de zapatas de madera sobre las que apoya un arquitrabe de este mis­mo material. La zapata puede considerarse como una solución arquitectónica plenamente española, y con ella se establece, en opinión de Nieto Alcaide, una clara actitud anticlasicista. A este respecto, dice el profesor de la UNED que «es cierto que en Italia esta solución tuvo escaso arraigo, siendo desplazada por la aplicación de un sistema normativo y clásico de órdenes, aplicándose de forma esporádica en algunas obras como la aba­día Fiesolana, en la que trabaja el arqui­tecto Francisco Simone Ferrucci. Para nuestro caso interesa destacar también su presencia en pinturas y en fuentes impre­sas; así en frontispicios de libros, como, por ejemplo, en el Supplementum Chro­nicarum del agustino Giovanni Filippo Foresti de Bergamo de 1492. Dicho mo­delo, que no proponemos como el que pudiera servir de apoyo al arquitecto del palacio Mendoza, pone de manifiesto como la zapata pudo difundirse como una solución constructiva con la garantía de clasicismo que avalaba su empleo italia­no. De ahí que su presencia en estas obras iniciales, de acuerdo con las razones ex­puestas, obedezca a la transposición de un modelo existente en la arquitectura italia­na del Renacimiento». Y continúa Nieto alcaide insistiendo cómo en el palacio de don Antonio Mendo­za de Guadalajara, con la autoridad de su empleo en mo­delos italianos y su valor como referencia modular de la composición, se integra en la arquitectura culta, manteniendo, ade­más, sus funciones de practicidad: «en el patio del Palacio de don Anto­nio Mendoza la zapata, además de la cons­tructiva descrita, juega otra función im­portante al aplicarse en relación con el sistema de proporciones. Sin recurrir a la superposición de un trozo de entablamen­to, a la manera brunelleschiana, permitía una sobreelevación de los soportes, sin au­mentar su sección, manteniendo, desde este supuesto unas determinadas relacio­nes de proporción. Los arquitrabes de cada uno de los dos pisos de que consta el patio se decoran con pequeños tondos situados sobre el eje de las columnas y en el centro de los intercolumnios, motivo que aparece, también en el centro del fren­te de la zapata». Esto es lo que hace pensar a los estudiosos del monumento, que las zapatas que en él por vez primera se utilizan en el arte español, no tiene exclusivamente un papel orna­mental sino que actúan como referencia y cita figurativa del módulo base utilizado para la composición. Así cada interco­lumnio está compuesto sobre dos módu­los desde el eje de los soportes, el ancho de la zapata corresponde a un módulo y el espacio del arquitrabe entre los rema­tes de éstas a otro. A través de ello, en co­rrespondencia con la forma de la zapata, la composición de cada panda se articula de acuerdo con una trama reticular.

Y en todo caso, aparte de estas anotaciones un tanto eruditas, pero que aseguran la fundamental importancia de este edificio alcarreño en el contexto del arte arquitectónico español, el palacio de Antonio de Mendoza es, sin duda, uno de los elementos básicos y eternos del patrimonio monumental y arquitectónico de Guadalajara.

Que está, y una vez más hay que repetirlo con verdadero dolor, nunca resignado, olvidado de muchos, sobre todo de quienes, responsables del patrimonio arquitectónico de Guadalajara, deberían poner todos los medios para que este edificio fuera visitado por cuantos (turistas, viajeros y curiosos) se acercan a Guadalajara a conocernos mejor. En todas las guías viene el palacio de Antonio de Mendoza; un libro, como el que aquí comento, le desmenuza y trata con amplitud y detalle: pero no hay forma de contemplarlo a gusto si no es recurriendo a favores, a oportunidades y casualidades. Especialmente en el verano, época en la que más turistas vienen a Guadalajara, por no ser período lectivo el Palacio de Antonio de Mendoza permanece completamente cerrado a las visitas ¿Es esto lógico?

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