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junio 26th, 1998:

Sigüenza, hecha de leyendas

 

La ciudad de Sigüenza está hecha de piedras rojizas, de fuertes rejas, de claros sillares calizos, de veletas rugientes y hondísimos portales húmedos. Pero está fraguada también de historias y leyendas. Tantas, que llegan a mezclarse en la imaginación y la memoria de cualquiera que recorra, año tras año, sus esencias.

Estuve en Sigüenza la otra tarde, hablando como siempre con mi buen amigo y gran escritor el doctor Martínez Gómez-Gordo. Me contó que andaba dando sus últimos toques a un libro que promete ser otro «boom» de su ya dilatada producción bibliográfica. Tratará en este caso de la reina doña Blanca de Borbón: una biografía completa y pormenorizada de esta joven mujer que en el siglo XIV anduvo desconsolada toda Castilla, y aún España entera, viendo cómo su legítimo marido la repudiaba y encerraba. En ese periplo estuvo en Sigüenza, y salió en la conversación la «leyenda» de doña Blanca como prisionera en el castillo.

Leyenda de doña Blanca de Borbón, prisionera en el castillo

Nada de cierto se sabe de la estancia de doña Blanca en el castillo de Sigüenza, por falta total de documentación en los archivos de la ciudad. Decía Minguella en su «Historia de la Diócesis de Sigüenza» que el rastro de la reina Blanca en Sigüenza se pierde como si la historia tratase de olvidarla en su inmerecida pena, y no ha guardado en los Archivos de esta nuestra ciudad documento alguno que directa ni indirectamente se refiera a tan triste suceso. Pero como sabemos con certeza que la desdichada reina estuvo retenida en la ciudad episcopal del Henares, no es demasiado arriesgado aventurar que doña Blanca ocuparía el palacio episcopal, en ausencia del obispo Gómez Barroso, quien primeramente estuvo prisionero en Campóo y luego exiliado en Aviñón. Y ocupó este palacio que construyó el obispo don Simón Girón de Cisneros medio siglo antes, en calidad de confinada o retenida, y no como prisionera cargada de cadenas, como algunos poetas llegaron a decir. En el castillo seguntino permaneció doña Blanca de Borbón, entre 1355 y 1359 acompañada de personas de su confianza, como su secretario Ottobón de Oliva; su capellán y secretario Juan Oyuel; y los caballeros que la custodiaban Iñigo Ortiz de la Cueva y Ruy Pérez de Soto, además del caballero Hinestrosa, quien se portó caballerosamente con ella. Es seguro que fuera además asistida por su dama doña Leonor de Saldaña. Hasta Sigüenza llegaron las certezas de que el Papa  Inocencio VI, como buen francés, no dejó ni un momento de intentar por todos los medios posibles liberar a su joven compatriota, conocedor de su triste situación de rehén en manos de un rey despótico y cruel. Las resistencias que diversos nobles y eclesiásticos castellanos, exiliados en Francia, fueron creando contra el rey de Castilla, hizo que este fuera poniéndose cada vez más duro en su comportamiento con los que no pudieron escapar.

¿Donde estuvo «prisionera» doña Blanca en el castillo seguntino? En su ya mencionado próximo libro, el Cronista Martínez Gómez-Gordo nos informa sobre la cuestión. La leyenda dice que estuvo encerrada en un pequeño cuarto de la denominada «Torre de doña Blanca», también conocida como «Torre de Mari-Blanca». Tanto MINGUELLA, en 1911, como el cronista provincial LAYNA SERRANO repiten  la afirmación que previamente había hecho el  historiador don Juan Catalina García: No podemos negar que fuera el calabozo donde la Reina lloró sus desventuras; pero su decorado es del siglo XVI. Para Gómez-Gordo la prisión de la reina fue más nominal que real: tenía prohibido abandonar la ciudad, y posiblemente no la dejaban, si no era excepcionalmente, salir del castillo-palacio. La que hoy se enseña en el Castillo-Parador como «Celda de la torre de doña Blanca» es un lugar al que se ha atribuido lo más negro y rudo de la historia, pero sin visos de certeza ninguna. El cronista seguntino, en su bellísimo y bien cimentado libro, próximo a aparecer, nos dice sobre este tema que Blanca de Borbón, joven y bella, «desde sus aposentos, vería en sus cuatro años de encierro, allá abajo, lejos del recinto amurallado de la ciudad, cómo se iba levantando, de sol a sol, con parsimonia y con mucho ajetreo de menestrales, la primera torre de la hermosa y sólida catedral. Y en sus graves estrecheces económicas… mandando a su dama de compañía, doña Leonor, pignorar pieza tras pieza en las Travesañas, la judería de la ciudad, su riquísimo ajuar de novia, cargado de rica pedrería».

Otras leyendas seguntinas: el Doncel, el túnel del pozo, la lechuza sabía…

Siguió nuestra conversación, bajo los olmos tupidos de la Alameda, y ya al caer de la tarde benéfica, en torno a otras leyendas seguntinas. ¿Es realidad o leyenda lo que se cuenta en torno a Martín Vázquez de Arce? Documentos hay pocos, y los mejores (aunque escuetos) son los que están tallados en su hermoso sepulcro. Murió en la vega de Granada, combatiendo con los moros, una tarde de julio de 1486, a los 26 años, acabando su gloriosa existencia de guerrero que junto a su padre y otros compañeros habían tomado al Islam las localidades granadinas de Moclín, Illora, Montefrío, Loja… ¿Pero fue realmente un fiero guerrero? ¿O un refinado humanista? ¿Un afeminado como le han querido ver otros? ¿Un bruto matarife de moros? En su lánguida secuencia de gestos, lector y espadachín, caben todas las sugerencias y las imaginaciones. Que cada uno piense lo que quiera. Martín Vázquez, de alabastro puro, todo luz y esencia, sonríe desde el más allá, leyendo el libro de su propia vida, el libro que otros han escrito sobre él, y él sabiendo que todo es mentira…

Y puestos a entrar en misterios, en leyendas repetidas y sin posible confirmación, apareció en la conversación el tema del túnel que hay, tallando el subsuelo de la ciudad, desde el fondo del pozo que hay en el patio del castillo, hasta el fondo del pozo que luce renaciente y pulcro en el centro del claustro de la Catedral. Por una y otra boca se han metido los espeleólogos. Han bajado mucho. Han tocado fondo y han comenzado a andar por una galería alta, capaz, tenebrosa… pero nunca nadie ha conseguido, entrando por uno de los pozos, salir por el otro. ¿Alguien lo hizo en tiempos pasados? ¿Quién talló semejante vía de escape (la vida es tan preciosa que merece ese sacrificio, y aún alguno más) para huir en mala hora desde el castillo? ¿O para subir al castillo desde la catedral? Deja correr, lector, la imaginación bajo la tierra, entre las húmedas y resbaladizas paredes de esos pozos, de esos sótanos, de esos pasadizos oscuros…

Y al final, cómo no, salió la leyenda de la lechuza sabia. Aquella que dicen se coló una noche en la habitación del maestro Ciruelo, catedrático en la Universidad de Sigüenza, profesor de Matemáticas, de Filosofías y saberes recónditos (incluso prohibidos). Era el más sabio de su tiempo, y las malas lenguas decían que al maestro Ciruelo le dictaba sus saberes una lechuza que, a la medianoche de los días siete de cada mes, se le posaba en el hombro, y al oído le susurraba viejos, tenebrosos, luminosos saberes arcanos.

¿Te gustaría saber más leyendas, más misterios de la ciudad mitrada? Bajo las torres silenciosas, que parecen hablarse entre sí con sus veletas, discurren consejas desde hace siglos. Lo mejor es ir a Sigüenza, saber de sus historias y misterios, hablar con Juan Antonio, leer sus libros…