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Rumbo a la Expo ’98 en Lisboa

 

Hoy es el gran día en Lisboa. El gran día en Portugal, en la Península Ibérica y en los mares todos, y en los océanos del globo. Hoy es el día que abre sus puertas para todos la exposición universal del fin de siglo: la Expo de Lisboa ’98.

Hace un mes largo, con motivo del XXI Congreso Nacional de Escritores de Turismo, asistí a esta Feria, entonces en pleno proceso de construcción. Era el día (28 de marzo) en que se inauguraba esa otra espléndida realización lusa, el gran puente «Vasco de Gama» que cruza el estuario del Tajo en su parte más ancha (17,5 Km. de puente, total nada).

Veía entonces el Tajo (era un día de primavera incierta, lluvioso y frío como son en Lisboa los días en que se agita el Atlántico) como el generoso don de una tierra que es también la mía: nacido en la bravura rocosa de las sierras molinesas, el Tajo aprende a ser río por Guadalajara, y llega al océano hecho señor, sabio y generoso: en Lisboa se funde, en muerte y figura, con el mar. La neblina que impide ver la otra orilla desde lo alto del castillo de San Jorge, convierte al puente Vasco de Gama en una obra de ingeniería humana que parece salida de una película de ciencia-ficción o de magia: se le ve salir desde la orilla, justo desde el extremo oriental de la Expo, y se pierde sobre la aguas, como un cansado objeto de hormigones y de hierros que avanza hacia la nada, o hacia el infinito.

Una Expo variada y marinera

La Expo de Lisboa que hoy se inaugura promete ser entretenida, variada y alegre como lo fue la de Sevilla. Y además marinera, muy marinera y oceánica. Porque es la dedicatoria de la mayoría de sus pabellones monográficos: el mar en todos sus aspectos. Una llamada para la salvación, la conservación y el buen uso de los mares.

La estructura de este recinto, que ha surgido en un terreno antes yermo, en la orilla derecha del Tajo, en el recorrido que este hace antes de bañar la orilla lisboeta, es sencilla: alargada, se arracima entre el ferrocarril que permite llegar a ella desde todas partes, y el río. En cada punta, además, entradas para el público deambulante, que podrá dejar los coches en enormes aparcamientos escalonados.

La estación del tren es maravillosa. Su diseñador y director, el ingeniero valenciano Calatrava: arcadas góticas de acero y hormigón, cristal y telas, la hacen similar a una catedral brillante e ingrávida. Por el agua, se llega a la Expo en barco. Tiene un puerto con un área de exhibición que ofrece modelos de los barcos más antiguos de Europa y otras embarcaciones modernas.

Un recto paseo central deja a los lados los pabellones, que son de un lado los dedicados a las naciones, y de otro los monográficos.

Aquí están, a mi entender, los elementos más interesantes de la Expo. Pueden desde hoy visitarse los pabellones dedicados al «Conocimiento de los Mares», a la «Utopía», y al «Futuro». Están además el Oceanario, con una reproducción en escala gigantesca del océano, especies marinas vivas, ambientes oceánicos variados… Y el Pabellón de Oceanía, también dedicado al mar. En el área de los ámbitos monográficos destacan además el Videostadio (montado por Sony y Jumbotron), los Jardines de García de Orta, un espacio dedicado a las plantas y la vegetación, y el Acqua Matrix, un espectáculo acuático que cada noche surgirá sobre las aguas del puerto nuevo. Finalmente, el Pabellón de Portugal, dedicado en su mayor parte a la Era de los Descubrimientos, da cabal idea de la realidad de este hermoso país, hoy en pleno desarrollo, acogedor, hermoso y siempre merecedor de ser admirado.

Cuántas cosas para mirar en la Expo ’98. En la misma orilla del Tajo (agua oscura, planicie acuosa en protagonismo perenne), surge la Torre Vasco de Gama, de 120 metros de altura, con una basamenta que se adentra en el río, como si fuera la proa de un trasatlántico, y su torre semejando una vela por la que suben ascensores y escaleras. Arriba, como el receptáculo para el vigía, un gran restaurante giratorio que, despaciosamente, deja ver el contorno de la Expo, del Tajo y de Lisboa en sus mil y una panorámicas.

Horarios, fechas, costes…

La Expo ’98 es ya la última del siglo. Sigue a la de Sevilla ’92 y está dedicada, como antes decía, íntegramente al Océano, a los mares, al agua y su fuente de vida.

Se inaugura hoy, 22 de mayo, y permanecerá abierta todos los días (132) hasta el 30 de septiembre. Luego se piensa dedicar su espacio a Museo del Mar permanente, y los edificios están ya vendidos a particulares que así habitarán un espacio moderno y agradable, en una sugerente zona del «más allá» lisboeta. Es una experiencia similar a la que se realizó en Barcelona con la «villa olímpica».

La apertura de la feria se hará cada día a las 8 de la mañana (las taquillas, para venta de entradas), a las 9 (apertura del recinto), y a las 10 (apertura de los pabellones). A las 8 de la tarde cerrarán los pabellones y comienza la «Expo-Noche», comenzando los espectáculos a las 9:30, muy variados, con conciertos, teatros, música, desfiles, etc. A las doce menos veinte de la noche, en el puerto o «Acqua Matrix» un espectáculo de música y luz virtuales sobre el agua. Luego hasta las dos, espacios de jazz, de música africana y americana, fados nostálgicos y a las 3 de la madrugada, cierre del recinto.

Las entradas podrán ser utilizadas para un sólo día, costando a los adultos 4.000 pesetas y a los niños y tercera edad unas 2.000 pesetas. Si se compra entrada para tres días, los adultos pagarán 8.000 pesetas y los niños y 3ª edad 4.000 pesetas. Para entrar a las 8 de la tarde solamente a los espectáculos, el costo es de 1.600 pesetas cada día. Existen otras modalidades, y, por supuesto, aparte hay que pagar el aparcamiento (1.200 el día), las comidas, los refrescos, los recuerdos, los transportes en Lisboa, el Hotel (está todo lleno para junio y septiembre) y el transporte desde España.

Si se anima a ir con la familia, ya puede ir reservando un buen pellizco. Pero seguro que le va a gustar. A mí, que la vi en obras y entre lluvias, me dejó estupefacto por su grandiosidad, modernidad y amplitud. El puente, repito, es lo mejor que le ha crecido a Portugal en muchos años. Y esa Lisboa «antigua y señorial» que queda detrás de la Expo (el Chiado, la cervecería de la Trinidad, el café Brasileira con su estatua de Pessoa a la puerta, el mirador de San Nicolás, las calles del Ouro, de la Prata y la gran plaza del Comercio…) siempre merece que uno se dedique unas horas a soñar por sus calles cuestudas, grises y nostálgicas.

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