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Más de Monasterios: Monsalud

 

De la abundante oferta patrimonial que tiene Guadalajara, los monasterios medievales son uno de los capítulos más originales, y (junto al románico, o los pairones molineses) prácticamente es la única provincia de la Región que puede ofrecerlos. De ahí que insistamos una vez más en el interés que tienen en su divulgación, en su cuidado, en ir poniendo día a día la mirada en sus ruinas (o en sus realidades cotidianas, porque los hay que aún se mantienen vivos) y rescatándolos al menos de su secular abandono. El ejemplo de Sopetrán como monasterio que renace, frente a las ruinas abandonadas de Pinilla de Jadraque, como elemento de todos olvidado, tiene una contrapartida intermedia en el lugar de Monsalud, junto a Córcoles, en la Alcarria más baja que linda ya con el valle del Guadiela.

Un monasterio que, como otros muchos de Guadalajara, se asoma ya a las páginas virtuales de la Red Internet. Cualquiera que se conecte a esta red mundial de comunicaciones desde su ordenador doméstico, podrá leer sus historias y ver sus imágenes. Hay que reconocer que la página que existe sobre «Monasterios de Guadalajara» es muy completa y proporcionará información y entretenimiento a quien la visite. Su dirección es esta: http://www.aache.com/monaster y a cualquier hora en cualquier día desde cualquier parte del mundo puede saber todo sobre estos edificios centenarios.

Un monasterio con siglos de historia

Fue Monsalud uno de los más importantes monasterios cistercienses de toda Castilla. Su origen, casi perdido en las remotas nebulosidades del Medievo, le sitúa en el siglo XII, aunque se hace difícil concretar el momento exacto de su fundación. En 1167, el arcediano de Huete don Juan de Treves hizo fundación de este cenobio, entregando a la comunidad cisterciense de Monsalud la posesión total y el señorío completo de la aldea de Córcoles. Poco después, el rey Alfonso VIII confirmaría esa donación, y él mismo, en 1169, señalaría los límites de su dominio abacial, que iba desde la orilla derecha del cercano río Guadiela, hasta los términos de Pareja, Sacedón y Alcocer. Dice la tradición que el monarca castellano, tras haber reconquistado en 1177 la ciudad de Cuenca a los moros, acudió a Monsalud, implorando a la Virgen remedio pues venía fatigado de graves tristezas y dolencias de corazón: solo con ser ungido con el aceite de sus lámparas desaparecieron esos problemas, y así se convirtió este milagro sobre el rey, en el primero de los que a lo largo de los siglos se sucedieron en este lugar.

Largos siglos de penurias y riquezas alternantes conformaron la historia de Monsalud. Se tuvo siempre al lugar por milagroso, pues la Virgen titular sanaba enfermedades variadas. Los calatravos tuvieron asentamiento en este lugar, ya que algunos de sus maestres fueron enterrados en su claustro. Y la aparición en la lista de abades durante el siglo XVI de grandes personalidades de la orden cisterciense, le dieron relevancia en toda Castilla. Pasada la guerra de la Independencia, el viejo monasterio alcarreño quedó abandonado y a la merced de vagabundos que fueron destruyéndolo, hasta que no hace muchos años, y gracias a un campo de trabajo instalado en sus ruinas por la Junta de Comunidades, se ha ido, muy lentamente, pero con eficacia, recuperando en parte su silueta venerable.

Un monasterio admirable

El conjunto monasterial de Monsalud es, sin duda, y a pesar de su estado ruinoso, el más completo y espectacular de los monasterios medievales de la tierra alcarreña. Pueden admirarse hoy en día, aunque sean fragmentadas ó hundidas, todas las estructuras arquitectónicas que le componían, y que le hacen paradigmático de un modo de vida monacal ya hundido en el recuerdo.

El conjunto se encuentra rodeado de una amplia cerca de piedra en forma de sillarejo, con algunos garitones esquineros. Circuía el recinto monasterial y su huerta. La primera de las edificaciones que nos encontramos al llegar es la portería, monumental capilla construida en el siglo XVII en la que destaca el gran vano de su entrada, bajo arco semicircular escoltado por dos pares de columnas adosadas, en cuyos intercolumnios existen vacías hornacinas. Un frontis lo remata, en el que aparecen talladas en la piedra caliza las figuras de San Benito y San Bernardo, escoltando otra hornacina vacía, y teniendo por superior adorno un frontón triangular en el que aparece el Padre Eterno en su clásica representación de viejo barbado que sostiene en una mano el globo terráqueo y con la otra bendice.

A continuación podemos visitar la iglesia. Se sitúa al sur del claustro, lo cual es justamente lo contrario de lo habitual en los monasterios medievales. Es curioso constatar cómo la planta de este cenobio alcarreño parece un reflejo especular de las habituales plantas monasteriales. Quizás se construyó así para aprovechar la forma del terreno. El caso es que la iglesia, majestuosa todavía a pesar de su fragmentaria conservación, ofrece el aspecto contundente de la arquitectura románica de transición, modulada por las ideas estéticas del Cister. Su construcción es de finales del siglo XII ó comienzos del XIII, aunque la inicial estructura románica, que se retrata en las cubiertas abovedadas de los ábsides, se levantó luego en las naves y en el ábside central, quedando en unas proporciones esbeltas y airosas. Tiene el templo tres naves, más alta la central, con dos tramos cada una, y un amplio crucero, rematando en cabecera con tres ábsides, estructura clásica de los templos monasteriales masculinos, en los que debían aprovechar al menos tres monjes a decir la misa al mismo tiempo.

Muros de fuerte sillería, pilastras sobre las que apoyan las bóvedas de crucería, crucero cubierto de lo mismo, y ábsides que ofrecen parte anterior de planta cuadrada, y posterior de limpio trazado semicircular, con ventanales estrechos y alargados. Al exterior se comprueba que los ábsides están en dos niveles, más alto el central, apoyados sus tejados en cornisa formada por múltiples modillones de roleos.

La portada de acceso al templo se coloca en su muro de poniente. Es de arco rebajado, con decoración de bolas, propia de finales del XV o incluso posterior. Desde la huerta se accedía al templo por otra puerta abierta en el muro sur del crucero. Esta es una bella portada de pleno sabor románico, con profunda bocina en la que caben varios arcos semicirculares adornados de baquetones simples y apoyados en capiteles de decoración vegetal.

En el límite entre nervaturas de las bóvedas y columnas adosadas a los pilares y muros del templo, aparece una amplia colección de capiteles románicos, en los que toda la decoración se hace a base de elementos vegetales y geométricos, muy bellos, muy de sabor cisterciense.

Desde el brazo norte del crucero se sale de la iglesia hacia un pasadizo que lleva, en dirección este, a la sacristía, y en dirección oeste, al claustro. Este claustro conserva todavía tres de sus pandas cubiertas, concretamente las del norte, oeste y sur. Aunque fue construido en la segunda mitad del siglo XVI, ofrece una estructura de pleno sabor gótico. Fuertes machones sujetan al exterior las bóvedas de complicadas formas estrelladas.

Sobre el costado oriental de este claustro se abre la gran Sala Capitular, uno de los espacios más bellos y evocadores de Monsalud. Se abre a lo que sería corredor claustral (hoy al patio directamente) a través de un alto arco apuntado, y se escolta de dos ventanales del mismo estilo, en cuyos basamentos se ven los huecos de los enterramientos de dos maestres calatravos. El interior es un espacio de dos naves divididas en tres tramos, por medio de dos columnas centrales a partir de las cuales, y desde sus grandes capiteles de tema vegetal, se alzan las bóvedas de complicada crucería. Aunque reproduciendo la estructura original del siglo XII-XIII, en mi opinión esta estancia capitular es obra del siglo XVI, reconstruida al mismo tiempo que el claustro.

Hacia el norte se prolonga el monasterio con estancias diversas: el refectorio, la celda abacial, y en un segundo piso, sobre la sala capitular, el dormitorio de novicios, desde el que se abría una puerta que viene a dar en un coro sobre el brazo norte del crucero.

Aún debe contemplarse la portada principal del cenobio, en estilo renacentista, muy deteriorada, rematada con el escudo heráldico de la Congregación Cisterciense de Castilla. A través de esa puerta, y cruzando un zaguán de bella bóveda estrellada, se pasaba a las laterales dependencias de la Hospedería, o de frente se entraba al claustro.

También se conserva, y es curiosa de visitar, la gran bodega monasterial, abierta en el patio al norte del conjunto, bajando por una rampa a un espacio central del que, en forma radiada, surgen las diversas galerías con los huecos reservados a las grandes tinajas.

Merece la pena acercarse, cualquier fin de semana del otoño, por Monsalud junto a Córcoles. Verá el viajero la osamenta grandiosa de un monasterio bernardo, susurrar el viento entre los heridos muros de su templo románico, pasar el sol como de puntillas entre los arcos apuntados de su claustro gótico, o adivinar el siseo de las oraciones y amonestaciones abadiales bajo las bóvedas picudas de la Sala Capitular. Un reto de emociones que se sirven en bandeja.

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